Capítulo 2 #2
Y, luego, hubo que empezar a proyectar la boda.
Los días de Blanche entraron en una auténtica vorágine de actividad en la que apenas tenía tiempo para pensar en nada que no fuera su enlace, decidido para mediados del mes de julio.
Una tras otra, se sucedían a toda velocidad citas con la modista, reuniones con el párroco, tés con su futura suegra, visitas continuas a distintos locales con su futuro marido, buscando el lugar idóneo para ofrecer un banquete a unos pocos invitados...
Ese se convirtió en uno de los grandes problemas del momento.
¿A quién invitar? La gente que conocía era por cuestiones profesionales, y no tenía sentido hacer diferencias entre clientas o proveedores.
A la señora Bloom no quería llevarla; no se había ganado ese detalle y, total, si lo hacía solo iba a bufar.
Al final optó por enviar una invitación a su abogado, el señor Hamilton, que se había ocupado desde siempre de los asuntos de su familia; al cartero, el señor Carson, un hombre cercano al retiro que las conocía de toda la vida —y que había rondado con ojos de cordero a su tía durante mucho tiempo, seguro que deseando ser lo bastante valiente como para declararse—; y al doctor Bertrand, que se había desvivido siempre por la salud de las Dupont, sobre todo en los últimos momentos de su tía, en los que hasta llegó a pasar noches en vela a su lado, negándose a cobrar por ello.
Por eso, por aquella dedicación inquebrantable, hasta le pidió que la llevase al altar.
—Será para mí un gran honor —replicó el viejo médico, palmeándole la mano—. Querida, su tía se sentiría muy feliz por usted.
«Lo sé», pensó ella. Solo lamentaba no poder compartir con ella aquel día tan grande como inesperado.
Así, el señor Carson —que llevaba décadas viudo—, el señor Hamilton y su esposa, y el doctor Bertrand y la suya fueron su contribución al evento. Richard Canterbary hizo algún comentario sobre lo escueto de su lista de invitados, pero no insistió mucho.
Él mismo solo aportaba unas veinte personas, entre familiares y amigos. También invitó a algunos miembros de Scotland Yard, compañeros de despacho y hasta algún superior, como el superintendente Robert Wilde, al que Blanche conoció una tarde en la que paseaban junto al lago de Saint James.
El superintendente, un hombre muy alto y delgado, de cabello ralo y grandes bigotes canosos, iba en dirección contraria con una señora del brazo. Canterbary y él se miraron y sonrieron.
—¡Inspector Canterbary! —había exclamado Wilde al llegar a su altura; y, aunque esperaba un saludo, su vozarrón la sobresaltó—. ¡No me diga que esta es la joven que va a arrastrarlo hasta el altar para convertirlo en un hombre de provecho!
Richard se echó a reír.
—Así, es, señor. Mademoiselle Dupont, permítame que le presente al superintendente Wilde, de Scotland Yard, y a su encantadora esposa, la señora Florence Wilde.
—Un placer, señor, señora...
—He oído hablar mucho de sus sombreros, y veo que no exageraban, querida —dijo la señora Wilde con amabilidad—. El que lleva es exquisito. Tengo que acercarme algún día por su tienda.
—Hágalo, por favor. Será un placer atenderla.
Tras unos minutos de charla cortés, los dos ancianos se alejaron. Canterbary sonrió.
—Le agradezco la forma en que ha llevado el encuentro —le dijo—. Él es mi superior, y en buena medida nuestro futuro depende de su agrado.
—Ha sido un placer, son muy agradables. —Omitió el hecho de que hubiese actuado igual con cualquier persona. Su tía siempre la había educado en la creencia de que debía mostrarse amable a cada momento.
—Sí que lo son, mademoiselle... ¿Puedo llamarla Blanche? —preguntó él, de pronto—. Vamos a casarnos, y..., bueno, me gustaría.
Blanche, que había estado contemplando una pareja de cisnes negros rodeada de patos, se volvió en su dirección y no pudo por menos que echarse a reír. Qué tímido era a veces; y tan formal, siempre.
—Por supuesto, Richard.
Él también rio.
—Me encanta cómo suena en sus labios.
Entonces, hubo algo entre ellos, algo que fue como un chispazo de pura electricidad.
Richard —ya nunca más fue «el señor Canterbary» para ella— le clavó la mirada con tanta fuerza que Blanche se vio obligada a tragar saliva con esfuerzo.
Las pupilas del hombre se deslizaron con lentitud hacia sus labios y ella supo que estaba pensando en besarla, y que no había nada, absolutamente nada, que deseara con más intensidad.
«Bésame», pensó, con el corazón en un puño y la respiración acelerada. «Hazlo, hazlo, hazlo...».
Y él hasta dio un paso al frente y se inclinó hacia ella. Pero, en el último momento, se apartó. Miró alrededor con incomodidad.
—Lo lamento. Casi organizo un escándalo.
—Nadie se hubiese fijado.
Richard sonrió.
—¿Usted cree?
—Por completo. —Alzó una mano y le acarició una mejilla—. Y no dude de que lo deseo. Con todas mis fuerzas.
—Yo también... —Richard titubeó, pero terminó ofreciéndole el brazo—. Vamos, seamos pacientes y sigamos paseando. Nada como hacer las cosas bien. Todo llegará, mi querida Blanche. Queda muy poco para la boda.
Ella sonrió, enternecida. Decididamente, ¡qué formal era!
Supuso que resultaba lógico, teniendo en cuenta su profesión, siempre luchando porque se cumpliera la ley.
Además, daba lo mismo. Como él había dicho, los besos llegarían, seguro, y serían intensos y apasionados.
Y, lo más importante, estarían llenos de ese amor compartido que ayudaba a forjar una familia. Una vida en común.
Vivía momentos de gran felicidad. Por eso, la llegada de aquellas dos jóvenes le provocó una mayor sensación de catástrofe de lo que hubiera ocurrido en otros instantes de su vida.