Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

—¿Q uiere otra taza de té, mademoiselle? —preguntó Kitty, mirándola preocupada.

Blanche negó con la cabeza. Ya se había tomado dos y al menos había dejado de temblar.

Estaba en el sofá de la salita del club, frente al fuego.

La señorita Thompson se encontraba sentada a su izquierda; y lady Penelope, a su derecha.

Como eran las nueve pasadas, ya no había nadie más, y por lo general lo único que se oía era el crepitar de los leños que ardían en la chimenea.

—¿Se encuentra mejor? —preguntó la señorita Thompson, más amigable de lo que la había visto nunca.

—Sí, gracias. —Se pasó una mano por el pelo, colocándose algunos rizos sueltos—. Perdonen. Perdonen, de verdad, estoy dando un espectáculo, y además es tardísimo. Pero es que... estaba en casa y no lograba calmarme, y no sabía dónde ir. Ni siquiera estaba segura de si hoy estarían ustedes aquí.

—Sí, cada vez pasamos más tiempo en este sitio —dijo la señorita Thompson—. Hay habitaciones para las socias, ¿sabía?

—Sí, sí, lo comentaron la primera vez que vine.

—Oh, bien. Así podemos quedarnos o usarlas según necesitemos.

Lady Stonegray, ¿la recuerda? —Blanche asintió, la había visto allí una tarde.

En su mente surgió la imagen de una jovencita de sonrisa dulce y ojos inmensos, siempre llenos de afecto por todo cuanto miraban—.

Pues tuvo aquí a su doncella, hará dos semanas, hasta que pudimos organizar su traslado a América con sus hijos.

—Su marido... —La expresión de lady Penelope se oscureció—. Su marido la golpeaba, ¿sabe? ¡Menudo bruto! No podíamos consentirlo. Entre mujeres, debemos ayudarnos.

—Así es —asintió la señorita Thompson—. Por eso la alojamos aquí con sus niños, le conseguimos una documentación nueva y le dimos la oportunidad de una vida mejor, lejos de aquí.

—Eso es maravilloso. —Blanche sonrió. Empezaba a sentir auténtico cariño por sus nuevas amigas—. Al principio pensé que estaban ustedes locas, ¿saben?

Lady Penelope rio.

—No me extraña. ¡Qué modo tuvimos de presentarnos ante usted!

—Me temo que no estuvimos muy brillantes aquella tarde, no. Yo, la primera —reconoció la señorita Thompson con expresión arrepentida—. Estaba tan... tan preocupada por la posibilidad de que no nos ayudase que me mostré muy grosera. Lo siento.

Blanche sonrió.

—No se preocupe. Lo entiendo. Y la idea de este club me fascina. Aunque, si les digo la verdad, hay algo que no acabo de entender...

—¿El qué?

—Pues... He estado leyendo algo al respecto, y el feminismo es la lucha por conseguir una igualdad real entre hombres y mujeres.

La señorita Thompson asintió.

—Así es. Una pelea que lleva siglos y que es cada vez más encarnizada.

—Sí, pero fíjese. El club Astarea...

—Astraea —la corrigió lady Penelope.

—Eso. Astraea. El club, tal como lo plantea, es solo aplicar lo malo que han hecho los hombres y buscar un reducto en el que reunirse las mujeres, para hacer lo mismo.

Imitarlos, de hecho, con el whisky, con los puros, con la discriminación por el género, cuando les estamos reprochando su comportamiento.

La señorita Thompson frunció el ceño.

—Creo que no acabo de entenderla, mademoiselle.

—Perdón. Quiero decir que, en vez de aceptar solo socias, deberían aceptar «personas», sin importar su género. O sea, todos aquellos o aquellas que quieran luchar por ese futuro en igualdad.

Se hizo un profundo silencio. Lady Penelope miró de reojo a la señorita Thompson. Cuando esta habló, su tono estaba lleno de dolor.

—Mademoiselle, según los estatutos de la abogacía de este país, toda persona puede ejercer como tal ante un tribunal, ¿lo sabía usted? Se menciona así el término, «persona».

—Eh... No, no lo sabía. Pero...

—No, claro. Sin embargo, cuando Justin, mi hermano, hizo algunas consultas para ver si podía allanarme el camino para actuar yo como tal, como abogado, se le dijo que no. Y que si intentaba interponer una demanda al respecto, perdería.

—¿Por qué?

—Se basarían en un principio básico de nuestras leyes, la tradición. Nunca ha habido mujeres abogado, por lo tanto, no debe haberlas.

—Qué absurdo.

—Cierto. Pero, además, le dijeron que no podemos olvidar que las mujeres contamos con la incapacidad legal de llevar a cabo ciertos actos sin la firma de nuestros maridos.

Somos una especie de ciudadanas de segunda, ¿se da cuenta?

Y que como toda mujer soltera está destinada naturalmente a casarse, las solteras también están incluidas en esa prohibición.

Por lo tanto, ya ve: según muchos piensan en este país, las mujeres no somos «personas».

—Cuando la miró, algo titiló en sus pupilas—.

Por eso nunca me casaré. No tendré estúpidas temporadas ni seguiré las tradiciones que unos cuantos hombres han querido imponerme.

Blanche asintió.

