Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 70 #3
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Capítulo 70 #3

El nombre resonó dentro de mí. Sentí un estremecimiento recorrer mi cuerpo, como si la palabra misma hubiera abierto un resquicio en el fondo de mi ser, un lugar que siempre había estado allí, esperándome.

Las imágenes se disolvieron en humo, y cuando abrí los ojos me encontré de nuevo en aquella habitación.

Mi madre seguía allí, frente a mí, con su mano cálida y firme apoyada en mi pecho.

Sentí cómo algo en mi interior respondía a su contacto: un destello que se expandía, un pulso eléctrico que recorrió mi cuerpo y me hizo temblar.

Me concentré, intentando canalizar aquella energía que vibraba en el centro de mi pecho. El calor comenzó a extenderse, primero a mis brazos, luego a mis piernas, hasta que sentí cada extremidad arder con vida propia. La voz de mi madre me envolvió, suave y alentadora.

—Muy bien, cielo… vas bien…

Vi una lágrima deslizarse por su mejilla que brillaba con la luz que brotaba de mí.

La intensidad de aquel resplandor me asustó y flaqueé.

Aflojé la canalización y la luz titubeó, perdiendo fuerza.

Extendí mi mano hacia ella, temblando, tocando su rostro.

Y entonces las lágrimas brotaron de mis ojos, imparables.

—No… —negué con la cabeza, la voz rota, mi cuerpo entero resistiéndose—. No quiero irme… quiero quedarme contigo…

Mi madre sonrió con una tristeza infinita y, con un gesto suave pero firme, empujó un poco más su mano contra mi pecho. La luz vibró con fuerza renovada, crepitó dentro de mí.

—Habrá tiempo, cariño… —susurró con ternura, su voz quebrada por la emoción—. Por mucho que te eche de menos y te quiera conmigo siempre… Jamás querría acortar tu vida. Tienes gente que te espera y te necesita.

Las lágrimas me cegaban, el dolor me partía por dentro, pero su voz atravesó todo eso y me sostuvo.

—Vive, Izz… por mí… por ti.

Solté un grito. La frustración me desgarró la garganta y las lágrimas me cegaron mientras me aferraba a ese instante, a esa figura que había sido todo mi mundo. Mi madre.

—Te quiero —dije entre sollozos, incapaz de contenerlo, con el corazón partiéndose en cada palabra.

Me miró con los ojos húmedos, brillantes como jamás los había visto. Su voz llegó suave, firme, acariciándome, abrazándome y sosteniéndome en la tormenta.

—Yo también a ti… con cada fibra de mi ser —susurró—. Mi niño precioso, mi maravilloso regalo… eres todo lo que siempre soñé.

Su mano se alzó hasta mi mejilla, tibia, acariciando mi piel con una ternura tan infinita que me quebró por dentro. Cerré los ojos contra su palma, aferrándome a esa sensación como si pudiera grabarla en mi alma.

—Sé fuerte y dale recuerdos a Neik y Sirl. Diles que los quiero. —dijo con un amor tan grande que dolía. La caricia permaneció en mi rostro un instante más.

El niño con el pelo rubio que había estado a su lado se acercó a mi poniendo una mano en mi hombro.

—Hermano. Dale recuerdos a mi madre y a mi hermana. A Lacerta, dile que lo siento, no podré llegar a nuestra cita. —su cuerpo y rostro ya no eran el de un niño, eran el de Xane. Asentí agarrando su mano con la mía.

—Siento no haber sido lo suficiente fuerte. —dije.

Negó con la cabeza. La luz en mi pecho comenzó a arder con intensidad, más fuerte, hasta que sentí que me iba envolviendo poco a poco.

—Acuérdate de mí canción cariño —dijo mi madre mientras me acariciaba la mejilla. —Te será de utilidad para controlar la magia hasta que puedas usarla por voluntad propia.

La luz comenzó a arder con más fuerza, cegadora, implacable y todo alrededor desapareció. Solo quedó el resplandor, el calor, el amor que me habían entregado ambos. Todo vibró.

El dolor regresó con brutalidad. Primero lo sentí en el hombro, un ardor lacerante.

Después en el gemelo, una punzada que me arrancó un gemido ahogado.

Luego en el costado, desgarrando cada respiración.

El dolor creció, intenso, insoportable, sentí mi cuerpo quebrarse en mil pedazos. Pero lo resistí.

Me erguí. Envuelto todavía en aquella luz que me bañaba desde dentro, la luz de mi madre, de nuestra magia. Apenas podía sostenerme de pie, pero allí estaba de nuevo: en la arena.

Los drelmuth se detuvieron, dudando. La claridad que irradiaba de mi los inquietaba, sus cuerpos de humo se tensaban, retrocediendo. El regente apretó con furia las piedras en sus manos. Dándoles órdenes.

Se abalanzaron sobre mí.

Levanté las manos, una hacia cada bestia y sentí cómo la magia ardía en mi interior, reclamando el mundo a través de mí. Canalicé toda la fuerza que pude reunir, todo lo que quedaba en mí y con un grito que desgarró mi garganta, la luz explotó hacia afuera.

El fulgor se expandió en una onda abrasadora, devorando la oscuridad, arrancando el humo de sus cuerpos, borrando cada sombra hasta erradicarla.

Caí de rodillas. Jadeaba, cada aliento era fuego en mis pulmones. El mundo giraba a mi alrededor, mis manos temblaban, mi cuerpo herido no pudo más.

El dolor y el esfuerzo me vencieron y antes de tocar el suelo ya me había entregado a la inconsciencia.