Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 65
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Capítulo 65

Cuando abrí los ojos, me encontré en una habitación de cuatro paredes de piedra, fría y sin vida.

No había ventanas, solo una puerta de madera robusta, reforzada con hierro.

Mis muñecas estaban engrilletadas a unas cadenas que colgaban del techo, sosteniéndome apenas en el aire, dejando que mi cuerpo se balanceara levemente, incómodo y vulnerable.

El silencio me aplastaba, interrumpido solo por el eco de mi respiración y el tintineo metálico de las cadenas.

Mi corazón latía con fuerza, y sentí la misma sensación de vacío y desesperación que me había recorrido cuando vi los cuerpos de los rebeldes caer.

Pero esta vez, no había escapatoria, ni distracción, ni ninguna luz en la que apoyarme.

Solo la sombra de aquello que había sido Ilya en mi memoria, y que ahora parecía haberse desvanecido bajo aquella capucha.

No tenía idea de cuánto tiempo había pasado. El aire seguía pesado, frío, y las paredes de piedra parecían cernirse sobre mí con cada respiración. Mis muñecas dolían, las cadenas me quemaban, y, aun así, lo peor no era el dolor físico. Era la soledad, el silencio, y el recuerdo punzante de ella.

Noté las lágrimas bajando por mis mejillas. Que se secaban y volvían a brotar. Mi corazón se rompía una y otra vez al recordar su rostro.

El amor. La traición. La pérdida. Cada pensamiento sobre lo que había pasado me arrancaba pedazos de mi alma. La veía con la capucha puesta y el recuerdo de su mirada me torturaba más que cualquier cadena. Me había perdido a mí mismo entre la furia, el miedo y la incredulidad.

El silencio me aplastaba. Me sentía como si me disolviera desde dentro, cada pedazo de esperanza que quedaba se rompía bajo el peso de su ausencia.

Mi cuerpo temblaba sin control, y me desplomaba en el suelo, sollozando con todo lo que quedaba de fuerza en mis pulmones. Cada lágrima era un río que arrastraba un pedazo de mí. Me aferraba a cualquier recuerdo, pero cuanto más lo intentaba, más se mezclaban la rabia y la desesperación.

El silencio me gritaba que estaba solo, abandonado, a merced de mi propio dolor. No había amanecer ni anochecer. No había consuelo. No había escape. Solo el frío, las lágrimas, la traición y la ausencia que me devoraban hasta los huesos.

Cada segundo se estiraba burlándose de mí, condenado a vivir eternamente en este espacio, atrapado con mis emociones, con mi culpa, con mi impotencia.

Intenté recordar cómo había sido todo antes de esto, la sonrisa desagradable de Nyx apareció en mi cabeza, aquel día, preguntó por la princesa que vivía en mi casa, ¿sabría el que ella era la hija del regente? No, eso implicaría cosas que ahora mismo no podría soportar.

Seguí intentando centrarme en algún recuerdo que me pudiera sacar del pesar que se anidaba en mi corazón, cualquier detalle que me sostuviera.

Pero…no había nada.

Intenté imbuir el anillo de Xane con algo de magia, pero los grilletes vibraron con unas runas refulgiendo marcadas en el hierro. Me temí lo peor.

Escuché el ruido de la puerta abriéndose antes de que él apareciera. El regente entró, y automáticamente me incorporé un poco, enfrentándolo, intentando no mostrar decadencia.

—¿Qué tal las cadenas? —dijo, con voz medida, pero cargada de amenaza—. Espero que aprieten.

Se acercó, y agregó, casi con diversión:

—Resulta que vales menos para tu padre que un poco de metal.

Le ofrecí intercambiarte por un carro de armas de priur y no solo ha tardado dos días en responder, si no que ha devuelto la cabeza de mi emisario en una bandeja.

Luego de ultimas te ofrecí a cambio de un pastel de zanahoria, por pura curiosidad de si cedería para recuperar a su hijo, pero se negó en rotundo.

Al menos la cabeza de este emisario seguía en su sitio. Vaya padre, y me llaman a mi cruel...

Antes de que pudiera reaccionar, me propinó una patada en el estómago. El aire se me escapó con un jadeo ahogado, y el dolor se extendió por mi cuerpo cansado. Caí hacia atrás sobre el suelo frío, sintiendo cada músculo rígido por el golpe.

Se dio la vuelta y se marchó, pero se detuvo en el umbral, y por un instante sentí que algo cambiaba en su expresión, como si hubiera tenido una idea. Su mirada se posó en mí, cargada de cálculo y amenaza.

—Creo que… —dijo, con una ligera sonrisa, casi un murmullo—, puede que sepa qué hacer contigo.

Luego se fue, dejando el eco de sus pasos resonando en la habitación, y un silencio pesado que me aplastaba mientras me aferraba al suelo, temblando por el dolor.

El tiempo pasó, sin que supiera exactamente cuánto.

