Capítulo 74
La oscuridad se extendió sobre el campamento iluminado por las hogueras y las antorchas, el rumor de los hombres acomodándose y el crujir de las telas tensadas al viento componían una extraña calma tras la batalla.
Neik y yo nos encontrábamos en nuestra tienda, preparándonos para descansar, cuando una voz sonó desde fuera:
—¿Puedo? —era Sirl.
Me acerqué, levantando la cortina con la mano. Me miró fijamente, parpadeando, como si todavía no terminara de reconocerme. Sentí cómo su mirada se clavaba en mis ojos nuevos, y aparté la vista con cierta incomodidad. Entonces alzó la mano hacia el mechón blanco que colgaba sobre mi frente.
—Es como… el color de tu madre —susurró con nostalgia, y una sonrisa suavizó sus facciones—. Blanco como la nieve.
No supe qué decir. Apenas pude devolverle la sonrisa, con un nudo en la garganta.
Entonces la voz de Neik irrumpió desde atrás:
—Vamos, hombre, que entra el frío. Algunos no tomamos elixir, ¿sabéis?
Solté una risa breve, y Sirl también rió con naturalidad. Corrí la cortina para dejarle paso y ella se sentó en el umbral, con la espalda recta y los ojos brillando con la luz de la lampara de aceite que colgaba de la viga central de la tienda.
—Por lo que ha hablado el rey con Thana —comenzó—, ella ha sido declarada la nueva regente. Noczar formará, desde ahora, parte de las reuniones del Anillo de Regentes. Con intención de dar apoyo a Darmund en la lucha contra los drelmuth… y en la investigación sobre ellos.
Me quedé en silencio un momento, con la cabeza todavía dándole vueltas a lo que Sirl había dicho.
—¿Y qué pasa con las armas de priur…? Cuando atacaron Glis. ¿Se sabe quién se las dio a los de Darmund?
Sirl negó despacio, el gesto sombrío.
A mi lado, Neik se recostó en el suelo, las piernas cruzadas, encendiendo una pipa con toda la calma que podía fingir. El humo empezó a flotar en círculos perezosos hacia lo alto de la tienda.
La miré de nuevo.
—¿Se sabe algo… de los fieles al anterior regente?
Otra vez negó, pero esta vez vi cómo se tensaba, sus manos apretándose sobre las rodillas.
Suspiré y me dejé caer hacia atrás, con el cuerpo pesado. El silencio se hizo más largo de lo normal. Vi cómo Sirl se removía inquieta, todavía sentada recta como un tronco.
—¿Qué ocurre? —pregunté, arqueando una ceja.
Bajó la mirada, dudando antes de hablar.
—Después de enfrentar a esos monstruos… Antes, cuando he cerrado los ojos para descansar un poco, he tenido una pesadilla muy rara…
Tragué saliva y me incorporé un poco. Le expliqué, con cuidado, cómo funcionaba aquello.
Cómo yo también lo había vivido. No me hizo falta mirarlo: noté la tensión de Neik al escucharme contar lo ocurrido en la arena y la jaula, el crujido de sus dedos alrededor de la pipa.
Pero no dijo nada. Seguí describiendo lo ocurrido hasta cuando me encontré con Sirl en el campo de batalla. Sirl se mordió el labio.
—Por los fundadores…Izz —murmuró—. Ha sido… alucinante. No sabía que… que tenías esa clase de magia.
—Ni yo lo sabía —respondí con voz baja, casi temerosa de mis propias palabras—. Simplemente… ha ocurrido.
Sirl asintió despacio, como si aún no terminara de creérselo.
—Pues ha ocurrido justo a tiempo. Si no fuera por ti, esos monstruos nos habrían arrancado el alma a todos.
La voz de Neik se alzó, grave y calmada.
—No deberías sorprenderte tanto, Sirl. Es normal que Lux respondiera a él. —esbozando esa media sonrisa que nunca sabía si era burla o respeto—. Su magia, sus cantos… todo eso es parte de lo mismo.
