Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Pero lady Penelope ya estaba subiéndose también a la mesa para alcanzar el punto en el que el clavo había trabado la tela, y empezó a tirar con ganas.

Con demasiadas ganas, de hecho. Estaban en un equilibrio tan precario que Blanche no se sorprendió cuando, tras oírse el desgarro de una tela, la mesa cedió a un lado y ambas ahogaron un grito.

Lady Penelope cayó hacia atrás y la señorita Thompson hacia delante, al interior del baño.

Dadas las circunstancias, tuvieron suerte.

La primera quedó sentada sobre su propio polisón, que, además de mullido, también era de un tamaño considerable; y la segunda se desplomó de bruces en los brazos de Blanche, que logró mantenerse en pie gracias al lavabo, que aguantó con elegancia el envite.

—¡Uf! —exclamó Blanche—. ¡Tengan cuidado!

—Lo intento, gracias —replicó la señorita Thompson, recuperando el equilibrio y recomponiéndose ropa y sombrero. Blanche no pudo por menos que corregirle la inclinación de una de las plumas—. Ha sido culpa de Penny.

—¿Qué? —Se oyó desde fuera—. ¡Desagradecida! ¡Estabas enganchada y Penny te ha soltado!

—¡Hablen más bajo, por favor! —pidió Blanche, alarmada.

—Perdón. Vale, vale. —La señorita Thompson volvió a encarar la ventana—. Vamos, ahora tú, Penny.

Por suerte, lady Penelope no se enganchó con nada, y su polisón tampoco, así que en pocos segundos estuvieron las tres en el interior del baño.

—Un lugar encantador —dijo lady Penelope mirando a su alrededor—. ¡Y sin bañera! Qué... original.

—Eh... —Blanche titubeó. No estaba segura de si la joven se estaba burlando con semejante comentario.

No era propio de ella, desde luego—. Esta casa es pequeña, alquilada tal cual —se defendió mientras volvía a poner la mesita en su sitio, con el cesto encima—.

Richard se arregla en el gimnasio al que acude cada día.

En mi casa, que será en la que se instale cuando nos casemos, sí dispondremos de baño completo.

—No se lo tenga en cuenta, mademoiselle Dupont —explicó la señorita Thompson con un encogimiento de hombros—. Penny ha recibido una educación de lady muy rígida. Eso la impulsa a decir siempre algo agradable al entrar en casa ajena. ¡Aunque haya entrado por el váter!

Las otras dos se echaron a reír.

—Mira que eres tonta —le dijo lady Penelope—. Pero me temo que tienes razón, y no se me ocurría qué decir. —Sonrió a Blanche—. Conste que es un baño sin baño muy agradable.

—Gracias... supongo. —Blanche se llevó un dedo a los labios, para indicar silencio.

Le había dado la impresión de que se había abierto la puerta de la salita, y no se equivocaba.

Las tres se miraron con horror mientras escuchaban los pasos que se acercaban por el pasillo. Segundos después, llamaron a la puerta.

—¿Blanche? —preguntó Richard—. ¿Se encuentra bien?

—Sí, sí, gracias —replicó ella, tratando de sonar natural—. Desde luego. Salgo ahora mismo. Vaya sirviendo el vino, por favor.

Un momento de silencio, pero luego llegó un:

—Muy bien.

Los pasos volvieron a alejarse, y se oyó otra vez la puerta.

Y Blanche logró volver a respirar.

—Voy... voy a salir —les susurró a sus compañeras de aventura, sintiéndose al borde del desmayo—.

Como saben, el despacho está a la izquierda, la siguiente puerta, no tiene pérdida.

—Ambas asintieron. Lo habían estudiado a fondo en su plano—.

Por favor, sean lo más rápidas posible, y no hagan ruido.

Luego, ya saben, salgan por la puerta que da a la calle. Yo lo entretendré en el salón.

—Muy bien —convinieron lady Penelope y la señorita Thompson.

Quizá la última se quedó con ganas de añadir algo, pero Blanche no le dio opción, no podía retrasarse más.

Salió del baño y volvió apresuradamente al salón, retocándose el pelo.

Al llegar, comprobó que Richard había extendido ya todos los platillos y tarteras con las cosas de la cena, había abierto la botella de vino y había servido su contenido en un par de copas.

Además, había colocado dos velas en la mesa y había apagado la luz eléctrica.

El resultado era de lo más romántico, sobre todo por la rosa blanca que esperaba sobre su plato.

—No sé si lo considerará atrevido —le dijo Richard, con una sonrisa—, pero es que no pude contenerme.

—Me encanta —respondió ella, sentándose con una sonrisa. Pasó un dedo por los pétalos de la rosa—. ¿Dónde la ha conseguido? No creo que haya ido a comprarla...

—No. —Carraspeó—. Confieso que la he robado, es del rosal de la vecina de la derecha.

Blanche rio y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas de emoción y felicidad. Qué detalle tan bonito. Bueno, lo que estaban haciendo lo hacían por él. Y bien podría olvidarse de todo y simplemente disfrutar del momento.

Tomó su copa, dispuesta a pasar una noche inolvidable.

—Gracias, Richard. Siempre es usted muy considerado.

—Y usted siempre es maravillosa.

«No siempre», pensó ella, recordando la decepción en sus ojos cuando le pidió que no interviniese en el asunto de la señora Row. Pero guardó silencio y tendió la copa al frente, sugiriendo un brindis.

