Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 69 #2
88%

Capítulo 69 #2

—Eso último es mucho pedir. Además, estoy muy guapo cuando hago tonterías.

—También te hace muy insoportable.

—Eso también me lo dicen mucho.

Negó con la cabeza. Pero esta vez una pequeña sonrisa cansada apareció en su rostro. La primera que veía.

—Ve a dormir unas horas. —insistió. —Yo también lo intentaré.

—Mentira.

—Sí, probablemente.

Nos quedamos en silencio observando el coliseo. Todo aquello que se interponía entre nosotros y las personas que queríamos rescatar. Mi mirada permaneció fija sobre la enorme construcción de piedra. Me obligué a apartarme. Mañana. Solo tenía que aguantar hasta mañana.

Cuando abrí los ojos tenía la sensación de no haber descansado nada. Los recuerdos se mezclaban con sueños confusos y siempre la misma sensación. La de llegar demasiado tarde.

Me incorporé lentamente sobre la cama. La habitación seguía sumida en la penumbra de la madrugada. Durante unos segundos permanecí sentado, observando el suelo de madera, intentando convencerme de que todo aquello había ocurrido solo en mi cabeza.

Suspiré y me puse en pie. Me acerqué a la ventana que daba a los tejados de la ciudad. Las primeras luces del amanecer teñían las calles de tonos dorados y rojizos.

Saqué mi pipa del petate sobre la mesa. La observé unos segundos y la encendí. El humo llenó lentamente mis pulmones.

Apoyé un hombro contra el marco de la ventana mientras contemplaba el horizonte. Dos siglos de vida. Aun así, seguía sintiéndome aquel muchacho que se metía en problemas todo el rato. La única diferencia era que ahora los problemas eran mucho más grandes. Y las consecuencias también.

Una sonrisa amarga apareció en mis labios.

—Cuando encuentre a ese idiota voy a matarlo —murmuré.

Tres golpes sonaron en la puerta. No me hizo falta preguntar quién era. La puerta se abrió. Thana entró sin perder tiempo. Parecía algo más descansada que el día anterior. No mucho. Pero suficiente para que volviera a parecer una líder.

—Tienes cara de cansancio —dijo.

—Gracias. —le devolví esbozando la mejor sonrisa que pude.

—Pareces un cadáver.

—Gracias también.

Tomó una silla y se sentó frente a mí. Su expresión era seria. Inmediatamente dejé de bromear.

—Tenemos un plan. —dijo con cansancio.

Noté cómo mi atención se enfocaba por completo. Thana apoyó ambos antebrazos sobre las rodillas.

—La ejecución será al mediodía. Esperamos una gran afluencia de gente. El regente quiere convertir esto en un espectáculo.

—Pues claro que sí.

—Eso juega a nuestro favor. Vamos a mezclarnos entre la multitud. Hemos conseguido reunir a varios magos especializados en ilusiones y control atmosférico. Cuando los prisioneros entren en la arena, los magos cubrirán todo el coliseo con niebla.

Parpadeé.

—¿Todo? Me gusta.

Por primera vez en toda la explicación vi aparecer una pequeña sonrisa en su rostro.

—La confusión durará unos minutos.  —continuó. —Mientras la multitud entra en pánico y los guardias intentan entender qué está ocurriendo, descenderemos directamente a la arena. Y sacaremos a los prisioneros.

Permanecimos unos segundos en silencio. Finalmente formulé la pregunta que llevaba toda la conversación evitando.

—¿Sabemos si están todos vivos?

La expresión de Thana se volvió más seria.

—No.

Asentí lentamente. Era poco. Muy poco. Pero era todo lo que teníamos. Thana se puso en pie.

—El acceso al público se abrirá en una hora.

Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.

—Estoy en la habitación de enfrente. Procura no hacer ninguna estupidez hasta entonces.

—Sabes que no puedo prometer tal cosa.

Le guiñé un ojo, ella rodó los suyos y cerró la puerta tras de sí. Permanecí inmóvil junto a la ventana. La pipa seguía humeando entre mis dedos. A lo lejos, más allá de los tejados, podía distinguir la silueta del coliseo elevándose sobre las colinas. Esperándonos.

Aguantad. Solo un poco más. Aguantad hasta que llegue.

Las antiguas escaleras de piedra serpenteaban hacia las profundidades del subsuelo, iluminadas únicamente por unas pocas lámparas mágicas incrustadas en las paredes. Normalmente aquel lugar estaba lleno de actividad. Pero ahora... Había demasiado silencio.

Escuché los pasos de Thana detenerse unos metros delante de mí. Su mano se deslizó lentamente hacia una de sus hachas. Sus ojos recorrieron la oscuridad del corredor.

—Algo va mal.

Aquello bastó para que mis músculos se tensaran. Mi mano descendió hasta la empuñadura de Raisel. Seguimos avanzando.

Una figura cayó desde el techo. Después otra. Sombras vestidas completamente de negro surgieron desde los laterales del corredor. Rostros cubiertos. Movimientos rápidos. Armas cortas y afiladas.

—Bueno —murmuré mientras desenvainaba—. Esto explica el silencio.

La primera sombra se lanzó contra mí. Su acero chocó con mi hoja curva. Saltaron chispas. Giré sobre mí mismo y liberé una ráfaga de viento que golpeó al atacante en el pecho.

El impacto lo lanzó varios metros hacia atrás. No llegó a tocar el suelo. Un relámpago descendió desde mi mano libre y atravesó el aire. Su cuerpo cayó envuelto en humo.

