Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Blanche lo miró apenada. Pobre Richard, atrapado entre su sentido del deber, su compasión por otros y la realidad de la vida, como le ocurría siempre a las buenas personas.

Y seguro que no se equivocaba; si el que estaba detrás de todo era el propio lord Goldway, seguro que se ocuparía de paralizar cualquier intento de investigación y haría desaparecer todas las pruebas, para luego tomarla con quien lo hubiera molestado.

Esa clase de gente, despiadada y lo bastante llena de maldad como para organizar planes así, era muy mala enemiga.

Por eso, lo entendió en ese momento, lady Penelope y la señorita Thompson tenían razón: Richard no podía enfrentarse a sus superiores y a lo que tuviera entre manos la galería de lord Goldway.

Pero tampoco podían permitir que la señora Row fuera a la cárcel, y que los auténticos culpables quedaran impunes.

Tendría que hacer algo, pero debería ser a espaldas del propio Richard, para que pudiese alegar total inocencia de ser necesario.

Definitivamente, todo iba a quedar en manos del club Astarea.

—Lo siento, Richard —dijo, sintiendo que su lengua se negaba a formar las palabras, pero obligándola a hacerlo—.

Lamento mucho la situación de esa mujer, pero usted y yo tenemos que pensar en nosotros antes que en ningún otro, y actuar con cabeza y sangre fría.

Ambos hemos trabajado mucho para conseguir lo que tenemos, no podemos perderlo por nada, ni siquiera por nuestros principios.

No pudo por menos que sentir cierta inquietud al ver la decepción en las pupilas de su prometido.

Seguro que había esperado que, pese a todo, lo animase a actuar, a tomar la solución más honorable.

A ayudar a la señora Row. Pero no podía hacerlo, no quería verlo hundido y humillado, y seguramente expulsado de Scotland Yard.

Ya se ocuparía ella de conseguirle una salida.

—Pero esa pobre mujer necesita... —empezó Richard. Las aletas de su nariz temblaron—. Tiene su edad, ¿sabe?

—¿Qué? ¿La de quién?

—La suya, Blanche. Veinticinco años. Lo pensé, cuando la vi.

—Blanche abrió mucho los ojos, horrorizada, recordando la imagen de la señora Row.

Ella le había echado más de cuarenta, y Richard le dio la razón sin saberlo—.

Usted se horrorizaría. Pensaría que tiene veinte más, que quizá ronda los cincuenta.

La vida la ha tratado a golpes: casada por la fuerza a los catorce años con un borracho que solo vuelve a casa para robar y pegarle una paliza; violada cinco veces a lo largo de los años, según me confesó, y no siempre por gentes desconocidas; maltratada también en todos los trabajos que ha tenido, limpiando la mierda de otros...

Tiene tres hijos pequeños, los supervivientes de los siete que ha ido engendrando en esos momentos de espanto, y lucha cada día, de la mañana a la noche, por darles algo de comer. No quiere perderlos también.

—Lo entiendo.

—¿Seguro? —Agitó la cabeza—. Si le fallo a esa mujer, habré fracasado en lo que me impulsó a entrar en Scotland Yard, y no sé si podré mirarme al espejo el resto de mi vida.

La señora Row representa a todas las víctimas de este maldito mundo, Blanche.

En ella está todo por lo que, los que podemos, deberíamos luchar si de verdad queremos un mundo mejor, tal como aseguramos todos tantas veces.

—Le clavó una mirada dura, desconocida en él—.

¿De verdad cree que es mejor dejarlo estar?

—Me lo ha preguntado, y es lo que creo, sí. Lo lamento muchísimo por esa señora Row, ya sabe que sí, pero por lo que usted mismo dice, se encuentra más allá de cualquier salvación. Nosotros somos simples mortales, no podemos arreglar el mundo, Richard. No podemos hacer nada por ella.

Él se revolvió todavía un poco, negándose a aceptarlo.

—Pero... tengo los trozos del jarrón. Podría...

—No. Guárdelos. Nunca está de más, por si acaso, pero espere a ver cómo va todo. Lo que importa, lo que más importa ahora mismo, es que no puede perder todo lo que ha conseguido con tanto esfuerzo. ¿Lo entiende?

—Ya... —él masculló algo y luego dijo—: Sí, supongo que tiene razón, no tiene sentido ponerse quijotesco y perderlo todo por algo que, en definitiva, no podemos cambiar.

—Empezó a andar de nuevo y ella se vio obligada a seguirlo—.

Si no le importa, la llevaré a casa y me retiraré por hoy. No me siento muy bien.

Blanche lo miró angustiada.

—¿Se encuentra mal?

—No físicamente. —Al cabo de un momento, se relajó y la miró algo arrepentido. Pero seguía decepcionado, seguro—. Perdone. No debería hablarle de estas cosas. No puede hacer nada, excepto preocuparse.

—No, no, por favor. Puedo entender que, por lo general, no me hable de su trabajo.

Pero odiaría que me tratase como a una niña.

No lo soy. Tampoco soy la mujer más sabia del mundo, pero intentaré aconsejarlo lo mejor que pueda en la medida de lo posible.

Sé que se ha enfadado, pero sea razonable: no estamos en posición de que usted entre en conflicto con sus superiores, y lo sabe.

Vamos a casarnos, vamos a forjar juntos un futuro.

Yo... —Se ruborizó, pero lo dijo, porque ayudaría a que la mirase con mayor indulgencia—: Yo quiero tener hijos antes de que sea demasiado tarde. Si hace eso, no sé si sería posible.

Richard suspiró, derrotado.

—Perdone. Tiene razón. Por supuesto, hemos de pensar en los niños.

—Así es. No podemos arriesgarnos a perderlo todo.

—No, no podemos —admitió él con tristeza.