Capítulo 71
Me vi a mí mismo desde fuera, tendido en el suelo, un cuerpo roto en mitad de la oscuridad. La negrura me envolvía, girando a mi alrededor.
Entonces, de mi cuerpo inmóvil comenzó a brotar una luz: al principio débil, titubeante… pero creciendo con cada latido.
La presencia desde la que me observaba, aquello que yo no alcanzaba a ver, retrocedió, temerosa, mientras mi cuerpo se incorporaba lentamente del suelo. Sentí la claridad que emanaba de mi cuerpo cegarme, un río desbordado arrasando toda sombra.
El borde de mis pupilas ardió hasta volverse de un blanco puro. Un mechón de mi cabello, oscuro hasta ese momento, se volvió lentamente blanco, reclamado también por aquella luz.
La visión de oscuridad rugió y se lanzó sobre mí. Alcé las manos: de ellas brotó un destello, una llamarada radiante que lo devoró todo, deshaciendo la penumbra en un único resplandor.
Desperté. Empapado en sudor frio, jadeando, tosiendo. El dolor regresó con violencia: el hombro, el gemelo, el costado. Cada herida ardía, escociendo, quemándome por dentro. Pero entonces lo sentí.
Un humo oscuro emanaba de mis heridas, retorciéndose expulsado por una fuerza mayor. Allí donde el humo se desprendía, la carne empezaba a cerrarse, lenta pero inexorable.
Miré despacio a mi alrededor. Me encontré rodeado de barrotes. La jaula era tan pequeña que apenas podía erguirme; el techo rozaba mi cabeza y me obligaba a permanecer encorvado. No había espacio para estirarme en el suelo.
Aquella visión… la comprendí al instante. Eso era de lo que me había hablado Dast cuando le pregunté por Lacerta y Caelum. La visión desde dentro del drelmuth, su mirada, su hambre, su vacío. Había acabado con el drelmuth que me hizo las heridas, y por eso se estaban curando.
Esbocé una sonrisa ligera, apenas un temblor en mis labios. Dentro de todo lo malo que había sucedido allí, había confirmado algo que podría salvar a mis hermanos del Atra. Quizás había una salida para ellos, aunque yo estuviera en esta prisión. ¿Vivo?
El pasado retumbó en mi cabeza y me encogió el corazón.
Había sobrevivido, solo. Las lágrimas brotaron sin permiso, calientes, deslizándose por mi rostro.
Todo me dolía. No solo el cuerpo, aunque cada músculo ardía y cada hueso gritaba.
Era un dolor profundo, visceral, que no tenía cura. Xane. Mi madre.
Sentí que iba a morirme por dentro de nuevo, incluso sabiendo que mi cuerpo se regeneraba. Porque lo que dolía de verdad no se cerraba ni con magia, ni con elixir. Era un vacío inmenso dentro de mí.
Me llevé un brazo a la frente y me quedé tumbado mirando al techo de aquella jaula, intentando contener los sollozos. La respiración me temblaba. Entre barrotes, entre sombras, encogido… me sentía más roto de lo que había estado jamás.
Un ruido seco, un leve roce a mi derecha, quebró el silencio de la jaula. Giré la cabeza con un esfuerzo que me arrancó un gemido de dolor. Allí, en el umbral de la puerta, entre las sombras, una silueta encapuchada relucía. Cada fibra de mi ser la reconoció.
Mi cuerpo estaba destrozado, y aun así aquel simple vistazo a ella despertó en mí un dolor todavía más insoportable que el de mis huesos rotos y mi carne abierta.
Me aferré a los barrotes con todo lo que me quedaba de fuerza.
La rabia, la confusión, el peso de los recuerdos, todo me empujaba hacia ella.
Quería gritarle que se marchara, que no quería verla jamás, que su presencia era veneno.
Quería preguntarle por qué, arrancarle una respuesta con mis propias manos, maldecirla hasta que me quedara sin aire. Quería decirlo todo.
Pero cuando abrí la boca, lo único que salió fue sangre y gruñidos ahogados.
Mis palabras se perdieron saliendo de una garganta desgarrada en un caos de ira y de lágrimas.
La frustración me rompió por dentro, porque no encontraba orden ni en mi cabeza ni en mi corazón. Todo era un torbellino que me consumía.
Grité. Como un león enjaulado, lancé un rugido tras otro contra ella, contra esa figura encapuchada, contra el silencio que me devolvía.
Grité hasta que la garganta me ardió, hasta que mi voz fue solo un gruñido roto.
Las lágrimas caían calientes por mis mejillas, arrastrando con ellas la sangre reseca que se me había pegado al rostro.
Y aun cuando aquella sombra se retiró lentamente hacia la oscuridad, desapareciendo sin una sola palabra, yo seguí gritando. Le grité a la nada, le grité a las sombras, le grité a la oscuridad que se había tragado mi esperanza.
Seguí gritando hasta que ya no salió nada más de mi garganta. Hasta que mi voz quedó reducida a un silencio áspero y vacío.
El sonido metálico retumbó en el pasillo, lento, firme, cada paso chocando contra la piedra.
Abrí los ojos con dificultad, me había dormido sin darme cuenta, mis párpados pegados por el cansancio y la sangre reseca.
Un dolor sordo me recorrió el cuerpo, pero noté que algo había cambiado: ya no estaba en ese abismo entre la vida y la muerte.
