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«Ilya»
El caballo de Ilya avanzaba con un paso rítmico a través del bosque, levantando pequeños murmullos de hojas secas bajo los cascos.
En la penumbra de la vegetación, la mujer se giró sobre la montura para revisar el convoy.
Detrás de ella marchaba su tropa y, en mitad del grupo, destacaba una pesada jaula de barrotes de hierro.
Dentro yacía un hombre. Su cabello, negro como el azabache, descansaba recogido en un moño alto que dejaba al descubierto un rostro de facciones tan pulidas que Ilya no pudo evitar demorarse unos segundos en admirarlas.
De pronto, un latigazo de dolor le atravesó el cráneo. Lanzó la mirada hacia el cielo nocturno mientras se llevaba ambas manos a las sienes, apretando con fuerza para contener la punzada. Respiró hondo, ajustó las riendas y volvió a ponerse en marcha.
A lo lejos, entre la arboleda, comenzaron a titilar las luces cálidas de varias antorchas. Al acercarse, el asentamiento de su propio ejército apareció tras los troncos. Ilya desmontó de un ágil salto y caminó directamente hacia su tienda.
—Traédmelo —ordenó a sus hombres antes de cruzar la lona.
Dos soldados no tardaron en entrar cargando al prisionero, a quien depositaron sobre la litera de madera.
—Dejadme a solas —añadió sin mirarlos.
Una vez que los guardias abandonaron la tienda, Ilya se aproximó al lecho y extendió la mano para tocar la cara del prisionero. Antes de que sus dedos rozaran su piel, un chispazo de luz blanca brotó del cuerpo del hombre, desplegando una barrera mágica que la rechazó al instante.
Ilya apretó los dientes y dio un paso atrás.
—Maldito seas... Incluso después de tu muerte sigues protegiendo a tu estirpe —murmuró con rabia, aunque una sonrisa amarga acabó asomando en sus labios—.
Qué gracioso que haya venido por su propio pie a mí.
No pensaba que fuese a ser tan fácil, con lo que me había costado entrar en Noczar.
Aun así, este escudo es una molestia. Tendré que reajustar un poco mis planes.
Se dirigió a la mesa de trabajo del fondo. Entre frascos y morteros, mezcló a toda prisa un puñado de hierbas aromáticas con un par de líquidos oscuros. Al terminar, llamó a uno de sus hombres.
—Toma. Dáselo, que se lo beba todo —instruyó entregándole la poción.
El soldado obedeció, obligando al hombre inconsciente a tragar el brebaje gota a gota. En cuanto terminó, Ilya le hizo un leve gesto con la cabeza al siervo para que se retirara.
Quedándose de nuevo a solas, alzó ambas manos sobre el cuerpo inerte y comenzó a entonar un canturreo.
De la punta de sus dedos empezaron a brotar haces de luz violeta que flotaron en el aire hasta filtrarse en los poros del hombre.
El esfuerzo consumía sus fuerzas. De repente, el dolor punzante regresó a su cabeza con más violencia que antes.
Ilya interrumpió la concentración un segundo, llevándose una mano a la cabeza mientras la otra sostenía el flujo de magia.
—Cállate, maldita niña desagradecida —siseó al aire con la vista nublada—. No intentes ponerte en mi contra. Acabaré contigo si no me eres de utilidad.
Tragándose el dolor, obligó a la magia a terminar de moldearse sobre el prisionero hasta que los haces violetas se absorbieron por completo. Exhausta pero satisfecha, llamó de nuevo a sus siervos.
—Llevadlo de vuelta a la jaula —ordenó a los dos soldados que entraron—. Luego iré. Tratadme como a una esclava.
Los hombres se miraron extrañados entre ellos y luego asintieron en silencio hacia ella y se llevaron el cuerpo del joven.
Ilya se dejó caer sobre la silla de madera y se rascó las sienes con cansancio.
—Ahora… —susurró.
Comenzó a soltarse el pelo, despeinándose los mechones de forma desordenada.
Se despojó de sus ropajes quedando completamente desnuda para enfundarse en una túnica sucia y desgastada, restregando algo de tierra sobre su piel y su ropa.
Al terminar, cogió un pequeño espejo de mano de la mesa y observó el reflejo de la joven que habitaba aquel cuerpo.
