Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 72
95%

Capítulo 72

El traqueteo metálico me arrancó del sueño.

Abrí los ojos con pesadez y lo primero que sentí fue el vaivén constante, la vibración de la jaula en movimiento.

Estaba bastante mejor que la noche anterior.

Podía mover los dedos, enderezar la espalda, aunque cada movimiento me recordaba a la paliza que había sobrevivido.

El sonido de cascos y el crujido de las ruedas me acompañaron mientras la procesión avanzaba por un sendero estrecho. Un destacamento pequeño nos escoltaba, los ojos de los soldados clavados en mí. Al frente de todos, erguido en su caballo con satisfacción, iba el regente.

El aire se volvía más frío conforme ascendíamos, y cuando el traqueteo finalmente cesó, me encontré frente a lo que supuse era la cámara de rituales. Se alzaba en la cima de una montaña, una losa de piedra inmensa excavada en el borde de un precipicio. El viento rugía con intensidad.

Un gran círculo había sido trazado con tiza blanca sobre la piedra, sus líneas marcadas con precisión. En el centro, descansaban más de una docena de piedras. Me estremecí al reconocerlas.

—Por todos los Fundadores… —susurré, el corazón golpeándome en las costillas.

No eran simples piedras. Eran oscuras, envueltas en sombras. Un poder capaz de arrasar con todo lo que conocía y me era querido.

El lugar no podía ser más perversamente perfecto: una cámara ritual convertida en palco.

Desde aquella altura, se extendía un abismo que ofrecía una vista amplia.

Al borde del precipicio por debajo de nosotros, ondeaban las insignias del ejército de Darmund, preparados para la defensa.

Y al fondo se distinguían las banderas de las legiones de Noczar, avanzando inexorables.

Tragué saliva, un nudo de rabia y desesperación atrancándose en la garganta. Allí, atrapado en mi jaula, no era más que un espectador obligado a contemplar la tragedia que se cernía sobre mi mundo.

Miré hacia aquel campo de batalla que aguardaba con calma.

Las filas de Darmund, alineadas sin disciplina, sus estandartes ondeando con orgullo pese a que el enemigo les superaba en número con creces.

Desde allí arriba era evidente: estaban condenados a ser aplastados por las legiones de Noczar, una marea interminable de aleación priur.

Pero las cifras, las formaciones, la estrategia…

todo eso perdía sentido cuando entraban en juego los drelmuth.

Había sufrido en mi propia carne lo que significaba enfrentarse a uno de esos engendros.

No eran bestias, no eran soldados: eran sombras con colmillos, un abismo con forma, la pesadilla materializada.

Ni un ejército entrenado ni diez mil lanzas eran suficientes contra ellos.

Confiaba en que la aleación priur les haría más fácil aquella pelea, sí.

Sabía que las legiones lo llevaban consigo, aquella sustancia que podía equilibrar la balanza en combates imposibles.

Pero incluso con eso… no era lo mismo. El elixir también les podía dar fuerza, resistencia.

Y, aun así, ¿de qué servía contra criaturas que aterrorizaban de forma antinatural?

Sentí un escalofrío recorrerme al recordar cómo aquel humo oscuro había atravesado mi piel, cómo su fuerza había aplastado mis huesos. Las imágenes me golpeaban.

Apreté las manos encadenadas hasta que los nudillos crujieron. Necesito salir de aquí .

El regente se adelantó con paso solemne hacia el centro del círculo, su capa ondeando con el viento de la montaña. A su lado, las piedras brillaban con un resplandor inquietante, palpitando, latiendo con una cadencia que erizaba mi piel.

Sentí cómo mi estómago se revolvía y un estremecimiento me recorrió entero, mis manos se crisparon en los barrotes de la jaula, buscando un punto débil, cualquier resquicio que me permitiera salir de allí. Tenía que escapar, tenía que detenerlo.

El regente alzó la voz, grave, retumbando en un eco que se multiplicaba contra las rocas.

—¿Dónde está el resto de las piedras? ¡Usan priur, por el amor de la Madre!

De entre las sombras apareció un hombre encapuchado, inclinando la cabeza con cautela. Se acercó a él con un paso inseguro y habló en voz baja, apenas audible desde mi prisión:

—Mi señor… usar más de una docena de piedras es ya un riesgo. Un mago con su fuerza no puede controlar tanto poder. Más de eso… es tentar a la ruina.

El regente giró el rostro hacia él con lentitud, su expresión se tensó en un rictus de furia.

Sin previo aviso, su mano se alzó y descargó un golpe brutal contra la cara del encapuchado.

El sonido seco de la bofetada resonó en el círculo, y el mago salió despedido, cayendo al suelo con un gemido ahogado.

—¡Traedme todas! —rugió el regente, su voz desbordada de soberbia—. ¡Quiero cada maldita piedra aquí, ahora!

El mago, tambaleándose, se incorporó con torpeza, agachando la cabeza sumisamente. Se giró y desapareció hacia el interior de la cámara ritual, arrastrando los pies con un miedo palpable, mientras el regente quedaba en el centro del círculo.

Tragué saliva, la garganta seca, y apreté los dientes hasta sentir un sabor metálico en la boca.