Sentía el peso de cada herida, sí, los huesos fracturados, la carne desgarrada, pero mi respiración era un poco menos irregular, y la fiebre que me había devorado antes parecía apagada.
Había vuelto de la muerte, y ese retorno me pasaba factura.
Era como si mi cuerpo se revIlya contra sí mismo a cada segundo, recordándome que no debía estar en pie, que no debía estar respirando.
El chirrido del metal arrastrado resonó más cerca, y apreté los dientes, erguido lo poco que me permitía la jaula. Los pasos se acercaban más y más, cada eco haciendo vibrar el suelo bajo mis rodillas.
Inspiré hondo, sintiendo cómo el aire quemaba al pasar por mi garganta maltratada. Apreté las manos contra los barrotes, obligando a mis músculos temblorosos a responder. No sabía quién se acercaba, pero algo en mí, orgullo, rabia o pura desesperación, me impedía mostrarme derrotado del todo.
Aunque por dentro seguía siendo un amasijo de dolor y recuerdos rotos, alcé la mirada hacia la dirección de esos pasos, esperando ver aparecer al dueño de aquel eco metálico.
El regente se detuvo frente a mí, la penumbra del umbral se quebró con su figura alargada, imponente. Avanzó con calma.
Apenas pude incorporarme lo poco que me dejaban las cadenas, con los brazos tensos y los eslabones crujiendo contra los barrotes de la jaula.
Inclinó la cabeza, observándome en silencio. Y entonces, sin aviso, alargó la mano y agarró el mechón blanco que caía sobre mi frente. Tiró de él con fuerza, obligándome a alzar la cabeza.
Un gruñido escapó de mi garganta, mis manos encadenadas se extendieron con violencia, buscando su cuello, deseando romperlo allí mismo… pero el rango de las cadenas me traicionó. El hierro se tensó con un chasquido, y mis dedos se cerraron en el aire vacío a pocos centímetros de su piel.
El regente retrocedió un paso, y en sus labios se dibujó una sonrisa cargada de veneno.
—Sabía que tu padre había tenido bastardos por todo el continente —masculló, girando el mechón entre sus dedos—. buscando sucesores, cruzando líneas de sangre… pero ahora entiendo por qué a ti es al único que ha querido cerca.
Lo miré con rabia, conteniendo el impulso de abalanzarme contra los barrotes. Mi pecho ardía con cada respiración.
Inclinó de nuevo la cabeza, deleitándose con mis grilletes.
—No sabía que había tenido un hijo con una línea tan poderosa…—dijo, sus palabras impregnadas de un goce retorcido—. Un descendiente fácil de manipular. Aislado. Madre tenía razón. El fin está cerca.
Su sonrisa se ensanchó, mientras sus ojos me devoraban con pertenencia.
Escupí una mezcla de saliva y sangre en su dirección. El regente frunció el ceño con asco, se limpió la comisura de la boca con un gesto de repugnancia y se apartó un poco, clavándome la mirada.
—Vaya estado más lamentable —dijo con voz divertida.
Se detuvo, saboreando cada palabra que iba a soltar, y luego alzó la barbilla con aire de triunfo.
—¿Te gustan mis drelmuth? —preguntó, y no hubo en su tono ni un atisbo de remordimiento—. Los usaré para masacrar tu reino. ¿Cómo lo hago preguntas? Supongo que puedo contártelo, no es como que fueras a salir con vida de aquí.
Se paseó lentamente frente a la jaula describiendo con calma el plan que me apuñalaba por dentro, cualquiera habría pensado lo mismo que él viendo el estado en el que me encontraba, que estaba al borde de la muerte, tosí con esfuerzo para que se confiara.
—Hay una razón por la que necesitaba sacar a el ejército de Noczar y traerlo tan cerca del castillo de Darmund.
—empezó a contar mientras daba vueltas alrededor de la jaula —Las piedras vinculantes que uso están guardadas en una cámara antigua cerca del castillo.
Aquel lugar alberga un centro de poder mágico que los magos usan para recargarlas.
Si las alejo de allí, las piedras irían perdiendo su carga y los monstruos quedarían sueltos, incontrolables.
Hizo un movimiento teatral con las manos, como un chef mostrando su mejor plato, y su sonrisa se volvió más ancha, casi obscena.
—Ahora seremos nosotros quienes nos vamos a reír y seré yo el que gobierne todo —añadió, con una placidez que me enrojeció de ira.
Cuando al fin se dirigió hacia el umbral para irse, se volvió una última vez. Su figura recortada en el marco parecía más alta, arrogante.
—Te concederé un último detalle —dijo con frialdad—, me encargaré de que tengas una buena vista de la masacre de tu gente. Considéralo mi regalo. Eso es, si consigues aguantar con vida hasta entonces.
Y se fue, dejándome con las palabras ardiendo en la respiración.
La jaula me pareció de repente más estrecha.
El olor a sangre y polvo me oprimía. Sentí la rabia subir en oleadas, un fuego frío que me recorría las venas hasta el borde de la consciencia.
Quise gritar, desgarrarlo, arrancarle las piedras.
Las cadenas cortaban mis muñecas, la humedad de la sangre en mi piel me recordaba cada herida.
Pero, sobre todo, sentí el peso de la impotencia clavado en el centro del pecho: sabía lo que iba a ocurrir, y no podía pararlo.
Me apoyé en los barrotes. Acumulando en silencio una ira que no iba a apagar con gritos. Necesitaba recuperarme más rápido, salir de esta jaula, acabar con todos ellos como había jurado en la arena.