Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—No, no. En realidad, ninguna de las dos cosas.

Yo lo ataqué a él. —Blanche arqueó más todavía las cejas, al imaginar a aquella mujer menuda y consumida en una actitud tan belicosa.

Ella debió suponer qué estaba pensando—.

Reconozco que ni lo pensé. ¡No podía permitir que se fuera con el jarrón, no era suyo, y semejante robo me metería en problemas terribles!

Problemas que no podría afrontar, porque mis hijos dependen de mí.

Así que, como tenía la escoba en la mano, le di un buen golpe en la cabeza a aquel desaprensivo y traté de impedir que escapase.

Pero, para mi desdicha, en el forcejeo se le cayó el jarrón, que se rompió en pedazos.

—¡Oh! ¡Qué terrible! —exclamó Blanche, llevándose una mano al corazón—. Pero fue usted muy valiente, querida.

—Temeraria, más bien —aportó lady Penny, con una expresión de amable censura.

—Un poco, sí —admitió la señora Row—. El muy bruto me empujó a un lado y me tiró al suelo, mientras me insultaba. Tenía un acento raro...

—¿No sabría decir de dónde? ¿Irlandés? ¿Escocés, quizá?

—No, no sé, señorita, no entiendo de esas cosas, yo nunca he salido de Londres. Pero no hablaba como los de aquí, ni señoritos ni gente humilde. Era de fuera.

—Entiendo. Continúe, por favor.

—Pues... Casi perdí el conocimiento, por el susto y el golpe, pero seguí consciente para contemplar, con el más absoluto asombro, cómo pisoteaba con saña los trozos del jarrón.

Parecía un niño en plena pataleta, uno que rompe un juguete antes de tener que compartirlo.

Luego, se movió con rapidez y salió por la misma ventana que había utilizado para entrar.

—Qué terrible. —Blanche agitó la cabeza—. Lo siento mucho, señora Row, tuvo que ser espantoso vivir ese altercado. Además, imagino que lo sucedido le ha ocasionado un buen problema, o no estaríamos aquí.

—Desde luego que le ha ocasionado un buen problema —confirmó la señorita Thompson apretando la mandíbula con enojo contenido—. De hecho, uno enorme, porque la acusan de haberlo roto ella, y de inventarse lo del intento de robo para evitar responder por lo ocurrido.

—¿Qué? —Blanche había pensado estar ya más allá de todo asombro, pero no—. ¡Menudos desaprensivos!

—No lo sabe usted bien. Y eso que el jarrón en cuestión se ha roto de un modo más que evidente. De habérselo llevado ese individuo, como había sido su intención, seguro que la hubiesen acusado del robo.

—¡No!

—Se lo aseguro. De hecho, tras avisar a Scotland Yard y explicar lo ocurrido, la encerraron en una celda, como si fuera una delincuente. Tuvo que intervenir mi hermano para que la dejaran bajo nuestra custodia.

—Ha sido usted muy buena, señorita Thompson —declaró la señora Row, con el corazón en la mirada—. Mi prima siempre me ha dicho que son ustedes una familia ejemplar. Jamás podré pagarle todo lo que están haciendo por mí y mis hijos.

—No tiene importancia, Mathilda, no se preocupe.

—La señora Row es prima de Mildred Harris, que trabaja de doncella en Thompson Hall, la casa de Nomy —le explicó lady Penny a Blanche. Esta asintió.

—Oh, entiendo. Por eso se conocieron.

—Así es. —La señora Row sonrió—. He sido muy afortunada.

—Dentro de unos límites, teniendo en cuenta la situación en la que está —opinó la señorita Thompson.

Blanche vaciló.

—Entiendo su angustia por su situación. Pero, si no les parece mal que lo pregunte..., ¿qué tengo que ver yo con todo esto?

La señorita Thompson suspiró y la miró con fijeza.

—Usted directamente, no, pero sí el inspector Canterbary.

—Blanche sintió que el corazón se le detenía en el pecho—.

Cuando la señora Row vivió esa situación tan...

extrema, envió un aviso a Scotland Yard y al director de la galería.

