Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 4
25%

Capítulo 4

E l club Astraea estaba situado en un callejón estrecho que se abría casi con disimulo en Jermyn Street, donde seguro que Blanche no hubiera mirado, de estar simplemente paseando por la zona.

La puerta tampoco tenía nada llamativo, aunque se veía que era de madera de buena calidad, bien pulida, y contaba con un llamador de puño de bronce que no podía estar más brillante y con un pequeño felpudo al pie, en el que podía verse el dibujo de una muchacha griega.

Cualquier otro día, Blanche hubiera dicho que era alguna diosa, o una musa o algo así, pero, tras lo comentado por lady Penelope, imaginó que debía tratarse de la tal Astraea.

—Espero que no me estés metiendo en un buen lío —le susurró a la imagen, todavía insegura sobre lo que debía hacer. Pero no podía negar que aquel asunto la intrigaba, y mucho, de modo que suspiró y llamó usando el puñito de bronce.

La puerta se abrió apenas un par de segundos después, y una doncella muy atractiva, de rostro afable, la miró con una sonrisa.

—Hola, buenas tardes —le dijo, sonriendo también—. Soy mademoiselle...

—Dupont, sí —dijo la chica, asintiendo. Se apartó a un lado y le hizo un gesto para que entrase—. Pase, por favor, mademoiselle. Soy Kitty. —Las dos jóvenes se sonrieron—. Lady Penny y la señorita Nomy la están esperando en el despacho de dirección con la señora Row.

—Muchas gracias. —Miró alrededor mientras la seguía a través de un pasillo y un par de salas. El lugar parecía muy tranquilo. Elegante y silencioso—. Tenía entendido que era un club social. ¿No hay otras señoras?

—No, ahora mismo, no. No es buena hora para reuniones, mademoiselle.

La mayor parte ha tenido que ir a sus casas a prepararse para la cena —titubeó—.

El club es de reciente creación, ¿sabe usted?

No lleva abierto más de dos semanas y todavía no hay muchas socias: lady Penelope, la señorita Thompson y algunas amigas suyas de la escuela, nada más.

Pero, aun así, con la presencia de doncellas y algunas señoras invitadas para que lo vayan conociendo, esto suele estar muy animado a media mañana o pronto por la tarde.

De vez en cuando se reúnen incluso para tomar el té y charlar de temas importantes, pero no todas pueden permitírselo.

Tienen familias, o compromisos. —Hizo un gesto ecuánime, como si fuera a decirle algo muy obvio, que Blanche ya debía saber de sobra.

Y era cierto—. Pese a lo que pueda parecer, las mujeres del mundo no disponen de tanto tiempo libre como los hombres.

—No, desde luego que no —convino ella, que no tenía familia y solo estaba prometida, pero todo su tiempo se iba casi por completo en la tienda, en la casa y en Richard.

Imaginó lo atareadas que estarían las damas casadas, con sus compromisos sociales y sus maridos, y más si tenían hijos.

Pocas tendrían horas suficientes en el día como para dedicarlas también a clubes tan peculiares como ese, que seguro que no serían bien vistos en sus familias.

La doncella se detuvo frente a una puerta, llamó con los nudillos —lo que provocó una respuesta inmediata, un «adelante» en el que reconoció el tono de la señorita Thompson— y tomó la manilla, pero se detuvo.

—Voy a traerles un té, pero también tenemos café, si usted lo prefiere. E, incluso, vinos dulces —añadió con expresión divertida. Blanche rio.

—Solo un té, gracias.

—Muy bien.

Kitty abrió la puerta, y Blanche pudo ver un despacho amplio y luminoso.

Las lámparas estaban encendidas, y la chimenea, y también contaba con una ventana al fondo, que debía dar a un patio, aunque al haber oscurecido solo se veía penumbra al otro lado.

Estanterías con libros, archivadores, un tresillo muy coqueto frente al hogar y un gran escritorio con varias sillas, todas iguales, conformaban el resto del mobiliario.

Tras la mesa estaba sentada la señorita Thompson, cuyo rostro se iluminó al verla. En otras sillas, pudo ver a lady Penny y a una mujer de mediana edad y aspecto modesto, bien arreglada pero claramente humilde.

Las tres se levantaron para recibirla, aunque lady Penny fue la única que dio unos pasos en su dirección y tendió las manos hacia ella para recibirla como si fuera la mejor de sus amigas.

—¡Mademoiselle Dupont! ¡Qué amable por su parte haber venido!

—No tiene importancia... —empezó ella, estrechando otra vez aquellos dedos envueltos en sus guantes elegantísimos.

—Claro que la tiene —esta vez fue la señorita Thompson quien habló, y su tono igual que su expresión eran mucho más amables que en ningún otro momento anterior. Más relajados—. Nos presentamos de improviso en su tienda, y reconozco que no me comporté del mejor modo posible.

—¡Oh! ¡Estamos ante un suceso único! —Rio lady Penelope, dando palmas—. Tome nota, mademoiselle. Nomy raramente se disculpa.

—Tonta. Nomy se disculpa cuando es necesario.

Pero, es cierto, realmente pensé que no vendría, mademoiselle Dupont.

Que no se molestaría con este asunto si no la forzábamos a ello, lo cual iba a ser...

cómo decirlo, muy desagradable. Error mío.

