Capítulo 70 #2
La única diferencia, fue en sus ojos. Los bordes de la pupila se tornaron lentamente en un violeta azulado brillante. Revelando un secreto imposible de ocultar.
La voz de mi madre volvió a envolver mi mente, serena pero impregnada de dolor:
—Pasaron meses y meses… y noté que no crecías.
Tu cuerpo permanecía congelado en el tiempo.
Tus ojos se tornaron del color del Yher, sin haberlo tomado nunca.
Te llevé de nuevo con Dast, sin que tu padre lo supiese.
Solo Sirl, que vivía con nosotros entonces, se percató de la diferencia…
Ella crecía, y tú no. El único cambio en ti eran esos ojos que te delataban.
La imagen cambió: mi madre cruzando un pasillo en penumbras, con mi mano pequeña aferrada a la suya, hasta la puerta cerrada de un laboratorio. Allí, el rostro de Dast emergió bajo la luz de una lámpara, con ojeras hundidas y un brillo febril en la mirada.
Las imágenes se tiñeron con la luz cálida de lámparas alquímicas.
El niño correteaba por el laboratorio, arrastrando un juguete, mientras su madre lo vigilaba con la mirada fija, siempre alerta.
A pocos pasos, Dast permanecía encorvado sobre una mesa abarrotada de matraces, tubos y pliegos de notas manchadas.
Sus manos temblaban de agotamiento, sus ojos rojos del insomnio, pero no dejaba de mezclar, medir, calentar y probar.
La voz de mi madre volvió a surgir, vibrando en mi pecho con la fuerza de un recuerdo grabado en lo más hondo:
—Dast trabajó durante horas, días enteros sin dormir.
Diseñando un brebaje para anular los efectos del elixir que había marcado tu cuerpo.
Cuando lo consiguió, tuviste que tomarlo durante años…
cada dosis medida con cuidado, cada gota un equilibrio entre vida y muerte.
Solo así pudiste seguir creciendo como un niño normal.
Las imágenes mostraron al pequeño bebiendo de un vaso de cristal un líquido espeso y brillante, arrugando el gesto ante el sabor, mientras su madre acariciaba su cabello con ternura. Luego, el niño volvía a sonreír, corriendo de nuevo tras las sombras de aquel laboratorio.
La voz se volvió más grave, cargada de un matiz solemne:
—Según Dast… eras el primer inmortal. No solo porque el tiempo no pudiera alcanzarte, sino también porque tu cuerpo había aprendido a sobrevivir a lo imposible.
El recuerdo mostró a Dast observando al niño desde la penumbra, con una mezcla de fascinación y culpa.
Las imágenes cambiaron de ritmo mostrándome al niño que fui, creciendo, lentamente. Mis facciones se alargaban, mi cuerpo se fortalecía, aunque siempre con un aura extraña, como si algo en mí siguiera resistiéndose a ser humano del todo.
Aparecía Sirl, entrando y saliendo de las imágenes y los recuerdos, nunca permanecía demasiado tiempo; a veces me dejaba un gesto cariñoso, otras solo un silencio cargado de preguntas.
Neik también aparecía de cuando en cuando, como un hermano mayor que venía y desaparecía sin previo aviso, siempre con una sonrisa que escondía demasiadas sombras.
La voz de mi madre se filtró en medio de aquel vaivén de recuerdos, grave y serena.
—Tu magia siempre ha estado en conflicto con el elixir. Dos fuerzas opuestas luchando dentro de ti, desgarrándote, debilitándote… Uno quería mantenerte vivo, el otro no dejaba de arrancarte pedazos. Has sobrevivido porque tu cuerpo aprendió a resistir, pero nunca a reconciliar.
Las imágenes me mostraron en noches febriles, con las manos temblorosas. Se veían chispas violáceas que estallaban contra destellos dorados, dos corrientes incapaces de mezclarse, luchando por ocupar el mismo espacio.
La voz se tornó más firme, casi un mandato:
—Tienes que cambiar eso si quieres volver. No basta con resistir, no basta con sobrevivir. Debes hacer que tu magia y el elixir aprendan a ayudarse. Solo cuando sean uno, cuando ambos dejen de intentar destruirse entre ellos, podrás abrir de nuevo los ojos en tu mundo.
El reflejo del niño en un cristal se desdobló: un lado irradiaba un brillo etéreo, blanco, puro; el otro lado rezumaba la tonalidad violeta y azul, viscosa del elixir. Ambos me miraban con mis propios ojos, pero separados, enfrentados.
Las imágenes cambiaron de golpe y sentí que el aire se espesaba dentro de mi pecho. Vi a mi madre en la cama, su piel perlada de sudor, la respiración entrecortada. Yo estaba allí, un niño todavía, sentado a su lado, con los ojos asustadizos. Podía sentir la calidez de su mano débil en la mía.
Neik estaba detrás de mí, con su rostro serio, una mano firme sobre mi hombro. En el umbral, Sirl permanecía inmóvil, las sombras de la puerta abrazándole el cuerpo, observando en silencio, con esa mirada profunda que parecía comprender más de lo que decía.
La voz volvió, pero no como antes. Ya no era calma ni consuelo, sino un murmullo quebrado, cargado de pena, deshaciéndose con cada palabra.
—No pude enseñarte a usar nuestra magia—susurró—. No tuve tiempo.
El niño en la imagen le apretaba la mano con fuerza, negándose a soltarla, mientras las lágrimas caían sobre las sábanas.
—Pero lo poco que has usado… ya fuera por instinto, por reacción… o por voluntad, como hiciste con el anillo y con los parches… ha ido fortaleciéndola poco a poco.
El aire vibró a mi alrededor. El recuerdo pareció detenerse, congelarse en aquel instante, mientras su voz, rota pero firme, se incrustaba en mi mente.
—Siempre has estado en desventaja, más elixir que magia en tus venas, por eso el equilibrio te era imposible de alcanzar, pero has perdido mucha sangre y tu magia ahora es más fuerte. Si te concentras… puedes conseguirlo, Izzarian.