Capítulo 68
El regente bajó la mano y la mole oscura descendió hacia la arena. El impacto levantó una nube de polvo que cubrió todo con una niebla espesa, y aquel monstruo, El Drelmuth , se hundió en ese nubarrón desapareciendo en la polvareda.
El pulso del coliseo se aceleró. El humo negro ondeó, las sombras se alargaron, y en mi pecho sentí una mezcla de terror, un terror que nunca había sentido antes.
El silencio de la nube se rompió con un rugido gutural, húmedo, parecía que la garganta de la criatura estuviera hecha de humo y carne.
El drelmuth emergió entre la polvareda, su silueta deformada, más grande de lo que me había parecido en el palco.
Cada paso levantaba torbellinos de ceniza y oscuridad.
Los primeros en cargar fueron tres rebeldes armados con espadas.
Apenas tuvieron tiempo de alzar las armas cuando el monstruo se giró con un zarpazo descomunal.
El aire mismo chilló al ser rasgado. Los cuerpos de los hombres salieron volando, uno se estrelló contra la verja metálica y quedó colgando de ella, roto, mientras los otros dos cayeron sobre la arena, inmóviles.
Sentí un vuelco en el estómago. Aquella cosa no era solo carne, ni hueso, ni humo: era todo y nada de eso a la vez. Cada golpe dejaba tras de sí un rastro de sombra en el aire que no se disipaba, reptaba hacia el suelo y se desvanecía igual que si la tierra lo absorbiera dejando una mancha negra.
El drelmuth avanzó sin prisa, sus ojos plateados brillando.
El impacto llegó antes de que pudiera respirar. Intercepté su garra que golpeó mi escudo con una violencia que hizo que todo mi cuerpo se sacudiera. El acero crujió bajo la fuerza, el borde del escudo se dobló como si fuera hojalata. Un dolor eléctrico me recorrió el brazo entero, hasta el hombro.
Apreté los dientes, hundiendo los pies en la arena para no salir despedido.
Otro golpe llegó, aún más brutal, y el escudo se abolló hacia adentro, dejando una hendidura.
Sentí cómo mi alma temblaba bajo la vibración, aquella cosa no sólo golpeaba el hierro, sino también la parte más honda de mí mismo.
—¡Maldición! Daría sangre por mi escudo de priur—la voz apenas audible mientras contenía el rugido del monstruo.
Xane aprovechó el segundo impacto: se lanzó hacia delante, la lanza reluciendo, y la hundió contra el costado oscuro del drelmuth.
El acero atravesó la nube, pero no hubo carne que cercenar, sólo resistencia viscosa.
La criatura giró el cuello y el sonido que salió de ella fue un gruñido de pura furia.
—¡Atrás! —grité, alzando el escudo mellado de nuevo, interceptando el golpe dirigido a Xane.
El zarpazo llegó con intensidad. La garra del drelmuth partió en dos el escudo como si fuera madera podrida.
El impacto me arrancó del suelo y me lanzó hacia atrás; salí despedido, rodando por la arena, cada vuelta arrancándome el aire de los pulmones, hasta que finalmente me detuve con la cara hundida en el polvo.
Un ardor insoportable me atravesaba el hombro.
Me llevé la mano al dolor, jadeando, y sentí la humedad caliente de la sangre.
Miré de reojo: tenía las marcas de las garras grabadas en la carne, surcos profundos, y la piel alrededor estaba ennegrecida.
La quemazón era tan atroz que no parecía dolor físico, sino un fuego en el alma misma.
—¡Izz! —escuché la voz de Xane, corriendo hacia mí. Se dejó caer a mi lado, la lanza firmemente apuntando hacia la bestia que seguía avanzando, lenta y segura—. ¿Puedes seguir?
Asentí con un gesto brusco, aunque la verdad era que apenas podía respirar. El simple movimiento de intentar incorporarme me arrancó un gemido que mordí con rabia. El hombro ardía, punzadas que me cegaban, pero no podía quedarme en el suelo.
Con esfuerzo me puse en pie, tambaleante. El brazo herido lo mantenía pegado al costado, mientras con el otro me equilibraba. Cada latido era un chispazo de dolor, un escozor que me hacía sentir algo devorando la herida desde dentro.
Nunca había sentido nada así. Ni en batalla, ni bajo tortura. Esto era distinto. El drelmuth había marcado algo más que mi carne.
Xane me sostuvo con el brazo libre, manteniendo la lanza extendida hacia la sombra que nos observaba, y pude ver en sus ojos la rabia, la decisión de mantenerse firme, aunque la lanza no fuese suficiente.
El drelmuth fijó en mí esos ojos plateados, vacíos, y comenzó a avanzar con calma tortuosa, cada paso hundiendo la arena arrastrando la misma oscuridad con sus garras. Su respiración era un rugido grave que parecía retumbar en mi pecho.
Dos rebeldes corrieron por el flanco derecho, otros tres por el izquierdo, levantando espadas y lanzas. Con un grito de rabia intentaron embestirlo a la vez.
El monstruo giró la cabeza con un gruñido gutural, parecía más una bestia molesta por moscas.
De un zarpazo arrancó a uno del suelo, lanzándolo contra la muralla de la arena.
