Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 64
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Capítulo 64

Una nota clara rasgó la noche.

Desde la periferia llegaron las señales de humo y unos focos incendiarios empezaron a emerger a lo largo de la ciudad, enviando columnas de luz y lumbre que hicieron que parte de la guardia aflorara rápidamente desde el castillo hacia allí.

Al poco rato, sonó de nuevo el cuerno. Era el momento de movernos.

El rebelde nos guió por una puerta lateral.

Escaleras en espiral tan cerradas que parecía que trepábamos la piedra.

Al girar a la derecha, la primera puerta estaba cerrada con un pequeño candado; Xane lo forzó en cuestión de segundos denotando rutina y nos deslizamos dentro.

Ante nosotros se desplegó el pasillo principal del interior del castillo. Nos movimos en sentido de las agujas del reloj.

La primera estancia que encontramos fue una habitación común: cama sencilla, un cofre, una mesa con restos de bebida. Vacía. Registramos rápido, sin hacer ruido, buscando señales, Nada.

En la segunda puerta encontramos un guardia dormido que se sorprendió al abrir, desorientado por la oscuridad.

Me lancé con una mano firme sobre su boca y con la otra, antes de que pudiera alzar la voz, lo reduje con una llave al cuello hasta que se desmayó.

Ilya clavó una mirada severa en mí; le susurré que lo inmovilizara.

Le tapó la boca con una tira de tela y, con movimientos rápidos, le ató las muñecas.

Lo arrastramos a la sombra de un armario.

Xane, de forma casi mecánica, tocó la zona de los bolsillos del guardia hasta sacar una llave y un trozo de pergamino arrugado. Lo leí: pasillo sur, dos puertas más adelante, cuarto de armas. No era lo que buscábamos, así que negué con la cabeza a Xane y lo dejamos allí.

Al tercer cuarto topamos con dos centinelas.

Esta vez no hubo posibilidad de sorpresa: uno fue hacia la puerta, otro hacia la ventana.

Fueron rápidos, pero nosotros lo fuimos más.

Me lancé en medio entre ambos, golpeando con la empuñadura y desarmando a uno; Ilya dejó a su oponente rodar sobre el suelo con un movimiento corto y seco.

No hubo estridencias; el combate fue breve, una danza de golpes destinados a incapacitar.

Las armaduras hicieron ruido, pero el sonido en el exterior del castillo resonaba con fuerza amortiguando lo que ocurría dentro.

Antes de que pudieran alzar la voz, Xane ya había cubierto cabezas con trapos. Nada en esta habitación.

En la cuarta sala que registramos encontré algo que no esperaba: un retrato pequeño clavado en la pared de un hombre mayor con la barba recortada y la mirada dura, un sello de Darmund en la esquina.

Bajo el retrato, en una mesa había un diario, se lo pase a Xane que lo leyó traduciéndolo a nuestra lengua, el diario pertenecía a un consejero del Regente, en una de las páginas había una lista de habitaciones, una de ellas estaba sospechosamente envuelta en un círculo rojo. Era mejor que nada.

Xane, me dio un toque en el brazo con la punta de su daga. Le devolví la señal y avancé. Le pasé el diario a Ilya; sus ojos se estrecharon, y vi en su rostro que también estaba convencida.

Nos desplazamos con todavía más cautela.

El silencio dentro del castillo era espeso; el latido de mi corazón resonaba en mis oídos.

La sensación de que alguien nos observaba se intensificaba con cada estancia que cruzábamos.

A mitad del pasillo, un leve chirrido en las tablas me obligó a pegarme a la pared.

Ilya se inmovilizó al instante; desde abajo llegaron pasos rápidos y resueltos.

Nos ocultamos tras una cortina ancha pesada que llegaba hasta el suelo.

Cuatro siluetas cruzaron la sala dos metros por delante, hablando en voz baja, con la parsimonia de la rutina nocturna.

Esperamos a que se alejaran; al pasar junto a nosotros noté que uno de ellos que llevaba en el brazalete el sello del regente que habíamos visto en el retrato.

Hice una señal a los demás para que me siguieran, y me encaminé detrás de ellos con cuidado. Podía oír el pulso en mi garganta, seco y constante. Xane, a mi lado, mantenía la calma sin que nada perturbara su respiración.

Subimos unas escaleras detrás de ellos. Cada tramo estiró la espera hasta convertirse en una cuerda a punto de romperse.

Pensé en Neik allá abajo, en los gritos que debían distraer a los guardias, en la promesa de no convertir aquello en una carnicería inútil.

Esperamos hasta oír una puerta cerrarse más adelante.

Cuando por fin llegamos, abrí la puerta con cuidado sin hacer ruido.

El olor que escapó del interior fue una mezcla de té rancio y tabaco.

Había movimiento dentro: voces amortiguadas, risas contenidas, la impresión de un cuarto habitado por alguien que no esperaba visitas.

Me detuve un instante para ordenar la respiración.

El silencio nos tragó. Di un paso y, con la mínima señal, Ilya empujó la puerta.

La luz vacilante de una lámpara temblaba sobre una mesa larga.

