Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 68 #3
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Capítulo 68 #3

Un tirón seco en mi dedo me detuvo. Un estremecimiento recorrió mi brazo, un dolor indescriptible me atravesó. Era el anillo. El anillo de Xane ardía, apretándose contra mi piel, quemando el dedo.

Mi corazón se heló. Giré la cabeza con un miedo atroz, buscando a Xane.

No había aire. No había sonido. Solo una imagen: las garras de un drelmuth, otro drelmuth, salido de la nada, atravesándole el pecho, levantándolo un metro del suelo. La sangre le brotaba de la boca, roja y oscura contra sus labios.

Miré al palco y vi al regente con una sonrisa satisfecha, sosteniendo ahora una piedra en cada mano. Su mirada era puro triunfo, la de un niño cruel viendo arder sus juguetes.

El drelmuth lanzó a Xane a unos metros de mí. Escupió sangre, sus ojos todavía buscándome a través del dolor. El anillo en mi dedo vibraba tan fuerte que me calaba hasta el hueso.

Entonces las imágenes llegaron. Una tras otra, atravesando mi mente como cuchillas.

Una mujer de ojos dulces: la madre de Xane.

Una niña riendo: su hermana. La sonrisa de Lacerta con el pelo húmedo, tumbada desnuda en la cama.

Yo mismo, visto a través de sus ojos. Recuerdos, risas, entrenamientos, miradas de complicidad.

Todo lo que había sido Xane, todo lo que le importaba.

Y de pronto, el vacío. Un abismo negro arrancado de mi corazón, una ausencia tan brutal que me cortó la respiración. Grité sin voz, sintiendo mi pecho desgarrarse desde dentro. El anillo brilló un instante más y luego se quedó frío, inerte.

Caí sobre una rodilla, la espada temblando en mi mano. Nunca había sentido algo así. Era como si me hubieran arrancado un pedazo del alma y lo hubieran dejado sangrando en la arena. Mi amigo, lo sentía a través de sus vivencias como si se tratase de mi hermano… Xane.

Mi visión se nubló de lágrimas y furia. Todo sonido se apagó a mi alrededor. Y supe que algo en mí también había muerto.

Un grito nació en mi pecho y me desgarró la garganta al salir, tan brutal que sentí que mi propia voz me rompía por dentro. Fue un grito que no solo fue sonido, sino un eco del lugar donde Xane había estado y ya no estaba.

El anillo vibró una última vez y se deshizo, fragmentándose en un puñado de arena negra que resbaló entre mis dedos. Cayó al suelo en un puñado de ceniza, oscura, perdiéndose en la sangre y el polvo de la arena. Otra promesa rota.

El dolor se transformó en furia. Una furia primitiva, abrasadora, que consumió cada nervio de mi cuerpo.

Mis ojos se fijaron en el regente, en esa sonrisa suya, en la satisfacción que destilaba como veneno.

Agarré la lanza ensangrentada de Xane, la sentí arder en mi mano, y con un rugido la lancé con toda la fuerza que mi cuerpo destrozado aún conservaba.

La lanza surcó el aire, un relámpago de madera y acero. Pero cuando estuvo a punto de alcanzar su objetivo, Ilya alzó la mano. Un gesto sencillo, elegante… y un escudo de oscuridad envolvió al regente.

La punta de la lanza chocó contra la barrera y se partió en dos, astillas volando por el aire. Los pedazos cayeron inútiles al suelo, quebrados, tan quebrados como mi corazón.

El regente me miró con esos ojos fríos y calculadores. Le sostuve la mirada, con el odio y el dolor latiendo en cada fibra de mi ser, con la promesa muda de que no importaba lo que hiciera, no importaba cuánto me destrozara: no me detendría hasta arrancarle la vida con mis propias manos.

La guerra para mí ya no era por reinos ni por poder ni salvar vidas. Ahora era personal. Iba a acabar con todos y cada uno de ellos.

Arrancarles la vida como ellos habían arrancado la de Xane.

O al menos, esa hubiese sido mi intención.

Pero no llegué a terminar ese pensamiento.

Otro zarpazo, me golpeó en el costado. Sentí cómo algo se rompía por dentro mientras el aire se me escapaba de los pulmones.

Mi cuerpo salió despedido, rodando por la arena, hasta acabar boca arriba, sin poder moverme.

De reojo alcancé a ver a Xane, inmóvil en el suelo, su sangre tiñendo la arena. Intenté incorporarme, quise arrastrarme, aunque fuese con las uñas, pero mis músculos no respondieron. Las manos me temblaron inútiles, y la espada cayó a mi lado con un ruido apagado.

Los drelmuth se acercaron lentamente, con algo parecido a sonrisas deformes en sus rostros de humo y sombras. Rodeaban mi cuerpo vencido en círculos, jugaban con una presa moribunda.

Resoplé entre sollozos. Por Xane, por Neik, por Sirl, por Mor, por mí… por Ilya. Por todo lo que había perdido y todo lo que no había podido salvar. Sentí cómo la vida se me escapaba por cada herida abierta. Sentí mi fracaso, mi tozudez.

Los segundos se alargaron, cada vez más lentos. Cada latido de mi corazón se hizo pesado, distante, como si perteneciera a otro cuerpo. Con la sangre escapando de mis venas, el dolor empezó a desvanecerse, sustituido por un frío profundo, dulce y mortal.

Mis ojos se entornaron. Un suspiro se escapó de mi boca, tembloroso, casi un quejido. Y con él, exhalé mi último aliento.