Lo miré, frunciendo el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
Neik me observó un momento, evaluándome con los ojos entornados. Luego señaló la espada.
—¿No te has preguntado nunca por qué Lux es una espada larga? —preguntó, con tono pausado—. No es una hoja curva como las de todos los ithanos.
Me encogí de hombros, aún sin entender.
—Pensé que… no sé, que cada uno luchaba como quería.
Neik soltó una risa corta, pero sin burla.
—No. —Negó despacio—. No es cuestión de gusto. Lux pertenecía al único Waltzer que no nació ithano.
Guardé silencio. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Era un gran guerrero —continuó Neik, bajando la voz—. Se mudó a Ithania desde Palamia. Su nombre se perdió entre las historias. —Entonces me miró directamente, los ojos más serios que nunca—. Era el hermano de Nissa. Tu tío.
El mundo pareció quedarse quieto. Bajé la vista hacia la hoja que estaba tumbada en el suelo a mi lado. El metal aún guardaba un calor suave. Pasé los dedos por la guarda con cuidado, sin atreverme a romper el silencio que se había formado.
La luz de la lampara caía sobre la espada, tiñéndola de oro pálido. Y por primera vez después de tantos años, Lux no me pareció solo un arma. Sentí algo más profundo, algo que latía bajo el acero: una herencia, una voz antigua que, de alguna manera, siempre me había estado esperando.
Neik asintió despacio. Y aunque no lo diría nunca en voz alta, juraría que, por un instante, vi respeto sincero en su mirada.
Sirl parecía incomoda, la miré con una ceja enarcada.
—¿Puedo dormir con vosotros? —dijo removiéndose sobre sus rodillas.
Sonreí y Neik bufó echándose hacia un lado.
—Que Izz duerma en medio. No quiero pasar la noche temiendo que sin querer te roce y me cortes la mano. Además, seguro que si el te toca no le pasa nada.
Sirl entrecerró los ojos, fulminándolo con la mirada, pero él no se dio ni cuenta. Yo la miré y le asentí, haciéndole un gesto hacia el espacio libre a mi lado.
Se acostó junto a nosotros, y poco a poco el peso de la tensión se fue diluyendo. Esa noche, y las que siguieron, caíamos rendidos, pero con la sensación de que, al menos, allí dentro de la tienda nada podía alcanzarnos. Bastaba con sentirnos cerca de nuevo. Los tres.
Los días fueron pasando en la rutina del viaje de vuelta. Una vez pasados los muros de Noyar, ya dentro del lado de la frontera que nos pertenecía, las legiones se dispersaron hacia sus respectivas ciudades.
Vi la silueta de Darion a unos pasos de nosotros, gesticulando con enfado mientras hablaba con Sirl. No alcancé a escuchar del todo sus palabras, pero su rostro lo decía todo: frustración, rabia. Ella, en cambio, se mantenía firme, serena.
Después de unas frases más, el gesto de Darion se desmoronó; bajó la mirada, reprimido, con una tristeza que no supo esconder. Sin añadir nada más, se marchó con el ceño fruncido, perdiéndose entre los estandartes de la séptima legión que se encaminaba a su respectiva ciudad.
Sirl volvió hacia mí sin cambiar el ritmo y pronto caminamos juntos en dirección a la capital. No me lo pensé demasiado.
—¿Por qué no vuelves con la séptima a Glis? —pregunté, pero no me miró, mantuvo la vista al frente.
—No puedo pertenecer a un ejército cuyo rey abandona a su hijo a una muerte certera, teniendo la posibilidad de salvarlo.
Sentí un golpe en el pecho. Todo encajó de pronto: la mirada que le había dedicado al rey en el campo de batalla, el odio contenido, la rigidez en cada gesto desde aquel día.
