Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 72 #3
97%

Capítulo 72 #3

El regente abrió los ojos de par en par, incrédulo, con la boca entreabierta, jadeando, la sangre todavía resbalándole por la nariz. Con la mano temblorosa intentó agarrar otra piedra del círculo de tiza, pero no tuvo tiempo.

Con un rugido de furia le lancé la espada hacia el cuello, y la hoja se hundió en su carne atravesando hueso y garganta.

Me acerqué hasta casi rozar su rostro, mirándole con el más puro odio, y mascullé:

—Ladra tu veneno ahora si puedes, hijo de puta.

Con una floritura violenta retiré la espada y en el mismo movimiento le corté la cabeza. El cráneo rodó por el suelo chocando contra una de las piedras, que chisporroteó oscuridad como si el vínculo hubiese sido arrancado de raíz.

El cuerpo del regente cayó desplomado con un ruido seco mientras las piedras vibraban, expulsando humo y chispas. Los cánticos que las contenían se deshacían, y los monstruos invocados rugieron enloquecidos.

Jadeando, con el sudor corriéndome por la frente y una sonrisa torcida en el rostro, miré por última vez al cadáver decapitado del regente. Luego levanté la vista hacia el campo de batalla.

Los drelmuth, liberados de toda atadura, se habían convertido en bestias desatadas. Ahora mataban indiscriminadamente, arrasando con soldados de Noczar y de Darmund por igual, arrancando miembros, devorando carne, reduciendo el campo de batalla a una carnicería caótica.

Agarré a uno de los magos por el cuello de la túnica, lo levanté del suelo y le escupí las palabras:

—¿Cómo los detengo? ¡Dime cómo!

El hombre tembló, con los ojos abiertos como platos, y solo se encogió de hombros con miedo, incapaz de darme una respuesta.

Entonces una voz cansada se alzó desde el umbral de la cámara ritual. Giré la cabeza y vi a un mago anciano, sin capucha, que caminaba lentamente hacia mí. Su mirada era grave, resignada.

—No se pueden detener —dijo con un hilo de voz, pero firme—. Nunca debieron de controlarse en primer lugar.

Me quedé inmóvil, con el otro mago aún temblando en mis manos, mientras las palabras del viejo se clavaban en mi pecho.

—El regente… —continuó, acercándose un paso más—.

Usaba a su propia gente. Los vinculaba, los convertía en cascarones vacíos, en zombis a su servicio.

Luego los hería con un drelmuth que yace bajo el castillo, capturado hace cientos de años.

Esa herida… esa infección los transformaba.

Y gracias a la vinculación previa, descubrió que podía seguir dándoles órdenes incluso después de cambiados. Así creó un ejército.

Solté de golpe al mago, como si me quemara en las manos. El hombre cayó al suelo tosiendo, y yo clavé los ojos en el anciano.

—Nuestra frontera ha sido segura gracias a ese secreto, utilizando drelmuth en la frontera para impedir que nos invadiesen —prosiguió él con voz amarga, mirándome con una mezcla de reproche y lástima—. Y ahora, gracias a ti, cruzaran la frontera y todo volverá a infestarse de drelmuth.

Se detuvo frente a mí, lo bastante cerca para que pudiera ver la tristeza hundida en sus arrugas.

—Nos has condenado a todos.

Miré a mi alrededor: el campo convertido en un infierno de carne desgarrada y gritos, los drelmuth desatados arrasando todo sin distinción.

Escupí al suelo a su lado y lo miré con desprecio.

—Tu puto regente ha sido quien os ha condenado a todos —dije—. Yo solo voy a ser la espada que ejecute esa condena.

Clavé la espada en su pecho con un empujón seco; la hoja entró hasta la guarda y noté la resistencia húmeda del pulmón. Él gorgojeó, los ojos abiertos como platos, la mano temblorosa intentando rascar la empuñadura. Me acerqué despacio, disfrutando del temblor en sus manos, y sonreí con calma.

—Voy a acabar con todos los que hayáis tenido algo que ver con esto —susurré, pegándole la voz en el rostro—. No voy a dejar ni una escoria de vosotros con vida. Habéis hecho que esto sea personal para mí. Os voy a dar caza a todos, ¿me oyes? Ve avisando desde el otro lado.

El anciano no tuvo tiempo de responder. Soltó un último aliento, la sangre burbujeándole en la garganta, y se desplomó hacia atrás con un ruido sordo, dejando que la hierba se empapara de rojo.

A nuestro alrededor se produjo un silencio cortante; algunos magos retrocedieron, otros clavaron la mirada en mí con miedo y odio mezclados.

Di un paso atrás y la sonrisa no se marchó de mi cara. El olor de la sangre me siguió como una promesa. La venganza ya no era una idea: era un camino por el que iba a caminar hasta que no quedara rastro de quienes me habían causado dolor.

Después de acabar con todos los hombres que quedaban allí, me asomé al precipicio.

Conté con la mirada, sin creerlo del todo, al menos veinte drelmuths que se movían hambrientas entre las filas, desgarrando y arrasando cuerpos.

El olor a sangre y carne quemada llegaba hasta aquí arriba, me golpeó en la cara y me abrió los pulmones.

Sin pensarlo, tiré del corcel del regente, lo encabecé y me lancé por la pendiente. El caballo embistió hacia abajo.

Hacía demasiado poco que había vuelto de la orilla misma de la muerte para quedarme mirando.