Capítulo 1 #2
Blanche apretó los labios. A sus veinticinco años ya sabía que debía considerarse una solterona sin remedio, pero el tema solo le importaba en momentos así, cuando alguna de sus clientas se mostraba especialmente meticona.
Estuvo a punto de contestar una inconveniencia, algo que seguro traería feas consecuencias para el negocio, pero por suerte sonó la campanilla de la puerta.
—Disculpen un momento —pidió, girando el rostro hacia el bonito biombo que separaba aquel pequeño espacio para pruebas del resto de la tienda—. Estoy con una prueba. Voy enseguida.
—No hay prisa —dijo una voz elegante y cálida. De hombre. Las cuatro mujeres arracimadas en el espacio de pruebas se miraron sorprendidas.
—Perdonen, voy a atenderlo... —dijo en voz más baja. La señora Graham sonrió de oreja a oreja.
—Oh, por supuesto, querida.
—Gracias. Disculpe —le soltó el lazo del sombrero y lo retiró cuidando de no despeinarla—, si da ya su conformidad, este podría llevárselo hoy mismo.
—Sí, perfecto. Así podré estrenarlo mañana para ir a la reunión de las Damas. —Señaló a la doncella—. Déselo a Daisy.
—Desde luego. Voy a envolverlo —le dijo a la jovencita, y las dejó allí, para que la doncella le retocase el pelo y le pusiese el sombrero que había llevado ese día, otra de las creaciones de Blanche.
Ella salió de detrás del biombo y se sorprendió al ver que, apoyado en el bonito mostrador de madera tallada, esperaba un joven alto y atractivo, de cabello negro, ojos de un intenso tono verde y una perilla que le daba un aire algo mayor de lo que seguramente era. Le calculó unos treinta años.
Las pupilas de Blanche volaron por su cuenta a las manos del hombre.
¡No llevaba anillos! Eso no tenía por qué significar nada, en realidad, muchos hombres casados no usaban alianza, pero cabía la posibilidad de que no lo estuviera, que siguiera soltero...
Notó que el corazón se le aceleraba en el pecho y se sintió ridícula.
«Oh, por favor...». Estaba claro que ya era una solterona, y su cuerpo y su corazón reaccionaban como tal. En pocos años resultaría totalmente patética.
Blanche tomó aire y recuperó el control.
¿Qué querría? Por lo general, su clientela era femenina.
Bueno, por lo general no, siempre. A veces entraba algún caballero, pero solo como acompañante.
Claro que también estaban los transportistas, los que llevaban los materiales enviados por los proveedores.
Pero este no lo era, desde luego.
—Buenas tardes —dijo él, con una inclinación de cabeza.
¡Por Dios, qué guapo era! Sostenía en su mano un sombrero de media copa.
Una factura aceptable, pero no demasiado cara.
Lo mismo podía decirse del resto de su ropa, desde el abrigo de paño oscuro hasta las botas que brillaban como si estuvieran recién pulidas.
—Buenas tardes... Dígame —le ofreció, con una sonrisa. Agitó ligeramente el sombrero entre las manos—. Tengo que envolver esto mientras sale mi clienta, pero puedo ir atendiéndolo, y así aprovechamos bien el tiempo.
Él la miró con apuro.
—Oh, sí. Perdone que me presente a estas horas. Acabo de fijarme en el cartel que dice que cierra a las seis. No lo vi antes de entrar, de haber sido así lo hubiese dejado para mañana.
—Sí. Esa es la hora. —Los ojos de Blanche giraron hacia el reloj de la repisa.
Eran las seis menos cinco. Dejó el sombrero de la señora Graham sobre el mostrador y sacó un pliego de papel para envolverlo antes de meterlo en una caja a la que añadiría una bonita lazada y quizá unas cuantas florecillas de adorno.
Era una labor que le gustaba y se le daba bien—.
Pero no se preocupe y dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Pues verá, el próximo día cuatro es el cumpleaños de mi madre, cumple cincuenta...
Ella sonrió con mayor amplitud.
—Oh, ¡me alegro mucho! Le deseo que pase un día maravilloso y que cumpla muchos años más.
Él le devolvió la sonrisa.
—Gracias. Como puede imaginar, me gustaría tener con ella un detalle.
Algo especial y, no sé... El año pasado se quejó de que siempre le regalo chales, pañuelos, guantes o pequeñas joyas a las que nunca ha sido muy aficionada, así que esta vez he pensado sorprenderla.
—Miró alrededor, confuso—. Un sombrero podría ser una buena idea, ¿no cree?
