Capítulo 73
La batalla era un río de cadáveres y sangre. Busqué caras conocidas entre la locura: Neik, Mor, Sirl, Thana… no vi a ninguno. Solo gritos, muerte y dolor.
La luz ardía en la hoja cada vez que la invocaba.
La sentí bajar por el acero y prender el filo que cortaba la negrura de aquellos monstruos con facilidad.
Cada tajo partía humo y oscuridad; cada golpe que daba arrancaba a una bestia de la realidad y la dejaba arder en un destello. Morían, uno tras otro.
Vi a soldados de Noczar y Darmund mezclarse en la lucha, sin saber si luchar juntos o entre ellos.
La magia me quemaba desde dentro. Cada vez que invocaba la luz, la sensación era a la vez dulce y agotadora: como beber un fuego que te fortalecía y te quemaba a la vez.
Respiraba con más dificultad. Sentí pinchazos en el pecho como si cada latido fuera un suplicio.
Aun así, seguí. Seguí clavando aquella hoja blanca, haciendo arder la oscuridad en estelas cegadoras, tirando del caballo entre cadáveres, buscando, gritando nombres que mi garganta apenas podía proyectar.
En una estocada pensé que iba a caer del corcel; respiré hondo y me obligué a seguir, pero noté que mi magia ya no respondía con la misma fuerza.
Entonces por el filo de mi visión la vi.
El corazón se me paró un instante: Sirl estaba en el suelo, con la espalda contra la tierra, jadeando, mientras las garras de un drelmuth caían sobre su cuello.
No lo pensé. Rugí como un animal y me lancé saltando del caballo, embistiendo con el escudo alzado.
Lo imbuí de luz con desesperación. El impacto contra el pecho del engendro lanzó un destello desde el escudo que lo arrasó hacia delante, la oscuridad chisporroteó y se disipó como humo devorado por el sol.
El monstruo se quebró, disolviéndose en un hálito negro.
Caí de rodillas a su lado.
—¡Sirl! —mi voz se quebró en el aire.
Vi la herida en su muslo. Quemaba, humeaba oscura, parecía que algo se retorciera dentro de la carne. El olor a podredumbre me golpeó de lleno y me hizo contener la respiración. La agarré por los hombros y la sacudí con urgencia.
—¡¿El que acabo de matar fue el que te hizo esa herida?! ¡Dime que sí! —grité, casi implorando.
Ella negó con la cabeza, atónita, los ojos abiertos como platos.
—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está el que te ha herido?!
Con manos temblorosas señaló hacia la izquierda. Allí, entre la niebla negra y los cadáveres, vi un drelmuth mucho más grande que los demás, su piel cuarteada, sus garras brillando con un fulgor enfermizo. Me observaba, inmóvil, dándose cuenta de que se había convertido en mi presa.
Tragué saliva. Me levanté despacio, apreté con fuerza la empuñadura de la espada, y la luz recorrió mi brazo, envolviendo el acero. Cargué contra él.
El choque fue brutal. El monstruo lanzó zarpazos que casi parecía que me iban a partir el escudo.
Cada golpe suyo era igual que un martillo arrancándome el aire de los pulmones.
Le devolvía estocadas envueltas en destellos, pero parecía resistirlo todo, rugiendo con una fuerza que me hizo temblar los huesos. El suelo se sacudía bajo nosotros.
Invocaba la luz una y otra vez, hasta sentir que mis venas ardían.
Mi magia se estaba debilitando tras cada respiración, pero seguía ahí.
La espada cortó la oscuridad de su pecho, luego otra vez en una de sus patas, y aun así seguía avanzando.
Una garra me rozó el costado y sentí la quemadura oscura prendiendo en mi piel.
No pensé en ello, no me permití pensarlo.
Con un grito que me desgarró la garganta, reuní la suficiente fuerza, y moví la espada en un tajo descendente. La luz se desató en un estallido que cegó todo a mi alrededor. El monstruo lanzó un aullido grave, retorcido, y finalmente se quebró en pedazos de sombra, disipándose en la nada.
Sirl se me acercó cojeando, arrastrando la pierna herida, pero con una determinación en los ojos que me rompió el alma.
Cuando la tuve delante apenas pude sostenerle la mirada: el sudor me caía a chorros, las lágrimas se me mezclaban con la sangre seca en la cara, y cada jadeo me sacudía el pecho como si me fuese a desgarrar por dentro.
Me abrazó. Sentí su calor, sus manos aferrándome con fuerza. El corazón se me detuvo en ese instante, y por un segundo, por un maldito y breve segundo, todo el ruido, la sangre y los gritos del campo de batalla desaparecieron.
Pero no era el momento. Lo vi en sus ojos cuando se separó lo suficiente como para mirarme de frente. Me sostuvo la mirada, firme, y con un leve asentimiento me dijo todo lo que necesitaba.
Me puse todo lo recto que pude, apretando con fuerza la espada. Ella se colocó a mi espalda. Sentí el roce de su hombro contra el mío, la presión de su respiración, y entonces todo encajó.
Un drelmuth saltó hacia mí: lo recibí con un tajo de luz que le partió la mandíbula en dos. Un par de soldados fueron hacia ella, y vi cómo en un baile su espada larga atravesó el costado de uno y la corta desgarro la yugular del otro.
