Capítulo 69
La capucha ocultaba la mayor parte de mi rostro, proyectando sombras sobre mis facciones y escondiendo mis orejas puntiagudas bajo la tela oscura.
No era una medida especialmente sofisticada, pero bastaba para evitar miradas curiosas.
Después de lo ocurrido la noche anterior, llamar la atención era lo último que necesitaba.
El mercado bullía con caos, ya se había expandido los rumores sobre un ataque rebelde al castillo, un ataque que la milicia y el regente habían salido victoriosos con facilidad.
Caminaba sin un rumbo claro, atravesando calles y plazas mientras mi mente regresaba una y otra vez al desastre de la noche anterior.
El ataque al castillo había fracasado. Izz y los demás habían desaparecido. Mi hermano. Uno de los pocos que llevaba en mi vida casi tanto tiempo como mis propios recuerdos.
Thana había intentado tranquilizarme. «Mis espías pronto tendrán información». Lo había dicho con la seguridad tan característica suya. Pero esperar nunca había sido una de mis virtudes.
Doscientos años de vida no habían servido para enseñarme paciencia.
Seguí avanzando entre la multitud, ignorando el ruido que me rodeaba. Cada rostro desconocido que me cruzaba despertaba una pequeña esperanza irracional de que podía ser alguno de ellos, pero desaparecía tan rápido como había llegado.
No estaba allí. No estaba en ninguna parte.
Cuando me di cuenta, el mercado había quedado atrás y las enormes murallas del castillo se alzaban frente a mí, oscuras e imponentes bajo la luz del día.
Me detuve. No era precisamente el lugar más inteligente para visitar después del fracaso de la operación. Aun así, mis pies habían tomado la decisión por mí.
Busqué una esquina donde permanecer oculto y apoyé la espalda contra la pared. Desde allí tenía una vista perfecta de las puertas principales.
Lo primero que noté fue que la seguridad se había duplicado. No. Triplicado.
Guardias patrullaban las murallas en grupos de al menos seis personas. Las puertas estaban rodeadas por una decena de soldados armados hasta los dientes.
Mi mirada recorrió lentamente las fortificaciones mientras intentaba encontrar algo útil entre aquel despliegue. Cualquier cosa que me dijera qué había sucedido con mis amigos.
Pero no encontré nada. Solo piedra. Acero. Y una cantidad ridícula de guardias.
Solté una exhalación.
Estaba a punto de marcharme cuando dos guardias cruzaron frente a las puertas. No les presté atención al principio. Los soldados hablaban demasiado y decían poco. Pero una palabra clara logró atravesar hasta mi subconsciente.
—...coliseo...
Mi cabeza se giró antes de que pudiera evitarlo. Los dos hombres siguieron caminando mientras yo aguzaba el oído.
—Te digo que llevan toda la mañana preparándolo —dijo el más alto.
—¿Quién va a participar?
—Ni idea. Nadie lo sabe.
—¿Ni siquiera los capitanes?
—Nada de nada. Son órdenes directas del regente.
Sentí un nudo formarse en el estómago.
—Pues vaya espectáculo están montando si han movilizado más de media ciudad.
Los guardias se alejaron riendo, pero yo ya no escuchaba el resto de la conversación. Mis manos se cerraron lentamente bajo la capa. Aquello no podía ser una coincidencia. Y tampoco podía esperar a que los espías de Thana confirmaran lo que mi intuición ya estaba gritando.
Me aparté de la pared y desaparecí entre las calles.
El escondite de la rebelión ahora, se encontraba oculto bajo una vieja bodega abandonada en uno de los barrios más deteriorados de la ciudad.
Cuando llegué, el ambiente era incluso peor de lo que esperaba. Nadie hablaba demasiado. Algunos se curaban heridas. Un par de personas simplemente permanecían sentadas mirando al vacío. El fracaso de la misión todavía flotaba sobre todos.
Thana estaba allí. Inclinada sobre una enorme mesa llena de mapas, informes y notas. Parecía llevar horas sin dormir. Su cabello estaba recogido en un moño alto y tenía la mandíbula tan tensa que casi daba miedo acercarse.
Ni siquiera levantó la vista cuando me acerqué.
—Neik, si vienes otra vez a preguntarme si hay noticias, la respuesta sigue siendo no —dijo cortante.
—Buenas tardes a ti también —le respondí sarcástico.
—No estoy de humor.
—¿Y yo sí?
Eso consiguió que levantara los ojos hacia mí. Durante un segundo, ambos guardamos silencio. Me acerqué a la mesa.
—El coliseo —dije —¿Dónde está?
La expresión de Thana cambió de inmediato.
—¿Qué?
—El coliseo —repetí.
Su reacción fue pequeña. Tan pequeña que cualquiera la habría pasado por alto. Thana volvió la vista hacia los mapas.
—Los espías han detectado movimiento allí desde esta mañana. Nadie sabe por qué.
—Los soldados hablan de un espectáculo. ¿No te parece sospechoso? —pregunté sintiendo el corazón acelerarse un poco.
Thana apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Claro que me parece sospechoso.
La tensión en la habitación creció. Algunos rebeldes cercanos empezaron a fingir que estaban ocupados en cualquier otra cosa.
—Podrían estar allí —dije. —Podrían estar vivos.
—Podrían no estar allí —respondió suspirando. —Y podrían estar muertos.
