Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Oh, claro. —Frunció el ceño, pero lo hizo con un gesto gracioso. Seguramente quería devolverle la broma que había hecho ella antes—. Pues no las conozco, y, aunque ahora mismo está conmigo aquí en Londres, si me pongo a perseguirla por toda la casa con una cinta, sospechará.

Blanche no pudo por menos que echarse a reír, divertida por la imagen.

Su corazón se estremeció de pura felicidad cuando el hombre también lo hizo.

Qué cerca se sentía de él, qué curiosa armonía desde el inicio.

¿Se apreciarían así las jóvenes debutantes en los primeros momentos de un cortejo?

Quizá, no podía saberlo. Salía poco y apenas conocía hombres.

En todo caso, era como estar viviendo un sueño. No acababa de creerse aquella realidad. Esperaba no estropearlo con cualquier tontería.

—Sí, por supuesto... —Se dio golpecitos con la punta del dedo en la barbilla—. Pues se me ocurre que podría traerme usted alguno de sus sombreros, aquel que sea su preferido, de hecho. De ese modo, además de comprobar sus medidas exactas, podría saber qué tipo de prenda le gusta, su estilo.

El joven sonrió de oreja a oreja.

—Es una buena idea, ya lo creo. Si se lo traigo mañana mismo, ¿podría tenerlo para el viernes antes del té? Voy a llevarla a ese nuevo local cercano a Hyde Park Centre, y así podría estrenarlo.

Ella titubeó.

—Para hacer un buen trabajo tendría que dedicarle muchas horas, y ya tengo bastantes encargos...

—Por favor. Como le dije, cumple cincuenta años. Me gustaría que fuese un día muy especial.

Ella sonrió. Recordó lo dicho por la señora Graham y la señora Toole, y sintió una gran ternura. A ella también le gustaba que fuera un buen hijo.

—Lo tendré. Tráigalo mañana sin falta, lo antes posible, y le haré un sombrero que encantará a su madre.

Él se llevó una mano al pecho e hizo una ligera inclinación.

—Muy agradecido, señora...

—Dupont. Blanche Dupont.

—Oh, claro. Madame Dupont, entonces, ¿no?

Blanche rio con suavidad.

—En realidad, soy mademoiselle. «Madame» era mi tía. Heredé su negocio y decidí no cambiarle el nombre. —¿Eran imaginaciones suyas o pareció alegrarse?—. Pero no es necesario el francés, aunque reconozco que siempre me ha gustado.

—A mí también, aunque lo hablo muy mal. —Inclinó la cabeza a un lado—. ¿Es la dueña de la tienda, entonces?

—Así es. La fundó mi tía. Yo la heredé a su muerte, hace un par de años.

—Entiendo. Lamento su pérdida.

—Gracias...

Hubo un momento incómodo en el que no supo qué más decir. Por suerte, él retomó el control de la conversación.

—Pues muchas gracias por su amabilidad, mademoiselle Dupont. —Volvió a inclinarse, pero luego le tendió la mano derecha—. Soy Richard Canterbary. Encantado de conocerla.

Ella estrechó la mano que le tendía, aunque solo lo hizo con las puntas de los dedos, y se apartó en seguida.

Lo lamentó al momento. ¿Y si la consideraba una tiquismiquis o una sosa?

Alguien sin fuerza ni interés. Quizá él esperaba un gesto más firme, más determinado, pero no se había atrevido a tanto.

Ya solo con ese ligero contacto, su corazón había amenazado con desbocarse por completo.

—Un placer, señor Canterbary —logró murmurar.

—Lo mismo digo. —El hombre se dirigió a la puerta, pero volvió a mirar atrás, hacia ella—. ¿Cierra a las seis, entonces?

—Sí. Siempre.

Él asintió y comprobó su reloj.

—Pues son las seis y diez.

—Bueno, sí. —Rodeó el mostrador, fue a la puerta, pasando por su lado, y giró el cartelito, para indicar «CERRADO». Sonrió—. Ya está.

—Perfecto. ¿Y qué va a hacer ahora?

—Oh... —Trató de pensar, otra vez aturullada. Quizá debió idear algo más glamuroso, pero solo le salió la verdad—: Vivo arriba, así que subiré a mi casa y leeré algo hasta la cena.

—Le gusta leer.

—Sí, mucho. —Vio que eso también lo complacía—. Me gusta todo: novela, ensayo, filosofía... Los libros de Historia me encantan.

—A mí también —titubeó un momento—. ¿Le gustaría dar un paseo, tomar un té...? Incluso cenar conmigo —se interrumpió, algo apurado—. A menos, claro, que esté usted comprometida de algún modo y no le parezca adecuado.

Ella dudó.

—No, no estoy comprometida. Y me... me encantaría acompañarlo —añadió, en un rapto de valor.

Tenía la sensación de estar en una estación de tren, ante la última posibilidad de llegar a alguna parte con su vida.

La locomotora pitaba, estaba a punto de salir.

Era entonces o nunca—. Solo necesito unos minutos para prepararme y coger mi abrigo.

Qué tonta, qué contento se puso su corazón cuando él sonrió.

—¡Estupendo! —Abrió la puerta. La campanilla volvió a sonar, pero Blanche tuvo la impresión de que jamás lo había hecho de ese modo, tan alegre, tan lleno de buenos augurios.

No era el sonido cotidiano, sino un repiqueteo que anunciaba el comienzo de algo maravilloso—.

Pues, si le parece, dejaré la tienda y la esperaré en la esquina con Bond Street.

—El señor Canterbary empezó a alejarse por la acera mientras señalaba hacia algún punto por delante—. Así evitaremos chismes.

—Gracias... —susurró ella.

Aunque, seguramente, Richard Canterbary ya no la oyó.