Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

A l día siguiente, a las seis en punto, Richard fue a buscarla a la tienda con un pequeño ramillete —Blanche lo cogió preocupada, porque esa vez no había habido imprevisto, no se esperaba un detalle así, y temió que fuera porque se sentía culpable—, y salieron a dar un paseo por Saint James.

Por lo general, charlaban sin parar de mil temas, sobre todo de los detalles de su enlace, cada vez más cercano, de los arreglos que necesitaba la casa de Blanche para adaptarse a las nuevas necesidades de un matrimonio y, a ser posible, de varios niños —incluso de la abuela, si la señora Canterbary se decidía a instalarse con ellos, que lo estaba valorando—, y de si al final irían a Francia para disfrutar de un viaje de novios realmente inolvidable o si mejor ahorraban ese dinero, para posibles imprevistos futuros.

Pero esa tarde, tras intercambiar los saludos de rigor y un par de trivialidades sobre el tiempo y el trabajo, ambos cayeron en un silencio profundo.

Blanche hubiera querido hablar con soltura, como siempre, y disfrutar del paseo con buen ánimo, pero la sola idea de abrir la boca parecía costarle un esfuerzo enorme.

Lo cierto era que no tenía nada que decir.

Nada que no empezase con un: «¿Dónde están los trozos del jarrón, Richard?

», solo para terminar con un: «¿De verdad va a permitir que destruyan la vida de una pobre mujer?

». No, ese no podía ser Richard, su Richard Canterbary.

El hombre justo y honorable que amaba a su madre y se esforzaba por forjar un buen futuro con ella.

Pero ¿y si lo era? ¿Podría llegar a vivir con eso?

¿Podría soportarlo y seguir adelante con aquella boda y disfrutar de ese futuro construido sobre los cimientos de la desdicha de la señora Row?

Bien sabía que esa era su única oportunidad de casarse, la primera y la última probablemente.

¿Y si el hombre escogido no era en verdad como pensaba? ¿Y si no era alguien honorable?

Vueltas y vueltas y vueltas a los mismos miedos y las mismas preguntas.

Se frotó las manos con disimulo, nerviosa.

—Mañana no podré venir a verla —dijo él, de pronto, casi sobresaltándola—. Tengo una... tengo una reunión.

—¿Tan tarde? —Richard se limitó a encogerse ligeramente de hombros.

Blanche se sintió inquieta. ¿Tendría algo que ver con ese asunto?

Seguro que sí, por eso estaba tan cabizbajo.

Tendría que sonsacarle la verdad, pero primero trató de actuar con naturalidad—.

Está bien. —Trató de sonreír—. Pero, a cambio, un día de estos me tendrá que llevar al teatro.

—¿Al teatro?

—Sí. He oído decir que van a volver a montar El sueño de una noche de verano en The Magic. Me encantaría verla.

Él asintió satisfecho.

—A mí también. Cuente con ello, conseguiré las entradas en cuanto sea posible. —Intercambiaron una sonrisa—. Y, ahora, ¿quiere que vayamos a cenar al restaurante de la semana pasada? Ese en el que ponían aquel solomillo tan delicioso...

—Sí, estaría bien. Pero paseemos un poco más antes. Hace una temperatura muy agradable.

—Claro. Como desee. —Richard agitó la cabeza—. Cualquiera diría que lo lógico, tras estar toda la jornada de pie en la tienda, sería que tuviera usted más ganas de sentarse para cenar que de caminar.

Ella rio entre dientes.

—Me gusta caminar.

—Ya lo sé.

Él apretó apenas el brazo con el que la llevaba, en un gesto de cariño que le enterneció el corazón, y sonrió, pero de un modo apagado muy poco habitual. Carecía del brillo de otras ocasiones. Blanche lo estudió de reojo, preocupada.

—¿Le ocurre algo, Richard? —Decidió que era el momento de probar suerte, a ver si le sonsacaba un poco—. ¿Es... por el trabajo?

—No, no, yo... —empezó él de inmediato, pero se interrumpió casi al momento y suspiró—. Sí. Es por el trabajo. Por mi trabajo y por mi sentido del deber, que ahora mismo no andan muy conciliados. Pero no quiero preocuparla.

—Por favor. Estamos juntos en todo, ¿recuerda? Dijimos que seríamos un equipo frente a las contrariedades de la vida. —Se miraron, aunque él no llegó a asentir—. Cuénteme al menos lo que pueda contarme. Seguro que no puedo hacer mucho por usted, pero de todas formas puedo escuchar.

Richard apretó los labios y se volvió hacia el frente. Caminaron varios metros antes de que se decidiera a hablar.

—Si callo no es por mantener el secreto de una investigación, Blanche. De hecho, el problema es que ni siquiera hay investigación. O que algunos pretenden presionar para que ni la haya.

—No le entiendo...

—Perdón. Digamos que hay un caso en el que está implicado alguien...

alguien muy importante. Tanto que mis superiores me han ordenado que dé por finalizado el asunto y no me entrometa más.

Pero hacerlo implica ignorar unas posibles pruebas que creo que culparían a esa gente importante, y provocará la destrucción de una persona... vulnerable, y con hijos pequeños.

