Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

C uando despertó al día siguiente, Blanche se sobresaltó al no reconocer el lugar en el que estaba.

Todavía debía conservar algo del susto del día anterior, porque se sentó en la cama de un brinco y tuvieron que pasar un par de segundos cargados de pura angustia hasta que se dio cuenta de que se encontraba en el club. Entonces, volvió a dejarse caer de espaldas, aliviada.

¡Qué colchón maravilloso, qué almohada estupenda! Había dormido como nunca, y más horas de las habituales. Recordó sus sueños y todavía paladeó un atisbo del afecto que la unía con la fundadora de aquella escuela en la que jamás había estado y que, con toda seguridad, jamás conocería.

—Qué sueño más extraño —susurró. Extraño y absurdo.

Pero tan agradable...

Miró a su alrededor con curiosidad. La noche anterior había estado demasiado agotada, así que no había prestado mucha atención al dormitorio.

Pero ahora, al fijarse bien, lo encontró precioso, con su delicado papel pintado, las cortinas blanquísimas con hermosos bordados, los muebles elegantes y coquetos...

Como con su tía siempre habían estado ahorrando para ir algún día a Francia, nunca habían ido de vacaciones a ninguna parte, por lo que hasta ese día jamás había dormido fuera de casa, o al menos no lograba recordarlo.

Se le hacía una experiencia enormemente extraña y hasta emocionante.

Estaba pensando en eso cuando entró Kitty, con una bandeja.

—¡Ya está despierta! —exclamó, con una sonrisa—.

¡Qué bien, mademoiselle! —Dejó la bandeja en una mesita y fue a abrir las ventanas.

Al descorrer las cortinas, el dormitorio se inundó de luz y le pareció todavía más bonito—.

Claro que, pensándolo bien, debí imaginarlo.

Usted es una mujer trabajadora, como yo.

—Se detuvo un momento y puso cara de circunstancias—.

Aunque, si me oye la señorita Nomy, seguro que se enfadaría conmigo.

La verdad es que ella también se muere de ganas por trabajar en el despacho de su familia, pero, como ya sabe, no se lo permiten.

Oh, perdone, la estoy aturdiendo con mi charla.

—No, no —replicó ella, aunque sí que era cierto, al menos en parte. Todavía estaba demasiado amodorrada, tras dormir tantas horas, y le costaba seguir el ritmo de la doncella—. Tranquila. Me gusta oírte charlar.

La muchacha rio con ganas.

—Espero que no cambie pronto de opinión, porque a mí me encanta hablar. Pero no se preocupe, ahora me iré, desayune tranquila. —Kitty volvió a coger la bandeja y se la colocó en el regazo. La comida, primorosamente dispuesta, incluso con un jarroncito con flores, olía de maravilla.

Huevos fritos, bacón, tomate asado, tostadas con mantequilla y mermelada, zumo de naranja...

—Oh, Dios... —exclamó Blanche, emocionada. Ella solía desayunar un poco de pan con algo de mantequilla y un té, generalmente de un modo muy apresurado—. Te juro que podría acostumbrarme a esto.

Kitty rio.

—Eso estaría bien, porque me encantará tenerla por aquí, mademoiselle. Por cierto, tiene usted una tienda muy bonita.

—¿Ya fuiste a poner la nota?

—Sí, sí, a primera hora. Y me ha encantado. ¡Lady Penelope dice que también le encargará algún sombrero para mí! —declaró con entusiasmo.

Blanche la miró divertida.

—Será un placer hacer algo que te guste mucho, te lo aseguro.

La doncella se fue feliz, y ella se quedó allí, disfrutando del contenido de la bandeja hasta que, tras hacerlo desaparecer por completo, se preguntó apurada si no se habría comportado de un modo impropio de una dama.

Desde luego, no tenía muy claro si las «Damas Selectas» terminaban rebañando con ansia cada plato.

Seguramente no. Pero no había podido evitarlo, así que le daba igual.

Con el estómago lleno, estaba tan a gusto que volvió a quedarse dormida. Aquello terminó por exorcizar el malestar que le había provocado el suceso de la tarde anterior, porque, cuando se levantó justo para almorzar, se sentía de maravilla.

Tras asearse y vestirse, abandonó el dormitorio.

En el comedor se encontró con lady Penny, la señorita Thompson y algunas jovencitas más.

Se las presentaron, pero eran tantas que no se quedó con la mayor parte los nombres, y, en su honor, todas empezaron a hablar con soltura en francés, el idioma que Blanche siempre había usado en su casa con su tía.

Ellas también lo hablaban bien, a la perfección.

Incluso con un acento más sofisticado que el suyo.

No tardó en saber que, en su mayoría, eran hijas de condes, marqueses y vizcondes, aunque también había un par de ellas emparentadas con abogados y empresarios, y, para su sorpresa, un par de mujeres independientes, dueñas de establecimientos: una librería y una chocolatería.

—Todas son conocidas de Minstrel Valley, de la Escuela de Señoritas de lady Acton —le explicó la señorita Thompson.

