Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 69 #5
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Capítulo 69 #5

Thana cerró la puerta tras nosotros y comprobó las ventanas antes de relajarse. Los supervivientes comenzaron a dispersarse por la estancia. Yo me alejé de todos ellos. Y me dejé caer en una esquina.

De repente ya no podía mantenerme en pie.

Toda la fuerza que me había sostenido desapareció de golpe.

Apoyé la espalda contra la pared. Después me incliné hacia delante.

Las manos terminaron sujetándome la cabeza.

El dolor. La rabia. La impotencia. La culpa.

Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera impedirlo.

Apreté los ojos con fuerza. Intentando contenerlas inútilmente. Porque ya no quedaba nada que contener. Había pasado días diciéndome que lo encontraría. Días repitiéndome que todo saldría bien.

Días negándome a aceptar la posibilidad de perderlo.

Y ahora...Ahora ya no podía mentirme más.

Escuché unos pasos acercarse. No quería que nadie me viera así. Pero aquellos pasos no se detuvieron. Sentí a alguien sentarse a mi lado. Después unos brazos rodearon suavemente mis hombros. Mi cuerpo se tensó por pura costumbre. Solo un instante.

Reconocí inmediatamente quién era. Thana. Sin decir una sola palabra, me atrajo hacia ella. Con cuidado. Mi frente terminó apoyada contra su pecho. Escuché los latidos de su corazón. Tranquilos. Mientras el mío parecía incapaz de encontrar el ritmo.

No intentó convencerme de nada. No dijo que todo saldría bien. No dijo que el dolor desaparecería. No dijo ninguna de esas mentiras amables que la gente suele ofrecer cuando no sabe qué decir.

Simplemente permaneció allí. Sujetándome. Dándome un refugio cuando ya no me quedaban fuerzas para seguir sosteniéndome a mí mismo.

Cuando abrí los ojos, durante unos segundos no recordé dónde estaba. Parpadeé varias veces. Y entonces fui consciente. No estaba solo. Mi cabeza descansaba sobre algo cálido. Un brazo rodeaba mi cintura.

Giré ligeramente el rostro. Thana seguía dormida. Permanecí inmóvil unos instantes observándola. Parecía más joven mientras dormía. Menos obligada a cargar con el peso de toda una rebelión sobre sus hombros.

Después me incorporé con cuidado para no despertarla. La habitación era pequeña. Apenas una cama, una mesa y una ventana. Me acerqué a esta última. Me sentía vacío. Un vacío extraño que parecía haberse instalado dentro de mi pecho.

Apoyé ambas manos sobre el marco de madera y observé el horizonte sin verlo realmente.

No sé cuánto tiempo pasó. Quizá minutos. Quizá más. Escuché movimiento detrás de mí. Thana acababa de despertar. Se acercó y terminó apoyándose junto a mí contra la ventana.

Durante un rato contemplamos la ciudad en silencio. Era uno de esos silencios que no resultaban incómodos. Al contrario. Agradecí no tener que fingir que estaba bien.

—¿Qué hacen con los cadáveres después del coliseo? —pregunté.

Noté cómo Thana giraba ligeramente la cabeza hacia mí. No parecía sorprendida por la pregunta. Tal vez ya la esperaba. Guardó silencio unos segundos.

—Los llevan a una fosa común fuera de la ciudad.

Asentí lentamente.

—Tengo que ir.

—Lo sé. Voy contigo.

La respuesta llegó sin vacilar. No hubo intentos de convencerme de lo contrario.

La fosa se encontraba al norte de la ciudad. Lejos de las murallas y de las rutas comerciales.

Cuando llegamos, dos soldados vigilaban el lugar. Parecían aburridos. Uno estaba sentado sobre una roca. El otro caminaba lentamente alrededor del perímetro.

Nos vieron acercarnos. No tuvieron tiempo de reaccionar. Ni siquiera recordé haber desenvainado Raisel. El primero intentó llevar la mano hacia su espada. No llegó. El segundo abrió la boca para gritar. Tampoco llegó.

Todo terminó en cuestión de segundos. No sentí satisfacción. No sentí absolutamente nada.

Los cuerpos quedaron atrás. Y seguí caminando.

Thana no dijo una sola palabra. La fosa apareció ante nosotros. Y estaba llena.

Descendí. Cadáver tras cadáver. Rostros desconocidos. Rostros jóvenes. Algunos apenas parecían adultos. Otros llevaban allí tanto tiempo que resultaba imposible reconocerlos.

Seguí buscando. Sin detenerme. Sin pensar. Porque si pensaba, no sería capaz de continuar. Hasta que lo encontré. Mis piernas se detuvieron por sí solas.

Xane.

Durante unos segundos simplemente lo observé. Recordé su seriedad. Recordé cuando luchamos juntos en aquel campamento. Me arrodillé lentamente a su lado.

Una parte de su cabello había caído sobre la frente. Lo aparté con cuidado. Después llevé dos dedos a mi frente y luego los apoyé brevemente sobre la suya.

El antiguo gesto de mi pueblo. El que se ofrecía a quienes emprendían el último viaje. Una despedida. Una promesa. Un deseo de descanso.

—Que la diosa te lleve a casa, hermano.

Las palabras apenas fueron un susurro. Luego lo levanté con cuidado. Y lo saqué de entre los demás. No merecía permanecer allí. Ninguno de ellos lo merecía.

Lo deposité a un lado de la fosa, en un lugar limpio. Y permanecí unos segundos observándolo. Después, respiré hondo. Todavía quedaba alguien más. Me giré nuevamente hacia aquella montaña de cuerpos.

Y continué buscando a mi hermano.