Blanche reconoció la historia en el lío de la explicación.

—¿Qué posibles pruebas? —Decidió presionar un poco—. ¿Qué es lo que ha pasado?

Él se encogió de hombros. Respondió a la primera pregunta.

—Unos... los trozos de un jarrón. Los cogí en el lugar de los hechos y me los quedé.

Blanche contuvo la respiración. ¡Por fin! ¡Allí estaba! Supuso que los habría guardado en el pequeño apartamento que tenía alquilado en una zona cercana a Scotland Yard, pero decidió confirmarlo.

—¿Los tiene en casa, quiere decir?

—Sí. Bien escondidos en mi despacho. Y menos mal, porque la gente que trabaja para esa personalidad se ha mostrado de lo más diligente en la tarea de hacer desaparecer los restos. —Chasqueó la lengua contra los dientes—. Demonios, ya me hago cargo de que no entiende nada, Blanche. Disculpe.

—Pues hágame un resumen.

—No sé si debería. —Se lo pensó durante un par de segundos—. Está bien... Se trata de un asunto en una galería de arte, un supuesto intento de robo con el resultado de la rotura de un jarrón, una antigüedad muy valiosa. Acusan a una mujer, la limpiadora, de haberlo hecho por torpeza.

—Ya veo. Pero usted no lo cree.

—No. —Dudó un momento—. Yo creo que el jarrón era falso.

—¿Qué? —Blanche se paralizó en el sitio, obligándolo también a detenerse.

¿Podía ser...? Dada la importancia de esa galería de arte, ni se le había ocurrido semejante posibilidad, pero quizá era lo que suponían la señorita Thompson y lady Penelope.

¡Claro que sí! Por eso estaban deseando tener acceso a los fragmentos, querían que un experto los estudiase y así demostrar esa teoría.

Aunque, en su opinión, ni siquiera parecía necesaria ninguna prueba.

Con esa conclusión, todo lo ocurrido sí que encajaba a la perfección—. ¿En serio?

Él la miró algo sorprendido por lo exagerado de su reacción, pero asintió.

—Dado lo sucedido, estoy prácticamente seguro.

Por varios detalles, pienso que todo estaba preparado para simular un robo y hacer que la limpiadora cargase con las culpas, pero resultó ser una mujer más aguerrida de lo que pensaban y el jarrón terminó roto en pedazos.

Es la única explicación que se me ocurre para el hecho de que el director insistiese en que se dejase la ventana abierta mientras hacía sus tareas, y que cerrase después.

¿Se da cuenta? Ella era nueva en la galería.

Estaba sustituyendo a la limpiadora habitual, que había sufrido un percance.

Eso era cierto, recordó Blanche. Según le habían contado en el Club Astarea —o Astraea o como fuera, ya no recordaba cómo era el término correcto—, la limpiadora habitual se había caído de una escalera y el médico le había aconsejado descanso.

Visto lo visto, se preguntó cuánto de verdad habría en ello, pero no podía comentarlo directamente, así que optó por dar un rodeo.

—¿Qué percance?

—Eh... Pues se cayó de una escalera mientras limpiaba una estantería, según aseguran todos. —Agitó la cabeza—. Pero yo la visité al día siguiente del intento del robo, antes de que me ordenasen dejar el asunto, y nuestra charla no hizo más que reafirmar mis sospechas.

Así que lo había investigado. Blanche sonrió. Se sintió muy orgullosa de él.

—¿Reafirmar sus sospechas? ¿A qué se refiere?

—Pues... La señora Berenson, así se llama, es una mujer bastante mayor, tiene ya cerca de los sesenta, pero sigue trabajando.

Eso sí, solo lo hace en la galería, y un par de horas semanales, no más.

Eso lo he sabido sonsacándoselo al portero y a un chico que trabaja para el encargado del mantenimiento de la galería.

—¿Sonsacándoselo?

—Bueno, les he dado unos cuantos chelines, sí. El hecho de trabajar para Scotland Yard no los impresionaba lo suficiente.

—Qué desconsiderados.

Él rio por fin. Un poco.

—Sí, bueno... La cuestión es que me dijeron que, aunque la señora Berenson es la limpiadora oficial de la galería, ya va poco, cada vez menos.

Y que el trabajo a fondo lo hacen mujeres contratadas a temporadas.

Dos o tres meses, como muchísimo, pero lo más habitual, un par de semanas.

Nunca las dejan demasiado tiempo. —La miró—. ¿Qué opina de ello?

—Que es extraño. Un lugar como ese, que custodia obras tan importantes... Debería tener gente muy preparada y, desde luego, de mucha confianza.

Él asintió satisfecho, como un maestro contento con la respuesta de un alumno bien dotado.

—Así es. Pero no. Y, pese a todo lo que le cuento, la señora Berenson tiene una casita con jardín en un barrio más que aceptable. La encontré entre los setos, trabajando en sus parterres. No parecía muy dolorida y me miró asustada, aunque negó saber nada del asunto.

Blanche lo descartó con un gesto.

—Seguro que sabe algo —dijo también.