Capítulo 68 #2
El rugido del drelmuth resonó por toda la arena, cubriéndolo todo, el gentío llevaba guardando un silencio expectante desde que el monstruo había pisado la arena.
Yo, con la pierna ardiendo y el hombro sangrando, apreté los dientes y me arrastré hacia mi amigo.
Llegué hasta Xane. Escupió arena y sangre, manchando el suelo con un hilo oscuro que caía de su boca. Aun así, tenía una sonrisa testaruda en los labios.
—No creo que pueda aguantar mucho más de esto… —murmuró temblando.
Le tomé del cuello con mi mano y apoyé mi frente en la suya. Noté su aliento, cálido y entrecortado.
—Lo sé, hermano… lo sé —susurré, sintiendo cómo se me quebraba algo por dentro.
El drelmuth gruñó de nuevo, levantando una nube de polvo a nuestro alrededor.
Giró la cabeza, vio a los dos rebeldes que quedaban en pie, y en un parpadeo los destrozó.
Garras, humo negro y carne volando; un instante después no quedaba nada más que sangre en la arena.
Entonces volvió su atención hacia nosotros.
Comenzó a rodearnos despacio, gruñendo con lo que me pareció satisfacción, un depredador que juega con su presa antes de destrozarla. Sus ojos plateados sin iris me taladraban, me hacían sentir desnudo ante la muerte.
A mi lado, Xane se incorporó con esfuerzo. Cambié de nuevo la espada de mano y cerré los dedos alrededor de la empuñadura. Sentí que casi se resbalaba por el sudor y la sangre que la herida de mi hombro había derramado sobre ella.
Mierda, pensé. Mierda, mierda…
Todo mi cuerpo se tensó. El corazón golpeaba tan fuerte que me dolía en las costillas.
Había tenido una existencia larga, más de lo que cualquiera podría imaginar.
Había estado en muchas batallas, había visto caer ciudades y reyes.
Pero jamás, jamás había sentido a la muerte tan cerca, respirándome en la nuca, tan real y tan inevitable como en ese momento.
El rugido del drelmuth volvió a sacudir la arena. Su sombra nos cubrió mientras daba otra vuelta, acercándose cada vez más.
Miré a Xane. Apenas se tenía en pie, los ojos empañados de cansancio y dolor.
Después levanté la vista hacia el drelmuth, que seguía girando en círculos, esperando el momento de lanzarse.
Luego al regente, que sostenía la piedra oscura con aquella sonrisa arrogante, creyéndose dueño de nuestras vidas.
Después… mis ojos se encontraron con la capucha de Ilya. Sentí el pecho desgarrarse. Mierda.
Volví al drelmuth. Suspiré, apreté con fuerza la espada, hasta que los nudillos me dolieron, y di un paso adelante. Me interpuse entre esa bestia y Xane, apuntándole con el filo.
Esperé. Esperé como quien aguarda el golpe de un mazo que va a sentenciar su destino. La respiración me ardía en los pulmones.
El drelmuth se detuvo frente a mí apenas a un metro de distancia, inclinando la cabeza. Juraría que lo vi sonreír. Una mueca hecha de humo y colmillos, burlándose de mí, del intento patético de un hombre herido frente a un dios.
La zarpa se alzó, descendiendo hacia mí. Mi cuerpo reacciono por puro instinto, desesperado, lanzando un corte ascendente con toda la fuerza que me quedaba.
El acero silbó y, contra toda razón, desgarró el humo. No mucho, apenas una línea brillante de color azul y violeta en medio de aquella oscuridad viva, pero suficiente para hacer retroceder al monstruo.
El drelmuth gruñó, sorprendido. Se alejó un par de pasos, la mirada fija en mí. Bajó la cabeza, y se lamió la herida, el humo ondulando alrededor de su lengua de sombra.
Me observó de nuevo. Y lo vi. Por primera vez en esos ojos sin iris, vi recelo. Vi temor.
Miré mi espada, incrédulo. La hoja brillaba con un reflejo oscuro…
y estaba cubierta de sangre. ¿Mi sangre?
Tenía que serlo. El elixir que corría por mis venas debía actuar como un aceite extraño sobre el acero, un aceite de priur…
o tal vez era el éter. No importaba cómo, la espada ahora llevaba mi pulso, mi furia y algo más oscuro que corría por mis venas.
Volví la vista hacia Xane. Lo vi arrodillado, las manos manchadas de su sangre, apretando con fuerza la punta de su lanza. Sus ojos me buscaron, y de algún modo, entre el dolor y la desesperación, una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.
No pude evitar permitirme una mueca propia. Una sonrisa pequeña, amarga, pero real. A través de todo el dolor, a través de toda la sangre y el sufrimiento, sentí un fuego nuevo en el pecho.
Levanté la espada otra vez hacia el drelmuth, firme, decidido.
El monstruo avanzó, pesado, sus ojos plateados centelleando con recelo. Esta vez no esperé a que la embestida me arrasara. Di un paso al frente, sintiendo el dolor en el hombro y la pierna, y dejé que el elixir hiciera su trabajo, los músculos respondieron tensándose.
Empecé con el poco movimiento que mi brazo me permitía: un corte ascendente que volvió a abrir el humo, una línea azulada entre la negrura.
El drelmuth retrocedió un paso, gruñendo, y la oscuridad se abrió donde mi hoja había pasado.
Xane no dudó: corrió por el costado izquierdo, impulsándose y clavó la lanza con todas sus fuerzas.
La punta entró hasta el tope. La nube de humo siseó quemándose por dentro. El monstruo rugió, un sonido tan profundo que me vibraron hasta los dientes; la fuerza que lo animaba pareció desordenarse momentáneamente.
Aproveché el instante: corrí, salté con una furia que dolía, y hundí la espada hasta la guarda en el centro de la apertura, donde la negrura parecía menos densa.
La criatura gimió. El humo que la envolvía se desgarró en tiras que se esparcieron, y un hedor agrio llenó la arena. Dio un traspiés, un movimiento torpe y una de sus patas perdió fuerza. El colosal cuerpo se inclinó hacia delante con un crujido que resonaba igual que algo arrancado desde la raíz.
A nuestro alrededor, la multitud empezó a jadear, confundida en un murmullo estupefacto.
Desde el palco el regente se quedó inmóvil, la piedra oscura temblando en su mano.
Por un segundo vi cómo su sonrisa se oscurecía, cómo la confianza se resquebrajaba en su mirada.
Incluso él retrocedió un paso ante lo inesperado.
El drelmuth cayó apoyando un costado en la arena, la sombra goteando un líquido parecido a la tinta.
Parecía respirar con dificultad, si aquella cosa respiraba.
Lucía como un animal moribundo que busca un último aliento.
Xane soltó la lanza y cayó sobre una rodilla, jadeando; yo apoyé la espada en sus costillas y dejé que todo el peso de mi cuerpo se derramara en el metal clavado.
El filo vibraba con sacudidas de oscuridad que se iban atenuando.
La bestia ya no tenía la tranquilidad de antes; su mirada, cuando volvió a atraparnos, mostraba un horror inesperado.
Levanté la espada sobre la cabeza del drelmuth. Sentía su piel de humo ceder, el peso del acero tensando mis músculos, la respiración hecha fuego en mi garganta. Podía saborear la victoria.