—Por nuestro futuro, Richard.

—Por nuestro futuro, Blanche.

Las copas tintinearon. Bebieron. Se sonrieron.

Y, de pronto, se oyó algo, un ruido sordo, proveniente de algún lado. Como si a alguien se le hubiese caído algo al suelo.

Richard alzó la cabeza, alarmado.

—¿Ha oído eso?

—¿El qué? —preguntó ella a su vez, tratando de disimular. Compuso su expresión más inocente mientras bebía un nuevo sorbo de vino como si tuviera todo el tiempo del mundo para degustarlo—. Está delicioso, ¿verdad?

—Sí... —contestó él, aunque ausente. Miró hacia la puerta—. Me ha parecido oír algo. ¿A usted no?

—No. Yo no he oído nada. —Miró las cosas sobre la mesa—. Esto tiene un aspecto maravilloso, ¿verdad? La señora Bloom será desagradable, pero es muy eficiente y cocina como los ángeles, ya verá. ¿Me pasa el pan, por favor?

Richard dudó todavía un momento, pero, como no hubo más sonidos, terminó dejándolo estar. Le tendió el cestillo del pan, rellenó su propio plato de exquisiteces y durante unos minutos comieron y conversaron de cosas sin mayor importancia, tan solo disfrutando de la cena y la buena compañía.

—¿Se ha pensado lo de Francia? —le preguntó ella. Lo lamentó al momento, porque su expresión se oscureció ligeramente.

—Algo... ¿De verdad quiere ir?

Sí que quería. Claro que quería. Desde que era niña.

Su tía le había hablado mucho de aquel país maravilloso en el que había nacido —cuando iba por las noches a arroparla, Blanche le suplicaba que le contase cosas de su tierra natal y, entonces, Thérèse le hablaba de Provins a la luz mortecina de las velas, tumbada a su lado, susurrando siempre en francés, el idioma que las ataba a la larga línea de sus antepasados—, y siempre había deseado conocerlo.

Fue una pena que sus planes para ir nunca saliesen adelante. A su tía siempre le surgían tareas y compromisos que las obligaba a relegarlos, y al final la enfermedad se interpuso.

—Sé que es un desembolso notable. Pero sí, ya sabe que me gustaría mucho conocer mi ciudad natal.

Por favor, Richard. Quiero ver la Manoir Dupont de Provins y visitar las tumbas de mis padres y mis abuelos en su antiquísimo cementerio, y, quizá, hasta hablar con algunos que pudieran haberlos conocido.

Y contarles que mi tía falleció —añadió, apenada—.

No sé, quizá todavía quede por allí alguien a quien le importe esa noticia...

—Al ver que la miraba pensativo, y hasta preocupado, frunció ligeramente el ceño—. ¿Qué ocurre?

—Oh, nada, nada... —contestó, aunque ella tuvo la impresión de que sí que pasaba algo. Que esa noche, los dos estaban ocultando algo—. Es solo que me alegraría mucho llevarla, pero... creo que es un dinero que nos vendría muy bien, para cuando lleguen los niños.

—Es verdad. Pero si todo el mundo hiciera eso, no se disfrutaría del momento presente. Ya ve, mi tía y yo hicimos muchas veces planes para ir, pero ella no dejaba de relegarlos por asuntos de la tienda y, al final, no hubo posibilidad. La muerte se la llevó sin haber cumplido su sueño.

—Su sueño... —repitió Richard en un susurro.

—Sí, así es. Y también es el mío. —Algo titiló en las pupilas de su prometido—.

Yo... yo tengo algunos ahorros, como sabe, y últimamente me están surgiendo muchos encargos.

La tienda me va bien. Me encantaría que empleásemos en eso las ganancias, al menos una parte.

—Sonrió con coquetería—. ¿No le apetece pasear conmigo de la mano por la orilla del Sena?

¿Visitar, quizá, París, o la fabulosa Versalles?

¿Pasar un tiempo en Provins, de la que tanto me habló mi tía?

Hasta podríamos disfrutar de la famosa feria bianual que se celebra allí, si nos coinciden las fechas, claro...

Él suspiró.

—Sí, claro que me gustaría. —Había terminado ya y acercó los postres, una deliciosa tarta de manzana cubierta de mermelada de melocotón—. Me gustaría muchísimo, a qué negarlo. Pero deberíamos ser cautos. Le recuerdo que mi sueldo todavía no es bueno y...

Entonces, se oyó algo, esta vez quizá un armario al cerrarse, o un cajón.

Blanche se sobresaltó. ¿Todavía seguían en la casa aquellas dos?

¡Por Dios! ¡Ya deberían haberse ido hacía rato...

! ¿Tanto les estaba costando encontrar los dichosos trozos del jarrón?

Maldición, ¿dónde demonios estaban? Debería haberle sonsacado a Richard más información, algo con más detalle, antes de lanzarse así a la aventura.

—¿Y eso? —Richard dejó el tenedor a un lado—. ¿No ha oído eso?

—¿Qué? No sé de qué habla... —Ella trató de simular otra vez inocencia, pero enseguida supo que no le había salido igual de bien. Intentó atraer su atención hacia otro asunto, y cogió el cuchillo para cortar lo que quedaba de la tarta de manzana—. ¿Le parece que compartamos un último trozo de...?

Pero, esa vez, Richard no se dejó convencer. Se puso en pie.