Capítulo 8 #2
—Pues nosotros, Richard y yo, estamos pensando si ir o no —confesó, con total sinceridad—.
Me temo que es un viaje muy caro... Con mi tía lo intenté durante años, pero no fue posible, y ahora Richard también cree que deberíamos ahorrar ese dinero para imprevistos.
Pero yo quiero ir, quiero visitar las tumbas de mis padres y mis abuelos, y ver Manoir Dupont, la vieja mansión de mi familia de la que tanto me habló mi tía.
Por eso trabajo todo lo que puedo y más, estoy intentándolo con todas mis fuerzas.
Y no podré conseguirlo si cierro la tienda de forma arbitraria.
¿Lo entienden? Necesitaría una muy buena razón, como estar muy enferma, o muchas de mis clientas se molestarían y se irían a comprar a otro lado.
Lady Penelope y la señorita Thompson se miraron con ojos brillantes, evidentemente emocionadas. La primera se lo pensó un momento.
—Bueno... pero veamos: ¿tiene los próximos días alguna cita en concreto? —preguntó—. ¿Alguien que vaya a probarse un sombrero o algo así?
—¿Cita? Pues... —Repasó mentalmente su agenda. Jueves, nada, ni tampoco el viernes—. No. En los próximos días, no. De hecho, no tengo nada hasta la semana que viene, con la señora Merrywheather.
—Entonces, perfecto. Enviaremos a Kitty a poner una nota en la puerta diciendo que ha ido usted a Finesword Manor a pasar unos días a requerimiento del marqués, y que va a quedarse allí hasta el domingo.
Que, por favor, vuelvan el próximo lunes.
¡Ya verá cómo en cuanto vuelva a abrir, tiene la tienda llena!
Todas querrán saber qué ha ocurrido, a qué ha venido tal invitación.
Blanche no podía estar más desconcertada.
—¿Y qué les voy a contar? —dijo, casi burlándose de sí misma—. ¿Que fui a un baile?
—Pues podría ser... —replicó la señorita Thompson, desconcertada—. ¿Por qué lo dice así?
—¡Oh, vamos, eso no se lo creería nadie! Solo soy la dueña de una tienda, una humilde sombrerera. Jamás me invitarían a uno de sus bailes.
—¿Cómo que no? ¡Yo la invitaré al próximo que demos en Thompson Hall, si es que quiere ir a alguno, con lo aburridos que son!
—Bueno, Nomy, si ella quiere, ya la invitaremos a alguno, desde luego —intervino lady Penelope—.
Pero ahora, tiene razón, ni sería creíble ni la ayudaría demasiado en su negocio, que es lo que deseamos, además de conseguirle un tiempo de descanso.
—La miró a ella—. No, lo que dirá, pidiendo la máxima discreción, es que la llamaron para un encargo de media docena de sombreros destinados a la nieta del marqués, lady Penelope Wilson, que había quedado entusiasmada al ver una de sus obras lucida por otra dama en un evento.
—¡Oh, pero qué astuta eres, mi querida Penny! —Rio la señorita Thompson—. ¡Me encanta!
—Gracias, amiga mía —dijo lady Penelope, muy satisfecha de sí misma—. Sí, creo que no está nada mal la idea. Esa excusa nos dará margen hasta el lunes. Yo también pienso que debería tomarse más tiempo de descanso, mademoiselle, pero supongo que tendremos que conformarnos con eso.
—¿Media docena de sombreros? —El corazón le dio un vuelco. Con eso, Richard y ella tendrían para los pasajes a Francia, ida y vuelta, y quizá hasta para el alojamiento. Pero quizá era una simple excusa. Quizá no lo había entendido bien—. ¿Lo dice en serio? ¿Me está encargando seis sombreros?
—Doce, en realidad, porque seguro que Nomy le encarga otros seis.
—Pues claro —afirmó la señorita Thompson, con una risa que le recordó al sonido de la campanita de la tienda—.
Necesitamos sombreros, muchos, porque Penny y yo somos mujeres de buena cabeza.
—Ambas rieron, y luego le palmeó la mano—.
No se preocupe, querida. Usted irá a Francia. De eso nos encargamos nosotras.
—Qué barbaridad... —Iba a tener que trabajar mucho, y poner de su parte todo su talento, pero les haría los sombreros más bonitos de Londres, de eso se encargaba ella.
Su tía iba a sentirse muy orgullosa, en el cielo—.
Bueno, no sé, en ese caso supongo que sí que podría tomarme unos días.
Eso sí, tendría que enviarle una nota a Richard, para explicárselo.
—Desde luego —lady Penelope asintió—. También puede llevarla Kitty. Pero dígale lo mismo, que estará fuera de Londres. Permanecerá aquí y así tendremos la oportunidad de organizar bien el plan para conseguir los fragmentos, tal como convinimos.