—Con lo guapa que has salido, Ilya, seguramente podríamos hacer que se enamore de ti sin el hechizo... —dijo esbozando una sonrisa siniestra frente al cristal—. Pero soy demasiado impaciente.
La mañana se derramaba lenta, un amanecer gris que apenas lograba atravesar las nubes bajas.
El claro frente a la Casa de la Cima estaba marcado por huellas, círculos de entrenamiento trazados y borrados una y otra vez por años de práctica.
Allí, entre el olor a tierra húmeda, Ilya y Neik cruzaban aceros.
Neik se movía con una sonrisa, confiado hasta el descaro. Cada paso suyo parecía hecho para ser visto en un escenario.
—¿Eso es todo? —provocó, desviando un golpe con facilidad—. Creía que hoy ibas a esforzarte.
Ilya no respondió de inmediato. Su expresión era correcta, casi pulcra, como si cada emoción hubiese sido peinada y colocada en su sitio. Ajustó la postura, midió la distancia y atacó con precisión.
—Si hablas menos —dijo al fin, con voz suave—, quizá notes que vas perdiendo.
Neik soltó una risa clara, insolente, y dio un salto atrás justo antes de que la hoja de Ilya rozara su hombro.
—Algún día tal vez me sorprendas —añadió—. Hoy no es ese día.
El entrenamiento se disolvió finalmente cuando Ilya acabo exhausta. El sudor brillaba sobre la piel de Neik cuando enfundó su arma y se estiró con exageración.
—Voy a refrescarme —anunció—. Intenta no echarme de menos.
Pasó junto a ella sin esperar respuesta, dejando tras de sí el eco de su confianza. Ilya lo observó alejarse solo un instante, hasta que sus pasos se perdieron entre los árboles. Entonces, su rostro cambió. Perdió la sonrisa y en su lugar apareció una mueca de desagrado.
—Que asco me dan los ithanos, se nota que son tus hijos. —escupió al aire.
Ilya rodeó la casa sin prisa. Una vez detrás, exploró buscando un sitio adecuado, finalmente se acercó a la zona donde la tierra era más oscura. Allí, se detuvo y apoyó la palma sobre el suelo. Murmuró palabras que no pertenecían a ninguna lengua viva.
El suelo tembló.
Desde la unión de la piedra de la casa con la hierba del suelo, emergió una figura espectral.
Era un hombre imponente, de hombros anchos y presencia aplastante.
Una barba espesa y trenzada sobre su pecho, adornada con pequeños anillos de cobre que brillaban con una luz mortecina.
Vestía pieles oscuras sobre una armadura ligera, y sus ojos grises, apagados, evitaban sostener la mirada de ella.
Clavó una rodilla en el suelo.
—¿Qué puedo hacer por usted, mi señora? —preguntó, con voz grave y hueca.
Ilya lo miró desde arriba, la postura impecable.
—El descendiente va a la reunión del Anillo —dijo—. He mantenido a su defensor aquí. Deberías poder atraparlo con facilidad. Lo necesito vivo. Llévalo a Darmund y espera a que vuelva.
El espectro alzó una ceja, apenas un gesto, como si una duda intentara abrirse paso en su boca.
—Haz lo que te digo, inútil saco de carne —continuó Ilya, ahora con el rostro completamente crispado denotando su enfado.
La figura inclinó la cabeza de nuevo.
—Sí, madre.
Luego, con cautela, levantó un poco el rostro. Había miedo en su gesto.
—¿Debo ir en persona?
Ilya negó con la cabeza.
—No. Envía el Doppel.
El hombre pareció querer decir algo más, pero Ilya alzó la mano con un movimiento brusco y desganado. No hubo más palabras. El espectro se desvaneció, absorbido por la tierra como si nunca hubiese existido.
Ilya permaneció allí un segundo más y miró el suelo.
En el lugar exacto donde el hombre había surgido, había algo nuevo.
Una flor.
Su tallo era delgado y pálido, casi translúcido, y de él brotaba una corona de pétalos violetas, largos y curvados hacia arriba, como filamentos de seda estirada por el viento.
Era violeta, pero no se mantenía puramente de ese color: cambiaba, pasando de un tono profundo y nocturno a destellos más claros, casi lilas.
Los pétalos se arqueaban hacia afuera, delicados y afilados, y sus extremos parecían temblar.
