Capítulo 5
—C on permiso, milady, señoritas... —dijo Kitty cuando se asomó al umbral, y entró empujando un carrito con un juego de té de la porcelana más exquisita y unas bandejas de emparedados de aspecto delicioso—.
Lo siento. He tardado más de lo esperado porque, dada la hora, me he permitido preparar algo para que puedan sustituir la cena.
—Muchas gracias, Kitty. —Sonrió lady Penelope, tomando uno de los canapés con gesto delicado. Blanche trató de imitarla con disimulo—. Ha sido una idea maravillosa, eres un ángel. La verdad es que tengo hambre, y me espera un buen rato hasta llegar a casa.
—Podemos quedarnos aquí a dormir —le sugirió la señorita Thompson, empezando a servir las tazas. Quizá no fuera tan etérea como lady Penny, pero se notaba que ambas habían recibido una educación exquisita—. ¿Sería posible, Kitty?
—Desde luego. Ya saben que las habitaciones siempre están listas.
—Gracias, Kitty, quizá lo haga —asintió lady Penelope.
Blanche sintió un ramalazo de envidia. Debía ser agradable tener una amiga así, alguien casi como una hermana.
Le hubiera gustado mucho tener una. Se hubiera sentido menos sola, sobre todo durante los últimos años.
Quizá se le notó la pena en la cara, porque lady Penelope le preguntó, con preocupación—: ¿Se encuentra bien, mademoiselle Dupont?
—Sí, sí, desde luego. Perfectamente.
—Me alegro. ¿Han oído que van a reponer El sueño de una noche de verano en The Magic? ¡Adoro esa obra!
—Y ese teatro —convino la señorita Thompson—. Es precioso.
—Sí, es cierto. ¿Saben que dicen que fue el regalo de un marqués a una de sus amantes?
—¡No! —exclamó Blanche, tan escandalizada como divertida.
—El marqués de Rutshore, por lo que sé —asintió la señorita Thompson—. El fundador del museo del mismo nombre.
—¿Ah, sí? —Lady Penelope la miró con curiosidad—. ¿El de la sacerdotisa Nefer-Anjet-Ast?
La señorita Thompson se echó a reír.
—¡Mi querida Penny! Debería haber supuesto que conocerías el nombre.
—Mi abuelo me llevaba al Museo Rutshore muy a menudo, cuando era pequeña. Me encantaba. Y recuerdo el retrato del marqués. Siempre me pareció un hombre muy atractivo. Y la marquesa, lady Harry, guapísima.
—Pues ya ves, no solo le gustaban las antigüedades. ¡Y dicen que fue espía!
Durante un buen rato, las cuatro se dedicaron a degustar los emparedados y el delicioso té, hablando de trivialidades y llenando a Kitty de alabanzas.
Blanche se descubrió divirtiéndose de verdad, riendo a carcajadas con sus ocurrencias.
Incluso la señora Row sonreía de vez en cuando, pese a su situación.
No hubiera podido evitarlo. Lady Penelope y la señorita Thompson eran en verdad encantadoras.
Pero se encontraban allí por algo, y esta última fue la que volvió a centrarse en el tema principal de la reunión.
—Bueno, creo que ya conoce toda la historia, mademoiselle Dupont, y le hemos dado unos minutos para reflexionar. ¿Qué opina al respecto?
Blanche se lo pensó todavía unos momentos mientras terminaba un último canapé. Entonces, se volvió hacia la señora Row.
—¿De verdad el director le ordenó dejar la ventana abierta?
—Así es.
—¿Le dio alguna explicación?
—Sí. Me dijo que habían estado haciendo unos arreglos en algunas obras de esas que guardan. Unas reparaciones o algo así...
—Unas restauraciones —aportó lady Penny.
—¡Sí, eso dijo, esa palabra! Y que por eso debía abrir, para que se secasen bien las piezas, y cerrar cuando me fuera.
Pero luego resultó que nada de eso era verdad, o al menos negó por completo que lo hubiera dicho.
Insistió en que los documentos de la galería demostraban que esa semana no habían restaurado nada.
Que era todo invención mía para cubrir el hecho de que había provocado semejante estropicio.
Blanche había crecido en una tienda, de cara al público, enfrentada a gentes de todo tipo.
Por eso se consideraba alguien acostumbrado a contemplar toda clase de rostros, y a distinguir en ellos cuestiones básicas como la verdad o la mentira.
Podía equivocarse, por supuesto, a todo el mundo le podía ocurrir, pero pocas veces le pasaba.
Por eso, tras contemplar durante varios segundos los ojos sencillos y amables de la señora Row, no tuvo la menor duda.
—La creo. La creo, señora Row. —Tomó aire—. Pero eso...
La señorita Thompson asintió.
—Eso plantea un problema muy serio, porque indica que el director de la galería ha mentido.