A mi lado, Thana ya estaba luchando. Sus dos hachas describían círculos brutales a su alrededor. Combatía como una marea. Directa. Violenta. Imparable.

Uno de los atacantes intentó acercarse por su espalda. La hoja del hacha le golpeó el costado. La segunda impactó apenas un instante después. El hombre cayó al suelo sin volver a levantarse.

—¡A la izquierda! —grité.

Thana reaccionó al instante. Una de sus hachas salió disparada girando por el aire. El arma golpeó al atacante en pleno pecho. La fuerza del impacto lo estampó contra la pared.

—Lo había visto. —dijo arqueándome una ceja.

—Claro que sí. —le respondí esbozándole una sonrisa socarrona.

Fuimos abriéndonos paso hacia las zonas inferiores. Cada nuevo corredor traía más cadáveres. Algunos parecían haber muerto luchando. Otros ni siquiera habían tenido oportunidad de defenderse.

Sentí cómo la ira comenzaba a crecer dentro de Thana y de mí. Una ira fría.

Uno de los atacantes saltó desde una cornisa superior. Ni siquiera lo miré. El viento explotó a mi alrededor. La presión lo lanzó contra el techo. Segundos después una descarga eléctrica atravesó el corredor.

Finalmente, alcanzamos las cámaras principales. Y entonces el combate terminó. Porque ya no quedaba nadie vivo.

Thana fue la primera en entrar en la sala principal. Las mesas estaban volcadas. Los mapas destrozados. Los estandartes arrancados. La sangre cubría parte del suelo. Y los rebeldes...estaban muertos. Todos.

Los mismos que debían cubrir el coliseo con niebla. Los mismos que llevaban toda la noche preparando el rescate.

La líder rebelde permaneció inmóvil observando la escena. Con las hachas todavía en las manos. Sin decir una sola palabra. Podía ver perfectamente la rabia acumulándose detrás de sus ojos.

La sala estaba sumida en silencio. Apreté los dientes con fuerza.

—Queda poco para el mediodía. —dije intentando sacarla del estupor.

Thana no respondió.

—El plan se ha ido a la mierda —insistí.

Aquello sí consiguió que apartara la mirada de los muertos. Su mandíbula se tensó. Permaneció unos segundos pensando. Podía ver el esfuerzo que hacía por mantener la cabeza fría mientras todo a nuestro alrededor se desmoronaba.

—Todavía tenemos algunos magos, ya deberían estar allí en el coliseo. —dijo finalmente.

—¿Cuántos?

—Los suficientes para cubrir parcialmente la arena.

Solté una carcajada amarga.

—Parcialmente.

—Lamentarse no va a darle la vuelta a las tornas.

La frase no me sentó nada bien. Tenía razón. Maldita sea. Thana respiró hondo y volvió a convertirse en líder.

—El plan sigue en pie. Si algo sale mal, improvisaremos.

—Ahora sí pareces estar hablando mi idioma.

Miró hacia una de las ventanas superiores.

—Los juegos ya han empezado, el tiempo esta contra nosotros.

Aquellas palabras hicieron que un escalofrío me recorriera el cuerpo. Los juegos. Qué forma tan elegante de llamar a una ejecución. Asentí.

Subimos las escaleras y emergimos finalmente al exterior. La luz del día me obligó a entrecerrar los ojos durante un instante. La calle estaba vacía. No había comerciantes. No había peatones.

Vi a Thana detenerse a mi lado. Ella también lo había notado. Al fondo de la calle comenzó a escucharse el tintineo de botas. Decenas de ellas. Giré la cabeza. Y vi aparecer una escuadra completa de soldados al final de la calle.

Las tropas avanzaban lentamente, cerrando las salidas. Mi mano descendió hasta la empuñadura.

Durante un instante, nadie se movió.

Los soldados avanzaban despacio, disciplinados, formando un muro de acero que cerraba la calle por ambos extremos. A mi lado, Thana observó rápidamente las posiciones enemigas.

—Van a intentar inmovilizarnos aquí.

—Pues qué mala suerte para ellos.

Uno de los oficiales levantó el brazo y gritó:

—¡Disparad!

Las ballestas rugieron al unísono. Me moví por puro instinto. Una corriente de viento explotó a mi alrededor y desvió parte de los proyectiles, mientras el resto se clavaba en las paredes y el suelo con un sonido seco.

—¡Adelante! —ordenó Thana.

Los rebeldes cargaron. Y la calle se convirtió en un caos. El choque fue brutal. Acero contra acero. Gritos. Sangre. Soldados y rebeldes mezclándose en una lucha desesperada.

Me abrí paso entre los primeros enemigos con Raisel describiendo arcos rápidos y precisos.

La hoja curva atravesó una lanza antes de hundirse en la armadura de su portador.

Giré sobre mí mismo esquivando una espada y lancé una descarga eléctrica que recorrió las armas metálicas de tres soldados cercanos.

Los hombres cayeron al suelo entre espasmos. A unos metros de distancia de mi estaba Thana. Sus dos hachas subían y bajaban sin descanso. Cada golpe obligaba a retroceder a sus enemigos o los derribaba directamente. Combatía como alguien demasiado enfadada para permitirse perder.

Un soldado apareció detrás de ella. Llevaba una armadura más pesada y una espada larga entre ambas manos. Thana estaba ocupada luchando contra dos enemigos al frente. No podía verlo.