La frase cayó en la estancia con dureza. Durante un instante la miré fijamente a los ojos. Ni siquiera ella pareció satisfecha de haberlo dicho. Mis dientes se apretaron.
—No digas eso. —escupí intentando mantener la calma.
Mi voz salió más dura de lo que pretendía. Thana cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, el enfado había desaparecido. Solo quedaba cansancio en su mirada.
—Lo siento —dijo.
No respondí. Una parte de mí sabía que tenía razón. Y otra parte se negaba siquiera a contemplarlo. Me incorporé.
—Dime dónde está el coliseo —volví a insistir.
—No.
—Thana.
—Neik.
Nos quedamos mirándonos. Era tan testaruda como yo. Probablemente más.
—Si fuera tu hermano, ya estarías allí.
La frase encontró su objetivo. Lo vi en sus ojos. Thana apretó la mandíbula. Luego maldijo por lo bajo.
—No me caes bien.
—Admito que me lo dicen más de lo que me gustaría.
Por primera vez en todo el día estuve a punto de sonreír. Solo a punto. Thana se rindió con otro suspiro. Levantó el dedo con resignación y lo dejo caer en un punto de uno de los mapas. Mi mirada siguió la marca.
—Al este de la ciudad, parcialmente excavado en la roca de las colinas. Es enorme, no tiene pérdida. —Guardó silencio unos segundos antes de añadir—: Si encuentras algo...
No terminó la frase. Asentí una sola vez. Después me giré hacia la salida. Y mientras abandonaba la sala, una sensación desagradable se asentó en mi pecho. Porque una parte de mí temía descubrir lo que me esperaba en aquel coliseo.
El coliseo era incluso peor de lo que imaginaba. Sus muros se elevaban hacia el cielo y a su alrededor se movía una cantidad absurda de soldados. Guardias en las entradas. Guardias en las murallas. Guardias patrullando los caminos. Guardias vigilando a otros guardias.
Me pasé horas observando desde distintos puntos, buscando una debilidad, una rutina, un descuido. No encontré nada.
Cada vez que creía haber descubierto una posible entrada, aparecían más soldados. Y yo empezaba a quedarme sin paciencia. Lo cual nunca era una buena señal.
Mis manos se cerraron sobre la empuñadura de Raisel. Quizá no necesitaba una entrada secreta. Quizá bastaba con encontrar un soldado. O dos. O tres. O los que fueran necesarios. Podía arrancarles información. A puñetazos si hacía falta.
No era un plan especialmente brillante. Pero al menos era un plan. Me incorporé. Y justo entonces una mano se apoyó sobre mi hombro. Mi reacción fue instantánea. Giré sobre mí mismo dispuesto a golpear. Por suerte me detuve a tiempo.
—Tranquilo toro —dijo Thana.
—Casi te rompo la nariz —dije mientras me agachaba de nuevo. —¿Qué haces aquí?
—Salvarte de hacer algo estúpido.
La observé con atención. Venía acompañada por dos de sus exploradores. Y algo en su expresión hizo que el estómago se me encogiera.
—¿Qué ha pasado? —pregunté soltando la empuñadura.
Thana tardó unos segundos en responder.
—Mis espías han vuelto. Habrá una ejecución mañana.
Sentí un frío desagradable recorrerme la espalda. El mundo pareció detenerse. Solo el tiempo suficiente para que mi mente completara por sí sola el resto de la frase.
—No sabemos con certeza quienes participaran —respondió ella rápidamente. —Todavía no tenemos la lista.
Desvió la mirada y eso fue suficiente. Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.
—¿Dónde están?
—Siguen en el castillo. Los moverán esta noche.
Me pasé ambas manos por el rostro intentando ordenar mis pensamientos. No funcionó.
—Entonces podemos interceptarlos en el camino y rescatarlos.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no los trasladarán por las calles. El castillo está conectado con el coliseo mediante túneles subterráneos.
La miré fijamente. Esperando que estuviera bromeando. Solté una carcajada seca.
—Por supuesto que tienen túneles secretos. ¿Por qué no iban a tenerlos? Sería demasiado fácil lo contrario.
Comencé a caminar de un lado a otro. La cabeza me daba vueltas.
—No pienso quedarme sentado mientras...
—¡Lo sé! —me interrumpió Thana.
Su voz resonó con más fuerza de la habitual. Me detuve. Ella también parecía al límite. Tenía los ojos enrojecidos. El rostro agotado. Y por primera vez me fijé realmente en ella. No solo estaba preocupada. Estaba destrozada.
—También tengo gente ahí dentro —dijo con voz más baja—. No son solo tus amigos.
Las palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Porque tenía razón. Estaba tan concentrado en mí que casi había olvidado el resto. Ella también había perdido personas. Personas que había enviado bajo su responsabilidad. Personas que confiaban en ella.
—Los rescataremos —continuó.
Bufé frustrado.
—Necesitas descansar —añadió. —Llevas despierto desde el ataque.
—He aguantado situaciones peores.
Todos llevábamos al límite desde aquella noche. Saltando de una preocupación a otra. Aferrándonos a cualquier pista. Funcionando únicamente gracias al temor y la rabia.
—Escúchame. —dijo Thana con la voz más suave. —Si mañana vamos a sacarlos de ahí, necesito que estés lúcido. Sin hacer tonterías.