Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 66
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Capítulo 66

Un mar de voces se estrelló contra nosotros, un clamor ensordecedor que me golpeó el pecho y me cortó la respiración. El gentío llenaba cada rincón del coliseo, hambriento de sangre, de espectáculo, de muerte.

Detrás de nosotros la verja se cerró de golpe, sellando cualquier posibilidad de vuelta atrás. El chasquido metálico fue como el cierre de un ataúd.

Un grupo de soldados apareció detrás de la verja, lanzas largas en mano. Avanzaron un paso, apuntándonos con las puntas aceradas, obligándonos a dejar el resguardo de la entrada. Sus miradas no mostraban compasión.

Tragué saliva, ajusté el escudo en mi brazo, y di el primer paso fuera.

La arena se abrió ante mí. El sol ya estaba alto, cayendo de lleno sobre nosotros, sin piedad. Cada grano de polvo brillaba y el aire estaba tan cargado de calor y expectación que costaba respirar.

Miles de gargantas gritaban, nombres que no entendía, insultos, apuestas, carcajadas sedientas de sangre.

El estruendo se mezclaba con el chocar metálico de los anillos y cadenas, con los tambores que marcaban un compás primitivo, salvaje, diseñado para acelerar el pulso de cualquiera que entrara en aquella jaula.

Miré alrededor, cegado al principio por la luz. Los muros del coliseo se alzaban altísimos, coronados de banderas desgarradas, y en los balcones superiores se distinguían siluetas de nobles y soldados riendo mientras brindaban.

Bajé la vista a la arena. El suelo no era solo polvo: había manchas oscuras, secas, que no podían ser otra cosa que sangre. Algunas recientes, otras cicatrices que nunca se borraban. Un hedor metálico se mezclaba con el olor del sudor y de la multitud.

A un lado, cadenas colgaban de unos pilares; en otro, restos de armas rotas, cascos abollados y huesos blanqueados por el sol. Era un cementerio disfrazado de espectáculo.

Sentí cómo mi estómago se revolvía, pero apreté los dientes. Xane avanzó justo detrás de mí, firme con la lanza en mano, y yo alcé el escudo, creyendo que aquel gesto podía protegernos del rugido ensordecedor que nos envolvía.

Estábamos en el centro de su espectáculo. Presas ofrecidas en bandeja.

Alcé la mirada hacia el palco principal, intentando ignorar la presión de miles de ojos sobre mí.

El regente estaba allí sentado, con una sonrisa fría, un depredador satisfecho al contemplar a su presa enjaulada.

Pero no fue él quien me arrancó el aire de los pulmones, ni quien hizo que mi corazón se encogiera hasta dolerme en el pecho.

Junto a él, a su derecha, estaba una figura encapuchada. La tela oscura le ocultaba el rostro, pero yo no necesitaba verlo para reconocerla. Era ella. Ilya.

Sentí cómo todo dentro de mí se rompía en ese mismo instante.

Mis piernas se aflojaron y el escudo pesó de golpe como si fuera de piedra.

Quise gritar su nombre, exigir una respuesta, algo que me devolviera a la mujer que amaba, pero nada salió de mi garganta. Solo el silencio amargo de la traición.

La multitud rugía, pero para mí el mundo se había apagado en un zumbido sordo. Solo veía aquella capucha, solo sentía ese vacío en el estómago que me devoraba desde dentro.

Una mano se posó en mi hombro, firme, cálida, y conseguí volver a respirar. Xane estaba ahí, mirándome de reojo, entendiendo el torbellino que me arrancaba por dentro. No dijo nada, pero no necesitaba hacerlo. Esa presión ligera sobre mi hombro fue suficiente para recordarme que no estaba solo.

Tragué saliva, tratando de recomponerme. Pero por dentro, mi convicción temblaba.

El rugido del gentío se apagó de pronto. El silencio pesó sobre la arena, y entonces la voz del regente resonó desde lo alto, fuerte y cargada de veneno.

—Hoy, —proclamó, dejando que la pausa calara hasta lo más profundo— contemplaréis cómo los rebeldes que se alzaron contra mi voluntad se convierten en ejemplo. Sangre por sangre.

Su mirada se clavó en mí, y pude jurar que aquella sonrisa se ensanchaba al ver cómo me debatía por mantenerme en pie.

—Entre ellos, —continuó, extendiendo un brazo hacia mí— un cachorro que creía poder desafiarme. El príncipe bastardo de Noczar.

Las gradas estallaron en vítores, un rugido ensordecedor que me golpeó como una ola implacable. Había luchado por intentar salvar inocentes en aquella ciudad, pero viendo el gentío que nos rodeaba, me pregunté si mi padre no había tenido razón al final.

—¡Que empiece el espectáculo! —tronó finalmente, levantando la mano.

Un chirrido metálico me hizo desviar la mirada al otro extremo de la arena, dos compuertas se levantaron, y de las sombras surgió el eco de gruñidos bajos, cadenas arrastrándose, metal golpeando piedra.

