Capítulo 73 #2
Al otro extremo del campo, entre los grupos de supervivientes y soldados desperdigados, un pequeño destacamento avanzaba hacia el Rey. Reconocí de inmediato a Thana al frente, con el paso firme, la armadura hecha jirones. Su mirada recorrió la masacre con dureza, sin pestañear.
Vi cómo Thana y el rey se encontraron en mitad de aquel silencio solemne.
No pude escuchar lo que se decían desde esa distancia, pero sus gestos eran claros: un cruce de palabras cargado de peso, quizá reproches, quizá informes de lo ocurrido.
Ambos parecían dos fuerzas opuestas y, sin embargo, atadas por el mismo deber.
De pronto, un grito rompió el murmullo apagado del campo.
—¡Sirl!
Mi corazón dio un vuelco al reconocer aquella voz desgarrada. El grito de Darion resonó sobre los cuerpos, sobre el humo, sobre la sangre. Vi su figura apresurarse entre soldados heridos, abriéndose paso, llamándola una y otra vez.
Sentí la respiración de Sirl agitarse junto a mí. Ella, que siempre había sido roca y acero, por un instante vaciló.
Darion llegó corriendo, con el rostro desencajado por la angustia.
En cuanto estuvo frente a nosotros, extendió los brazos para abrazar a Sirl, pero ella le lanzó una mirada fría, tan dura como el filo de una espada.
Darion se detuvo en seco, tragando saliva, con la respiración entrecortada.
Se recompuso rápido, desviando la atención hacia lo que realmente importaba.
—¿Estás bien? —preguntó con voz baja, casi temblorosa, mientras sus ojos recorrían la herida del muslo de Sirl con evidente preocupación.
Lo observé un instante, y sin decir nada, pasé el peso de Sirl hacia él. Ella se apoyó a regañadientes sin apartar los ojos de mí. Le dediqué una sonrisa cansada, apenas un gesto, y luego me di la vuelta. Mi cuerpo dolía con cada paso, pero mi corazón ardía con una única pregunta en mente: Neik.
Avancé hacia el grupo encabezado por Thana. Su porte era imponente, incluso entre la devastación, y la sangre que manchaba su armadura no lograba apagar la determinación en su mirada. Tenía mil palabras en la garganta para lanzarle: preguntas, súplicas, reclamos.
Pero no hicieron falta. Detrás de ella, un encapuchado se giró, como si hubiera sentido mi desesperación. Sus dedos temblorosos se alzaron, retirando la capucha con rapidez, y allí estaba su rostro. Neik.
El aire se me escapó de los pulmones. Lo vi romper en lágrimas, y de inmediato salió corriendo hacia mí. Mis rodillas flaquearon, un dolor profundo y lacerante me atravesó el corazón. No por las heridas en mi cuerpo, sino por todo lo que había perdido, todo lo que aún pesaba sobre mis hombros.
Estuve a punto de derrumbarme. El suelo me llamaba, la oscuridad me arrastraba. Pero entonces, Neik llegó. Me recogió en pleno colapso, me agarró con fuerza, como si tuviera miedo de que me desvaneciera en sus brazos.
Y me abrazó.
Lo rodeé con mis propios brazos como pude, apretando con las pocas fuerzas que me quedaban. Mi rostro se hundió en su hombro, y aunque mi cuerpo ardía de dolor, en ese instante sentí algo parecido a respirar de nuevo.
—Neik… lo siento… yo… Ilya…
Pero la garganta se me cerró antes de poder decir algo más. Neik me agarró fuerte de la cabeza, apretándome contra él con una fuerza que me desarmó por completo.
—No digas nada, bastardo. —Su voz se quebró, aunque intentaba sonar dura—. Eso no importa. Me alegro de que sigas vivo.
Un medicus apareció a nuestro lado. Se quedó en silencio, paciente, observándome.
Levanté los ojos hacia él y asentí despacio.
Con la ayuda de Neik me dejé caer al suelo, exhausto, apoyando la espalda contra lo primero que tuve cerca.
El medicus comenzó a trabajar en mis heridas, con una calma que contrastaba con el torbellino que yo sentía por dentro.
Mientras tanto, Neik no dejó de hablarme.
—Eres un maldito malnacido por hacerme pasar por esto. —Su tono oscilaba entre la rabia y el alivio—. Te juro que me lo vas a pagar… cuando estés mejor.
Alcé la vista hacia él, medio sonriendo entre lágrimas y dolor. Entonces Neik me tomó del mechón blanco que me caía sobre la frente y lo sostuvo entre sus dedos. Después me sujetó la mejilla, obligándome a mirarlo directamente a los ojos.
Arqueé una ceja, curioso por lo que iba a decir.
—Me gusta tu nuevo estilo —dijo al fin, con esa media sonrisa que tanto conocía—. Ese mechoncito y el filo de las pupilas en blanco… me recuerda a ella.
Sentí un vuelco en el pecho. Giré el rostro hacia el medicus, que siempre llevaban consigo espejos de metal pulido.
—Déjame uno —le pedí señalando el espejo, con la voz ronca.
Me lo tendió sin decir nada. Al reflejarme, me quedé inmóvil. Un mechón blanco caía entre mi cabello oscuro, y el borde de las pupilas de mis ojos resplandecía en blanco puro, no en aquel violeta azulado que siempre delataba el vínculo con el Yher.
El aire me faltó un instante. Aquella imagen no era la del hombre que había sido antes de la batalla. Era otra cosa. Algo nuevo.
El sueño que tuve en el borde del abismo de la muerte me vino a la cabeza, ¿Había sido un sueño? La magia al ser más fuerte había devuelto el color original a un simple mechón de mi pelo. Recordé a Xane en el sueño. Miré a Neik.
—Tengo que hablar con Thana. —le dije.
Neik miró hacia ella, luego hacia el rey y esbozo una ligera sonrisa.
—No creo que sea buena idea que te acerques a ellos ahora mismo.
—Necesito hablar sobre Xane. —insistí, intentando levantarme.
Neik me sujeto con fuerza impidiendo que me incorporase.
—Descansa —dijo revolviéndome un poco el pelo con su mano. —No te preocupes, ya me he encargado yo de él.
Miré a Neik y entendí perfectamente a que se refería.
El rey terminó su intercambio con Thana y, con su voz grave y firme, ordenó al ejército acampar en las proximidades del lugar para pasar la noche. Había que descansar, recuperar fuerzas para el regreso.