Capítulo 69 #3
Giró la cabeza. Demasiado tarde. El espadón descendió hacia su espalda.
El viento explotó bajo mis pies impulsándome hacia adelante.
Recorrí varios metros en una fracción de segundo y me interpuse entre ambos justo cuando la hoja bajaba.
El impacto recorrió todo mi brazo. Raisel logró desviar el golpe, pero la fuerza fue suficiente para obligarme a retroceder varios pasos.
—¡¿Estás bien?! —grité.
—¿Acabas de salvarme?
—Luego me das las gracias.
—Si hay un luego.
La respuesta llegó acompañada por una de sus hachas incrustándose en el cuello del soldado que había intentado matarla. El hombre cayó al suelo. Nos colocamos espalda contra espalda durante unos segundos mientras el combate continuaba a nuestro alrededor.
—Empiezo a cansarme de tanta puñetera emboscada —dijo.
—Cierto, yo empiezo a cansarme de tener que salvarte el culo.
—Eso solo ha ocurrido una vez.
—Y la verdad, ya me parece excesivo.
Escuché una pequeña risa. Breve. Agotada. Pero era una risa. Después volvimos a separarnos. La lucha continuó varios minutos más. Cada vez que derribábamos a un grupo aparecía otro.
—¡Al coliseo! —gritó Thana.
Aquella era la prioridad. Siempre lo había sido. No podíamos seguir perdiendo tiempo.
Los supervivientes se reagruparon rápidamente y rompimos la formación enemiga por uno de los laterales. Algunos soldados intentaron cerrarnos el paso, pero mi magia de viento abrió un corredor suficiente para atravesar la línea.
Corrimos. Dejando atrás cadáveres, heridos y una calle convertida en un campo de batalla. A lo lejos, elevándose sobre los tejados de la ciudad, apareció la silueta del coliseo.
Y entonces escuché algo que hizo que se me helara la sangre. El rugido de miles de personas. Sentí verdadero miedo. Porque significaba que llegábamos tarde.
Miles de voces mezcladas en un único estruendo que hacía vibrar el aire. Gritos, vítores, aplausos. La clase de sonido que solo produce una multitud cuando está disfrutando de algo.
Y por alguna razón, aquello me revolvía el estómago. Aceleré el paso. Cada segundo que perdíamos me parecía una eternidad.
—Neik.
No respondí.
—Neik.
Una mano se cerró sobre mi hombro justo cuando alcanzábamos una de las entradas de servicio. Me giré bruscamente.
—¿Qué?
Thana me sostuvo la mirada. Durante un instante me quedé mirándola sin comprender. Los gritos procedentes del interior parecían clavarse directamente en mi cabeza. Ella, sin embargo, permaneció serena.
—Hemos dejado atrás a los soldados. Si intentas entrar así nos arrestarán antes de dar diez pasos.
Quise protestar. Quise decirle que no me importaba. Pero una parte de mí sabía que tenía razón. Otra vez. Solté una maldición por lo bajo y me coloqué detrás de ella.
Los guardias vigilaban la entrada con atención. Uno de ellos levantó una mano cuando nos acercamos.
—Documentación.
Thana entregó los permisos falsificados sin vacilar. El soldado los revisó. Después a nosotros. Después otra vez a los documentos. Los segundos pasaron demasiado despacio. Finalmente asintió.
Atravesé la entrada inmediatamente. Los túneles interiores del coliseo eran un laberinto de piedra iluminado por antorchas.
Nadie nos prestó atención. Por suerte. Porque yo ya apenas era capaz de pensar.
Los rugidos de la multitud aumentaban a cada paso.
Subimos una escalera. Mis piernas prácticamente corrían solas.
Hasta que finalmente apareció la luz. La salida a las gradas. La arena.
Emergí al exterior y corrí hacia el borde. Escuché a Thana llamarme detrás. No me detuve. Solo quería mirar. Solo necesitaba confirmar que seguían vivos.
Llegué a la barandilla. Y miré hacia abajo. El mundo se detuvo. Había decenas de muertos en la arena. Y algunos vivos, entre ellos...Izz.
Lo reconocí al instante. Aunque estuviera cubierto de polvo y sangre. Aunque pareciera agotado. Aunque apenas pudiera mantenerse en pie. Lo reconocería entre mil personas.
Mi hermano.
Después de días buscándolo. Después de noches enteras imaginando dónde podría estar. Estaba allí.
Vivo.
Durante una fracción de segundo sentí un alivio tan intenso que casi me hizo perder el equilibrio.
Y entonces…
Una sombra gigantesca se movió al otro lado de la arena. Una criatura enorme. Un monstruo de varias veces el tamaño de un hombre. Cubierto completamente por un humo oscuro que crepitaba.
Vi cómo Izz intentaba reaccionar. Vi el movimiento de aquella garra descendiendo sobre él.
Y vi cómo todo terminaba.
No escuché el rugido de la multitud. No escuché nada. Solo vi aquel instante. Repetido una y otra vez dentro de mi cabeza. Sentí cómo la electricidad comenzaba a recorrer mis brazos. El viento empezó a girar a mi alrededor.
—¡Neik!
Salté la barandilla. O al menos lo intenté. Varias manos me sujetaron antes de que pudiera hacerlo. Una tiró de mi brazo. Otra de mi cintura. Otra de mis hombros. Me revolví con toda la fuerza que tenía.
