Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 1
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Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1)

Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1)

Por Bethany Bells

© inepub.com

Capítulo 1

—¿D e verdad es usted francesa, querida?

—preguntó la señora Graham, mientras la miraba con curiosidad a través del gran espejo del tocador donde estaban reflejadas ella; su amiga, la señora Toole, sentada también a su lado; y la propia Blanche, que, de pie tras ella, se ocupaba de atenderla en la prueba de su sombrero.

La doncella que las acompañaba, Daisy —una jovencita de rostro redondo y ojos tristes—, estaba también allí, pero a un lado. Y, como era de esperar en alguien del servicio, no aparecía en la imagen. Era por completo invisible.

La señora Graham y la señora Toole no le caían especialmente simpáticas.

Ambas eran clientas relativamente nuevas de la «Chapellerie de Madame Dupont pour dames élégantes» —una tienda no demasiado grande, pero sí muy distinguida, situada casi en la esquina de Bond Street con Maddox—, y habían llegado tras admirar los bonitos sombreros de lady Blackwood en las reuniones que compartían como Damas de la Caridad Cristiana de Saint James, tal como le explicaron durante su primera visita.

Blanche sospechaba que no le habían preguntado de una forma directa —conocía a lady Blackwood y seguro que no había dado pie a confianzas con dos mujeres sin mayor linaje que se habían hecho muy ricas gracias a los negocios de sus maridos, por muy caritativas que fueran todas—; más bien suponía que la señora Graham y la señora Toole le habrían pagado un par de chelines a la doncella de milady a cambio de la información.

En todo caso, se alegraba mucho de tenerlas allí.

No era para menos: en las tres visitas que habían hecho habían encargado ya cinco sombreros cada una.

Era lo que tenía ser mujeres muy ricas, pese a no estar emparentadas con la nobleza.

Precisamente por eso parecían estar siempre necesitadas de demostrar algo, y no les importaba gastar en ello a manos llenas.

De modo que, aunque lo último que deseaba en ese momento era ponerse a hablar de Francia y de sus orígenes con ellas, Blanche suspiró para sí recomendándose paciencia, le ladeó un poco más el sombrero y logró que apartara las pupilas para fijarse en sí misma, en su rostro redondo de abuela.

—Así es —explicó Blanche, e inició el discurso de siempre—.

Por lo que me contó mi tía, yo nací en Provins, una antigua ciudad medieval cercana a París, en los dominios de los condes de la Champaña.

Un lugar precioso, al parecer —añadió, mientras probaba distintos adornos de flores en el sombrero—.

También me dijo que es famosa por albergar unas importantes ferias dos veces al año.

Al parecer, acuden a ellas comerciantes de toda Europa, y aquello se llena de gente.

—¿Y cómo es que su tía abandonó ese lugar tan hermoso y vino a Londres? —preguntó la señora Toole.

—¡Qué pregunta, querida! —dijo la señora Graham—. Por supuesto, pretendía mejorar su vida. ¿Dónde se puede vivir mejor que aquí? No será en el continente, allá, tan aislados, tan lejos de todo lo civilizado.

La señora Toole rio.

—Oh, sí, por supuesto.

Inglesas... Blanche agitó la cabeza con una sonrisa indulgente.

—Me temo que huía de la enfermedad. Al poco de nacer yo, apenas era un bebé, hubo una grave epidemia de tisis.

Fallecieron mis padres, el marido de mi tía y sus dos hijos, que también eran muy pequeños, mis abuelos...

—Agitó la cabeza, con pesar—. Cuando era una niña, me gustaba que me contase la historia de cómo mi madre le pidió en su lecho de muerte que me sacara de allí cuanto antes, para salvarme, en una escena trágica y romántica.

—Oh, qué triste —musitó la señora Toole. Las dos ancianas la miraban ahora conmovidas. Bien.

—Sí... Ella no quería, estaba destrozada por tanta pérdida y hubiera preferido quedarse en lo que era su hogar, pero lo hizo.

Lo hizo por mí. Me cogió en brazos y se fue a París, donde consiguió trabajo en una sombrerería.

Se instaló conmigo en una habitación cercana y allí vivimos cosa de dos años.

Porque aunque antes nunca se había planteado abandonar Francia, mientras aprendía el oficio no dejaba de oír a las damas inglesas lamentarse de que en Londres no hubiese una tienda como esa, y de alabarla por su buen gusto. De modo que se animó a viajar.

La señora Graham asintió.

—Fue muy valiente por su parte. ¡Dejar un empleo seguro y viajar a otro país, sin saber si se tendrá o no suerte!

—¡Y con una criatura! —añadió la señora Toole.

Las dos ancianas intercambiaron una mirada con disimulo.

Por supuesto. Ese era el punto al que pretendían llegar, el tema desde siempre, cuando llegaba alguien nuevo a la tienda: si la tía era en verdad la tía, o qué otro misterio más inspirador había con las francesas—.

Algo que, de haber ido mal las cosas, podía haber supuesto un serio problema.

Ya sabe, querida, hay mucha gente mal pensada...

—Oh, lo sé perfectamente, sí. —Blanche suspiró—. Pero no se preocupen. Por suerte, mi tía solo encontró buenas personas en Inglaterra. Señoras de gran corazón como ustedes, que están muy por encima de chismes y demás bajezas.

La señora Graham y la señora Toole se ruborizaron a dúo, claramente avergonzadas.

