Capítulo 7 #2
—¡No! —Era una tontería, él la había salvado, pero en esos momentos no quería que la tocase nadie. Al menos, nadie desconocido—. Voy yo.
Él comprendió al momento. Asintió.
—Como quiera, por supuesto. —La acompañó muy cerca, para asegurarse de que no se caería, y esperó a que se sentase—. ¿Quiere que le traiga algo para beber? ¿Agua? ¿Un té?
—No. —Blanche suspiró—. No, gracias.
Él agitó la cabeza.
—Ah, maldición... —Sacó una petaca de las profundidades de su chaqueta y se la tendió—. Beba.
—¿Qué es?
—Da igual. Beba. Le hará bien. —Ella obedeció y sintió que el líquido, muy aromático, le quemaba la garganta y luego las entrañas. Tosió con fuerza—. No se preocupe, no estoy intentando envenenarla. Es el mejor whisky que podrá encontrar jamás. Y enseguida la hará sentir mejor.
—O eso, o me matará, pese a su afirmación. —Jadeó ella, devolviéndole la petaca. Él rio.
—Bien. Está recuperando el sentido del humor, eso es bueno.
Pero tómese un respiro. No hay prisa. —Se apartó a un lado y, durante unos segundos, quizá un par de minutos, curioseó los sombreros y las cintas a su alrededor, dándole tiempo a recuperarse.
Luego volvió a centrarse en ella—. ¿Ve? Ya tiene mejor cara.
—No sé qué decirle.
—Sí, bueno... Lamento haber llegado tarde.
Ese canalla ya había cerrado la puerta y...
bueno, dudo que me hubiese abierto. Preferí esconderme y buscar, y encontré una ventana apropiada por el otro lado de la casa, pero tuve que esquivar a una mujer que estaba en la cocina.
—¿Qué significaría «apropiada»? Que había podido forzarla, supuso...
Pero Blanche apenas podía centrarse en lo que estaba diciendo.
Tras la tensión vivida se sentía tremendamente floja.
Él la miró con preocupación—. Tranquila.
No se preocupe, mademoiselle, de verdad.
Le doy mi palabra de que no volverá a pasar algo así. Nunca más.
—¿Cómo puede estar seguro?
El desconocido titubeó.
—Le doy mi palabra.
Ella parpadeó.
—Señor, comprenda que eso me sirve de poco, de nada, si no conozco ni su nombre.
¿Quién es usted? —Su salvador puso mala cara.
No quería decirlo, pero debía ser alguien muy allegado a los implicados en aquel asunto, seguro.
Recordó lo que había hablado, de denunciarlos él mismo si volvían a atacarla.
Y no había mostrado ningún miedo. De todos modos, eso era lo menos importante.
Lo que más contaba era qué podía hacer alguien así por la señora Row—.
Si sabe lo que está ocurriendo, y dispone del poder suficiente como para hacer esa clase de promesas, tiene que hacer algo. Tiene que ayudar a la señora Row.
—¿La señora Row?
—La limpiadora acusada de haber roto el jarrón.
—Ah, sí... —Él afirmó la mandíbula—. Verá, mademoiselle Dupont...
—No, escuche usted. Creo que es un hombre decente.
Al menos, esa impresión me ha dado con su proceder, y lo reafirmo mirándolo ahora a los ojos.
Es un caballero, alguien incapaz de permanecer indiferente a una injusticia semejante en la que una madre y unos niños muy pobres van a sufrir por culpa de...
de las trampas y malas acciones de gentes poderosas.
—Vio que las pupilas del joven titilaban—. Tiene que hacer algo.
Se miraron durante un largo par de segundos. Él suspiró.
—Mademoiselle Dupont, créame que la entiendo, pero lo siento mucho, no puedo prometerle nada. Para mí, esto es muy complicado. No sé qué podré hacer por la señora Row, la verdad. A veces no se encuentra una salida fácil, cuando deseamos defender dos cosas a la vez.
—¿Dos cosas a la vez? ¿Me lo está diciendo en serio? ¿Qué puede haber más importante que defender a esa pobre mujer?
—¿Acaso cree que actúo así por gusto? ¿Que no me importa lo que le pase?
¡Pues claro que sí! ¡Pero no puedo permitir que por este asunto el honor de mi familia se vea...
! —se interrumpió y apretó los labios—. Lo lamento, lo lamento de verdad, pero tengo que pensar bien en todo esto, en qué pasos dar, y cuidar de mis propios intereses.
Eso no significa que me cruce de brazos, ya ve que no, mi presencia aquí lo deja claro.