Me debatí en silencio, sin saber si debía intentar proteger su futuro, restarle importancia, suavizar su decisión. Pero antes de que abriera la boca, me cortó de raíz:
—Sé que divagas, en tu cabeza. Mi decisión está tomada. Da igual lo que digas. Lo que hizo el rey va en contra de todo en lo que creo. Así que estoy fuera.
Testaruda como en los días de infancia. No pude evitar sonreír, orgulloso y a la vez preocupado.
Ella captó la sonrisa, y por un instante bajó la mirada, ruborizándose ligeramente. Ese gesto, tan humano, tan poco propio de la legatus férrea, me arrancó calidez en medio del cansancio.
Y al final, mientras cada legión se iba separando a lo largo del sendero de vuelta, solo quedó la Aeterna, con el rey a la cabeza, Sirl, Neik y yo, encaminándonos hacia la capital.
Cuando llegamos a las puertas de la capital, Sirl se detuvo a mi lado.
La conocía demasiado bien como para no adivinar lo que pasaba por su cabeza.
Su mirada estaba fija en las torres, en el estandarte que ondeaba con el blasón del rey, pero en sus ojos no había orgullo ni respeto, solo una resolución férrea.
—Tengo cosas que hacer —dijo, sin mirarme.
No necesitaba más explicación. Sabía perfectamente a qué se refería: a renunciar, a soltar el peso de su puesto de legatus frente al rey y los fundadores, a dar un paso que la dejaría fuera de todo lo que había sido hasta ahora.
Le devolví su gesto cuando levantó una mano en despedida, breve, militar, seco. Y la vi marcharse, integrándose en la formación de la Legión Aeterna.
A mi lado, Neik chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.
—Yo también tengo un recado —dijo con esa voz que siempre dejaba entrever más de lo que decía. Lo miré de reojo, arqueando una ceja.
Sonrió, entre travieso y misterioso.
—Tengo que recoger una sorpresa —respondió, clavándome la mirada un segundo más de lo necesario. —Nos vemos en casa.
Antes de que pudiera preguntar más, ya se estaba alejando entre la multitud, con calma que parecía hecha a propósito para irritarme.
Lo observé desaparecer entre los soldados y ciudadanos, y por un instante sentí que todos se me iban de las manos: Sirl, Neik, incluso mi propia certeza de quién era yo después de todo lo ocurrido.
Me encaminé hacia la casa de la cima en silencio, solo, con el rumor lejano de la capital quedando atrás. Sabía que no iba a encontrar a nadie allí, pero seguí avanzando igual.
Cada paso era más pesado que el anterior. Cada piedra del sendero me recordaba algo, cada rama rota bajo mis botas era un eco del pasado.
Y entonces comenzaron a llegar los recuerdos.
Ilya en el umbral, con esa sonrisa tímida que parecía temer mostrarse demasiado.
En las noches interminables, cuando velaba por su descanso mientras se retorcía entre pesadillas, y yo la sostenía con mi calor, susurrándole que todo estaba bien.
¿Había sido todo aquello una mentira? ¿Había fingido incluso esos momentos en los que se acurrucaba contra mí, vulnerable, confiando en que la protegiera de lo que la atormentaba?
El dolor se fue clavando en el pecho como un hierro candente.
Cada imagen era un golpe: su risa suave, sus labios sobre los míos, su cabello cayendo sobre la almohada mientras me miraba medio dormida.
Recordaba el calor de su piel, su respiración tranquila cuando por fin lograba conciliar el sueño…
y ahora todo aquello se teñía de traición.
Mis pasos se hicieron más lentos conforme me acercaba a la casa. Esa casa. La misma que en un principio me costó horrores volver a pisar después de la muerte de mi madre. Ese lugar maldito que parecía empeñado en arrebatarme todo lo que amaba. Y ahora tenía otro terrible recuerdo más, Ilya.
Cuando por fin alcancé el claro frente a la casa, el peso fue insoportable.
No podía entrar allí. El aire se escapó en un sollozo que no pude reprimir.
Mis rodillas cedieron y caí al suelo, encogiéndome sobre mí mismo.