En el centro de la flor, suspendida sin tocar nada, flotaba una pequeña llama violeta. Se movía despacio, con voluntad propia, como si fuera un alma diminuta atrapada en un instante eterno.
Ilya no se detuvo a mirarla. Se giró para volver al frente de la casa.
Cuando llegó al claro frontal, su expresión había regresado a la compostura habitual, sonriendo de manera calmada.
Ilya avanzaba a paso firme, manteniendo cierta distancia por detrás de Izzarian.
Sus ojos se fijaron en la entrada de la taberna justo en el momento en que Xane cruzaba el umbral y Neik y los demás lo seguían de cerca.
Sin reducir el ritmo de su caminata, Ilya giró levemente hacia la derecha y cambió de rumbo, alejándose del establecimiento.
Se caló la capucha sobre el rostro para ocultar sus facciones bajo la sombra de la tela, asegurándose de que nadie en las calles pudiera reconocerla.
Su trayecto la llevó hasta las puertas de la imponente fortaleza.
Al cruzar el acceso principal, se echó la capucha hacia atrás.
En cuanto la descubrieron, los guardias apostados en la entrada se tensaron de inmediato y apresuraron una profunda inclinación a su paso.
Ilya ni siquiera se molestó en mirar a la guardia; atravesó el portón, subió las escaleras de piedra y se adentró en una de las torres superiores, donde se ubicaba su taller.
El lugar estaba envuelto en aroma a hierbas secas, reactivos y óxido.
Ilya se acercó a la mesa de trabajo, tomó una gema y comenzó a moldearla concentrando su magia.
Mientras la energía oscura envolvía la piedra, sus pensamientos volvieron a su reciente contratiempo: la última vez, la maldita protección mágica de la madre de Izzarian había interferido en sus planes, impidiéndole culminar su cometido.
Esta vez no cometería el mismo error. Estaba forjando un amuleto diseñado específicamente para absorber toda esa magia y erradicar cualquier barrera que se interpusiera en su camino.
Tras varios minutos de manipulación, la piedra adoptó la forma de un cristal pulido con matices intrincados, semejante a un diamante trenzado. Con destreza, lo engarzó en una pulsera preparada sobre la mesa y se la ajustó firmemente en la muñeca.
—¿Qué quieres? —soltó Ilya sin volverse, rompiendo el silencio del taller.
A sus espaldas, a la entrada de la estancia, se encontraba un hombre de gran envergadura.
Lucía una capa de factura impecable que denotaba su elevado rango, y su poblada barba estaba cuidadosamente recogida en trenzas sujetas con anillos de cobre.
El sujeto avanzó unos pasos en silencio y dobló una rodilla en el suelo en señal de absoluto respeto.
—Me alegro de que hayas vuelto, madre —dijo el hombre con voz grave.
Ilya se giró lentamente hacia él, dejando ver una mueca de profundo desagrado.
—¿Por qué vienes a molestarme? —reprochó con frialdad—. Si necesito algo de ti, te haré llamar.
El hombre alzó ligeramente la mirada, dubitativo.
—Pero, madre…
No llegó a terminar la frase. Ilya se erigió con violencia, desatando su rabia que encendió sus ojos en una penumbra abisal; de ellos comenzaron a brotar dos hileras de humo violáceo que fluctuaban en el aire.
En un abrir y cerrar de ojos, la mujer se desvaneció de su posición y reapareció justo frente a él, asestándole un golpe rápido que le plantó la bota directamente sobre la cabeza, estampándosela contra el frío suelo de piedra.
—He dicho que, si quiero algo de ti, te haré llamar —siseó Ilya, ejerciendo presión sobre su cuello—. Conoce tu lugar. No eres más que un recipiente vacío.
El hombre, tiritando bajo el peso de su bota y sobrecogido por el terror, apenas pudo articular palabra.
—Sí, madre... Lo siento... Perdóname —balbuceó con la mejilla pegada a la losa.
Ilya retiró la pierna con desdén, se cruzó de brazos y caminó hacia el ventanal de la torre. Desde esa altura, la vista dominaba los tejados del pueblo hasta alcanzar la fachada de la taberna donde acababa de dejar a Izzarian y los demás. Una sonrisa amarga y calculadora se dibujó en su rostro.
—Queda poco para que sea libre al fin —murmuró en voz alta, contemplando la distancia—. Asegúrate de que todo sale bien, Talorc.