—Cierto. —Blanche intercambió una mirada con la señorita Thompson y con lady Penelope. Aquello cada vez tenía peor aspecto. Frunció el ceño y decidió organizar la información recibida, como organizaría las piezas para montar un sombrero—. Permitan que haga un resumen de lo ocurrido.
—Adelante, por favor —la animó la señorita Thompson.
—Bien. La señora Row está limpiando en el despacho.
Oye un ruido. Sale y descubre a un hombre que ha entrado por una de las ventanas; una que, a petición del director, estaba abierta para ventilar.
El ladrón ha cogido un jarrón... justo uno que estaba destinado a ir a una exposición de algún tipo, amadrinada por la reina.
Las otras tres asintieron con la cabeza.
—Así es —confirmó lady Penny, de viva voz—. Justo ese.
—La señora Row se acerca y lo ataca, y en el forcejeo el jarrón se cae y se rompe. Entonces, rabioso, el muy canalla lo pisotea hasta destrozarlo por completo.
—Sí, eso es... —afirmó la señora Row, entre el desconcierto y la indignación—. ¡Era como si lo odiase!
Blanche asintió.
—El desalmado se va sin más, usando la misma vía que a la entrada. Usted avisa a Scotland Yard y al director. El inspector Canterbary llega el primero, con sus hombres, toma unas muestras, charla con usted. Entonces, aparece el director... ¿Ha dicho que tardó unos momentos en reaccionar?
—Así es. Hasta el inspector le preguntó si se encontraba bien. Creímos que le iba a dar un ataque.
—Pero usted ya había informado de que se había roto un jarrón.
—Bueno, no. Yo solo avisé en Scotland Yard de que habían entrado a robar en la galería, ellos se ocuparon de avisar al director. Por eso creo que, cuando llegó, no sabía que el jarrón estaba roto, y que eso le impresionó.
—Como para no impresionarse —musitó lady Penny—. Ver cien mil libras y varios siglos de historia convertidos en fragmentos minúsculos de porcelana machacada debe ser impactante para cualquiera.
—Sin duda —convino la señorita Thompson—. Pero ¿por qué mentir, a continuación? ¿Por qué negar que había ordenado que la ventana estuviera abierta?
—Quizá lo hizo por el seguro —propuso Blanche.
Al fin y al cabo, la galería era un negocio, igual que su tienda.
Por lo tanto, con toda probabilidad se regía por los mismos principios básicos—.
Apuesto a que también tienen uno, para el caso de producirse un desastre como este.
Si el director hubiese reconocido que había dado esa orden, y la ventana estaba abierta, es posible que se planteasen problemas para cobrarlo.
Podría sonar sospechoso, incluso tratándose de un lugar así.
—Sí, buena idea. —La señorita Nomy tomó pulcramente nota en una libretita—. Eso habría que comprobarlo. Intentaré averiguarlo mañana mismo.
—También habría que investigar lo de esa exposición. El hecho de que el ladrón eligiera ese jarrón en concreto puede deberse a la pura casualidad, pero no estaría de más informarse de cómo estaba la cuestión de ese préstamo.
—¡Sin duda! —coincidió lady Penny—. Al enterarme, quise hablar de inmediato con el comisario del evento, lord Benson-White, que se está ocupando de organizarlo todo, pero por desdicha ahora mismo no se encuentra en Londres, volverá en pocos días. Sé que me recibirá de inmediato.
—Lo hará. Es muy amigo del abuelo de Penny, el marqués de Finesword —explicó la señorita Thompson.
—Perfecto. —Blanche estaba pensando qué más podría hacerse cuando se dio cuenta de que lady Penny y la señorita Thompson la miraban con fijeza—.
¿Qué? —No dijeron nada, pero sus expresiones eran más que obvias.
Se removió, nerviosa—. No, por favor... ¿Qué esperan que haga yo?
¿Que hable con Richard para que me explique su comportamiento?
La verdad, no lo veo conveniente. No puedo inmiscuirme en su trabajo.
Nunca lo he hecho y pienso que se lo tomaría a mal.
—Bueno... —La señorita Thompson y lady Penny intercambiaron entre sí otra de sus miradas.
La primera carraspeó—. Lo entendemos, y seguramente tenga usted razón, que lo conoce bien.
—«Menos mal», suspiró Blanche. Pero antes de que pudiera disfrutar del alivio, continuó—: Sin embargo, se nos ocurre que quizá pueda hacer otra cosa.
Blanche inclinó la cabeza a un lado.
—¿Qué cosa?
—Pues... Como le ha contado la señora Row, el inspector Canterbary tomó algunas muestras, trozos del jarrón, que guardó en un sobre.
—Sí, cierto. Lo oí.
—Bien, porque se trata de un detalle importante, ya que, al día siguiente, cuando mi hermano y su socio, el señor Kirkcallum, acudieron al lugar de los hechos para examinarlo, actuando como abogados de la señora Row, no había ni rastro de los restos del jarrón.
Blanche la miró desconcertada.
