Capítulo 2
A quella primera salida, durante una cena deliciosa, supo que Richard Canterbary era inspector en Scotland Yard, algo que la alegró enormemente, porque implicaba que se trataba de un hombre de orden con un excelente puesto de trabajo.
Y dado que mostraba un evidente interés por ella, saberlo suponía la mejor de las noticias, tal como afirmaron la señora Graham y la señora Toole a la mañana siguiente, cuando se acercaron a la tienda con toda la intención de chismorrear un poco.
Por una vez, a Blanche no le importó. De hecho, agradeció poder hablar con alguien de lo ocurrido y compartir parte de su alegría y sus ilusiones. Por cauta que fuera —que lo fue, midiendo mucho cuánto decía y sin dar pie a demasiadas confianzas—, ante dos damas tan predispuestas al cotilleo.
Había sido arriesgado, pero lo necesitaba.
Al fin y al cabo, ahora estaba sola en la vida.
No le quedaba familia, y pocas amigas de su edad había podido hacer nunca, dado lo sacrificado que había sido mantener la tienda y cuidar de su tía enferma durante sus últimos años.
Ambas tareas habían sido las causas, también, de que nunca hubiera llegado a conocer caballeros, por no haberse dado la oportunidad.
Sencillamente, no había dispuesto de tiempo para ello.
Así, la única persona cercana —alguien a quien veía casi todos los días— y estable que quedaba en su vida era la señora Bloom, que limpiaba la casa y cocinaba para su tía y para ella desde hacía más de veinte años.
Pero aunque la señora Bloom era limpia y estricta, planchaba como los mismos ángeles y era una maravilla en los fogones, no podía ser más seca y desagradable en el trato.
Ni siquiera cuando Blanche era niña se había mostrado más humana, siempre estaba seria y con expresión de enojo.
Arrancarle una palabra era difícil, y al conseguirlo —y encontrarte con una réplica poco afortunada— solo podías lamentar haberlo logrado.
De hecho, Blanche había pasado muchos ratos con su tía en la tienda ya cerrada, recogiendo o fabricando adornos para nuevos sombreros, mientras esperaban con paciencia a que el reloj marcase la hora en que la señora Bloom salía por la puerta principal de la casa —que daba a otra calle—, para irse a la suya, a las siete en punto, tras dejar la cena lista.
—¡Ya se habrá marchado la dragona! —decía entonces su tía entonces, entre risas, y subían de la mano para ver la casa impecable y disfrutar juntas de la rica cena que esperaba en el horno.
No, la señora Bloom no era una opción, ni mucho menos.
Y, antes, podía charlar de todo con su tía, una mujer con la sabiduría suficiente como para darle buenos consejos, pero ahora...
Hacerlo con aquellas señoras resultó ser algo muy parecido, aunque el empeño de la señora Toole por recomendarle una y otra vez que aceptase una invitación a tomar el té para conocer a su primo, el viudo acomodado, no dejaba de crisparle los nervios.
En todo caso, hablar de ello la ayudó a aceptar de verdad que aquel milagro asombroso estaba ocurriendo en serio, que era cierto que un hombre guapo, joven y bien posicionado mostraba interés por cortejarla.
Sobre todo cuando la tarde siguiente se presentó de nuevo para invitarla a pasear por Saint James, y luego volvió a llevarla a cenar.
Y regresó al día siguiente, y al otro...
A lo largo de los tres primeros meses solo faltó el día del cumpleaños de su madre y las veces en que, según le explicó, estaba de guardia en su trabajo, para el caso de que se cometiese algún crimen.
También, un par de veces le surgieron imprevistos.
En esas ocasiones, siempre le mandó una nota para que estuviese advertida, y a la tarde siguiente volvía a buscarla con un ramillete de flores.
Blanche no podía creer en su buena suerte.
¿De verdad estaba ocurriendo aquello? ¿No era un sueño?
¿Una ilusión creada por su deseo de que algo así ocurriera?
A esas alturas de su vida, le costaba mucho aceptarlo; pero, cada tarde, al verlo aparecer poco antes del cierre, se pellizcaba con disimulo y sabía que estaba muy despierta.
Despierta y entusiasmada. Siempre se había considerado una persona con buena suerte y satisfecha con la vida.
¿Cómo hubiera podido ser de otro modo? Contaba con un techo firme sobre la cabeza y con un plato de comida seguro, además de con el amor incondicional de su tía; pero no fue hasta esos días en los que supo lo que era la auténtica felicidad: la que venía al colmarse un anhelo romántico del corazón, del alma.
Nunca hubiese imaginado que pudiera sentirse algo así.
—¿Le gusta? —le preguntó él, la noche en la que pidió champán tras la cena, porque ella había dicho que todavía no lo había probado.
Blanche percibió el delicioso alboroto de las burbujas, jugando con su lengua, y pensó que era así, exactamente así, como aquel hombre la hacía sentir. Jubilosa, alegre, llena de vida...
