Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

T res días después, el domingo, el plan para conseguir los fragmentos estaba más que organizado. Y, como decía lady Penelope, hasta tenía grandes posibilidades de salir bien.

La idea era que Blanche se presentase en la casa de Richard con una cesta con todo lo necesario para una cena romántica, y que, en algún momento de los primeros diez minutos, con la excusa de ir al baño, abriese su ventana —que daba a la parte trasera del edificio, a un callejón, y contaba con una escalera de incendios desde la que podrían acceder fácilmente— para que entrasen lady Penny y la señorita Thompson.

Luego, solo tenía que entretenerlo mientras ellas registraban el despacho, conseguían uno de los fragmentos del jarrón —dejarían los demás, solo necesitaban una muestra para comprobar si había sido o no falso, y para presionar en su caso al señor Matheson— y salían por la puerta principal.

Permanecerían allí diez minutos, ni uno más. Si en ese tiempo no los encontraban, se irían con las manos vacías, para no arriesgarse a ser descubiertas. Siendo así, cautas, no tendrían mayor problema... si no hacían ningún ruido y si no se producía ningún otro imprevisto.

Blanche les hizo un plano detallado de la casa.

Ella sabía que la señora Taylor libraba los domingos, de modo que, finalmente, fue el día elegido por el club Astarea para llevar a cabo la operación, en vez del sábado, fecha que hubiesen preferido en principio, por si el inspector tenía que madrugar el lunes y no le parecía bien la idea de una cena romántica.

Todo aquello lo había considerado una auténtica locura desde sus inicios, pero, aun así, llamó con los nudillos a la puerta.

No podía hacer otra cosa. Al menos no se le había ocurrido ninguna alternativa, y lo único que importaba era cómo sacar adelante aquel asunto sin que su prometido se viera complicado de un modo directo.

Richard abrió y la miró atónito.

—¿Blanche? ¿Qué hace aquí? ¿No me dijo que iba a estar en la mansión del marqués de Finesword?

—Sí, así era. Pero al final todo ha sido más rápido de lo esperado y, bueno...

Decidí darle una sorpresa. —Le mostró la cesta cubierta por un paño bordado, de la que sobresalía parcialmente una botella de buen vino.

Debía serlo, porque lo había aportado lady Penelope, directo de la bodega de su abuelo—.

Es de la bodega del marqués. Lady Penelope me la regaló y se me ha ocurrido que podría invitarlo a cenar a usted en su casa.

Él vaciló, aunque cogió la cesta, porque se dio cuenta de que pesaba.

—Pero... —Miró hacia el interior—. Estaremos solos, me temo. No sé si será apropiado.

—Yo sé que no lo será, de ningún modo. —Alzó la mano derecha y le acarició la mejilla. Trató de mostrarse seductora, algo coqueta, y a la vez preocupada—. Pero quiero estar un rato a solas con usted, si no le importa. Tenemos que hablar. Lleva unos días muy taciturno. Y somos un equipo, ¿recuerda?

Richard la miró a los ojos. Casi sonrió.

—Pase —ofreció, abriendo del todo. Ella lo siguió hasta la salita. Richard dejó la cesta en una de las sillas y retiró el jarrón con flores que había adornando la mesa—. ¿Recuerda dónde están los manteles?

—Sí, desde luego. —Fue hasta el mueble, abrió el cajón y le mostró el primero de cuantos había pulcramente apilados—. ¿Le parece bien este?

—El que usted quiera.

—Muy bien. —Lo llevó a la mesa, junto a un par de servilletas, y lo extendió. No estaba bien planchado—. Tengo que hablar un día con la señora Taylor. Es una mujer encantadora pero poco... detallista.

Él rio.

—Sí, bueno... Me preocupan más mis camisas. Ayer tuve una reunión importante y me costó encontrar una en condiciones. Qué decir de los pañuelos.

Blanche frunció el ceño.

—¡Oh, por Dios! Ya le dije que, no estando su madre, yo puedo ocuparme de lavar y arreglar su ropa.

—Lo haría ella, ni se le ocurriría pedirle algo así a la señora Bloom, mientras no estuviesen casados.

No estaba segura de si se negaría, pero no se privaría de mostrar su disgusto—. Para mí no sería...

—No mientras no estemos casados —replicó él, como siempre—. Y, luego, ya veremos, porque usted dijo que quería seguir con su tienda.

—Sí, por descontado. Además, nos vendrán muy bien esos ingresos.

—Entonces, es evidente que usted tendrá sus propias ocupaciones. Necesitaremos otra criada, además de la señora Bloom. Porque está claro que no contaremos con la señora Taylor.

Blanche sonrió.

—No, ciertamente no. Aunque podría ayudar a la señora Bloom y estar a sus órdenes, al menos mientras lo soporte.

—Sí, eso sí. También necesitaremos una niñera, cuando lleguen los niños.

—Blanche sintió que se ruborizaba, como ocurría siempre que trataban ese tema, aunque él no pareció darse cuenta—.

Y quizá algo más de servicio, alguna doncella que ayude también en la cocina.

De modo que, ya ve, seguro que habrá alguien que se ocupe de mis camisas, no se preocupe.

Ella lo miró, sintiendo el corazón pleno de aquella emoción intensa que se había hecho habitual desde que lo conoció, y sonrió.