Varios hombres dormían en camas dispuestas en varias hileras a los lados pegadas a las paredes; otros se vestían o desvestían, preparándose para relevar guardias.

Al fondo de la habitación había otra puerta; junto a ella, un sillón vacío frente a una chimenea apagada.

Sobre la mesa, entre papeles y tazas, distinguí un mapa, un sello oficial y un manojo de llaves.

Hice una señal con la mano, un gesto corto hacia la puerta y luego hacia las camas y los cinco nos tensamos.

Nadie dijo una palabra. Xane se deslizó delante, silencioso como una sombra; Ilya pegó los talones a mi costado, la respiración contenida; los dos rebeldes cerraron la hilera por detrás, vigilando los ángulos.

Avanzamos en fila india entre las camas.

La luz de la lámpara brillaba tenue, recortando formas y proyectando manos que parecían monstruos sobre el techo.

El crujido de la madera bajo el pie de uno de los rebeldes hizo que desviáramos todos la mirada hacia él, su gesto lució lleno de pura frustración.

No había marcha atrás: quien despertara allí juraría después que todo había sido un mal sueño.

Xane fue el primero. Se inclinó sobre el hombre que aún trataba de desperezarse e incorporarse, le puso la mano en la boca con un movimiento rápido; no tuvo tiempo ni de maldecir.

Un murmullo ahogado, un golpe seco y quedó colgado entre el sueño y la inconsciencia.

Ilya, más pequeña pero igual de resuelta, se acercó a una litera donde un soldado dormitaba con la espada a un lado; con destreza apartó la pieza de su alcance y apoyó la palma contra el rostro del hombre hasta que perdió el conocimiento.

Cubrí el centro de la sala. Dos cuerpos en camas opuestas intentaban incorporarse al escuchar los ruidos; los rebeldes los atendieron con eficacia: una mano en la garganta para impedir gritos, un pulso parado hasta que los párpados cedieron.

En la penumbra, uno de los tipos aún forcejeaba con la bota. Se incorporó entero, aturdido, y procuró alcanzar su espada. Xane fue más veloz: lo agarró del brazo, lo giró y le dio un golpe seco en la nuca que le hizo caer como un muñeco sin hilos. El silencio volvió a imponerse en la estancia.

Llegué a la mesa; aparté tazas y papeles con cuidado para no llamar la atención. El mapa estaba desplegado y marcado con líneas que atravesaban provincias; el sello brillaba con cera endurecida. El manojo de llaves tintineó apenas al rozarlas con los dedos.

Cogí las llaves. Sentí el latido fuerte en el cuello, la sangre caliente. A nuestro lado, Ilya murmuró algo y me ofreció un gesto de aprobación.

Un ruido detrás nuestro nos congeló. Un guardia había despertado y rodaba en la oscuridad, buscando equilibrio. Uno de los rebeldes lo alcanzó antes de que abriera la boca; un golpe y otro silencio.

Con las llaves ya en mi poder recorrí la mesa con la mirada. Entonces, en un gesto que me pareció gracioso por lo absurdo del momento, Xane limpió con la manga un puro que parecía caro y lo guardó en su capa. Me miró y se encogió de hombros con una sonrisa.

Empujé la puerta después de abrirla con las llaves, la madera vieja chirrió en un lamento que resonó en todo el aposento.

Y allí estaba. El regente. De pie frente a un escritorio cargado de pergaminos y copas vacías, girándose con gesto de fastidio y levantando la voz:

—¿Quién osa interrumpir…?

La voz se le cortó de golpe cuando me vio. En su rostro apareció una leve sorpresa.

Antes de que pudiera decir nada más, el guardia que estaba a su lado dio un paso al frente. Era enorme, una mole de músculos con un hacha que casi arrastraba el suelo. Al verlo, un recuerdo ardió en mi cabeza: el gigante del campamento, el que casi me parte en dos. Gruñó, alzando el arma.

Y se lanzó contra mí con el filo descendiendo con una fuerza capaz de partir la piedra. Alcé el escudo y el impacto me recorrió el brazo, obligándome a retroceder varios pasos.

Chispas saltaron cuando volvimos a cruzar acero contra acero, su hacha cayendo una y otra vez contra mi escudo. Apreté los dientes, esquivando y bloqueando como podía, buscando un hueco, un fallo en su defensa.

Una sombra se deslizó a su costado. Xane. Sus dagas brillaron en la penumbra y en un movimiento certero las hundió en la carne del coloso. Soltó un gruñido ahogado, tambaleándose.

Aproveché para golpear con el hombro y derribarlo contra el suelo. El hacha rebotó de sus manos con estrépito metálico.

—No te preocupes —dijo Xane, arrodillándose junto al cuerpo inmóvil—. El veneno de mis dagas lo mantendrá en el suelo un buen rato.

El pecho del guardia subía y bajaba con fuerza, pero sus extremidades parecían de plomo.

Respiré hondo, limpiando el sudor de mi frente con el antebrazo, y levanté la vista hacia el regente, que seguía allí, observándonos.

Su expresión había cambiado: no era sorpresa, sino un brillo oscuro, calculador.