Capítulo 72 #2
Uno de los magos, pálido y sudoroso, le dijo algo en voz baja, pero el regente lo ignoró. Otro drelmuth emergió del límite del bosque, lanzándose contra el ala izquierda de las legiones de Noczar, desgarrando hombres y caballos con la facilidad que una tormenta arranca árboles.
El regente sonrió. La sangre le corría de la nariz, oscura, espesa, pero no parecía importarle; se la limpió con el borde del camisón, y luego rió. Una carcajada hueca, enferma, macabra. Disfrutaba con cada segundo, con cada monstruo desatado, con cada alma aplastada en el campo de batalla.
Me sentía atrapado en una pesadilla. La luz seguía latiendo en mis manos, vibrando, pero no lograba encontrar el modo de convertirla en lo que necesitaba. Cada chispa que lanzaba se extinguía contra el acero.
—¡Desgraciado! —grité hacia él con todas mis fuerzas, con los nudillos blancos de la fuerza con la que me agarraba a los barrotes de la jaula.
Los barrotes chirriaron bajo mis manos. Me quedé helado. Volví a apretar, dudando un instante. El metal gimió de nuevo. Mis ojos se abrieron de par en par, y un estremecimiento me recorrió la espalda.
—No puede ser…
Inspiré con furia y tiré con toda la fuerza que tenía.
El hierro se dobló con una lentitud dolorosa, pero cedió.
Cada chasquido era música, cada crujido me empujaba más lejos del límite de lo imposible.
Jadeando, sudoroso, sonreí como un loco.
Una fuerza nueva me recorría las venas, desconocida, intoxicante y los barrotes cedían ante mí.
Un soldado, con los ojos como platos, me vio en pleno acto.
Con un grito se lanzó hacia mí, la lanza por delante.
En el último instante me encogí y giré el torso; el hierro pasó rozándome, y mi pierna se alzó sola, con una fuerza brutal.
El casco del soldado se hundió bajo mi bota con un estruendo metálico, su cuerpo se desplomó como un saco roto.
Me quedé mirando mi propia pierna, atónito, respirando entrecortado. El cuerpo del soldado sangraba a mis pies y yo apenas podía creerlo.
La lanza cayó de sus manos. Con un rápido movimiento, la atrapé con los pies, la levanté hasta mis manos encadenadas y, con un rugido, usé el acero como palanca. El hierro rechinó, resistió… hasta que finalmente cedió con un estallido seco. Los eslabones se partieron y mis muñecas quedaron libres.
Me erguí despacio, temblando. El aire ardía en mis pulmones, mis músculos vibraban con un poder nuevo. Di un paso fuera de la jaula y alcé la vista hacia el regente.
Él seguía en su círculo, con la sangre resbalando por su rostro, embriagado por su propio ritual. Noté mis labios curvándose en una sonrisa de puro placer. Una sonrisa peligrosa, llena de hambre.
Cargué hacia el regente con la mirada fija en él, como un toro desbocado que solo conoce un objetivo. El aire rugía en mis oídos, la sangre me hervía en las venas.
El primero de los soldados que se interpuso en mi camino levantó la espada con un grito, pero yo lo derribé con un brutal empujón y le arranqué el arma de las manos antes de que pudiera reaccionar.
El segundo apenas tuvo tiempo de alzar su escudo. Lo embestí, le clavé la espada en el pecho y, antes de que cayera, le arranqué el escudo de las manos.
El tercero vino con una lanza. Lo recibí con un giro del escudo clavándoselo en el costado, desviando su ataque, cayendo al suelo retorciéndose, le arrebaté de un tirón la lanza.
Sin detenerme un instante, la lancé con toda mi furia.
Voló como un rayo y atravesó a un cuarto soldado, que cayó con un chillido ahogado.
Dos más corrieron hacia mí, con las lanzas en alto. Agarré de nuevo la espada del suelo y silbó en el aire haciendo que el primero perdiese la cabeza en un tajo, mientras al otro le estampé el escudo en el pecho con tal fuerza que lo lanzó varios metros atrás, muerto antes de tocar el suelo.
Y seguí.
Seguía abriéndome paso entre ellos como si fueran paja en el viento. Cada movimiento era rápido, despiadado, alimentado por aquella furia nueva que me consumía. Los hombres gritaban, caían y yo avanzaba sin detenerme, la sonrisa desquiciada en mis labios, el sabor del óxido en mi boca.
Cuando el último de aquella escuadra se desplomó, me encontré jadeante y cubierto de sangre, mía, de ellos, levanté la vista. Estaba ya a pasos del círculo de tiza.