La puerta se abrió de nuevo, y dos soldados aparecieron, agarrándome cada uno de un brazo.

Intenté resistirme, pero no tuve fuerza; me arrastraron por el suelo hasta una nueva habitación y me soltaron bruscamente.

La puerta se cerró tras ellos con un golpe seco, dejándome apenas espacio para respirar.

—¡Izz! —la voz de Xane me llegó vaga y ligeramente reconfortante.

Alcé la mirada y lo vi.

—¡Xane! —grité, y nos abrazamos sin poder contenernos, sostenerme a él fue la única manera de no desmoronarme.

Al separarme un poco, miré alrededor. Había muchos rebeldes, pero no vi a Neik ni a Thana. Suspiré, un poco aliviado de que al menos Xane estuviera bien, aunque la incertidumbre seguía colgando pesada sobre mí nuca.

—No sé nada de ellos —me dijo Xane, apretando los dientes, mientras sus ojos recorrían la sala con la misma preocupación que yo sentía.

La sala se parecía a una prisión común: bancos de madera desgastados, una reja metálica separando parte del espacio, y un silencio que pesaba sobre todos nosotros.

Me acerqué a la reja y miré al otro lado.

Una gran puerta de madera cerraba el pasillo, y a lo largo de las paredes, hasta la puerta, había armas, escudos y algunas piezas de armaduras rasgadas apoyadas allí.

Miré a Xane, y le pregunté, con el corazón latiendo con fuerza:

—¿Qué demonios planean hacer con nosotros?

Su mirada se endureció, sin respuesta. Solo un encogimiento de hombros y un silencio que decía más de lo que las palabras podrían.

La puerta por la que me habían soltado se abrió de golpe, y toda la sala se tensó al instante.

El murmullo se apagó, y cada mirada se volvió hacia el umbral.

Tres soldados entraron armas en ristre, una mujer menuda entró detrás empujando un carro de madera que chirrió al rodar sobre el suelo.

El olor a comida se extendió en el aire, fuerte y casi insultante frente a nuestros estómagos vacíos.

Se detuvo justo después de cruzar el umbral de la puerta, sin mirar a nadie en particular. Su voz sonó áspera, recitando algo aprendido de memoria.

—Comed. Dormid. Mañana moriréis.

Nadie se movió al principio. Un silencio helado cubrió la sala, como si el peso de esas palabras hubiera clavado a todos en el sitio. No añadió nada más. Empujó el carro un poco hacia adelante, lo dejó allí, y se giró hacia la puerta. Los otros tres soldados la siguieron sin una sola palabra.

La puerta se cerró tras ellos con un estrépito metálico que retumbó en mis huesos.

Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada del carro. Morir.

El aire se volvió pesado después de que los soldados salieron. Se podía oler el miedo. Algunos rebeldes murmuraban entre dientes, otros se apartaban, mascando la rabia con los puños cerrados. Había un temblor en la sala, una tensión que recorría cada rincón.

Me quedé sentado contra la reja, con la espalda apoyada en el metal frío. La incredulidad me atravesaba más que el miedo; era como si mi mente todavía intentara encajar las piezas de lo que había sucedido.

Xane, en cambio, parecía más entero. Se levantó sin decir nada y se abrió paso hasta el carro. Cogió un par de platos de madera rebosantes de comida y volvió hacia mí con paso tranquilo. Se agachó y colocó uno frente a mí, sin mirarme demasiado.

Lo observé durante un largo rato, mientras la sala seguía respirando miedo y rabia. Por fin rompí el silencio.

—Hace muchos años, cuando estuve por la frontera de Darmund con unos hermanos del Atra, escuché unos rumores sobre un torneo salvaje y sangriento en la capital. Posiblemente sea esto, una arena o coliseo —murmuré—. No tiene buena pinta.

Xane exhaló despacio, clavando su mirada en algún punto del suelo.

—Va a ser difícil salir de aquí con vida —dijo en voz baja.

Lo escuché, y noté cómo las palabras caían sobre la sala. Miré a mi alrededor: ojos tensos, puños apretados, bocas que apenas respiraban. Inspiré profundamente y me obligué a hablar más alto, buscando que me escucharan.

—El ejército de Noczar debería estar al llegar —dije, dejando que la voz resonara un poco—. Si aguantamos unos cuantos combates durante un día o dos… podríamos sobrevivir.

Algunos me miraron. No vi esperanza en sus ojos, pero tampoco la negación absoluta.

A veces un hilo delgado bastaba para que la gente se agarrara.

Me quedé en silencio, con las manos alrededor del plato que Xane había puesto delante de mí, sintiendo el calor de la comida.

Suspiré y comí lo poco que me entró en el estómago. Un par de cucharadas.

—¿No sabrás por casualidad hacer fuego con tu magia? —me preguntó al poco rato, con una sonrisa pícara.

—No, ¿Por qué? —le respondí mirándolo con el entrecejo fruncido.