El ejército de Noczar se había desplegado ya a escasa distancia de las filas de Darmund. Desde mi jaula, encorvado, pero con la vista fija en aquel campo de batalla, vi cómo el estrépito de los tambores se detuvo de golpe, ambos bandos conteniendo el aliento a la espera del primer movimiento.

Un estandarte ondeó al frente de las legiones: la bandera de la Tercera legión, reconocible incluso a la distancia, un emblema de disciplina y fuerza.

Bajo su sombra, avanzaban el legatus de la tercera, con el porte marcial de quien manda sobre miles, y a su lado un emisario, la bandera blanca en alto en símbolo de parlamento.

Desde las líneas de Darmund, un jinete encapuchado sin bandera salió a su encuentro, galopando con calma fingida hacia el punto neutral, a medio camino entre ambos ejércitos.

Apreté los dientes. Aquella calma era demasiado tensa, demasiado falsa.

En ese mismo instante, el regente, dentro del círculo ritual, revolvió entre las piedras con una sonrisa depredadora y exclamó con satisfacción:

—Ah… aquí está.

Sus manos se alzaron y comenzó a recitar un cántico gutural, cada palabra impregnada de magia oscura que hacía vibrar el aire.

El jinete encapuchado de Darmund, extendió la mano hacia el emisario de Noczar, se convulsionó de repente.

Un rugido antinatural surgió de su garganta, su cuerpo se retorció y en un abrir y cerrar de ojos explotó en humo negro.

Antes de que el emisario de Noczar pudiera reaccionar, unas fauces negras se cerraron sobre su cuello saliendo de aquel humo, arrancándole la cabeza de cuajo.

El campo se congeló en un segundo de incredulidad. Después, el caos.

El legatus, a su lado, desenvainó su espada con un rugido de furia y se lanzó contra la bestia, golpeando sin descanso, apenas conteniéndola con la disciplina y el acero de la legión.

El regente, satisfecho, colocó la piedra que había usado dentro de un círculo de tiza trazado a sus pies, y buscó la siguiente con calma enfermiza.

—Veamos ahora… —murmuró.

Otro cántico oscuro, otro pulso de magia. Y desde el borde del bosque cercano, un rugido estremecedor rasgó el aire. Un segundo drelmuth emergió de entre los árboles y cargó directamente contra el flanco de las legiones de Noczar, barriendo filas de soldados como si fueran espigas bajo la guadaña.

El regente reía suavemente, con los ojos brillando de éxtasis, mientras dejaba esa piedra junto a la primera y tomaba la siguiente, repitiendo el mismo ritual, sin prisa, con el gozo de un verdugo que degusta cada ejecución.

Sentí que mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos. Cada piedra que tocaba era otra condena, otro monstruo que se desataba contra los míos. Y yo, atrapado, no podía hacer nada.

Me removí en la jaula, las cadenas mordiendo mis muñecas cada vez que tiraba con violencia. El estrépito de la batalla fuera me llegaba amortiguado, pero cada rugido de los drelmuth me retumbaba en el pecho. Tenía que salir. ¡Tenía que hacerlo ya!

Cerré los ojos, intentando recordar lo que había sentido cuando la luz brotó de mi: esa chispa interna, esa corriente cálida y viva en algún rincón de mi ser.

Un resplandor tímido me recorrió los brazos en una fina línea, como si supiera que lo invocaba en la desesperación. Abrí las manos y las vi brillar en un leve fulgor blanco, destellos casi líquidos que se deslizaban por mis dedos.

El problema era… ¿qué hacer con ello?

El acero era oscuro, opaco, implacable. ¿Podía la luz quebrar un metal así? Nunca lo había intentado. La magia era desconocida y nueva para mí.

Apreté los dientes y acerqué las palmas a las cadenas, sintiendo cómo el resplandor se intensificaba. El metal respondió con un crujido seco, y por un instante juraría que vi unas runas grabadas en la superficie retorcerse.

Un olor a hierro caliente se mezcló con el aire, y mis músculos temblaban por el esfuerzo. La luz no era suficiente todavía; sentía que algo me faltaba, necesitaba dar un salto más allá.

Y mientras el resplandor titilaba en mis manos, el regente levantaba otra piedra entre sus manos, ajeno a mi lucha, listo para desatar un nuevo monstruo.

Me estremecí al verlos salir de la cámara ritual: los magos cargaban otra docena de piedras. Sentí un nudo frio en el estómago.

La desesperación me arrancó un rugido. La luz respondió, cálida, quemándome por dentro al querer salir. La canalicé hacia las cadenas, disparando ráfagas blancas contra el metal, una y otra vez. El fulgor rebotaba, me cegaba… pero no servía. Las cadenas vibraban, ardían, pero no cedían.

—¡Vamos! —escupí entre dientes, mientras mis muñecas se llenaban de sangre por la fricción.

El regente ya había colocado otra piedra en su círculo de tiza. Sus labios se movían en un murmullo oscuro, y la tierra temblaba con cada palabra que dejaba escapar. El aire mismo se volvía denso, cargado de una energía que me revolvía el estómago.