A nuestra izquierda cargaron Darmunianos, creyendo vernos vulnerables entre tanto caos. Retrocedimos juntos, espalda contra espalda otra vez, yo desviando golpes con el escudo y ella clavando sus espadas con precisión una y otra vez, cada vez con más furia.
La sangre nos salpicaba, los aullidos nos rodeaban, los cuerpos caían a nuestro alrededor. Pero allí, en ese infierno, luchábamos como uno solo.
Los soldados de Darmund comenzaron a quebrarse, primero unos pocos, luego oleadas completas que arrojaban las armas al suelo para correr sin mirar atrás.
Hasta algunos de los drelmuth, criaturas que jamás habría pensado capaces de retroceder, huyeron hacia las colinas, dejando tras de sí un reguero de humo oscuro y sangre.
Pero no todos. Siempre hay obstinados, monstruos que parecen no entender la derrota.
Sirl y yo los enfrentamos juntos, como si hubiéramos nacido para cubrirnos mutuamente.
Ella, aún coja y con la herida quemándole el muslo, hundía sus espadas de priur con precisión.
Yo, jadeando, con la visión nublada y los brazos temblorosos, aún encontraba en mi interior la fuerza para alzar la espada bañada de luz y el escudo que se sentía como una extensión de mi propio cuerpo.
Al fin, el último drelmuth cayó con un rugido que se apagó en la nada. Y entonces, el campo de batalla se reveló ante nosotros como un cementerio.
La calma después de la tormenta no vino con ningún silencio, sino un mar de gritos, lamentos y sollozos. Los soldados heridos clamaban por ayuda pidiendo un médico que parecía que nunca llegaría. El hedor de la sangre impregnaba cada respiro.
Sirl, cubierta de polvo, sudor y sangre, se dejó caer al suelo con un suspiro que sonó más a rendición que a alivio. Sus espadas cayeron a los lados, entre los cuerpos muertos.
Yo no resistí mucho más. Clavé una rodilla cerca de ella en la tierra empapada y hundí la espada delante de mí, para no desplomarme.
Sentí cómo los músculos se me acalambraban, cómo mi cuerpo pedía descanso.
El escudo, aún sujeto con tensión en mi brazo izquierdo, permanecía ligeramente erguido, incapaz de confiar en la quietud, aún esperase un último ataque.
Respiraba con dificultad, escuchando mi propio jadeo mezclarse con los gemidos del campo. Volví la cabeza para ver a Sirl. Estaba pálida, los labios entreabiertos, pero viva. Eso me bastó.
Tras unos minutos para recuperar el aliento. Respiré hondo. Me obligué a ponerme en pie, temblando, y pasé el brazo de Sirl sobre mis hombros para ayudarla a caminar. Ella cojeaba con cada paso, el dolor se le notaba en el gesto endurecido, pero se negaba a separarse de mí.
Avanzamos despacio por aquel campo convertido en carnicería.
A cada lado, cuerpos mutilados, armas rotas, escudos aplastados.
El barro estaba tan mezclado con sangre que mis botas chapoteaban con cada paso.
Vi rostros conocidos y desconocidos, todos desfigurados por el mismo destino.
Me pesaba en el pecho el saber que algunos no tendrían nombre al que volver, ni tumba que honrar.
Sirl apretó un poco más mi hombro, no supe si buscando apoyo o tratando de darme fuerzas. Yo no dije nada. No me salían palabras.
A lo lejos, un estandarte emergió entre las colinas. Un sol dorado sobre campo blanco: la legión de Aegis Vitae.
Los vi descender en formación, firmes. Entre ellos marchaban los medicus, con sus brazaletes verdes y cofres llenos de ungüentos y parches.
Apenas pusieron un pie en el campo, corrieron hacia los supervivientes.
Los gritos de dolor empezaron a menguar, reemplazados por susurros de alivio y llantos contenidos.
Vi cómo aplicaban parches que cerraban heridas imposibles, cómo devolvían la vida a ojos que ya parecían apagados.
Me detuve un momento, observando. El contraste era demoledor: la masacre a mis pies, y aquella disciplina serena, casi sagrada, que imponía orden al caos.
Miré a Sirl. Sus labios temblaron, como si quisiera decir algo, pero al final se limitó a apoyar la cabeza contra mi hombro. Yo seguí avanzando con ella, arrastrando los pies, tratando de mantenerme erguido. No había victoria ese día. Solo supervivencia.
Desde la distancia en lo alto de una cima, el estandarte de la Legión Aeterna ondeaba imponente, dorado y negro, recortándose contra el cielo teñido por el humo y la sangre. Al frente, distinguí la figura del rey de Noczar, erguido, su capa agitándose con el viento rindiéndole pleitesía.
Sentí a Sirl tensarse a mi lado. Cuando giré el rostro, la vi con la mirada clavada en mi padre, los ojos ardiendo con un odio feroz que jamás le había visto.
Siempre tan rígida, tan entregada a las leyes y a la disciplina, verla así, consumida por la rabia, me arrancó una sonrisa cansada.
En medio de tanta devastación, aquella chispa de desafío me resultó casi irónica…
y profundamente humana. Aunque desconocía la razón de su mirada.