—¡Soltadme! —grité.
El aire explotó alrededor de nosotros. Las ráfagas hicieron retroceder a varias personas cercanas. Las chispas saltaron entre las piedras. La multitud seguía rugiendo sin darse cuenta de nada. O quizá demasiado ocupada disfrutando del espectáculo para prestar atención.
—¡Neik!
Reconocí la voz de Thana. Pero apenas podía escucharla.
Lo único que veía era la arena. Lo único que veía era a mi hermano.
Mi promesa rota a la mujer que había amado toda mi vida.
Demasiado tarde. Intenté liberarme otra vez.
Hasta que sentí a Thana acercarse. Sus manos se aferraron a mi jimbaori.
Y entonces su voz llegó directamente a mi oído.
—Tranquilízate, Neik. Por favor. O moriremos todos.
Su tono no era autoritario. No era una orden. Era una súplica. Seguí luchando. Durante un instante más. Hasta que escuché las siguientes palabras.
—Lo siento mucho.
Aquello me destruyó completamente por dentro.
Porque sonó sincero. Porque ella también había visto lo que acababa de pasar.
Porque no había nada que pudiera decir para arreglarlo.
Entre ella y otros dos rebeldes consiguieron arrastrarme lejos de la barandilla.
Yo seguía mirando hacia la arena. Aunque ya no podía verla.
Aunque las lágrimas me nublaban la vista.
Me llevaron de vuelta al interior. Y solo cuando las paredes del coliseo ocultaron completamente la arena, comprendí que no iba a volver a verlo jamás.
Me liberé del agarre de los rebeldes y avancé varios pasos tambaleándome. Apenas veía lo que tenía delante. La imagen seguía grabada en mi cabeza con una claridad insoportable. Su rostro. Su mirada. El instante exacto en que todo acabó.
Un rugido escapó de mi garganta mientras descargaba un puñetazo contra el muro de piedra del túnel. La roca se agrietó bajo el impacto. Volví a golpear. Cada puñetazo iba acompañado de una maldición, de frustraciones, de toda la rabia que había intentado contener.
La sangre comenzó a correr por mis nudillos. El viento giraba a mi alrededor de forma errática, levantando polvo y pequeñas piedras del suelo. Chispas eléctricas recorrían mis brazos, saltando entre mis dedos y las paredes cercanas.
Detrás de mí escuché a Thana acercarse.
—Neik, escúchame.
—¡Déjame en paz!
Mi voz resonó por todo el túnel. Ella no retrocedió.
—Tenemos que alejarnos de aquí.
—¿Para qué? Está muerto.
Aquellas palabras salieron cargadas de amargura. Thana guardó silencio unos segundos. Mi respiración era irregular. Por un momento vi dolor en sus ojos. Dolor auténtico.
—Si seguimos aquí nos descubrirán.
Quise seguir gritando. Quise romper algo. Quise volver a la arena y reducir aquel coliseo a cenizas. Pero una pequeña parte de mí comprendía que ella tenía razón. Y odiaba esa parte. Finalmente dejé escapar una exhalación temblorosa y me aparté del muro.
Caminamos varios minutos. Apenas prestaba atención al camino. Solo avanzaba. Con la mente atrapada en recuerdos que ahora parecían cuchillos.
Hasta que una figura apareció al final del túnel. Sola. Cubierta por una capa oscura. Thana se detuvo inmediatamente. Los demás rebeldes hicieron lo mismo.
Pero yo ya no veía nada más. Porque conocía aquella silueta. Mi cuerpo entero se tensó.
—Tú...
La palabra salió cargada de veneno. La figura permaneció inmóvil unos segundos. Después levantó lentamente una mano y apartó la capucha.
Mi estómago se retorció.
Ilya.
Durante un instante olvidé incluso respirar. Todos los recuerdos regresaron de golpe. Las mentiras. Las manipulaciones. Mi hermano. Muerto. Porque ella lo había utilizado. Porque ella había jugado con él. Porque también me había engañado a mí. Sentí cómo algo estallaba dentro de mi pecho.
El viento rugió por los túneles. Las antorchas temblaron. Rayos comenzaron a recorrer el aire a mi alrededor.
—Neik... —escuché decir a Thana.
Demasiado tarde. Ya no podía escucharla. Ya no podía escuchar a nadie. Desenvainé Raisel. Y me lancé hacia delante.
Ilya reaccionó en el último instante. Una espada apareció entre sus manos justo cuando mi hoja descendía sobre ella.
El choque resonó por todo el corredor. Las chispas iluminaron la oscuridad.
Mi siguiente ataque llegó antes de que terminara de bloquear el primero.
Y luego otro. Y otro. No le di tiempo para lanzar hechizos. No le di tiempo para pensar.
Solo quería verla caer.
Ilya desvió una estocada dirigida a su pecho y giró sobre sí misma con una velocidad sorprendente. Su espada rozó mi hombro. La hoja apenas llegó a tocarme antes de que una ráfaga de viento la obligara a apartarse.
Retrocedió. Respirando con dificultad.
Una descarga eléctrica atravesó el túnel. Levantó una barrera mágica en el último segundo. La explosión iluminó las paredes. Fragmentos de piedra saltaron por todas partes.
Volví a lanzarme. Esta vez Raisel buscó directamente su cuello. Ilya bloqueó el golpe. Pero el impacto fue tan fuerte que terminó contra una de las paredes.