—Gracias, Richard.

—¿Por qué?

—Otro hombre en su lugar hubiera insistido en que dejase el negocio tras la boda.

O, quizá, que se lo entregase para gestionarlo él con algún dependiente, y relegarme a mí al hogar, al papel habitual de las mujeres, ese que siempre las define en relación a un hombre, como esposa y madre.

Pero usted sabe que yo quiero algo más, quiero ser yo; yo, con mis clientas, mis sombreros, mis cintas y mis adornos, igual que usted es y será policía, además de esposo y padre.

—Así es.

—Y siempre ha respetado mis decisiones. —Lo miró con cariño—.

Por eso lo amo. —Nunca se lo había dicho y él la miró con una intensidad desconocida—.

Se lo digo de verdad, de corazón: lo amo.

Agradezco al cielo que viniese aquel día a mi tienda, y que me diese la oportunidad de entrar a formar parte de su vida.

Me consta que no he podido tener mejor suerte.

Él parpadeó, emocionado.

—Blanche..., yo también la amo. Pienso en usted y se me llena el corazón de una emoción sincera y profunda.

Y le aseguro que creo que soy yo el afortunado.

Todavía no sé cómo pudo fijarse en mí. —Hizo un gesto despectivo hacia sí mismo—.

¡Por Dios! Soy un hombre sencillo. Hay quien diría que soy simple, incluso aburrido, alguien muy lejos del ideal romántico de cualquier joven.

Ella negó con la cabeza.

—Pues yo le digo que es usted un hombre bueno. Y que ese debería ser siempre el ideal romántico de cualquier joven. Porque es el que de verdad puede llegar a hacernos felices.

—Bueno... ¿Usted cree? —Richard sonrió con tristeza y empezó a distribuir las cosas sobre la mesa—. Si le digo la verdad, hoy por hoy, no estoy muy seguro de eso. Sobre todo, sabiendo...

Sabiendo lo que iba a ocurrirle a la señora Row solo por querer proteger su carrera y salvarse él, seguro que iba a decir eso. Y Blanche sufrió un sobresalto porque, durante un instante, había olvidado la razón de que estuviera allí.

Por suerte, todavía no habían pasado los diez minutos, pero estaban cerca.

—¿Le importa que vaya un momento al baño?

—Blanche lo soltó de golpe y se ruborizó, como le ocurría cuando hablaba de bebés o de cualquier cosa que implicase una intimidad excesiva, sobre todo si tenía que ver con funciones corporales que no debían mencionarse jamás, en concreto.

La excusa le parecía horrible, pero no quedaba otro remedio. Tenía que ir a abrir ya la ventana.

Él arqueó una ceja.

—Por supuesto que no. ¿Se encuentra bien?

—Sí, claro que sí. Ahora vengo.

Salió al pasillo, fue hacia el pequeño baño —un lugar muy blanco y muy sencillo, con un váter, un lavabo, un espejo no mayor de la palma de su mano y una pequeña mesa camilla sobre la que Richard tenía un cesto con peines y otros artículos de aseo—, cerró la puerta y se dirigió a la ventana. La abrió y miró fuera.

—¡Hola! —Oyó casi al momento, y muy cerca a su derecha.

—¡Ah! —exclamó, asustada, antes de darse cuenta de que era lady Penelope. Ella y la señorita Thompson ya habían subido la escalera y habían estado esperando a un lado de la ventana—. Pero ¿qué hace? ¡Qué susto me han dado!

—No esté tan nerviosa —le recomendó la señorita Thompson—. Si no se controla, el inspector Canterbary se va a dar cuenta de que pasa algo. —«Vaya modo de intentar tranquilizarme», pensó Blanche, más angustiada todavía—. No se preocupe, no haremos ruido. Ayúdame, Penny.

La otra arqueó una ceja.

—Que te ayude, ¿a qué?

—A entrar. Pon las manos en cabestrillo para que suba.

—¡Pero si pesas una tonelada! Además, me mancharás los guantes.

—¿Qué dices? ¡Yo no peso tanto! Y no seas tonta, ya te comprarás otros, que para algo vas a heredar la fortuna de tu abuelo. Vamos...

—No, perdona, pero aquí la lady soy yo. Pon tú las manos y yo te las piso. Se supone que soy casi etérea, así que no sentirás mi peso.

—Etérea, ¡ja!

Viendo que podían estar discutiendo hasta el amanecer, Blanche se volvió hacia el interior, quitó el cesto de la mesita, se aseguró de que fuera lo bastante resistente y se la pasó por la ventana a las dos damas.

—Usen esto para subirse, vamos. Las ayudaré a entrar, pero démonos prisa o Richard se extrañará de que tarde tanto.

—Bien pensado, gracias. —La señorita Thompson colocó la mesita, se subió a ella todo lo ágilmente que le permitieron las enormes faldas de su vestido y empezó a deslizarse dentro, directamente de cabeza.

Las plumas del sombrero fueron un problema, pero lo más grave llegó cuando se le enganchó el polisón en un clavo del marco—. ¡Ay! ¡Demonios!

—No hables mal —le advirtió lady Penelope—. Espera que te ayudo.

—No, yo... ¡Espera!