Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 67
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Capítulo 67

Las trompetas que sonaron poco después, largas y graves, hicieron vibrar la arena. Una puerta a los pies del palco principal chirrió al abrirse y de forma ordenada, salió una escuadra de veinte hombres, armados con armaduras pulidas y decoradas, en formación perfecta, con las miradas frías.

—¡Malditos cobardes! —murmuré — pensaba que querrían alargar esto unos días, pero claramente no es una distracción o unos juegos normales, es una puñetera ejecución.

Miré a los rebeldes a mi alrededor y distinguí a dos hombres grandes, musculosos: uno con un martillo a dos manos, otro con un hacha pesada. Me acerqué a ellos, les puse la mano en el hombro.

—¿Confiáis en vuestra fuerza? —pregunté.

Asintieron, sin dudar. Supe entonces que no eran soldados comunes; eran el tipo de hombres que podían partir una formación si alguien les abría la puerta. Les hablé bajo, rápido, marcando cada palabra.

—Tenemos que romper la formación. Me he enfrentado a muchas escuadras antes, siempre en inferioridad numérica. Esperad mi señal.

Vi en sus ojos la chispa necesaria, la decisión de convertir el miedo en un plan. La multitud rugía, la escuadra se acercaba a paso ligero.

Cada paso de los soldados resonaba en el suelo. Sentí el peso del escudo, el frío de la espada, y la adrenalina subió en oleadas, agudizando mis sentidos.

Los rebeldes respiraban hondo, conscientes de que lo que venía no sería un combate cualquiera. Cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, cada sentido alerta, mientras nos preparábamos para la embestida.

Su formación era perfecta, un muro que avanzaba sincronizado, escudos al frente, lanzas esperando asomando por encima. No había tiempo para dudas. Sentí mi sangre con un calor que templaba mis nervios.

Me incorporé de un salto, clavé la vista en los ojos de los que quedábamos y levanté la voz, corta, firme.

—¡Vamos! Si morimos, que sea con orgullo y la sangre de esos bastardos en las manos —grité—. Escudos al frente. ¡Aguantad el primer empuje y acabemos con ellos!

Se oyó el crujido de madera y metal cuando todos se colocaron. A los dos gigantes les pegué un codazo en el costado.

—Vosotros a los flancos —les dije en voz baja—. Romped la línea cuando yo dé la señal. Los ágiles, moveros entre los huecos que se abran; a espada y a lanza, directos a los costados, en las uniones de las correas. Y luego os replegáis tras los escudos.

Xane se situó detrás de mí, lanza hundida en la arena, respirando lento. Le miré de reojo y asentí: él sabía qué hacer.

La escuadra nos alcanzó finalmente y se lanzó en una carga corta.

El choque fue un golpe contundente, una ola de metal que nos aplastó.

Sus escudos golpearon los nuestros con una fuerza que me hizo sentir el crujido de mis huesos en el brazo.

Pero aguantamos. Los hombros ardían, la madera vibraba en mis manos, pero la primera línea no cedió. Grité con todo lo que tenía:

—¡Ahora!

Los gigantes empujaron hacia delante con todo su peso; el martillo aplastó una quijada, el hacha partió un brazo de un centinela enemigo y, en ese instante de desorden, los más ágiles de los rebeldes se deslizaron por los laterales.

Vi a uno desaparecer entre dos escudos, mano a la empuñadura, y salir con la espada hundida en la entrepierna de quien sostenía la formación.

Otro clavó una pica corta en la rodilla de un lancero y lo hizo caer; la cadena humana de escudos tembló, abriendo una brecha.

Yo mantenía el frente, escudo alzado, controlando el ritmo. Cada vez que un soldado enemigo quería empujar nuestra línea, yo hundía el escudo en su costado y hacía palanca con todo el cuerpo; Xane aprovechaba cualquier hueco que se abría para asestar lanzazos cortos y precisos.

—¡Mantened sus huecos abiertos! —ordené a los que tenían la lanza—. No deis tiempo a que vuelvan a cerrar la línea.

La sangre salpicó mi cara; una astilla se clavó en mi palma.

Dolió, pero era menor que el ardor de la rabia.

Vi cómo, junto a los dos gigantes, un par de nuestros hombres tiraban de un soldado hacia atrás y lo empalaban con un arpón.