Otro recibió una embestida del hombro cubierto de humo, y su armadura se abolló hacia dentro con un crujido que heló la sangre; cayó sin moverse.
Los demás intentaron clavar lanzas en la negrura que envolvía al monstruo, pero las puntas solo atravesaban humo. Nada. Ni un rasguño.
La desesperación les calaba los ojos. Cada golpe, cada intento de herirlo, era inútil. El drelmuth los cazaba con furia, arrancando vida con cada movimiento.
Me solté del brazo de Xane, que me intentaba sostener.
El dolor me mordía el hombro, pero apreté los dientes y agarré mi espada larga con fuerza.
Notaba la curación del elixir arrancando, pero de manera fluctuante, enviando oleadas.
El metal temblaba en mi mano, no sabía si por mi debilidad o por el miedo a aquella cosa.
—¿Qué podemos hacer… contra algo que no se puede tocar? —murmuré entre jadeos, viendo impotente cómo las hojas se hundían una y otra vez en la oscuridad.
Mis dedos se crisparon alrededor de la empuñadura. El pecho me ardía de rabia y de impotencia al verlos caer uno tras otro, la arena tiñéndose de sangre bajo sus cuerpos. Espadas que no hacían nada. Lanzas que no hacían nada.
El rugido del drelmuth llenó la arena cuando cargó contra nosotros, una mole oscura envuelta en aquel humo que devoraba toda esperanza.
Xane rodó ágil hacia un lado, yo intenté fintar hacia el contrario, buscando abrir un ángulo para mi espada.
El acero silbó cortando el aire… y nada. El filo atravesó humo, vacío.
El dolor de mi hombro se mantenía estable gracias a el elixir, pero no mejoraba. La sangre bajaba caliente por mi brazo. Me mordí la lengua para no gritar.
Al alzar la vista, la oscuridad me devolvió los ojos plateados del drelmuth, fijos en mí. Sentí un escalofrío recorrerme la columna, pero no miré al monstruo: busqué al regente. Allí estaba, en lo alto, con la piedra en la mano, oscura y palpitante. Un pensamiento me atravesó…
Xane se dio cuenta. Me miró de reojo, carraspeó y, con un leve movimiento de cejas, me señaló discretamente con la mirada hacia un rincón de la arena. Allí, olvidadas entre los cuerpos de rebeldes caídos, dos lanzas de madera, delgadas, livianas, parecidas a unas jabalinas.
Nuestras miradas se cruzaron. Asentí sin palabras. No había tiempo para hablar.
Alrededor, solo quedaban dos rebeldes vivos, tambaleantes, heridos, luchando por mantenerse en pie. El monstruo los ignoraba: su objetivo éramos nosotros.
El drelmuth volvió a cargar, la oscuridad arremolinándose a su alrededor. Xane rodó de nuevo hacia un lado. Yo me aparté en el último instante, tratando de engañarlo con un amago de estocada. El acero volvió a silbar en vano, hundiéndose en humo oscuro.
El aire se volvió pesado, sofocante. El dolor de mi hombro me arrancó un jadeo. La sangre ya me chorreaba hasta el antebrazo, resbalando hasta la punta de los dedos.
El drelmuth seguía mis pasos con una fijación obsesiva, continué esquivando, cada vez más cansado, acercándome a las lanzas, en una de esas esquivas, con un esfuerzo que me arrancó un gemido ahogado, cambié la espada de mano.
El dolor me nubló la vista por un instante al hacer uso del brazo herido, pero no solté el acero.
Con el brazo sano rodando de nuevo por el suelo, agarré una de aquellas lanzas.
Al alzar la vista, Xane estaba ahí, más cerca de lo que esperaba. Nuestros ojos se cruzaron y él asintió con firmeza. Lo entendía. Lo entendíamos los dos sin palabras: esa lanza no estaba hecha para el monstruo, sino para el desgraciado que lo manejaba desde arriba.
Consciente de ello, forcé a mi cuerpo a seguir esquivando, guiando al drelmuth en círculos, arrastrándolo, moviéndome para dejarlo en línea recta entre mí y el regente. El humo negro se agitaba con cada zarpazo que fallaba a un palmo de mi carne, y mi respiración se volvía cada vez más errática.
El destino nunca me había perdonado. En una de esas esquivas, agotado, lento, el monstruo me alcanzó por un suspiro.
Sus garras se cerraron sobre mi gemelo, desgarrando músculo y carne.
Un alarido se me escapó mientras mi cuerpo salía de nuevo disparado, rodando sin control, levantando arena y polvo.
El dolor ardía y apenas logré aferrarme a la lanza en el caos de la caída.
Entre jadeos, alcé la cabeza lo justo para ver a Xane.
Tenía la otra lanza preparada, el brazo tensado, apuntando con precisión hacia el palco.
Pero antes de que pudiera lanzarla, el drelmuth casi desapareciendo, giró con una velocidad brutal y apareció tras él.
El zarpazo lo alcanzó de lleno en la espalda, el sonido de la carne desgarrándose desgarró también mi alma.
—¡Xane! —grité, con la voz rota.
Su cuerpo voló varios metros hacia adelante, dejando un rastro de sangre hasta estrellarse contra la arena. La lanza se le escapó de las manos en el impacto, y su espalda quedó marcada por tres profundas hendiduras que lo bañaban en rojo.