—Esos hombres se equivocan —le dijo—. La cuestión es si va a equivocarse también usted, incurriendo en sus mismos errores.

La señorita Thompson parpadeó. Tras un segundo en el que fue evidente que no iba a contestar, lady Penelope tomó las riendas de la charla.

—Bueno, eso ya se verá, no es momento de filosofar.

El club está creándose, le daremos un par de vueltas.

Lo que cuenta es que, ahora, usted es una más de nosotras, mademoiselle, lo ha dejado claro con ese enfrentamiento que ha tenido esta tarde.

Y puede venir siempre que quiera, Nomy y yo la apoyaremos en todo lo posible.

—Lady Penelope le palmeó con afecto una rodilla—.

Pero pienso que deberíamos llamar a la policía.

Blanche se sobresaltó y negó con la cabeza.

—No, no, ni hablar. Si lo hago, Richard acabará enterándose.

—Es que su prometido debería enterarse, mademoiselle. Lo que ha ocurrido es terrible. Además de que confirma que la señora Row es inocente.

—La señora Row no necesita ninguna confirmación, quienes creemos en ella sabemos que es inocente, por completo.

—Las otras dos aceptaron aquella verdad con aire comprensivo—.

Y yo no quiero contarlo. ¿No lo entienden?

Si Richard llegara a enterarse de lo ocurrido, hará alguna tontería.

Lo sé, y no quiero dar pie a nada semejante. No lo haré.

—Bueno, está bien... —La señorita Thompson hizo un gesto a lady Penelope para que dejase de insistir—. Centrémonos entonces en el otro, el que la salvó... Quizá podamos solucionar esto localizándolo a él. ¿Cómo era? ¿Puede decirnos algo?

—Sí, eso sí, por supuesto. —Se lo describió en pocas palabras—: Rubio, alto, atractivo. Ojos azules. Era lo más llamativo. Grandes, bonitos, con unas pestañas densas, y claros como estanques translúcidos.

—¡Ja! —exclamó lady Penelope—. ¡Pues claro! ¿Cómo no?

—¿Sabe quién es?

—Sí. Estoy segura de que se trata del vizconde Darlington, el hijo de lord Goldway. Viaja mucho, está siempre de un lado para otro. No pensé en él porque no sabía que se encontraba en Londres, la verdad. ¿No te acuerdas de él, Nomy? Era amigo de tu hermano, desde Eton.

—Sí, claro que sí. —¿Se había ruborizado? Blanche casi estuvo segura de que así había sido, y quizá también lady Penelope, porque sus ojos chispearon de diversión—. Pero ¿seguro que es él? Me caía... me caía simpático.

—Y puede seguir cayéndote simpático —la animó su amiga, señalando a Blanche—. Salvó a mademoiselle de la perfidia de ese embozado.

—Sí, eso es cierto. —De pronto, sin previo aviso, Blanche sintió que se consumían sus últimas fuerzas.

¡Estaba tan agotada! Ojalá pudiera quedarse dormida allí mismo.

El sofá era cómodo, la compañía agradable, el calor del fuego de lo más delicioso.

La tensión vivida la había dejado agotada.

Bostezó. La señorita Thompson le puso una mano en el hombro—.

Pobrecilla. Está usted muy cansada. Le diremos a Kitty que le prepare una habitación también a usted.

Cenaremos algo y nos retiraremos pronto, y verá qué bien se siente por la mañana.

—¿Qué? —parpadeó, intentando recuperarse—. No, ni hablar, me iré a casa. No quiero molestar. Además, no tengo...

—Aquí hay de todo, no se preocupe. No es usted todavía socia, pero como si lo fuera. Nos está ayudando mucho. Además, necesita reponerse de lo ocurrido. Se quedará esta noche y mañana nos acompañará a un buen paseo por Saint James.

—Y tomaremos un refresco en ese local nuevo de Piccadilly.

—¡Buena idea!

Blanche rio. Menudas dos. Cómo se notaba que no tenían nada más que hacer en la vida que pasear.

—Ya me gustaría, pero no puedo —les dijo—. Les recuerdo que yo soy una trabajadora. Mañana es jueves, y debo abrir la tienda, como cada...

—Pero ¿de verdad piensa abrir mañana, querida? —Lady Penelope la miró atónita—. No me parece prudente, la verdad...

—Ni a mí —afirmó la señorita Thompson—. No tras lo ocurrido. Necesita descansar al menos un par de días.

—¡Un par de días! —Blanche ahogó una risa—.

Ojalá pudiera permitirme algo así. Pero me temo que mis clientas se irían a otro sitio.

Además, me caso en pocos meses y, la verdad...

—Decidió compartirlo con ellas. Nunca había tenido amigas para confidencias así, y se sintió feliz de poder hacerlo—.

Me gustaría ir a Francia de viaje de novios, ¿saben?

—¡A Francia! —Aplaudió lady Penelope—. ¡Qué idea más estupenda!

—Ya lo creo que sí —confirmó la señorita Thompson—. Nosotras solemos ir una vez al año, como poco, para renovar vestuario y, bueno, por puro placer. Es un país precioso.

Blanche puso mentalmente los ojos en blanco. Eso le pasaba por hacerse amiga de dos mujeres tan ricas. Ni se daban cuenta de lo afortunadas que eran y cómo sonaban frente al resto.