—Podríamos llevarlo a cabo el sábado, simulando un regreso temprano —sugirió la señorita Thompson—. O, mejor todavía, el domingo. Llevarán días sin verse, y su prometido se mostrará más deseoso de pasar tiempo con usted.
—Sí... —susurró Blanche. No le gustaba la idea de engañarlo así, pero la había sugerido ella misma, tras saber que Richard tenía los trozos del jarrón y las razones por las que los había ocultado.
Tenían que conseguir, aunque solo fuera por un momento, que lady Penelope les echara un vistazo.
De ese modo, podría confirmar que se trataba de una falsificación, y tomarían las medidas necesarias—. De acuerdo, lo organizaremos.
—Pues está todo dicho —decidió lady Penelope—.
Mañana nos ocuparemos de eso. Ahora creo que todas estamos demasiado cansadas para seguir hablando de nada que no sean banalidades.
Vamos a cenar algo y a dormir. —Llamó con la campanilla y no tardó en presentarse la doncella—.
Kitty, querida, lamentamos darte más trabajo, pero me temo que también se quedará mademoiselle Dupont.
Kitty se echó a reír.
—No se preocupe, milady, ya lo imaginaba. Las tres habitaciones están preparadas. Me permití disponer una para mademoiselle, dada la hora que era. Y la cena está lista también. Pueden pasar al comedor cuando quieran.
Blanche la miró con agradecimiento.
—Muchas gracias, Kitty.
—No hay de qué, mademoiselle.
La doncella se ocupó también de atenderlas a las tres antes de acostarse.
Primero fue a la habitación de lady Penelope; luego, a de la señorita Thompson y, finalmente, a la de Blanche.
A ella no le importó, en absoluto, tener que esperar, bastante afortunada se sentía con haber sido invitada allí, y todo lo que estaba viviendo.
Además, estaba acostumbrada a ocuparse a solas de sí misma.
Por eso, cuando llegó Kitty, ella ya tenía puesto el camisón y se estaba cepillando el pelo.
—Perdón, ya estoy aquí. La dejé para el final porque usted no tiene que levantarse pronto mañana —le explicó la doncella, mientras le cogía el cepillo para peinarla—. No se levante, aunque se despierte. Yo le traeré el desayuno a la cama cuando se vayan las otras damas. Usted, duerma cuanto pueda.
—Muchísimas gracias, Kitty —murmuró ella, sintiendo la lengua torpe. Quería preguntarle de dónde sacaba tanta energía, pero no tenía fuerzas. Se sentía agotada y también muy afortunada. ¡Qué suerte había tenido, conociendo a lady Penny y a la señorita Thompson!
Al menos, eso parecía de momento. Al margen del oscuro asunto del jarrón roto —y en el que hubiese estado envuelta por su relación con Richard, en cualquier caso—, todo lo que le habían traído era bueno.
¿Podrían llegar a ser tan amigas como lo eran ellas entre sí?
Lo cierto era que no estaba segura. Al margen de la diferencia de clase, lady Penelope y la señorita Thompson se conocían desde hacía años.
Según le habían contado durante la cena, habían ido juntas a una escuela para señoritas situada en Hertfordshire.
No lograba recordar el nombre de la institución —era el de su fundadora—, pero sí el del pueblo, porque era precioso: Minstrel Valley.
Allí se seguía educando a las jóvenes debutantes con la idea de convertirlas en lo que llamaban «Damas Selectas».
O, lo que era lo mismo: mujeres seguras de sí mismas, capaces de pensar más allá de lo que se esperaba de ellas en un mundo de hombres.
Hubiera sido bonito poder asistir con lady Penelope y la señorita Thompson a un colegio así, y más en aquel sitio que describían con tanto entusiasmo.
Pasear por sus bosques o navegar por el lago en una de las barcas, o cruzar el puente del Pasatiempo.
O sentir el encanto que envolvía las ruinas de su viejo castillo, o lanzar monedas al pozo de los deseos.
Pero, lamentablemente, se había perdido todo eso. Y no estaba segura de que lo poco que iba a poder aportar ella a aquella relación fuera suficiente para forjar algo tan fuerte como lo que ellas tenían.
Se durmió pensando en que no debía decirle a Richard que sus nuevas conocidas iban a pagarles el viaje a Francia a fuerza de encargar sombreros, puesto que se negaría en redondo, y soñó que estaba con sus amigas en Minstrel Valley y que, ciertamente, era un lugar de maravilloso; y que su anciana fundadora —una mujer encantadora, por la que sintió un afecto tan profundo como inmediato— la abrazaba con cariño y le confirmaba que, como le había dicho lady Penelope durante la cena, ella también era una auténtica Dama Selecta.