—Oh, desde luego, desde luego... —estuvo de acuerdo la señora Toole.

—Pero sí, debemos reconocer que mi tía fue una mujer muy valiente —continuó Blanche—. Con la herencia que le legaron mis abuelos y lo poco que había podido ahorrar del sueldo de la sombrerería, puso esta tienda. Pudo haberse arruinado, pero lo intentó, y no le fue nada mal.

—No, desde luego —afirmó la señora Graham, aprovechando la ocasión para dejar muy atrás el tema escabroso que lamentaba haber tanteado—. No sé cómo eran los sombreros en tiempo de su tía, querida, pero los suyos son los más bonitos de Londres, sin duda alguna.

—¡Sin duda! —convino su amiga.

—Gracias. Son ustedes muy amables, aunque el mérito es de mi tía. —Blanche no pudo evitar una punzada de pena al recordar a Thérèse Dupont. ¡Cómo la echaba de menos!—. Me trajo aquí, me educó y me lo enseñó todo.

Las dos ancianas suspiraron entre aspavientos.

—Oh... qué corazón generoso el suyo, sí —dijo la señora Toole—. Y sin duda hizo una gran labor. Seguro que estaba muy orgullosa de usted.

—Cierto —confirmó la señora Graham—. Es usted una muchacha encantadora, y muy bonita. —Y, entonces, en un nuevo giro inesperado, soltó—: No puedo entender que no esté ya casada.

—¡O al menos con un prometido, querida! —La señora Toole la miró genuinamente preocupada. Como si tuviese alguna clase de enfermedad grave—. ¿Sigue sin ningún caballero rondando su puerta?

—Bueno, la última vez que me lo preguntó fue la semana pasada, señora Toole —replicó, tratando de aparentar buen humor—.

Le aseguro que, aparte de crear sus sombreros, no me ha dado mucho tiempo a nada, desde entonces.

—Como seguro que eso no había sido suficiente, buscó el modo de esquivar el asunto.

Acercó un adorno con cada mano al sombrero, para probar el efecto, aunque sabía que ya no necesitaba nada más—.

¿Le gusta más con esta flor? ¿O con esta otra?

Podría ponerle un pájaro, si lo prefiere...

—Oh, no, querida. Así como está ya ha quedado precioso, no necesita más. —La señora Graham ladeó la cabeza, coqueta. El sombrero la favorecía mucho, ninguna de las tres hubiera podido negarlo—. Muchísimo más bonito que el de la baronesa Blackwood, incluso.

Blanche rio con suavidad.

—Bueno, yo diría que son distintos, pero igual de bonitos.

—Sin duda, sin duda.

—Por cierto, tiene que confirmarme si quiere dos o tres sombreros para el mes que viene, señora Graham. He de...

Las carnes de la señora Graham oscilaron de pura contrariedad.

—Oh, creo que van a ser dos, querida.

—¿Dos? —Pena. Había contado con aquello para añadir lo del tercero a la hucha para el viaje a Francia que haría algún día.

Aunque, no estando ya su tía, no le encontraba tanto sentido...

Pero, sí, iría, aunque fuera sola. Quería conocer la tierra de sus ancestros y visitar las tumbas de sus padres y sus abuelos—.

¿Está segura? Sería una buena oportunidad de aprovechar...

—Dos, querida, dos. —La mujer la miró como si fuera una verdulera en el mercado, intentando colarle otro kilo de patatas—. Por favor, no insistas.

Blanche se ruborizó. No creía haber insistido, y por el modo en que habían enrojecido también las mejillas de la mujer, seguro que había allí alguna otra cosa. O mucho se equivocaba, o su marido le había reprochado tanto gasto, pero jamás lo reconocería ante nadie, y menos ante la señora Toole.

—Oh, no, en absoluto, perdone si le dio esa impresión, señora Graham. Solo pensaba en los materiales. Perfecto entonces. Serán dos.

La anciana asintió. Más relajada, volvió al tema que Blanche había intentado evitar.

—Pero, querida, si no es indiscreción, tenemos que hacer algo respecto a su soltería. Tiene usted que casarse ya, antes de que la situación se vuelva por completo imposible.

—¡Exacto! —apoyó su amiga—. Y ya que no tiene con usted a su tía, hemos pensado... hemos pensado que podríamos ocuparnos de buscarle un buen matrimonio nosotras mismas.

—¿Ustedes? —Blanche abrió mucho los ojos. A su lado, la doncella compuso con discreción un gesto semejante. Pero, claro, ella era invisible—. Oh, no creo que...

—Un caballero de buena posición, eso es lo que necesita usted, querida —insistió la señora Graham, terca—. Alguien de ya cierta edad, para que no le importe tanto la suya. Un caballero sabio y prudente.

—Y que no se preocupe por la idea de tener o no hijos. —La señora Toole asintió con firmeza—. Quizá un viudo con su propia prole ya.

—¡Qué buena idea, señora Toole!

—Gracias, señora Graham. Tengo un primo que podría encajar perfectamente en lo que necesitamos. Es un caballero muy bien posicionado. Y tiene tres hijos, ya mayores. Dos están casados y tienen sus propios hijos. —La miró a ella—. No tendría que atenderlos en casa, ya ve. ¡Todo son ventajas!

Un viudo. Un viudo con hijos...

¡Y nietos!