Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 70
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Capítulo 70

Me desperté perezoso, abrí los ojos y miré el techo de mi habitación, aún notaba algo de fiebre del día anterior. El aire me resultó tibio, cargado con un aroma que conocía bien. Me incorporé lentamente y miré a mi alrededor.

Reconocí los juguetes desperdigados en el suelo: pequeñas figuras de madera que yo mismo había mordido, un soldadito con el brazo roto, un caballito al que le faltaba una rueda.

Me levanté, tambaleante y avancé hasta el pasillo.

Al pasar frente a un espejo colgado en la pared, me detuve.

Mi pelo blanco, estaba revuelto, cayendo hasta los hombros.

Apenas alcanzaba el pomo de la puerta con la frente.

Un cuerpo delgado, frágil. Una sonrisa escapó de mis labios sin que pudiera contenerla al ver mi pelo completamente enmarañado.

Entonces escuché una voz suave, tarareando una canción que me envolvió con su abrazo. Reconocí la melodía al instante. Mi madre.

Dando saltos me dirigí hacia la voz. El pasillo se llenaba con aquellas notas melosas, cada vez más altas, más claras, hasta que llegué a la puerta entreabierta de su habitación.

Estaba sentada como siempre en una silla sencilla, con un trozo de madera entre las manos, tallando con cuidado una pequeña figura. Sus labios se movían al ritmo de la nana y cada nota me arrastraba hacia ella. Su largo pelo blanco hasta la cintura cayendo por la espalda.

A su lado, un niño de pelo rubio jugaba distraído con un mechón de su cabello, en silencio.

Él levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron, me sonrió y gritó de alegría al verme, dando saltos torpes mientras corría hacia mí.

Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó a mis brazos y me abrazó con fuerza. Sentí que el corazón se me apretaba en el pecho.

—Ten cuidado. —dijo la mujer con voz suave, sin dejar de sonreír—. Aún no se ha recuperado del todo.

Levanté la mirada hacia ella y por primera vez la vi de frente. Sus ojos blancos me miraban con ternura, con esa dulzura que yo había tenido toda mi vida. Sonreía iluminando toda la habitación.

El niño me miró con sus ojos verdes y una sonrisa afable de oreja a oreja, se apartó lentamente, dejando espacio. Entonces ella dio un paso hacia mí y ocupó su lugar.

Su mano se posó en mi frente con suavidad, fresca, reconfortante.

—Parece que te encuentras algo mejor —dijo con dulzura maternal.

Sentí cómo se me humedecían los ojos al escucharla.

Entonces mi madre me abrazó. Sus brazos me envolvieron con una calidez que atravesó mi cuerpo y, sin entender por qué, no conseguí controlar las lágrimas.

Comenzaron a deslizarse, primero tímidas y luego en un torrente incontenible.

Lloré a raudales, cada vez más fuerte, hasta que ya no quedaba nada más que un llanto puro, desnudo, que me dejó quieto, sin poder moverme, preso de aquella mezcla de dolor y alivio que me desgarraba el pecho.

El abrazo de mi madre se sostuvo firme, inquebrantable. Podía sentir su corazón latiendo despacio contra mí, como si buscara acompasar el mío para devolverme la calma. Entonces, con voz baja, dulce como el recuerdo de una caricia, me susurró:

—Tranquilo, cariño…

Sus palabras se aferraron a mí y aunque no podía detener el llanto, sentí que mi pecho se aflojaba. Poco a poco, me fue soltando, solo lo suficiente para mirarme a los ojos, manteniendo sus manos en mis hombros.

—Lo sé, mi vida —dijo con un brillo húmedo en la mirada—. Yo también te echo de menos… pero aún es pronto para que te quedes aquí.

Tragué saliva, con la respiración temblorosa, sin poder apartar los ojos de ella.

—¿Quieres volver? —preguntó al fin, con esa suavidad que solo una madre puede tener.

La miré entre sollozos, confundido, sin comprender muy bien a qué se refería. Sus ojos me sostenían con una ternura inmensa, pero había en ellos también un peso escondido.

Entonces, con un gesto suave, apoyó la palma de su mano sobre mi pecho.

Un destello blanco comenzó a surgir de su piel, expandiéndose como un hilo de luz cálida que se filtró en mí.

Sentí un cosquilleo profundo, algo débil, dormido en lo más hondo de mi ser, empezara a agitarse, a despertar.

Tragué saliva con fuerza, el llanto temblándome todavía en la garganta.

—¿Te acuerdas del accidente que tuviste? —me preguntó, sin apartar su mano de mi pecho, la luz brillando cada vez más fuerte.

Negué lentamente con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra. Sin saber de qué me hablaba.

Ella asintió, esperando esa respuesta. Una sombra de tristeza cruzó su rostro, y con un suspiro casi imperceptible, apretó un poco más su mano contra mí, dejando que aquella luz blanca se fundiera con mi interior.

La luz brilló y brilló hasta que, de pronto, comenzaron a formarse imágenes frente a mis ojos.

Vi a un niño de pelo blanco, pequeño, tomándole la mano a la mujer de cabello blanco que ahora me abrazaba, paseando por un laboratorio amplio y lleno de frascos y tubos que relucían bajo la luz de las lámparas de aceite.