La formación enemiga, perfecta solo segundos antes, empezó a perder su orden; un hueco más, luego otro.

Los mandos de la escuadra gritaban órdenes, intentando recomponer la muralla, pero cada intento creaba exposiciones que nosotros explotábamos al instante.

Un lanzazo de un soldado atravesó el escudo que tenía a mi lado; el rebelde cayó con un grito. Sin pensar, metí la punta de mi espada por encima del borde y empujé, encontrando costillas. Xane, justo detrás, clavó la lanza en el cuello de otro que intentaba aprovechar el hueco.

La muralla enemiga empezó a desintegrarse y entonces vi una abertura lo bastante grande para cambiarlo todo. La sangre me ardía en las venas a punto de estallar.

Inspiré hondo, sentí cada músculo tensarse hasta casi romperse.

—¡Seguidme! —grité.

Me lancé con el escudo por delante, embistiendo la brecha con todo mi cuerpo. El impacto fue brutal; sentí el crujido de madera y hueso ceder bajo mi peso, la resistencia quebrándose como si no existiera. Mi empujón partió la formación enemiga en dos, abriendo la escuadra.

La arena vibró bajo mis botas mientras arrasaba hacia delante, cada paso impulsado por una furia sobrehumana. A mis espaldas escuché el rugido de los rebeldes respondiendo, y en cuestión de segundos se colaron por la línea que yo había abierto, igual que el agua desbordando una presa rota.

La disciplina de la escuadra se quebró por completo.

Los soldados, separados, ya no eran un muro: eran hombres aislados, vulnerables, presas de las espadas y lanzas que les caían encima.

Los rebeldes se abalanzaron con una rabia desesperada, degollando, apuñalando, hundiendo hierro en las rendijas de sus armaduras.

Avancé sin detenerme, el escudo convertido en ariete, empujando, golpeando, hasta que el último enemigo de mi camino cayó con el casco partido.

Cuando al fin me detuve, jadeando, sudor y sangre mezclados en mi rostro, la arena estaba cubierta de cadáveres. La escuadra entera yacía destrozada a nuestro alrededor, y nosotros, los despojos de ahora menos de una docena de rebeldes, aún respirábamos.

El rugido del público fue ensordecedor. Y en lo alto, el palco del regente se tornó en un espejo de pura rabia contenida.

La calma no duró mucho; fue un silencio tenso, apenas un respiro colectivo. El regente se levantó de su trono con una rabia que parecía quebrar la piedra bajo él. Se acercó al borde del palco y, con la voz reverberando por todo el coliseo, gritó:

—¡Gente de Darmund! —gritó con la voz crispada—. Ha llegado la hora de que veáis cómo vamos a derrotar a todos los que nos abandonan. Os voy a mostrar el poder con el que vamos a vencer esta guerra.

Al decirlo, alzó una piedra oscura entre las manos.

No era una piedra normal: exudaba una sombra que se enroscaba, humo negro que se arremolinaba a su alrededor en pulsaciones.

Un frío viscoso se extendió por el aire.

Detrás de él, algo emergió de entre el humo: una masa enorme, parecida a un oso deformado envuelto en oscuridad, cuyos contornos se deshacían en sombras.

Se movió por el palco igual que si fuera su mascota, y sus ojos, dos esferas plateadas, sin iris, intensas, se clavaron en mí.

Un escalofrío me recorrió la columna. Había visto antes esa mirada. En el campamento protegido por las antorchas verdes. Aquellos ojos no eran de bestia común.

Con un grito que salió más de la garganta que de la voluntad, empecé a ordenar a los nuestros:

—¡Equipáos, rápido! —les dije, la voz rota de urgencia—. Coged todo lo que podáis de los soldados. ¡No perdáis tiempo!

Me lancé hacia el primer escudo de torre que vi y lo agarré con fuerza sintiendo su contacto frío contra mi brazo.

Busqué una espada larga y la saqué con un tirón; la empuñadura me encajó en la mano a la perfección.

Xane tomó una lanza de acero en un instante y se colocó a mi lado, la mandíbula apretada.

Los demás hicieron lo posible: algunos lograron armarse con espadas cortas, otros con hachas o lanzas; los más afortunados arrastraron medio peto o cascos golpeados.

No había tiempo para más, el hierro pronto hablaría por nosotros.