—Sin duda. —Blanche sonrió—. Pero no sé si le va a ser útil mi opinión, soy parte interesada. —Compuso una expresión que esperó que resultase graciosa—. Vendo sombreros.
Por los ojos del desconocido pasó un brillo de diversión.
—Sí, por supuesto. —Señaló uno que tenía de muestra a un lado del mostrador, siempre admirado por las damas—. Este, por ejemplo, es muy bonito. Me encanta. ¿Cuánto cuesta?
Blanche miró hacia allí. Ella, que siempre había sido la más exigente en cuestiones profesionales de toda la familia Dupont —así lo había afirmado siempre su tía—, reconocía que era una preciosidad.
Se trataba de un bonete de cuchara, adornado en su parte superior con pequeñas rosas tan perfectas que parecían auténticas.
Incluso el broche que cerraba las gruesas cintas en el cuello estaba formado por unos capullitos de rosas que daban la impresión de haber sido recogidos pocos minutos antes.
Lo había elaborado su tía nada más llegar a Inglaterra, en un alarde para demostrar su destreza, y siempre había estado expuesto. Solo lo habían usado ellas, ocasionalmente, en algún evento.
—Me temo que no está a la venta, señor, lo siento —le explicó—. Además, sería más apropiado para una jovencita.
—Ya... Entiendo. Pues, entonces...
Justo en ese momento, la señora Graham y la señora Toole, seguidas de Daisy, salieron de detrás del biombo, caminando de un modo que hizo que Blanche pensara en un ejército dispuesto a arrasar donde fuera.
La señora Graham sonreía de oreja a oreja, y sus ojillos brillaban mientras las pupilas iban del desconocido a ella, valorando la situación.
La señora Toole, por el contrario, no podía ocultar su contrariedad. Seguro que estaba pensando en su anciano primo, ese que se iba a perder de conseguir una sombrerería próspera solo a cambio del enorme sacrificio de convertir en su esposa a una pobre solterona.
¡Por Dios! Blanche sintió que se ruborizaba.
¿No podían dejar estar el asunto, como lo había hecho ella ya años antes?
Además, seguro que aquel hombre estaba casado, y bien casado, aunque no llevara la alianza —quizá la había llevado a arreglar o se la habían robado, o la había perdido sin querer y estaba esperando una nueva—.
Era demasiado guapo para seguir soltero a su edad.
—Querida, nos vamos ya —le dijo la señora Graham.
—No queremos molestar —añadió la señora Toole.
—Nunca molestan, ya lo saben. —Blanche terminó de adornar la caja y se la entregó a la doncella.
El pago llegaría, como siempre, por la mañana, por medio de un criado, así que no mencionó el tema.
De sobra sabía que no era educado hablar de dinero.
Empezó a rodear el mostrador—. Permitan que las acompañe a la puerta.
Y espero que disfruten mucho mañana, durante su reunión.
—Muchas gracias. —dijo la señora Graham. Blanche se adelantó, la campanilla repiqueteó al abrir y, cuando las ancianas estaban saliendo, se inclinó hacia ella para susurrar—. ¡Oh, ese joven es muy apuesto, querida! ¡Y, por lo que ha dicho, parece un buen hijo!
—El que es buen hijo, será buen marido —aportó la señora Toole—. Así decía mi santa madre.
—Y la mía, señora Toole, y la mía. ¡Qué sabias somos las madres! —replicó su amiga. Luego, volvió a dirigirse a Blanche—. ¡Aproveche la ocasión, que no lleva alianza! ¡No lo deje escapar!
—Aunque insisto en que, a su edad, le convendría un viudo más maduro, querida —insistió la señora Toole—. Un hombre mejor asentado, con prole ya propia, como le dije, y...
—Sí, desde luego. Gracias por su visita —replicó Blanche, un poco más alto—. Adiós, adiós...
Cerró, con un nuevo campanilleo y volvió hacia su lugar tras el mostrador, rezando interiormente para que él no las hubiese oído. ¡Se moriría de la vergüenza!
No lo parecía, porque seguía mirando por la tienda.
—Ya está. Disculpe...
—No, no, por favor, faltaría más —replicó él, descartando el tema también con una mano—. No tiene nada de qué disculparse. He venido muy tarde y además estaba ocupada, espero mi turno sin mayor problema. Además, me anima el hecho de que quizá pueda ayudarme.
—Desde luego, estaré encantada. Pero necesitaría saber qué estilo le gusta a su madre. Y sus medidas.
—¿Medidas?
—Sí. —Hizo un gesto con el dedo—. El contorno de la cabeza.