El regente, sudoroso, con la nariz chorreándole sangre, aún tenía la mirada puesta en las piedras y el campo de batalla. Alzó una mano en el aire y sus labios se movieron con los cánticos que ya conocía. Cuando yo ya casi estaba encima de él, sus ojos se abrieron de golpe y me vio.
Sacó con rapidez una piedra de su bolsillo y la levantó hacia mí, vibró y la tierra tembló.
Un rugido inhumano estalló a su lado. Entre las sombras invocadas por su magia donde antes había uno de los magos, apareció la silueta retorcida de un drelmuth, con la piel como brea hirviente y las fauces goteando oscuridad.
El regente respiraba a duras penas entre los jadeos, su voz aún recitando el último susurro de la invocación, mientras el monstruo se erguía frente a mí, interponiéndose entre su amo y mi espada.
El drelmuth se alzó, su respiración era un rugido bajo que hacía vibrar el suelo.
Cuando cargó, apenas tuve tiempo de alzar el brazo.
Su golpe alcanzó mi escudo partiéndolo en varios trozos como si fuera hecho de cristal, lanzándome hacia atrás.
Caí contra el suelo de tierra húmeda con un gemido sordo.
A través del polvo, vi algo brillar. En una de las tiendas cercanas, un refugio improvisado donde habían guardado armas y equipo reconocí mi escudo, y junto a él, mi espada, Lux.
Me levanté con un gruñido, el cuerpo aún entumecido por el golpe y corrí hacia la tienda mientras la criatura se abalanzaba de nuevo, su zancada retumbando.
Solo pude alcanzar el escudo en el último segundo, antes de girar el cuerpo levantándolo en el aire y bloqueando su embestida; el impacto me recorrió los brazos hasta los hombros, pero aguanté en el sitio. Esbocé una sonrisa divertida.
—Este escudo no te va a ser tan fácil atravesarlo. Bestia inmunda. —le escupí.
El drelmuth retrocedió, siseando con furia.
Su piel oscura se retorcía bajo la luz y en sus ojos completamente plateados anidaba una malicia que no era de este mundo.
Arremetió de nuevo justo cuando intenté agarrar mi espada, volví a levantar el escudo, sus garras chocaron contra el acero, arrancando chispas.
La fuerza que ahora sentía en mis brazos no era humana; mis movimientos eran más rápidos, como si algo dentro de mí hubiera despertado.
Durante unos segundos, el monstruo y yo fuimos iguales. Golpe contra golpe. Furia contra furia.
Hasta que, en un cruce de ataques, su garra descendió con tal fuerza que la espada que había robado al soldado se hizo pedazos. El sonido metálico del acero partiéndose resonó como un lamento. La hoja se partió lanzando destellos apagados antes de caer al suelo.
Retrocedí tambaleante, jadeando. El drelmuth avanzaba con una sonrisa, saboreando la victoria. Mi mirada se desvió hacia atrás… hacia mi espada que no había podido coger.
El grabado en su empuñadura parecía vibrar, llamándome entre esos restos de tela y madera. Corrí hacia ella, esquivando un zarpazo.
—Vamos… —murmuré cuando llegue a ella, la cogí y alce la espada hacia aquella mole—. ¡Vamos!
Intenté canalizar la energía, como antes. Sentí el pulso de la magia en mi pecho, el ardor subiendo por mis brazos, pero nada ocurrió. Solo silencio. El drelmuth rugió y yo le devolví el rugido.
Entonces… la escuché en mi cabeza. Recuerda la canción .
La voz era suave, maternal. Un susurro lejano, pero tan real que casi pude verla: mi madre, sentada junto a la chimenea, su canto flotando entre los crepitares del fuego.
Cerré los ojos. Inspiré hondo. Y empecé a cantar en mi cabeza.
La melodía era sencilla, una nana antigua que hablaba de la luna y del regreso de la luz tras la noche más larga.
A cada nota, algo en la hoja respondió. Lux vibró, su superficie tembló, el mango se transformó lentamente, brotando alas estilizadas que se curvaban hacia atrás, abrazando la empuñadura sin llegar a tocarla; al mismo tiempo, a lo largo del filo surgió una segunda hoja etérea, un filo de pura luz blanca que se superpuso al acero, ensanchando la espada y dándole un resplandor blanco que se extendió hasta envolverla por completo.
Abrí los ojos. La criatura se detuvo, desconcertada. Esbocé una sonrisa irónica.
Arremetí sin pensarlo contra el drelmuth. Rugió levantando sus garras negras, pero mi espada se encendió con un resplandor cegador. La hoja quedó envuelta en aquella luz pura, y con un tajo brutal, acompañado de un destello partió el aire mismo y corté al monstruo en dos.
Las mitades se disolvieron en humo oscuro al instante, dejando solo el eco de su grito.