Capítulo 7
A l día siguiente, la campanilla sonó sobre las cinco y media, cuando Blanche estaba en el almacén guardando en su lugar algunas cajas de cintas que había mostrado durante el día a sus clientas.
La noche anterior había dormido poco, dando vueltas al problema de Richard y la señora Row, y la jornada se le había hecho larguísima.
Por eso, justo se preguntaba si podría permitirse el lujo de cerrar un poco antes para subir a casa y ahogar cuanto antes sus penas en una buena taza de té.
En ese repiqueteo tenía la respuesta.
—¡Un momento! —dijo, tratando de disimular en lo posible su contrariedad. Si quería convencer a Richard de gastar tanto en ir a Francia tras la boda, no podía permitirse perder clientes. Tenía que ganar mucho y bien—. ¡Disculpe, por favor! ¡Voy ahora mismo!
Nadie contestó, algo que de por sí indicaba que no era una de sus clientas habituales, bastante más educadas.
Como jamás había entrado nadie a robar —su tía no había podido escoger mejor zona para poner su casa y su sombrerería—, no se sintió especialmente inquieta.
Supuso que se trataba de alguien que había ido a curiosear, sin más.
¡Incluso podía ser muda, y ella estaba llamándola maleducada!
—Ya te vale, Blanche Dupont —susurró, divertida por la tontería.
Blanche encajó en su sitio la caja que tenía entre las manos, dejó las últimas para luego y salió.
Se sorprendió al ver a un hombre situado casi en el centro de la tienda, de espaldas al mostrador.
No era muy alto, aunque tampoco bajo, y bastante ancho de hombros.
Vestía un pantalón más largo de lo debido, una chaqueta vieja y deforme, y una gorra que le tapaba hasta la frente, aunque escapaban algunos cabellos de un tono castaño oscuro anodino.
Pensó que quizá era algún transportista, alguien que trabajaba para alguno de sus proveedores, pero la idea no acababa de convencerla.
Había conocido a muchos y ninguno había mostrado nunca tan malas pintas, algo que no tenía nada que ver con la pobreza de sus ropas, sino con... una especie de aura que lo rodeaba.
Blanche carraspeó.
—¿Puedo ayudarlo en algo?
El hombre se volvió y Blanche parpadeó, con una punzada de miedo.
Aquel individuo llevaba enroscada una bufanda realmente enorme, con la que ocultaba casi toda su cara.
Solo los ojos, atrapados entre el borde de la gorra y la sucia lana del embozo, mostraban que había algo humano allí debajo, si es que una voz tan fría como la que usó a continuación podía ser considerada humana.
—Creo que soy yo quien puede ayudarla a usted, mademoiselle Dupont —dijo, con un acento extraño.
¿Americano? Blanche sospechaba que sí, y sintió un sobresalto al recordar que la señora Row había mencionado que el ladrón del jarrón tenía un acento desconocido.
¿Sería él? Con parsimonia, el desconocido fue hasta la puerta de la tienda.
Blanche vio que tenía un llavero y que empezaba a cerrar sin prisas.
Alarmada, abrió el cajón del mostrador que quedaba a su izquierda y comprobó que faltaban sus llaves.
Aquel hombre las había cogido—. A usted y al entrometido de su futuro esposo.
Ella tragó saliva.
—No le entiendo...
—¿No? —Agitó un poco la cabeza—. Yo creo que sí.
Con la misma tranquilidad, dio la vuelta al cartel. Ahora, cualquiera que llegase vería «CERRADO». La señora Bloom seguiría arriba, estaría preparando la cena, pero era ya una anciana, poco podría hacer por ayudarla. En todo caso, si ese desconocido la atacaba, gritaría.
Claro que quizá pudiera salir del asunto sola.
Con mucho disimulo, aprovechando que el hombre seguía mirando hacia el exterior —casi daba la impresión de que algo fuera había llamado su atención—, extendió la mano hacia la derecha, abrió otro cajón y, tanteando, cogió las tijeras que siempre tenía a mano por allí, para cortar lazos y telas.
Eran de buen tamaño y muy puntiagudas. Las tomó y las ocultó entre los pliegues del vestido, tras el mostrador.
Si la obligaba, se defendería con ellas.
El hombre debió darse por satisfecho con su escrutinio y se volvió hacia ella.
—Mademoiselle, no quiero hacerle ningún daño, hoy no.
Pero sí quiero que le quede claro que habrá consecuencias, serias consecuencias, si no hace caso a mis palabras.
Necesito que entienda que no hablo en vano.
Necesito que sienta el miedo suficiente como para transmitir mi mensaje con toda rotundidad.
Ella logró asentir. O quizá solo fue un temblor.
—¿Qué... qué mensaje?
—Dígale al inspector Canterbary que, si tiene de verdad alguna prueba como afirma ese idiota de sir Justin, la entierre muy profundo y se olvide de ello.
—Dio un par de pasos al frente, hacia ella—.
Que enfrentarse a la gente inadecuada cuando no puede uno defenderse siempre trae desdichas. ¿Ha quedado claro?
Blanche logró mantenerle la mirada.
—Sí. Perfectamente claro. Se lo diré.
—Bien —asintió—. Eso está muy bien. Gracias.
—¿Es todo? Váyase, por favor.
