Epílogo
B lanche soltó la mano de su marido y se inclinó para dejar el ramillete sobre la tumba de Thérèse Dupont.
—Gracias, mamá —susurró.
No había cambiado la lápida por consejo de Richard, y en realidad tenía razón.
Si colocaba una en la que pusiera «Amada madre de Blanche», en vez de esa que tenía delante y en la que se leía «Amada tía de Blanche», tarde o temprano alguien se daría cuenta y se organizaría un escándalo.
Y Thérèse había trabajado duro para que aquel secreto lo siguiera siendo.
Bah, qué importaba. Ella lo sabía, y la amaba. Lo demás daba igual.
Pasó una mano enguantada por la lápida, en una larga caricia, y le lanzó un beso. Luego, intentó levantarse por sí misma, pero dado su estado de gestación bastante avanzado, se tambaleó un poco.
—Ten cuidado —le advirtió Richard, siempre tan pendiente. La sujetó para ayudarla—. No deberías...
—Estoy bien, estoy bien. Solo es cuestión de estabilizar el peso.
—Bueno. Pero ten cuidado. ¿Vamos a casa? Mi madre ya tendrá organizado el almuerzo.
—Sí, claro. —La madre de Richard se había instalado en su casa y ya no había vuelto a marcharse.
Blanche se alegraba, porque adoraba a su suegra.
Y lo más sorprendente era que la señora Bloom y la señora Canterbary habían congeniado de maravilla.
Eso había provocado un cambio sorprendente en la criada, que no dejaba de sonreír y hablaba por los codos con quien tuviera a mano—.
Estará haciendo galletas de canela con la señora Bloom, como siempre.
Tan felices ambas. —Él rio—. ¿Tú sabes qué es lo que ha pasado?
—Eh... sí, pero no te lo quiero decir.
—¿Por qué no?
—Porque te vas a enfadar con la señora Bloom. Y dado que estamos pasando una época perfecta, no quiero estropearla.
—Oh, vamos. Ahora no voy a poder parar hasta que me lo cuentes.
Richard suspiró.
—Está bien. Te lo contaré si no bajas a la tienda por las tardes.
—¿Qué? ¡Si hay mucho trabajo!
—Vamos, vamos... Tienes tres ayudantes. Puedes diseñar los sombreros en casa, comprobar cómo va todo por las mañanas, y descansar por las tardes. —La miró—. ¿Hay trato?
—Vale...
—Bien. Pues mi madre le sonsacó a la señora Bloom que, desde hacía años, intuía que tu tía era tu madre. Y como le parecía que era algo indecente, no quería mayor trato con vosotras. Pero era un buen empleo, así que lo mantuvo.
—Oh, por Dios... Tenías razón, me estoy enfadando, y mucho.
—No lo hagas. Es una buena criada. Y tampoco tienes por qué tener trato con ella.
—¿Y cómo la convencisteis de que no tenía razón?
—Mi madre le dijo que ella jamás hubiera permitido que me casase con una hija sin padre. ¡Qué desvergüenza! Y que, cuando estuvimos en Provins, estuvimos alojados en casa de tus abuelos, que seguía regentada por unos familiares.
Técnicamente, no era una mentira. Habían estado dando un paseo por su jardín. Era un lugar precioso. Pero no se acercaron ni vieron a nadie. Pensó llamar, pero al final no lo hizo. No se merecían saber nada de su hija.
Miró hacia el frente, pensando en la señora Bloom.
—Ahora mismo, la odio, te lo juro —gruñó—. ¿Cómo se atrevió a juzgarnos así? Y sin decir nada, tratarnos de ese modo.
—No la veas con tanta dureza, amor mío. Te recuerdo que es una mujer a la que se le ha negado toda educación.
—Era cierto, la señora Bloom no sabía leer ni escribir—.
Que trabaja de criada fuera de su casa, y de criada dentro, para el resto de los miembros de su familia.
Educada en unos principios de los que, si no te dan oportunidad, no puedes escapar.
Y no todas son un encanto, como la señora Row, pero todas deberían ser consideradas víctimas.
Lo son. Deberías tenerle lástima y ayudarla en lo posible.
Blanche se sintió avergonzada. Y orgullosa.
—Te quiero, ¿sabes? Yo sí que he sido muy afortunada en la vida.
—Me alegra mucho que lo pienses. Vivo para vosotras, madame Dupont. —La estrechó contra su pecho y pasó una mano por su vientre abultado, en un gesto de infinito cariño—. Quiero que mis chicas estén bien.
Blanche se echó a reír.
—No sabes si será niña.
—Estoy convencido de ello. —Empezaron a caminar hacia la salida—. Además, ese club tuyo va a necesitar muchas socias más, si quiere tener una oportunidad de cambiar el mundo.
—Sí, eso es cierto. —Le puso cara de circunstancias—. Recuerda que no debes hablar de él delante de Penny y de Nomy. No tienen que...
Richard rio.
—Cariño, hace tiempo que saben que lo sé.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y qué dijeron?
—Que ya imaginaban que me lo contarías. Y que, cuando quiera ser socio, se los comente, que me aceptarán.
—Tonterías. —Se echó a reír—. Te lo ofrecerían en broma. Los miembros del club Astarea tienen que ser mujeres.
—Eso les dije yo. Pero entonces la señorita Thompson me recordó que ser feminista es luchar por la igualdad entre géneros, así que no es que admitan mujeres: admiten personas.
Blanche sonrió para sí, pensando en que quería mucho a sus amigas, mucho.
Apretó la mano de Richard y caminó a su lado.