Pero... todavía no sé qué haré para solucionar este embrollo.
Blanche lo estudió con fijeza.
—Deduzco que pertenece a la familia de lord Goldway.
Él hizo una mueca.
—Y yo que es usted una mujer muy lista. Será mejor que me vaya de inmediato.
—Se dirigió a la puerta, pero, antes de salir, añadió—: ¿Quiere que avise a alguien?
Ya le digo que no le va a pasar nada más, pero entiendo que esté asustada y no quiera quedarse sola.
¿Quiere que haga llamar al inspector Canterbary?
—¡No! —Era cierto, estaba asustada y no quería quedarse sola.
Aquello le había demostrado que su casa, su tienda, no eran el lugar seguro que creía.
Pero tampoco quería que Richard se enterase de aquello, o seguro que iría con una pistola y esa bala allá donde quiera que viviese ese tal lord Goldway, para cometer una locura—.
No. Prefiero que... no sepa lo que ha ocurrido.
Él asintió.
—Lo dicho: es usted una mujer muy lista. Gracias, de verdad —titubeó un momento—. ¿En serio no quiere que llame a otra persona para que esté con usted? ¿Alguna amiga, quizá?
—No. —Tampoco deseaba darle a aquel desconocido más información de la que ya tenía.
En cuanto fuese capaz de controlarse, iría al club Astarea y les contaría todo lo ocurrido a lady Penelope y a la señorita Thompson.
Con un poco de suerte, todavía estarían allí—.
No, no se preocupe. Me las arreglaré bien.
—Estoy totalmente convencido de ello. —Agitó la cabeza—. El inspector Canterbary es un hombre afortunado, además de testarudo y perseverante. Le ruego por favor que le pida que deje este asunto, mademoiselle Dupont. Le doy mi palabra de que yo intentaré solucionarlo lo mejor posible.
—Acaba de decirme que no sabe qué podrá hacer por la señora Row...
—¡Oh, vamos! A veces se pueden tomar caminos más...
difíciles, pero que llevan a todos a un buen lugar, a uno que nos proporcione cierta satisfacción.
¿No lo ha pensado? Quizá la señora Row considere que merece la pena un periodo breve de cárcel a cambio de que sus hijos puedan acudir a buenos colegios, y quizá recibir una renta de cien libras al año durante el resto de sus días.
—¿Como la que recibe la señora Berenson?
Él entrecerró los ojos.
—Quizá.
Blanche sintió que una furia fría y densa la llenaba por completo. Aun así, habló con calma.
—Debe ser estupendo tener el dinero suficiente como para obligar a los demás a tomar esos...
caminos más difíciles a cambio de una limosna que ustedes ni van a echar en falta.
Pero ya le digo desde ahora que no va a ser así, señor.
No sé si el inspector Canterbary podrá hacer algo al respecto, pero habrá quien sí intervenga.
Y la señora Row no irá a la cárcel. —Se puso en pie, apretando los puños—.
Yo sí que le doy mi palabra, y no me oculto, usted sabe mi nombre, sabe quién soy.
No lo consentiré —remarcó con firmeza—. Y, sí, sus hijos y ella merecen esa compensación de la que ha hablado, en todo caso, aunque solo sea por el mal momento que les han hecho vivir ustedes, montón de canallas sin decencia.
—Por todos los demonios... Está pisando un terreno muy peligroso, mademoiselle —replicó él, tras un segundo de duda—. Espero estar siempre lo bastante cerca como para poder salvarla.
—Ya que no se decide a otra cosa, es lo mínimo que debería hacer, sí.
—Lo miró de arriba abajo con desdén—. ¿Habla del honor de su familia?
¿Qué honor hay en sacrificar de semejante modo a esa pobre mujer?
Yo se lo diré: ninguno. Debería darle vergüenza planteárselo siquiera.
Si necesitan un chivo expiatorio para lord Goldway y para el honor de su familia, que vaya otro a la cárcel, pero uno de verdad culpable.
Que yo sepa, ella es la única que no ha cometido ningún delito en todo esto.
El desconocido se ruborizó y apretó los labios. Durante un momento pensó que iba a replicar algo, quizá a seguir discutiendo, pero no. Sin más, le dedicó una inclinación de cabeza y salió por la puerta. La campanilla volvió a repiquetear con su sonido familiar, tan alegre.
Pero Blanche, agotada por la tensión, empezó a temblar y tardó un buen rato en recuperarse lo suficiente como para cerrar y subir a su casa.