Sacó de su capa el puro que había robado y se quedó mirándolo expectante.

—Una lástima entonces.

Nos reímos durante un rato y acabó guardando el puro al no encontrar nada con lo que prenderlo.

Tras un poco de conversación, terminamos recostados espalda contra espalda.

El contacto, aunque áspero por la suciedad y el cansancio, nos daba un poco de calor.

Intentamos dormir así, encajando las respiraciones, soportando el suelo frío que nos mordía la piel.

Con esfuerzo, al final lo conseguimos, aunque el sueño fue ligero, inquieto, lleno de sombras que no me dejaban en paz.

Me desperté pasadas unas horas, todavía en plena noche. No había forma de saber la hora exacta, pero por la luz mortecina que entraba desde algún resquicio alto, intuí que el amanecer se acercaba.

El silencio era extraño. No se escuchaba un solo ruido, salvo algún movimiento mínimo, un cambio de postura o una tos ahogada. Pero la tensión en la sala se podía palpar, pesada y asfixiante.

Miré alrededor. Algunos dormían, otros fingían hacerlo.

Los sollozos apagados de un par de prisioneros rompían el silencio de vez en cuando, desgarradores en la quietud de la madrugada.

Allí había rebeldes, sí… pero no todos eran guerreros.

Eran gente arrastrada a una causa que tal vez ni habían elegido, y ahora estaban aquí, condenados junto a nosotros.

Inspiré despacio, dejando que la fría humedad de la celda me calara los pulmones. El amanecer se acercaba, y con él, lo que fuera que nos tenían preparado.

Pasaron unas horas más, y entonces empezó a escucharse movimiento por encima de nuestras cabezas. Pisadas y un murmullo creciente que se deslizaba en intervalos. La vibración del suelo confirmaba que, sobre nuestras cabezas, la gente se acumulaba.

La tensión en la sala se disparó al instante.

Algunos rebeldes se levantaron y comenzaron a moverse de un lado a otro, incapaces de quedarse quietos, mascando los nervios.

El aire se espesó con el miedo, con ese presentimiento de que lo inevitable estaba a punto de arrancarnos de la poca calma que teníamos.

No conocía a esa gente, no sabía sus fuerzas y sus debilidades, no podía hacer nada por ellos.

Así que me concentre en el único amigo que tenía allí.

Me giré hacia Xane y le puse una mano firme en el hombro.

—No te separes. Quiero que seas una extensión de mi —le dije, bajando la voz para que solo él me escuchara.

Señalé con la barbilla hacia una esquina, detrás de la verja, donde alcancé a ver varios escudos apilados—.

Hay escudos. ¿Sabes luchar con algo más que dagas?

No veo que haya ninguna por allí. ¿Una lanza, por ejemplo?

Xane asintió, serio.

—Me desenvuelvo bien con la lanza.

—Perfecto. —Le devolví la mirada con convicción—. Te quedas detrás de mí con la lanza, yo iré delante con el escudo. Hay que intentar aguantar y no ser agresivos. No sabemos qué nos espera ahí fuera y tenemos que intentar no malgastar energía.

—Está bien —respondió, firme, y pude notar que lo decía en serio.

El chirrido metálico de la verja levantándose me cortó la respiración. El sonido atravesó la sala sentenciando. Todos nos giramos hacia ella, expectantes, con el corazón retumbando en los oídos.

Xane me sujetó del hombro, obligándome a mirarlo.

—Gracias, Izzarian. Ha sido un placer ser tu amigo.

El pecho se me encogió de golpe ante la honestidad de sus palabras. No supe qué responder de inmediato, así que lo agarré por detrás del cuello y apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos un instante. El mismo ritual que siempre utilizaba con mis hermanos del Atra Vallis.

—No suenes tan condescendiente, Xane. Saldremos de esta —le prometí, con la voz ronca pero firme—. Y beberemos hasta que no quede nada que recordar de hoy, hermano.

Agarré una espada y un escudo, lo primero que encontré en condiciones.

Me ajusté una hombrera suelta sobre el brazo con el que empuñaba la espada, suficiente para desviar un golpe.

Luego me até unas rodilleras desgastadas y unos antebrazos que apenas encajaban, pero cualquier protección era mejor que nada.

Xane se hizo con una lanza, la probó con un par de movimientos rápidos, y luego se colgó del cinto una espada corta, por si la distancia se rompía. Su expresión era tensa, pero firme.

Nos dieron unos minutos, el tiempo justo para que todos en aquella sala cogieran lo que pudieran. Nadie se quedó con las manos vacías; hasta los más torpes se colgaron un arma, aunque fuera para sentirse menos desnudos.

Entonces, la puerta de madera frente a nosotros crujió con fuerza. El sonido resonó expectante. La madera se abrió lentamente, dejando entrar una luz cegadora que me obligó a entrecerrar los ojos.

Y con la luz, llegó el rugido.