Capítulo 6 #2
—Sí, seguro que sí. Ya le digo que tiene una casita que indica unos ingresos mayores de los habituales en alguien de su condición.
Se lo comenté y me dijo que es porque le tienen mucho aprecio, que lleva muchos años con ellos.
Bah. Tonterías. —También descartó la idea con un gesto—.
Seguro que sabe más de lo que pensamos, que ha visto ya muchas irregularidades y está viviendo de ellas.
—Supongo que a ella no intentó sobornarla.
—No. No se hubiera arriesgado a perder lo que tiene por un par de chelines.
—Sí, por supuesto... —asintió Blanche en un susurro.
—La señora Row... me refiero a la otra limpiadora, la acusada —añadió al momento, al darse cuenta de que no había dado el nombre hasta entonces.
Blanche asintió—. La señora Row entró en el juego como un corderito en el matadero.
Apenas llevaba un par de días, seguro que no se fijó en si una peana tenía o no un jarrón, o si debería tenerlo.
De haber salido las cosas como esos canallas esperaban, hubiera cerrado esa ventana, que la habría condenado con creces, se hubiera ido a su casa a darles la cena a sus hijos y, al día siguiente, la hubiesen detenido acusándola de aprovechar un trabajo temporal para robar de una forma tan zafia.
—Comprendo, sí.
—Además, también está el hecho de que el supuesto ladrón se esforzase tanto por destrozarlo, y que el director casi sufriese una apoplejía cuando vio los pedazos.
Mis superiores alegan que fue su consternación ante lo sucedido, pero yo creo que no, que lo que ocurre es que no esperaba encontrarse en una situación tan delicada.
Una cosa es el robo de un jarrón desaparecido, y otra tener que lidiar con un jarrón roto.
¿Lo entiende? —La miró a los ojos y ella asintió.
Aun así, recalcó con el tono la frase siguiente—.
No quería que un estudioso pudiese analizar los restos .
—Eso parece. Y por eso luego los hizo desaparecer tan rápido.
—Exacto. Lo hizo pese a que yo le advertí muy en serio que no tocase nada. Ja, menudo montón de canallas. Todo se había trastocado en sus planes, así que pasaron del robo a la rotura, pero siempre con la misma víctima para cargar con la culpa: la señora Row.
Blanche apretó los labios.
—Y, sin restos del jarrón, ya nada puede demostrar que era falso.
—Así es. ¿Y cree que alguien le ha reprochado algo a Matheson por destruir esas pruebas?
—Blanche se preguntó si debería mostrarse desconcertada por el nombre.
A ella le constaba que era el director, pero Richard no podía ni imaginar que estaba tan al tanto del asunto.
Al final, como él siguió hablando, sumido en la indignación de su discurso, lo dejó pasar—.
Pues no. Lord Goldway visitó al superintendente Wilde y este me llamó de inmediato a su despacho para que diese carpetazo al asunto.
Esa fue la única conclusión, al menos en un principio —añadió, misterioso, y sus pupilas lanzaron un destello—. Todavía queda un atisbo de esperanza.
—¿A qué se refiere?
—A que, por un milagro de esos que raramente se dan en la vida, la señora Row, la humilde limpiadora, ha conseguido un buen abogado.
Nada más y nada menos que el baronet sir Justin Thompson, del despacho de abogados Thompson & Thompson, uno de los más antiguos y mejores de Londres.
Se ha presentado en Scotland Yard con su socio, planteando todas esas preguntas incómodas que no me han dejado hacer a mí.
—Agitó la cabeza—. Y me han pedido los restos del jarrón.
La señora Row les había contado que cogí unas muestras.
—¿Se los ha dado? —preguntó ella, pese a que sabía la respuesta.
—No. No acababa de fiarme, y todavía no sé qué pensar.
—Agitó la cabeza, confuso—. ¿Cómo es posible que alguien como él pierda su tiempo en un caso así?
Podía tratarse de una trampa de lord Goldway, la verdad, y no sé qué hacer al respecto.
En todo caso, me los pidieron delante de Wilde y, de haberlos entregado, sé que él los hubiera requisado en el momento, con lo cual se hubieran perdido, así que dije que se habían equivocado, que al final no había cogido nada.
—Entiendo. ¿Y le creyeron?
—No sé... Creo que Wilde sí, pero sir Justin volvió luego y trató de contactar conmigo, pero no he querido recibirlo, ni hablar con él cuando me ha abordado por la calle.
Antes... No sé, supongo que antes quería comentar este asunto con usted, aunque ni siquiera había caído yo en la cuenta.
—Inspiró profundamente, como aliviado por la charla—. Pero ahora sí. Ahora lo entiendo.
Blanche lo miró sorprendida.
—¿Conmigo?
—Por supuesto. Somos un equipo, ¿recuerda? —Le sonrió con cansancio—. Y la verdad es que no sé qué hacer, Blanche, porque ya le digo que con todo esto, usted y yo nos jugamos nuestro futuro.
—Richard, creo que...
—No, escuche... Si me lanzo a aportar un poco de justicia a la causa de la señora Row, no dudo de que terminaré sin empleo y con muy pocas posibilidades de conseguir otro en todo el Imperio británico.
Me aplastarán. Los implicados son demasiado importantes.
Quedarán impunes y el único perjudicado seré yo —la incluyó con un gesto—, perdón, nosotros, además de la pobre señora Row, a la que no veo cómo salvar. ¿Lo entiende?
Blanche asintió.
—Piensa que debemos ser cautos.
Él titubeó.
—No —le dijo por fin—. Pienso que haré lo que usted quiera, nada más.
Si no estuviera tan cerca de casarme, iría a por lord Goldway y al infierno la cautela.
Total, seguir en Scotland Yard en estas circunstancias me avergüenza más de lo que imagina.
Pero, visto lo visto... Como digo, haré lo que desee.