—¿Cómo dice?
—Tal como le cuento. El director alegó que la galería debía abrirse al público y que, dado que no servían ya para nada, había hecho que limpiasen y que los tirasen junto con el resto de la basura.
«¿Qué necesidad hay de buscar más?», preguntó.
Ya tenían el informe de Scotland Yard y una culpable, la que había roto el jarrón y había tratado de hacerlo pasar por un intento de robo.
—Señaló hacia la pobre mujer, que parecía al borde de las lágrimas—. La señora Row.
—Oh, pero... —Blanche no encontró palabras. Bufó—. Inadmisible.
—Sin duda alguna —convino la señorita Thompson—.
Entonces, fueron a hablar con el inspector Canterbary, y este...
digamos que se mostró poco colaborador. El hombre educado y eficiente de la noche del intento de robo se convirtió en un funcionario nada dispuesto a esforzarse por llegar al fondo de todo este asunto.
Ella negó con la cabeza.
—Richard no es así. Imposible. Algo ha debido pasar.
La señorita Thompson apretó los labios.
—Quizá. Pero, tras esa primera entrevista, no ha querido volver a recibirlos. Y cuando han intentado abordarlo por la calle, se ha enfrentado a ellos y ha amenazado con tomar medidas legales por acoso. —Chasqueó la lengua contra los dientes—. No quiere hablar con mi hermano.
Blanche lo pensó un momento.
—Quizá ya no tenga nada más que decir...
La otra la miró mal.
—Permita que lo dude. Por otra parte, no solo queremos hablar con él. Le recuerdo que cogió unas muestras del jarrón y las guardó en un sobre.
—Lo sé. No me han dicho qué pasó con ellas.
—Porque no podemos. —Lady Penny dejó su taza sobre la bandeja. No provocó el menor sonido—. El hermano de Nomy planteó la cuestión durante su entrevista en el despacho del superintendente Wilde, pero el inspector Canterbary simuló sorpresa y juró que nunca las había cogido.
«¿Qué?». Blanche parpadeó consternada.
—Yo no sé... ¿Por qué haría eso?
Lady Penelope puso cara de circunstancias y se inclinó hacia ella, para apoyar una mano sobre las de Blanche.
—Creo que actúa presionado por sus superiores, querida. Por todos esos nombres de gentes importantes que le mencionó el director, cuando intentó amedrentarlo, ya desde el principio. Y lo entendemos, de verdad que sí. Debe estar muy asustado. Enfrentarse a eso puede ser un...
—Un suicidio profesional —aportó la señorita Thompson—. Algo así puede acabar con su carrera —titubeó—. Como poco.
—Exacto, como poco. —Lady Penelope se llevó una mano al pecho, a la altura del corazón—. Nosotras no queremos eso, en absoluto, trataremos siempre de intentar protegerlo. Por eso hemos pensado en usted.
—Así es. Usted es la clave. —Las pupilas de la señorita Thompson presionaron tanto que Blanche sintió que la taladraban hasta el alma—.
Quizá pueda ayudarnos a conseguir esos fragmentos, o al menos alguno, sin que él llegue a enterarse.
De ese modo, el inspector Canterbary sería inocente, porque lo dejaríamos a un lado.
No estaría envuelto en esta desagradable situación y se haría justicia sin tener que empeñar en ello su reputación y su carrera.
—Pero necesitamos tener acceso a los fragmentos, por el bien de la señora Row. Tenemos ciertas sospechas y queremos...
Se interrumpió y miró a la señorita Thompson, que negó con la cabeza.
—Solo queremos recabar toda la información posible —terminó esta última—. Con lo que descubramos, pensaremos qué hacer.
¿Habría hecho eso Richard? Su mente se llenó con su imagen, su sonrisa, su mirada sincera, el día que le pidió matrimonio.
O los ratos pasados en Navidad, como aquel baile tan alegre con su madre.
¿De verdad lo habría hecho? ¿Estaría ocultando información por puro miedo?
¿Habría condenado a esa pobre mujer solo por no enfrentarse a los poderosos de su mundo y estropear su brillante carrera?
No, no podía creerlo. De ser así, no era el hombre que creía que era. El caballero amable y decidido que luchaba por crear una sociedad mejor y más segura para todos. La decepción fue tan intensa, tan visceral, que llegó a afectarla de un modo físico, y le revolvió el estómago.
—Oh, yo no creo que... —Se sintió mal y se puso en pie. Necesitaba salir de allí cuanto antes, o terminaría vomitando los ricos canapés de Kitty sobre la preciosa alfombra del despacho—. Perdonen... Disculpen, por favor. No me encuentro bien. Debo irme.
—Pero no puede...
—Nomy, déjala —intervino lady Penelope—. Ha sido mucha información. Necesita pensar.
—Sí. Necesito...
—¿Quiere que le busquemos un coche?
—No. Iré andando. Gracias. Perdón.
Salió del club Astraea dando trompicones.