—Me encanta —replicó, aunque no pensaba en el champán, sino en todo lo que estaba viviendo.
—Me alegro, porque me gustaría... —Tendió una cajita hacia ella y, al abrirla, un pequeño diamante brilló en un anillo de oro.
Blanche sintió que su corazón se estremecía en su pecho—.
Me gustaría que considerase la posibilidad de convertirse en mi esposa, mademoiselle Dupont.
Yo... —Se ruborizó, apurado—. Tengo un sueldo decente y grandes posibilidades de ascender, no me va nada mal en el trabajo.
Y no sé si le parecerá precipitado, pero me gustaría que nos casásemos en seis meses, un año a lo más.
Confieso que estoy cansado de vivir solo y que, en realidad, toda mi alegría empieza a las seis de la tarde.
Ella sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Señor Canterbary... —Miró el anillo—. Es... es precioso.
—No sé si usted estará ya demasiado acostumbrada a su independencia, lo entendería.
Solo puedo decirle que su negocio seguirá siendo suyo, en todo caso, y que, si se casa conmigo...
—Hizo una ligera pausa, como cogiendo aliento—.
Si se casa conmigo seríamos un equipo. Juntos, frente el mundo.
Seremos iguales, compañeros luchando por salir adelante.
Siempre respetaré su opinión, ante cualquier decisión que haya que tomar en familia.
Ella asintió. Recordó comentarios escuchados en la tienda por parte de mujeres casadas. Algo le decía que con Richard nunca viviría esas situaciones, pero prefería dejarlo claro desde el principio.
—Y nos lo contaremos todo. Seremos siempre sinceros el uno con el otro. Odio la deslealtad más que nada en el mundo. Podría aceptar que me fuera usted infiel físicamente, pero no que me tratase como una tonta, mintiéndome.
Él asintió. Tomó el anillo y se lo puso.
—Se lo juro.
El sombrero que elaboró para su madre —y en el que Blanche empeñó muchas más horas de las que nunca había empleado en uno, hasta el punto de pasar más de una noche sin dormir— le había gustado muchísimo a la señora Canterbary, tal como le confesó ella misma la tarde en que el señor Canterbary las invitó a tomar el té para que se conocieran.
La reunión tuvo lugar en uno de los locales más importantes de Londres, y Blanche se había preparado a conciencia, con un vestido nuevo y una bonita capa.
Incluso había decidido llevar el sombrerito creado por su tía, el que tenían expuesto en el mostrador, y que, tal como pudo comprobar varias veces, seguía llamando la atención y suscitando un gran interés.
—Perdone, ¿podría decirme dónde ha comprado ese sombrero? —le preguntó una señora, que iba acompañada de dos jovencitas. Las tres lo contemplaban con arrobo—. Es precioso.
—En la Chapellerie de Madame Dupont pour dames élégantes, una sombrerería situada en la esquina de Maddox con Bond Street —replicó ella, divertida.
—¡Muchas gracias! ¡Es realmente precioso!
Sí, sabía que acudía impecable a la cita. Aun así, había estado nerviosa, pensando que, cuando la viera, la señora Canterbary haría algún que otro comentario sobre su edad. Pero, para su sorpresa, no mencionó nada al respecto.
—Es usted tan bonita como afirmaba Richard. ¡O incluso más! —se limitó a decir, con una risita encantadora.
Blanche se sintió feliz. ¿Podía existir una señora más amable?
Seguro que no, por eso había educado tan bien a su hijo.
Y para ella, que se había quedado sola en la vida tras mucho tiempo de cuidar de la tienda y de su tía —y que llevaba dos años sin saber ni cómo seguir viviendo, más que enfrascándose en la rutina diaria de crear sombreros—, aquello supuso la salvación.
Su futura suegra vivía sola en una casita de Hertfordshire, la que le había construido su marido al casarse, pero ahora solía pasar una o dos semanas cada estación en la casa de su hijo —además de las Navidades, como fechas fijas—, asegurándose de hacer una buena limpieza y de que toda su ropa quedase impecable.
Luego, en su ausencia, ya se ocupaba la criada del día a día, la señora Taylor, una mujer menuda y charlatana —y bastante descuidada, todo había que decirlo—, la versión contraria de la señora Bloom.
Los Canterbary hicieron que sintiese que volvía a formar parte de una familia desde el primer momento, sobre todo en la Navidad.
Por primera vez desde la muerte de su tía, no tuvo que pasarla sola y llorando, sino que acudió a la casa de Richard, donde se celebraron comidas y cenas a las que asistieron algunos familiares de los Canterbary y un par de amigos.
Hubo niños. Hubo felicidad. Sintió la mano de Richard, sosteniendo con firmeza la suya.
Bailaron al ritmo del violín del primo John...