Cada detalle era nítido, imposible de ignorar: el suelo de piedra, las estanterías repletas de botellas de vidrio, el olor metálico que parecía traspasar mis sentidos incluso sin estar allí.

Mientras observaba esas imágenes, una voz se deslizó dentro de mi mente, cálida y familiar:

—Cuando eras pequeño —dijo suavemente, resonando dentro de mi cabeza—, tu padre nos llevó a visitar a Dast. Él estaba pasando por una fase… complicada. Un nuevo elixir que había desarrollado, más potente que cualquier otro, había causado la muerte de todos aquellos que lo habían consumido.

Las imágenes cambiaron, mostrándome cómo el niño se escabullía de la habitación donde estaban sus padres y se dirigía a explorar los rincones de aquel laboratorio.

Lo vi correr, despreocupado, subiendo por plataformas al fondo del pasillo, riendo como cualquier niño que cree que el mundo entero es un juego.

La voz de mi madre volvió a resonar en mi cabeza, acompañando cada escena:

—Deambulaste explorando como cualquier niño haría —dijo—. Me di cuenta rápido, y busqué y busqué, pero no te encontré a tiempo.

Las imágenes mostraron cómo el niño tropezaba y caía dentro de un enorme tubo de cristal, lleno de un líquido purpura azulado que parecía brillar con una luz propia. Se hundió, atrapado, mientras luchaba por salir, mi corazón se estremeció.

—Dast te encontró más tarde —continuó la voz en mi mente—. Dentro de aquel lugar donde almacenaba el elixir que había matado a tantos. Te encontró en un estado entre la vida y la muerte. La magia que habías heredado de mi te mantenía con vida, mientras el elixir te la arrebataba.

La siguiente imagen cambió y me desgarró por completo: el niño febril, retorciéndose de dolor en una cama, con la piel pálida y húmeda de sudor.

Las imágenes comenzaron a moverse con rapidez, como si alguien hubiera hecho girar una rueda invisible que aceleraba el tiempo.

Desde la cama, veía al niño retorciéndose en fiebre y por la ventana de la habitación la luz del sol se transformaba en noche, después la noche daba paso a la luz del día, una y otra vez, en un ciclo constante de sol y luna que pasaban con cada suspiro.

La voz de mi madre volvió a envolverme, cálida y triste al mismo tiempo:

—Pasaste unos meses horribles —dijo y sentí el peso de cada palabra como un puñal que atravesaba el recuerdo—. Yo no sabía qué hacer… solo podía usar mi magia para intentar darte un poco más de fuerza.

Las imágenes mostraron cómo ella colocaba sus manos sobre el cuerpo del niño, enviando destellos de luz cálida que se fundían con su piel. El niño, febril y débil, parecía respirar un poco mejor cada vez que aquella luz lo alcanzaba.

—Mi magia en ti, de por sí, era fuerte —continuó la voz, ahora más quebrada—. Y la ayuda externa de Dast, probando químicos, modificando fórmulas, diferentes brebajes… al final, todo eso hizo que pudieras superar aquella situación.

Las escenas se fundieron en un torbellino: botellas rotas, pergaminos manchados de tinta, Dast agotado frente a una mesa de trabajo, mi madre derrumbada a su lado después de canalizar su poder una vez más…

Las imágenes siguieron su curso, rápidas y crueles, mostrando cómo los días caían uno tras otro.

Por la ventana, el sol nacía y moría en un ciclo implacable, mientras el niño en la cama cambiaba.

Primero fue el temblor de su pecho, que poco a poco se calmó; después la fiebre, que se extinguió y, con cada amanecer y anochecer, su cabello blanco fue oscureciéndose, mechón a mechón, hasta volverse completamente negro.

La respiración del niño se estabilizó. Pero la voz de mi madre no trajo consuelo.

—No quedaste exento de represalia… —resonó en mi mente, grave, cargada de un peso imposible de ignorar—. Debido al esfuerzo, tu magia quedó debilitada, reducida a un débil susurro en lo más hondo de ti. Y yo, agoté también toda mi magia.

La imagen mostró a la mujer desplomada sobre la cama, sus manos temblando tras liberar la última chispa de poder, con lágrimas recorriendo su rostro.

—El elixir… —prosiguió la voz, con un eco de dolor y resignación—. Ese veneno había mutado tu cuerpo, alterando cada fibra. Desde entonces, tus propias células comenzaron a producir algo parecido a ese nuevo elixir en el que Dast trabajaba.

En la visión, pude ver dentro del niño un destello púrpura y azulado que recorría sus venas, iluminando sus órganos simulando raíces brillantes que se extendían sin fin. Era hermoso y aterrador a la vez, un secreto grabado en la carne para siempre.

Las imágenes se deslizaron deprisa. El niño apareció corriendo, riendo, con una niña de cabello castaño.

Juntos jugaban en un jardín, perseguían mariposas, compartían trozos de pan y se escondían tras los troncos de los árboles.

La niña crecía ligeramente conforme el tiempo pasaba.

Sus piernas se alargaban unos centímetros, sus facciones se afinaban, su risa se volvía más madura. Pero el niño… él seguía igual.