El primero en llegar fue el inspector Canterbary, acompañado de dos agentes.

Según la señora Row, examinó los destrozos y charló con ella mientras los agentes custodiaban la entrada y echaban un vistazo fuera.

—Sí que lo hizo, y fue muy amable —afirmó la señora Row, llena de agradecimiento—. De verdad, se trata de un hombre encantador.

—Siempre lo es —asintió Blanche, complacida de que su prometido hubiese provocado tan buena impresión.

—Sí... Hasta hizo que me trajeran un té, para calmar mis nervios.

Mientras hablábamos, él examinó los restos aplastados en el suelo y tomó algunas muestras.

Me pidió algo para guardarlos y le conseguí un sobre grande, los había visto antes en el despacho del director.

Allí guardó algunos pedazos del jarrón, aunque ya les digo que estaba muy destrozado, ninguno era más grande que una uña.

Luego buscó algún rastro en la ventana, y por la alfombra, y me preguntó si sería capaz de reconocerlo, a mi agresor.

Ya le dije que imposible, que estaba embozado.

—Claro.

—La cuestión es que, gracias a él, me fui sintiendo mejor y casi logré superar el disgusto. Pero cuando llegó el director, el señor Matheson, todo cambió.

—¿A qué se refiere?

La señora Row frunció el ceño, claramente perpleja.

—Para empezar, se quedó como paralizado al entrar en la sala, mirando con ojos desorbitados el jarrón roto. Parecía espantado, no sé... Entonces, él... él...

—Tardó unos momentos en reaccionar, y luego montó en cólera y la acusó de estar mintiendo para disculpar el hecho de que había destrozado un jarrón que tenía varios siglos de antigüedad —intervino la señorita Thompson, indignada—.

Que esa pieza estaba a punto de ir a una exposición de arte... de arte...

—Oriental. —La ayudó lady Penny.

—Eso. Una exposición de arte oriental que se está organizando, amadrinada por la reina, por lo que el desastre era mucho mayor de lo que podía implicar el simple dinero perdido.

—¡Sí, eso dijo! —gimió la señora Row, y se cubrió el rostro con las manos—.

¡Oh, por el amor de Dios! Me reprochó que estuviera la ventana abierta y negó rotundamente que me hubiese ordenado dejarla así.

Me acusó de inventarlo todo para excusar el hecho de que soy un desastre y se empeñó en que el inspector Canterbary me detuviese de inmediato.

Yo tengo tres niños en casa, y un marido que poco viene, pero que, cuando lo hace, está borracho. No podía desaparecer sin más.

—Claro que no. —«Pobre mujer», pensó, pero no quería ofenderla. Se decantó por un comentario similar e igual de cierto—. Pobres niños...

—Pues ya ve —dijo la señorita Thompson—. A ese hombre, el horrible señor Matheson, le daba igual todo. Exigió que la detuvieran.

—¡No!

—Me temo que así es —suspiró la señora Row—.

El inspector Canterbary no quería, y trató de impedirlo, pero el señor Matheson empezó a nombrar gentes poderosas que estarían muy decepcionadas con su actitud si no le obedecía, así que me llevó presa, aunque se ocupó personalmente de avisar a mi prima para que se hiciera cargo de los niños en mi ausencia, y ella pudo informar a la señorita Thompson, que me sacó a primera hora de la mañana.

El inspector también me dijo que trataría de ayudarme en lo posible, pero me aconsejó que pensase bien qué hacer con mis hijos, para el caso de que al final se decidiera mi encarcelamiento.

—¡Pero si usted no ha hecho nada!

—Bueno, de ser declarada responsable de la rotura del jarrón, debería un mínimo de cien mil libras a la galería, que es su propietaria —alegó la señorita Thompson.

La señora Row se mostró horrorizada.

—¿De dónde voy a sacar yo cien mil libras? ¡Ni siquiera sabía que había tanto dinero en el mundo!

—No se desespere. Lo solucionaremos. —Justo entonces, llamaron a la puerta—. Adelante.