El hombre rio entre dientes.
—No, claro que no es todo. Le he dicho que he venido a asegurarme de meterle el miedo en el cuerpo.
Dentro. Muy dentro. —Un nuevo paso—. Al parecer, van ustedes a casarse.
Felicidades. —Ella no dijo nada. No pareció importarle—.
Dadas las circunstancias, mi patrón me ha pedido que, ya que iba a venir, les trajera un regalo de bodas.
Algo de verdad inolvidable. —Sacó un objeto del bolsillo y avanzó hasta el mostrador—. Espero que le guste.
Dejó algo sobre la superficie de madera oscura. Cuando apartó la mano, Blanche pudo ver una pequeña pieza de brillante metal plateado. ¿La pieza de un colgante, quizá? Era extraño, un trabajo algo burdo y de forma rara.
—¿Qué es? —preguntó ella, con desconcierto.
—Una bala. —Eso le provocó un respingo, y lo miró con alarma—. Es el regalo para él. Dígale que es la bala que pudo haberlo matado esta tarde, mientras comprobaba un aviso de robo en Whitechapel, él lo entenderá. ¿Lo ha entendido, mademoiselle? ¿Lo recordará todo?
—Sí. Whitechapel. Aviso de robo.
—Eso es —asintió satisfecho—. Ese el regalo para el inspector.
El suyo, mademoiselle, es más... espiritual.
Consiste en el hecho de que no voy a sacar mi cuchillo y no voy a cortarle a usted tres dedos, como están deseando pedirme que haga.
—Blanche abrió mucho los ojos—. Al parecer, su prometido ha robado tres fragmentos de algo y mi patrón está pensando en pedirme que le robe a él tres trocitos suyos, en justa compensación. Índice. Corazón. Anular...
Blanche tragó saliva.
—Váyase. Ya ha entregado los regalos. Le daré el recado.
—¿Y el miedo, mademoiselle? ¿Ha entrado de verdad en su alma?
Por completo y hasta el fondo, aunque no pensaba dejarse aturdir por él. Blanche oprimió con fuerza las tijeras que sostenía mientras pensaba en el mejor modo de contestar, pero no fue necesario que lo hiciese.
Alguien apareció de pronto por su derecha, bajando poco a poco por las escaleras que llevaban a la primera planta.
Al principio, Blanche pensó que era Richard, que habría entrado por el otro lado de alguna forma, pero no.
Era un hombre, un caballero de unos treinta años, alto, rubio y —debía admitirlo, pese a la situación en la que se encontraba— muy atractivo, sobre todo por los ojos de un azul muy claro, grandes y rodeados de largas pestañas doradas.
Llevaba sombrero de copa y un bastón con el que apuntó al desconocido en la cabeza.
Tomado por sorpresa, este último se quedó muy quieto.
—Ya me había parecido verlo cuando cerré la puerta —dijo—, pero no pensé que estuviera tan loco.
—Gran error —replicó el otro—. Siempre lo he estado, y lo sabes. Ya deberías conocerme a estas alturas.
—Ya, bueno... —Lo miró con reproche—. ¿Qué hace aquí? Está complicando las cosas más todavía.
—No voy a discutir el tema contigo. Largo de aquí.
—Se dirigió a la puerta a grandes zancadas, giró la llave para abrir y dejó entrar una bocanada del frío aire nocturno que ayudó a Blanche a recuperarse de la impresión—.
¡Fuera! Y le dices a tu patrón que, si se le vuelve a ocurrir hacer algo como esto, va a tener serios problemas conmigo.
¡Lo digo en serio! ¡Si se os ocurre intentar algo más, seré yo quien vaya directamente a Scotland Yard y lo cuente todo! ¿Está claro?
El embozado fue hacia la puerta, pero se detuvo en el último momento.
—¡Solo pretendía asustarla, y lo sabe!
—Seguro que sí. Al menos para empezar, hijo de puta.
Pero me da igual lo que te ordenaran hacer, no voy a consentir de ningún modo esta clase de tácticas.
Creí que lo había dejado bien claro el otro día, pero ya veo que no.
Espero no tener que volverlo a repetir porque, lo digo en serio: si le pasa algo a esta mujer o a su prometido, seré yo quien os denuncie, a los dos.
Así que ya podéis rezar para que ni siquiera pillen un constipado.
—Lo empujó hacia la noche, sin contemplaciones—. Largo de aquí y no vuelvas. ¡Jamás!
Esperó un poco, seguro que vigilando que el otro se alejase, cerró la puerta y se volvió hacia Blanche.
—¿Se encuentra usted bien? —Avanzó en su dirección, preocupado—. ¿Quiere que avise a un médico?
—No, no. —Dejó la tijera sobre el mostrador. Le costó. Sentía los dedos agarrotados—. Estoy bien...
El desconocido contempló aquella arma improvisada sin inmutarse. Luego, sus pupilas volvieron a buscar las de Blanche.
—No es cierto. Está muy pálida. Por favor, no se desmaye.
—Buscó alrededor y localizó una de las sillas que había en la tienda para comodidad de las clientas que tenían que estar esperando.
Rápidamente, la acercó al mostrador y luego fue de nuevo hacia Blanche, con la intención de cogerla por el brazo para acompañarla—. Permita que la ayude a sentarse.