«Ah, sí», pensó Blanche. «Lady Acton». Ese era el nombre de la fundadora, y la recordó del sueño con aprecio—.

Damas Selectas. No sé si otras antiguas alumnas han organizado clubes o asociaciones de algún estilo, pero nosotras empezamos así, aunque ahora tenemos gente de procedencias muy distintas. Incluso está usted.

Blanche sonrió con nerviosismo.

—Pero... yo no soy socia.

La señorita Thompson la miró sorprendida.

—¿Y no le gustaría serlo, mademoiselle?

—Sí, no lo niego... —titubeó. No había pensado en ello, pero seguro que había que aportar algún capital—. Pero ¿cuánto cuesta la inscripción?

—¿Costar? Si se refiere a dinero, nada. —Eso la sorprendió; aunque, al pensarlo bien, era lógico.

Aquellas dos no necesitaban que nadie las ayudase a sufragar ningún gasto—.

Solo pedimos que las mujeres que se unan a nosotras de verdad quieran despertar del sueño al que se nos ha sometido durante tantos siglos.

—¿Se refiere a que pensemos por nosotras mismas?

La señorita Thompson asintió complacida.

—Eso es una «Dama Selecta», exactamente.

Oh, entonces lo era. Lo era, y quería seguir siéndolo.

—Yo sí quiero tener el control de mi vida —le dijo—.

Aunque reconozco que he sido una privilegiada.

Mi tía y yo vivimos solas, sin hombres, y eso nos ha hecho muy independientes.

Y, ahora, Richard... No puede estar más de acuerdo con ese concepto.

Desde el día en que se declaró y me pidió matrimonio, siempre me ha dicho que somos un equipo, y que las decisiones debemos tomarlas en común.

Recordar eso hizo que se sintiera culpable por lo que iban a organizar para hacerse con los fragmentos. Pero daba igual, estaba dispuesta a afrontar su enfado si con ello lograba salvarlo de las garras de lord Goldway y sus superiores.

La señorita Thompson la miró con anhelo.

—Créame, es envidiable —dijo, de hecho, con una sonrisa—. ¡Ojalá yo encontrase a alguien así!

—Pues ya ve, yo ya no esperaba encontrar a nadie. No desespere. El hombre apropiado aparecerá.

—No sé yo si quiero... —Se oyeron unos golpes—. Visita, a estas horas. Qué extraño. Igual es mi hermano, con alguna noticia del asunto...

Pero cuando se dirigieron allí, vieron que se trataba de un hombre barbudo con un paquete para entregar. Kitty lo cogió, le dio una propina al individuo y cerró la puerta. Se lo entregó a lady Penelope.

—¿Qué es, Penny? —preguntó una de las jóvenes.

—¡El cartel! —exclamó feliz lady Penelope, agitándolo con esfuerzo. No era muy grande, pero debía pesar lo suyo. Empezó a llevarlo hacia la salita—. ¡Por fin!

—¿Qué cartel? —preguntó Blanche a otra de las jóvenes, en un susurro. La muchacha se echó a reír.

—El cartel para la puerta del club, mademoiselle. El club Astarea.

—Astraea —la corrigió. Había estado repitiéndolo infinitas veces, hasta que le salió bien. La otra se rio.

—Bueno, sí, aunque todas lo decimos mal, ya ve.

—Blanche se unió a sus risas. Pues sí, no parecía tener remedio aquel asunto—.

El caso es que la señorita Thompson no era muy partidaria de hacerlo muy público, pero lady Penelope ganó esa pelea.

Quiere que, al menos aquí, en la puerta, haya un cartel que nos identifique.

Lo había encargado y está deseando ponerlo.

—Sonrió de oreja a oreja—. Ahora seremos un club de lo más selecto.

—¡Ah! ¡Podríamos habernos llamado «Club Selecto»! —le dijo la señorita Thompson, que justo pasaba por su lado y la había oído—. ¡Como el Salón Selecto y en honor de las Damas Selectas de Minstrel Valley!

—Tarde, Nomy —dijo lady Penelope, frunciéndole el ceño—.

Este club ya tiene nombre. ¡Y con el cartel, dejaréis de equivocaros!

Lo vais a ver cada día, al entrar y salir.

Astraea, Astraea, Astraea... —Lo desenvolvió, casi estallando de satisfacción, y, al mirar las letras, su expresión se llenó de horror—. ¡Oh, no!

—¿Qué pasa? —preguntaron todas arracimándose alrededor.

—¡También han escrito mal el nombre! —Les mostró el cartel que exhibía un radiante «Club Astarea» escrito en brillantes letras de bronce.

La señorita Thompson se echó a reír.

—¿Lo ves? Ya te dije que, pese a que la idea en sí me parecía buena, estábamos sentenciadas a que el destino bautizase nuestro club.

—Qué terrible. —Lady Penelope lo miró desolada—. Tendré que pedir que lo hagan otra vez.

