Capítulo 64 #2
Se dejó caer en la silla con pereza. Alzó la copa en calma y dio un sorbo, cerrando los ojos un instante, saboreando. El silencio se volvió denso, listo para ser desgarrado por cualquiera de sus palabras.
—Todo ha salido mejor de lo planeado —murmuró, y la frase no sonó a vanidad, sino a certeza.
Tenía la mirada nublada de quien ya ha calculado las mejores consecuencias y las ha hecho poco menos que inevitables.
—Se acabo Talorc, tu veneno termina aquí. —dije apuntando la espada hacia él.
—Oh, Izzarian, que poético —respondió, lo miré con los ojos entrecerrados al escuchar mi nombre salir de sus labios.
—¿Como sabes quién soy?
—Se muy bien quién eres, Izz, Orion o como te guste que te llamen, ¿me crees tan idiota? Atacar Noczar en su territorio habría sido suicida. Solo quería traer la guerra aquí, a Darmund… —hizo una pausa, me miró con una mezcla de desdén y curiosidad—. Aquí, tan cerca del este… es distinto.
Apoyó la copa sobre el escritorio con un pequeño golpe seco y comenzó a divagar en voz alta.
—Darmund lleva años siendo atacada por criaturas que vienen del este.
Destruyen aldeas, devoran ganados, corrompen a la gente.
El viejo regente… era un hombre de leyes; quería esperar al anillo, los tratados, la diplomacia.
¿Y qué conseguía con eso? Gente muerta. —Escupió al suelo con desprecio—.
No me gustaba. Era bueno, sí, demasiado bueno. No supe tolerarlo.
Sentí un frío subiéndome por la espalda.
—Lo maté para salvar a mi pueblo —confesó sin ningún aparente remordimiento—. Un mago fiel me había enseñado un ritual. No tengo intención de explicártelo; no es tiempo para cuentos de iniciación. Pero aprendí a usar aquello que nos cercaba para darle la vuelta a la situación.
—¿Matar al anterior regente para «salvar» a tu pueblo? —escupí—. ¿Y lanzar la sangre de otros como si fuesen piezas en tu tablero no te parece contradictorio?
El regente sonrió con un gesto frío, parecía divertido con mi indignación.
—¿Quieres que lo niegue? ¿Quieres que oculte que tomé decisiones terribles? Preferiría decir tomé la mejor opción dentro de las que se me ofrecían —respondió—. ¿Qué haríais vosotros? ¿Esperar a que vuestras aldeas fueran devoradas por la noche para que el anillo emitiera un comunicado moral?
Xane se mantuvo en silencio, apoyado en la pared, con los ojos cerrados. Ilya estaba detrás de mí, y pude sentir cómo su cuerpo se tensaba.
—Has jugado con fuego —dije, con la voz baja, controlada por puro esfuerzo—.
Has matado a un regente, has manipulado a la gente que pones como excusa para tus actos, has enviado ejércitos a su muerte en mis tierras, has sembrado el caos para justificar tu guerra.
¿Todo para que vuestras acciones traigan al rey de Noczar aquí?
¿Qué te hace pensar que mi padre, o cualquier otro, no aprovecharán esto para arrasar Darmund y borrar de un plumazo tu pueblo y todos los inocentes que habitan en él?
Su expresión se endureció, pero en sus ojos había algo que no esperaba: no la arrogancia del tirano, sino la fatiga de quien ha cargado con demasiadas muertes.
—Mi pueblo ya moría día tras día —dijo sin titubear—. Y los que no morían debido a la intensidad de las heridas, pasaba algo incluso peor que la muerte, se acababan transformando. —Sus ojos me miraron con seriedad.
Tragué saliva. No tenía una respuesta simple. Todas mis certezas se enredaban con el peso de la promesa de querer evitar una guerra.
—Quería enemistar a Noczar contra la sucia Liga de ratas trizanas que pregona apoyo y unidad y no son más que escoria y basura.
Mirad como han vuelto a colgar a Darmund a la mínima oportunidad, dejando que Noczar campe a sus anchas con un ejército que podría conquistar la región entera.
—esbozó una sonrisa perversa. —Ellos irán después, pero Noczar debe caer primero, con su elixir y su aleación de priur son problemáticos.
Una vez fuera, el resto será como quitarle un caramelo a un niño.
Me observó, y por un instante sentí que sus ojos traspasaban cada fibra. Primero miró a Ilya, y luego volvió sobre mí, y en esa mirada había algo que me estremecía, aunque no sabía el que.
—Se que leíste el cuaderno de la comandante que envié a tus tierras, sé que fuiste tú el que destruyó aquel túnel cutre. —dijo, haciendo una pausa, saboreando cada palabra—, Como segunda misión, mi hija, la comandante, tenía que atraer al rey hacia aquí.
Se inclinó levemente, con los dedos entrelazados en el regazo, y continuó, su voz más baja, pero cargada de amenaza:
—Cuando mi hija contactó conmigo, diciéndome que estaba junto al hijo del rey… pensé que podría sacar a tu padre fuera de Noczar a través de ti. Pero… —se encogió de hombros, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos— ya se ha sacado él solo, gracias a su orgullo.
Hizo un gesto hacia mí, evaluándome de arriba abajo.
—Así que habrá que encontrarte otro uso —suspiró y luego sonrió de lado— No sé cuánto estará dispuesto a dar tu padre por ti, lo comprobaremos pronto.
Un escalofrío recorrió mi espalda y sentí que todo dentro de mí temblaba. Encontré el significado en sus palabras, algo que no quería aceptar, y el terror se enroscaba en mi pecho, apretando mis costillas hasta casi dejarme sin aliento.
—Por favor, Ilya —dijo el regente, y su voz sonó más baja, una orden en un susurro que retumbaba entre mis huesos—, Ya es suficiente, esto es aburrido.
La magia de mi madre vibró en mis venas, nerviosa, inquieta, como aquella noche en la casa de la cima con Ilya y sentí cada pulso recorrerme el cuerpo atravesado por un rayo.
Cuando giré la cara hacia ella, el mundo pareció inclinarse un instante: los dos cuerpos de los rebeldes que habían estado entre ella y yo cayeron al suelo, con los cuellos retorcidos en un gesto imposible, antinatural.
Xane se lanzó hacia ella, en guardia, pero todo parecía moverse en cámara lenta. Cada segundo se estiraba como si fuera una eternidad. Mi piel se erizó, y un pensamiento me recorrió la mente. No podía ser verdad… era una broma, una broma de los peores gustos posibles.
Ilya ahora llevaba una capa con la cara cubierta por una capucha. Y la reconocí de inmediato: era la misma capa de la figura que nos había atacado a Neik y a mí en el claro de los trece.
Xane fue empujado con un movimiento de su mano hasta quedar pegado a la pared. Yo la observé levantar las manos hacia mí, y entonces sentí de nuevo los agarres oscuros de aquella vez en mis muñecas. El vértigo de la situación me dejó sin dirección: no sabía qué sentir.
Clavé las rodillas en el suelo, buscando en aquel rostro encapuchado algo de ella que reconociese, un fragmento, una señal, cualquier cosa que me asegurara que seguía siendo la Ilya que conocía. Que amaba.
Solo encontré oscuridad bajo aquella capucha.
Nada más que sombras que parecían tragarse todo, incluso la luz que temblaba en mi mente.
Antes de que pudiera reaccionar, un gesto de ella me envolvió, y mi conciencia se desvaneció como arena entre los dedos.