Mi piel se erizó. El aire, cargado ya de miedo, se volvió insoportablemente denso.

Sentí de nuevo la mano de Xane en mi hombro, apretando con fuerza.

—Respira —murmuró a mi lado, apenas audible entre el rugido de la multitud.

Tragué saliva, cerré los ojos un segundo y levanté el escudo. El espectáculo había comenzado.

Miré hacia esa oscuridad al otro lado de las puertas que se habían abierto. Lo primero que vi fueron los ojos: un par de esferas amarillentas, encendidas en la penumbra. Después, el sonido de garras arañando la piedra y el rugido que me heló hasta la médula.

Una docena de lobos emergieron, encadenados por collares de hierro que apenas contenían su furia.

Eran más grandes que el promedio, de hombros desproporcionados y piel cubierta de un pelaje oscuro y enmarañado.

Los soldados que los guiaban soltaron los grilletes, y el estruendo de las cadenas golpeando el suelo me hizo apretar con más fuerza el escudo.

Tenían colmillos que parecían lanzas. Sus patas golpeaban la arena levantando nubes de polvo.

El gentío rugió de pura euforia, una marea de voces que exigía sangre.

Miré a Xane, que mantenía la lanza firme, los ojos fijos en las bestias, la mandíbula apretada. Su calma se convirtió en mi ancla.

—Mantente detrás de mí —le dije, la voz ronca, casi quebrada.

Los lobos olfatearon el aire, sus fauces babeantes goteando saliva sobre la arena. Uno de ellos soltó un gruñido gutural y avanzó un paso, luego otro, hasta que toda la arena pareció encogerse a nuestro alrededor.

El rugido de la bestia quebró la última chispa de calma que quedaba entre nosotros.

Se lanzó contra el grupo con una velocidad imposible, y el primer rebelde que tuvo la desgracia de estar en su camino apenas alcanzó a alzar su espada antes de que aquellas fauces lo partieran en dos.

El grito se mezcló con el rugido del monstruo y el clamor del público, en una cacofonía insoportable.

Otra bestia embistió desde el flanco, derribando a otro rebelde como un muñeco de trapo. Vi el hueso de un brazo asomar bajo la piel destrozada antes de que la criatura desgarrara la garganta del caído con un chasquido repugnante.

Xane se pegó a mi espalda, lanza en alto. Sentí el impacto de un cuerpo contra el mío: no era el de un lobo, sino el de otro rebelde, lanzado por los aires y estrellado contra nosotros con tal violencia que casi caímos al suelo.

Otro más irrumpió barriendo a un rebelde de golpe con un zarpazo que partió su espina dorsal con un crujido seco. La sangre empapó la arena.

El gentío rugía con cada muerte, con cada desgarrón de carne. Apreté los dientes, obligándome a mirar, a no ceder al pánico.

Aquello no era un combate. Era una carnicería.

La bestia más cercana giró hacia nosotros con un gruñido. Sus ojos se fijaron en mi escudo, me hizo dudar durante un segundo cuan inteligentes eran y si sabían que esa era nuestra única defensa.

El lobo embistió. El escudo recibió el primer golpe con un crujido que me recorrió el brazo. Retrocedí, clavando los pies en la arena mientras el impacto me empujaba hacia atrás. Sentí el calor del aliento de la criatura en mi cara, el aroma metálico de su saliva mezclado con sangre fresca.

—Xane —grité, señalando el flanco del animal.

Él se lanzó, la punta de la lanza hundiéndose entre el pelaje y la carne. La bestia rugió, giró, y cayó al suelo en un charco de sangre.

Otro lobo vino por el costado con un ataque rápido. Golpeó con la pata delantera, y tuve que levantar el escudo con toda mi fuerza para desviar el impacto. Xane aprovechó la apertura y volvió a atacar con su lanza en el costado, cortando un pedazo de carne con un grito ahogado.

No había tiempo para pensar. Cada segundo contaba, cada error era mortal. Mi corazón latía a toda velocidad, mis brazos ardían del esfuerzo, pero no podía permitir que nos devorara ahí mismo.

—¡Ahora! —grité, mientras esquivaba otro zarpazo.

Xane asintió, y nos coordinamos por instinto: yo bloqueaba, él atacaba, retrocedíamos, girábamos. La arena se llenaba de polvo y sangre, el rugido del público se mezclaba con los gruñidos de las bestias. La adrenalina se mezclaba con el elixir y me recorría cada músculo.

El lobo se lanzó de nuevo, rugiendo con furia, sus colmillos brillando al sol. Clavé el escudo en su costado, desviando el impacto de sus patas.

Xane se movió con precisión, la lanza atravesando la carne de la bestia con un chasquido sordo.

La criatura gimió, retrocedió tambaleante, y la sangre caliente salpicó mi cara y mi brazo.