—O puedes aceptar de una vez que este club es una...

anomalía respecto a la norma, Penny. Date cuenta: se trata de un club de mujeres, uno que rompe reglas muy antiguas y que busca cambiar el mundo según su criterio.

Siendo así, lamento decirte que se llamará como le dé la gana. Incluso «Club Astarea».

—¿Podemos dejar de llamarlo «Astraea»? —preguntó una de las muchachas desconocidas—. Voto por «Astarea». Es más fácil de recordar.

—Y yo —dijo otra—. Se me traba la lengua.

—Y yo —apoyó la señorita Thompson.

—Oh, sois odiosas —replicó lady Penelope. Miró el cartel—. Pero tenéis razón. Lo de las tarjetas de visita pudo ser un error, pero esto ya es un grito del destino. El club ha decidido llamarse como le ha dado la gana, igual que nosotras decidimos actuar como queremos. No seré yo quien se oponga.

Colgaron el cartel en una ceremonia improvisada con la que todas terminaron riendo, y luego —dado que se había hecho demasiado tarde para otros planes— se quedaron en la casa y estuvieron charlando sobre filosofía y de historia durante un buen rato.

A las dos y media, la señorita Thompson cogió sus cosas y se fue. Se despidió sin dar mayores explicaciones y nadie se las pidió, pero Blanche vio que lady Penny la miraba alejarse con inquietud.

—¿Qué ocurre?

—Nada, no... Me temo que se trata de un pequeño misterio que pertenece a nuestra querida Nomy.

—Al ver cómo la miraba, rio—. Perdone. La cuestión es que, desde hace un tiempo, Nomy...

No sé en qué anda metida, pero desaparece siempre a las tres.

Ahora se ha ido antes, porque tendrá que ir donde sea, pero de tres a cinco, hasta la hora del té, nunca puedo quedar con ella.

—¿Desaparecer? ¿A las tres? —La otra asintió—. ¿Por qué?

Lady Penelope rio.

—Si lo supiera no sería un misterio, ¿no cree?

—Ciertamente —reconoció, sintiéndose tonta—. Perdone.

—¡Por Dios, no quería molestarla! No ocurre nada. Pero el caso es que no sé qué impulsa a Nomy a actuar así, no puedo entenderlo, y me tiene algo preocupada. Todo empezó hace unos meses, nada más regresar a Londres, tras decidir que no seguiríamos en Minstrel Valley.

—¿Por qué lo hicieron?

Lady Penelope agitó la cabeza.

—Fue cuando su hermano hizo esas consultas, por lo de ser abogado, ¿sabe?

A mí no me hubiera importado continuar en Minstrel Valley, de hecho, adoro aquello y voy cada vez que puedo.

Pero Nomy siempre ha querido ser abogado, y creo que hasta llegó a pensar que lo conseguiría.

De modo que, cuando su hermano le dijo que sería imposible, se revolvió contra todo.

—Pobre...

—Sí. Lo está pasando muy mal con ese asunto.

—Suspiró—. En fin, pero por eso no tenía sentido seguir en Minstrel Valley, dado que ya no nos quedaba más que aprender y no queríamos participar en la farsa de las temporadas.

—«Farsa de las temporadas», pensó Blanche con cierto escándalo.

Con lo glamuroso que le había parecido siempre todo aquello, y lo mucho que le hubiera gustado poder participar en algo así—.

Ella, por eso; yo, porque tampoco voy a casarme.

—¿Por qué no? No creo que usted quisiera ser abogada.

—¡Ni médico! —dijo otra de las jóvenes, provocando más risas. Lady Penelope se lo tomó con filosofía.

—No, ciertamente, no, jamás me he sentido llamada por esas vocaciones. Pero sí seré una estudiosa de la antigüedad, y quizá viaje de un lado a otro con solo una maleta, un bastón y un sombrero, haciendo excavaciones arqueológicas.

—Excavaciones arqueológicas... —Blanche se echó a reír, y lady Penelope la secundó de buena gana—. No la veo cavando en el desierto.

—No sé, también creo que no. Son un poco sucias, están llenas de tierra... y posiblemente de bichos. —Rieron más todavía—. Pero sí seré una estudiosa. Al menos yo podré cumplir mi sueño —añadió con cierta tristeza—. A la pobre Eunomia Thompson solo le queda su misterio.

—Dicen... dicen que lo que pasa es que Nomy tiene un amante —exclamó otra de las jóvenes damas presentes.

Eso provocó un profundo silencio. Todas se miraron, pusieron mala cara y dijeron a la vez:

—¡Noooo!

Lo cual, por supuesto, provocó más risas, a las que se unió Blanche.

—No, dudo mucho que sea eso —dijo lady Penelope—. Algo así me lo hubiera contado.

—Quizá se trate de un hombre poco apropiado.

Blanche deseó haberse callado. Su comentario hizo que lady Penelope frunciese ligeramente el ceño, como sorprendida por una idea posible y en la que no había caído, pero terminó encogiéndose de hombros.