—Le dedicó una sonrisa que la volvió definitivamente hermosa—. Se lo agradecemos mucho, de verdad.

—Ya lo creo que sí —apoyó lady Penelope. Luego, señaló a la otra mujer—. Permita que le presente a la señora Mathilda Row.

Blanche centró los ojos en ella. La madre de los tres niños, recordó.

Le calculó unos treinta y cinco años, quizá cuarenta, o incluso más.

Resultaba difícil de aventurar, porque tenía el rostro plagado de arrugas de preocupación y sus manos, que llevaba sin guantes, eran evidentemente ásperas, con las uñas dañadas por la sosa.

Los ojos eran bonitos, de un suave tono azul, pero tenían un aire muy triste y cansado.

—Un placer, madmosel Dupont —dijo la mujer, apurada, sabiendo que su lengua se estaba enredando con aquella palabra extranjera.

—El placer es mío, señora Row —replicó con amabilidad—. Por favor, puede llamarme señorita Dupont, sin más. Al fin y al cabo, me trajeron al poco de nacer y llevo aquí toda mi vida.

La señora Row sonrió aliviada.

—Se lo agradezco, señorita Dupont.

—Es usted muy amable —convino la señorita Thompson. Las cuatro mujeres intercambiaron inclinaciones de cabeza y sonrisas—. Por favor, sentémonos. Kitty va a traernos té, pero quizá usted prefiera otra cosa —añadió mientras lo hacían—. ¿Quizá le preguntó al acompañarla?

—Oh, sí, lo hizo, gracias. También tomaré té.

Lady Penny dio un par de palmaditas con aire feliz.

—Perfecto entonces. Nos traerá té a todas, porque la estábamos esperando.

—Estupendo, sí. —La señorita Thompson entrecruzó los dedos sobre el escritorio—. Entonces, si no le importa, vamos a proceder a explicarle lo mejor posible la situación.

Blanche asintió.

—Por favor. Se lo ruego.

—Muy bien. La señora Row, aquí presente —la señaló con un gesto elegante—, trabaja de limpiadora en distintos sitios.

Tiene tres hijos, como ya le indiqué. —Blanche asintió—.

No hace mucho la cogieron para trabajar en Lady Goldway Gallery, no sé si la conoce.

Es una galería de arte y antigüedades situada en Piccadilly Street, no lejos de aquí.

—Pues no, la verdad...

—Bueno, no se preocupe. Es propiedad de lord Goldway. La abrió en honor a su esposa, tras su muerte. Ella era muy aficionada al arte de todas las épocas, al parecer. —Blanche asintió. Le pareció un bonito detalle—. Se jactan de contar con un gran fondo de piezas exquisitas, todas muy valiosas.

—Entiendo...

—Y, como le digo, la señora Row es quien se ocupa de mantenerla impecable desde hace no mucho.

—Apenas una semana —intervino lady Penny—. La limpiadora habitual de la galería, la señora Berenson, se dio un buen golpe al caerse de una escalera, y está descansando unos días, por consejo médico.

Blanche se cubrió la boca con una mano.

—¡Oh, pobre mujer! Espero que esté mejorando.

Mathilda Row asintió con gesto triste.

—Así lo creo.

—No sé yo... —Al ver cómo la miraban las otras dos, la señorita Thompson hizo una mueca—. Estoy siendo suspicaz, lo sé. Pero esperemos a que mademoiselle Dupont conozca todos los datos, a ver qué opina ella.

—Me parece justo —asintió lady Penelope, y su amiga continuó hablando.

—La cuestión es que, dado que la galería está muchas horas abierta al público, y luego trabajan en ella algunos expertos, la limpieza tiene que hacerse ya tarde, cerca de la medianoche.

—Blanche no dijo nada, aunque se apiadó más todavía de la señora Row.

No recordaba la última vez que ella había estado despierta a medianoche.

Bueno, sí, cuando preparó el sombrero que Richard le regaló a su madre—.

Y, el martes pasado, la señora Row sufrió un terrible imprevisto —siguió la señorita Thompson.

Miró a la mencionada—. ¿Quiere contarlo usted, mejor?

—No sé... Bueno, sí... —La señora Row volvió a restregarse las manos por las faldas de lana barata—.

Estaba limpiando el despacho del director cuando oí un ruido fuera.

Las salas estaban a oscuras, pero el señor Matheson me había ordenado dejar abierta una de las ventanas, para ventilar bien el sitio, así que entraba luz de las farolas de la calle.

Me acerqué con cautela y vi a un hombre, un individuo embozado que estaba cogiendo un jarrón.

Blanche la miró horrorizada.

—Oh, Dios mío... ¿Y era muy valioso?

—Yo... —La señora Row la observó con expresión de duda—. Eso dicen. A mí me parecía bastante feo, la verdad.

—Pues, aunque le resulte difícil creerlo, era muy valioso —respondió lady Penny, claramente divertida—. Se trataba de un jarrón chino de la dinastía Ming, una antigüedad valorada en cerca de cien mil libras.

—¡Cien mil libras! —Blanche abrió mucho los ojos—. Oh, qué espanto, qué pérdida terrible... ¿Y el malvado? ¿Quizá huyó con él? —Contuvo la respiración ante una idea espantosa—. ¿Acaso la atacó?