Me hice un ovillo, buscando en vano refugio en mis propios brazos.
Las lágrimas me nublaron la vista, y dejé que los lamentos me desgarraran por dentro hasta que no quedó nada más que cansancio y vacío.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que al final, entre sollozos ahogados, me rendí al agotamiento y me quedé dormido, bajo la sombra de aquella casa que había sido testigo de todo mi dolor.
La lluvia me despertó. Abrí los ojos con pesadez, boca arriba sobre la tierra húmeda. El agua caía en cortinas oscuras desde el cielo, empapándome por completo.
Miré al cielo nocturno con cierta nostalgia. La luna brillaba blanca, con un perfil rosado, y las pocas estrellas que asomaban entre las nubes lucían sus mejores trajes, emitiendo destellos en el cielo encapotado. Era hermoso para la vista.
La lluvia ayudaba a los sentidos a capturar la esencia de la noche, trayendo consigo el dulce aroma de la tierra mojada.
El viento apenas soplaba, dejando que los cristales líquidos de tonos violetas descendieran serenos, como si el cielo respirara en calma mientras teñía la noche.
El suave tacto del priur, mezclado con el agua de la lluvia, era como un dulce baño: ni frío ni caliente.
Recordé cómo, antes, aquella lluvia siempre me había producido un leve cosquilleo en la piel. Ahora no sentía nada.
Me incorporé ligeramente, aturdido, cuando escuché el crujir de una rama al borde del sendero.
Alcé la mirada, y a través de la cortina de lluvia vi varias siluetas acercarse.
Primero distinguí a Neik, firme, con la capucha chorreando.
A su lado, Lacerta con la mandíbula apretada, y Caelum, serio. Al frente de ellos estaba Sirl.
Ya no llevaba la armadura, sino prendas de cuero ajustadas y una paenula que ondeaba perezosa con la lluvia y el viento. Me miraba con urgencia, y en cuanto me vio, rompió a correr hacia mí. Yo seguía tendido en el suelo, sin fuerzas para reaccionar, atrapado en un mar de emociones.
Cuando llegó, sin decir palabra, me envolvió con su paenula, cubriéndome como si pudiera protegerme del mundo entero. Al sentir sus brazos alrededor de mí, algo dentro se quebró. Me aferré a ella con desesperación, apretando los dedos contra su espalda, incapaz de soltarla.
Las lágrimas brotaron sin control, y mi voz se alzó entre sollozos, rota, como si me arrancara algo de dentro:
—Después de todo…La amo… ¿Por qué?
Las palabras quedaron suspendidas en la lluvia, como una confesión sin respuesta. Sirl me sostuvo más fuerte, sin apartar la mirada, sin soltarme, mientras los demás aguardaban en silencio, testigos de una herida que no se podía ocultar.
Me apretó contra ella bajo la paenula, protegiéndome de la lluvia. Yo seguía temblando, con la cara enterrada en su hombro, incapaz de contener los sollozos. Entonces sentí sus dedos deslizándose con suavidad por mi cabello, acariciando incluso aquel mechón blanco que no lograba asimilar.
—Lo sé… —dijo en voz baja, con una ternura que me atravesó.
El silencio se extendió entre nosotros una vez más, roto solo por el golpear constante de la lluvia sobre el cuero y la tela.
No quise soltarla, y ella tampoco lo hizo.
Pasaron unos instantes antes de que volviera a abrazarme, hundiendo su mentón en mi pelo, como si también ella necesitara sostenerse en ese gesto.
Entonces, apenas audible, como un susurro que el viento casi se llevó, pronunció:
—Non omne pulchrum bonum est.
Cerré los ojos con dolor, apretándome aún más a ella, aquel recordatorio me pesaba tanto como me consolaba.
Sirl seguía allí, firme, su voz aún resonando en mi cabeza, y bajo esa paenula, en mitad de la lluvia de priur, me sentí derrotado, una herida abierta en mi pecho que no sabía si alguna vez sanaría.