Apreté los dientes, girando con toda mi fuerza para mantenerla frente a mí, mientras sentía cómo la arena se mezclaba con la sangre en mis botas.

Y finalmente Xane clavó la lanza de nuevo, el lobo gimió y se retorció hasta caer al suelo.

Otra bestia nos flanqueó con una embestida. Esta estaba agotada, sus movimientos eran menos precisos, más predecibles. Aproveché el hueco: empujé el escudo con todas mis fuerzas contra su hombro, desequilibrándola, y Xane volvió a clavar la lanza, hundiéndola profunda, certera.

El rugido de la criatura se volvió un grito lastimero, y finalmente cayó, temblando.

Respiré con dificultad, el corazón martilleando en mi pecho, y miré a Xane. Él respiraba hondo, con la lanza aún en alto, el rostro empapado de sudor y sangre.

—Bien —dijo, sin aliento—. Ya quedan pocos.

No había tiempo para celebraciones. A nuestro alrededor, los demás rebeldes miraban, algunos con horror, otros con renovada determinación. La multitud rugía y gritaba, impaciente, pero yo solo podía sentir la mezcla de agotamiento, miedo y la extraña chispa de triunfo que nos mantenía vivos.

—Sin descanso —susurré, ajustando el escudo.

Y mientras levantaba la mirada, otra bestia avanzaba ya, más rápida, más mortal.

Esta vez no era solo supervivencia lo que me impulsaba: noté la sangre hirviendo con el elixir, que ya se había puesto en marcha renovando mis fuerzas, haciéndome consciente de cada músculo, de cada reflejo.

—Xane, cubre mi flanco —gruñí mientras alzaba el escudo y calculaba la distancia—. Esta va a ser más lista que la anterior.

Asintió, moviéndose detrás de mí con la lanza lista, empecé a sentir cómo nuestros movimientos se sincronizaban cada vez más. La bestia embistió, y Xane hundió la lanza en su costado, mientras yo desviaba un zarpazo con el escudo.

El rugido de la criatura se volvió un quejido agudo y tembloroso.

Con un último empuje combinado, logré colocar el escudo bajo su cuello mientras Xane clavaba la lanza en un punto vital.

La bestia cayó, dando un golpe seco que nos hizo tambalear, y respiramos con esfuerzo, sabiendo que habíamos sobrevivido otra vez.

Pero no hubo tiempo para recuperarnos. Otro lobo ya venía hacia nosotros con un paso que hizo temblar la arena bajo nuestros pies. Soltó un rugido grave que resonó amenazante.

Cada movimiento anterior nos había enseñado, cada golpe recibido nos había endurecido, y el elixir en nuestra sangre nos daba un filo extra de fuerza y resistencia.

Cada golpe era más preciso, cada esquiva más fluida.

Nos estábamos acostumbrando a luchar juntos, perfeccionando nuestro estilo con cada embestida.

El lobo rugió y embistió, más rápido y feroz que cualquiera de los anteriores. Xane se movía detrás de mí como una extensión de mi propio cuerpo, su lanza encontrando cada punto vulnerable mientras yo guiaba y protegía con el escudo.

Bloqueé un zarpazo que habría partido cualquier otro brazo; Xane hundió la lanza y giró, manteniendo la distancia. La criatura gimió, tambaleante, y finalmente cayó sobre sus patas, derribada por nuestra fuerza.

Con un último esfuerzo conjunto, lo rematamos: yo clavé la espada en su cuello mientras él hundía la lanza hasta el fondo. El rugido de la multitud resonó sobre un silencio momentáneo de asombro.

Respiramos con dificultad, jadeantes, cubiertos de polvo y sangre, y finalmente levantamos la mirada.

La arena estaba bañada de rojo. Todas las demás bestias estaban muertas. Sus cuerpos yacían esparcidos, víctimas del caos de la arena. El olor de la sangre llenaba el aire.

Algunos rebeldes sobrevivientes estaban en pie, respirando con dificultad. Por suerte, había algunos hábiles: lograron derribar a los lobos con rapidez y precisión.

Conté mentalmente: quedaban alrededor de una docena de rebeldes, y nosotros dos. Solo Xane y yo estábamos completos, ilesos en comparación. La arena estaba teñida de muerte, pero al menos seguíamos vivos.

Miré a Xane, y en su mirada vi el mismo cansancio, la misma determinación que sentía yo.

Miré al regente; tenía la boca torcida en una mueca de decepción que me quemó como ácido. Le dijo algo a un hombre que estaba a su lado; él se inclinó y se fue. Noté cómo la tensión en el palco se centraba en nosotros.

Grité para que al menos aprovecharan el respiro.

—¡Recuperad el aliento! —dije, la voz cortada, obligándome a sonar más firme de lo que me sentía.

Xane y yo nos sentamos en el suelo, intentando relajar la respiración; a nuestro alrededor los doce rebeldes comenzaron a sentarse también.

Un momento de calma.