Capítulo 69 #4
Sus ojos se abrieron ligeramente. Sorprendida.
Probablemente porque nunca me había visto así.
Porque yo tampoco me había visto así. La magia seguía acumulándose a mi alrededor.
Descontrolada. Furiosa. Y mientras avanzaba nuevamente hacia ella, con la hoja curva envuelta en electricidad, solo había una idea ocupando mi mente.
Una única idea. Mi convicción era absoluta.
Ilya apenas conseguía mantenerse a la defensiva. Su espada era rápida, mucho más de lo que recordaba, y la magia que empleaba para reforzar sus movimientos le permitía sobrevivir a golpes que habrían acabado con cualquier otro combatiente.
La furia me estaba consumiendo y por primera vez en mucho tiempo dejé de intentar controlarla.
Otra ráfaga de viento estalló tras mi ataque con Raisel y la lanzó contra una de las paredes.
La piedra se resquebrajó. Ella cayó de rodillas.
Antes de que pudiera incorporarse mi hoja descendió.
Ilya se apartó en el último instante y la hoja se clavó profundamente en la roca.
Una descarga eléctrica recorrió la pared.
Las grietas se extendieron varios metros.
La maga rodó por el suelo y consiguió recuperar la distancia. Respiraba con dificultad. Tenía un corte en la mejilla. Otro en uno de los brazos. Su ropa estaba desgarrada en varios puntos.
Nada importaba. Seguía viendo el cuerpo de mi hermano en la arena. Seguía escuchando a la multitud celebrándolo. Ella seguía respirando.
Me lancé nuevamente. Ilya intentó conjurar algo. No la dejé. Raisel golpeó su espada una vez más. El impacto arrancó el arma de sus manos. El acero salió girando por el corredor. Y por primera vez vi algo parecido al miedo cruzar sus ojos.
Entonces escuché un grito.
—¡Neik!
La voz de Thana resonó por el túnel. Algo en su tono consiguió atravesar la niebla que cubría mi mente. Giré la cabeza. Soldados. Decenas de ellos. Entraban por ambos extremos del corredor.
Volví la vista hacia Ilya. Aquello hizo que una nueva oleada de rabia me recorriera el cuerpo. Avancé un paso.
—¡¿Por qué?! —le pregunté con una voz que apenas reconocí.
—¿Por qué? —dijo con una calma que me revolvió el estómago.
Me observó unos instantes. Después desvió la mirada con evidente desprecio. Soltó una breve carcajada. Sin humor ni alegría. Solo desprecio.
—No sé quién te crees que eres para hablarme así, rata inmunda.
Todos los ithanos me repugnáis. —esbozó una sonrisa caótica y llena de locura.
—Vuestro olor. Vuestra presencia. Todo en vosotros me recuerda a vuestra asquerosa progenitora, a la que habéis coronado como vuestra diosa.
Cada vez que os veo recuerdo exactamente por qué os odio.
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de la empuñadura. El viento volvió a agitarse a mi alrededor.
—Pero te daré una respuesta.
Sus ojos se clavaron en los míos. No vi remordimiento alguno. Ni culpa. Ni duda.
—Lo hice para ser libre.
Era sincero. Ilya sonrió. Una sonrisa fría. Cruel. Y entonces terminó de destrozar cualquier resto de humanidad que aún pudiera ver en ella.
—Aunque si tengo que arrepentirme de algo...Es de no haber podido acabar con Izz con mis propias manos.
El mundo pareció detenerse. Las palabras resonaron dentro de mi cabeza. Hasta que dejaron de parecer palabras. Y se transformaron en algo mucho más peligroso. Sentí cómo las piedras comenzaban a vibrar bajo mis pies.
A mi espalda escuché a Thana decir mi nombre. Escuché a los soldados acercarse. Escuché a los rebeldes prepararse para combatir.
Pero ya no podía apartar la mirada de Ilya. Porque acababa de comprender algo. No estaba frente a alguien que había cometido un error, alguien arrepentido. Estaba frente a alguien que había elegido exactamente quién quería ser.
Me lancé igualmente. Dejando estallar toda la fuerza y emociones que sentía en un golpe que sabia podía costarme la vida a mí mismo.
La electricidad recorrió cada músculo de mi cuerpo.
El viento comenzó a girar violentamente por el corredor.
Las antorchas se apagaron. Los soldados se detuvieron.
Incluso Ilya pareció sorprenderse. Y liberé toda aquella energía de golpe.
El estruendo fue ensordecedor. Una explosión de viento y relámpagos atravesó a Ilya y la piedra tras ella. El muro se rompió.
Fragmentos enormes salieron despedidos mientras aparecía un enorme boquete que daba directamente al exterior.
Me quede mirando al vacío que había dejado mi magia. Sin sentir absolutamente nada. Una mano se aferró a mi brazo.
—Neik.
Era Thana. Su voz sonó firme esta vez. No como una líder. Como alguien intentando salvar a un amigo.
—Por favor.
Aparté la mirada lo justo para verla.
—Tenemos que irnos.
La luz del día inundó el túnel. No hizo falta repetirlo.
Los rebeldes echaron a correr inmediatamente.
Yo fui el último en apartar la mirada de aquel vacío, un vacío igual que la sensación que había tenido de acabar con ella.
Ella seguía allí. Observándome. Podía sentirla. Pero no podía verla por ningún lado.
Me di la vuelta y corrí.
Thana guiaba al grupo. Yo simplemente la seguía. Como un fantasma. Como alguien que había dejado atrás una parte de sí mismo.
Finalmente alcanzamos un edificio abandonado en uno de los extremos más olvidados de la ciudad. Era pequeño. Discreto.