Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

El estruendo de dos golpes secos en la puerta me sacó del sueño igual que si un rayo me hubiera atravesado el pecho. Ilya también se irguió de golpe, con los ojos abiertos de par en par, la respiración acelerada. Antes de que pudiera reaccionar, la voz de Neik retumbó al otro lado:

—¡Izz! ¡Vamos, hombre, que se te pegan las sábanas!

El pomo empezó a girar. No me lo pensé. Salté de la cama con una velocidad que incluso a Ilya la dejó boquiabierta y agarré la manija con fuerza, impidiendo que rotara.

—¿Pero qué cojones le pasa a esto? —gruñó Neik desde el pasillo, tirando con más fuerza.

Giré la cabeza hacia Ilya y, con un gesto rápido, le indiqué que se apartara hacia un lado, no quería explicaciones innecesarias ni bromas de Neik. Ella, aún envuelta en la sábana, obedeció con un brillo divertido en los ojos, claramente la tensión le resultaba más cómica que alarmante.

Me coloqué detrás de la puerta, justo por donde se abriría. Respiré hondo, solté el pomo de golpe y abrí yo mismo, encarándome directamente con Neik en el umbral.

Me miró con sus ojos entrecerrados, ese gesto suyo de leerme viendo las páginas de mi alma en mi frente. Y entonces su mirada descendió, subió de nuevo, volvió a bajar, recorriéndome de arriba a abajo con calma irritante. Tardé un segundo en darme cuenta… estaba desnudo, completamente.

El silencio fue espeso. Su ceja se arqueó con un descaro que me revolvió las tripas, y la sonrisa ladeada empezó a formársele en los labios. Chasqueó la lengua.

—Interesante…—dijo. —¿Interrumpo algo?

Levantó los ojos por encima de mi hombro intentando ver dentro, sonriendo exagerando el gesto. Yo apreté la mandíbula y me incliné hacia él, tapándome con una mano la entrepierna.

—Ni una palabra más, Neik. —Mi voz salió grave, cargada de advertencia.

Levantó las manos en un gesto de falsa rendición, aunque la sonrisa en su rostro no se borró.

Un calor me subió por el cuello, mezcla de vergüenza e irritación. Estuve a un paso de empujarle de vuelta al pasillo y cerrarle la puerta en las narices, pero en vez de eso le clavé los ojos e insistí:

—Neik, te lo advierto.

Por un instante, me sostuvo la mirada con expresión socarrona, hasta que se encogió de hombros y soltó una carcajada suave.

—Vale, vale. Lo dejaré estar… por ahora. —Se giró para marcharse y añadió de espaldas, sin perder ocasión de pincharme—. Ya era ahora, hacía años que no la usabas nada más que para mear.

Cerré la puerta con un estruendo, conteniendo el suspiro de frustración que me quemaba el pecho. Al girarme, Ilya me observaba desde la esquina donde se había refugiado, los labios apretados en una sonrisa contenida.

Me llevé una mano a la frente, intentando recomponerme.

Ella, juguetona, bajó la mirada hacia mi entrepierna y se mordió el labio con descaro.

Resoplé ante su gesto y me acerqué. Apoyé una mano en la pared, inclinándome lo justo para que mis labios quedaran a un suspiro de los suyos.

Ilya dejó caer la sábana, quedando atrapada entre la pared y mi cuerpo, ambos desnudos.

Ladeé la cabeza, rozando su mejilla con mis labios, y tracé un camino de besos lento hasta su oído.

—Es una lástima que tengamos que irnos ya —le susurré, con la voz cargada de deseo.

Soltó un jadeo suave que me erizó la piel y contestó entre risas quedas, mientras sus dedos dibujaban líneas traviesas bajo mi ombligo:

—Lo es, aunque… podrías dejar que arda Darmund… —susurró cargada de picardía.

Tragué saliva, sonriendo sin remedio ante la insolencia y la ternura mezcladas en sus palabras. Apreté mi frente contra la suya, respirando su aire, y contesté casi como un ruego:

—No me tientes…

Inclinó la cabeza un poco, rozando otra vez mis labios con los suyos sin llegar a besarlos del todo, dejándome al borde de la rendición absoluta.

Me quedé un instante atrapado en esa tentación, en el calor de su cuerpo y en la manera en que sus dedos jugueteaban conmigo, rozando demasiado cerca de donde sabía que perdería todo el control. Apreté los dientes, resistiendo. No lo ponía fácil, no quería ponerlo fácil.

Su respiración se mezclaba con la mía, sus labios apenas a un roce, sus ojos brillando retándome a seguir adelante. Y por un momento casi cedí, casi me olvidé de todo lo que teníamos encima, de todo lo que nos esperaba en apenas unos minutos.

Mis manos recorrieron su cintura con suavidad, subiendo un poco, disfrutando de esa piel tibia que me hacía desear no soltarla jamás. Ilya suspiró contra mi oído y eso me produjo un impulso feroz de seguir, de dejarme arrastrar.

Pero no podía. No ahora.

Me aparté de golpe, con brusquedad, necesitando aire para no ahogarme. Tragué saliva, intentando recomponerme. Ella me miraba con desconcierto, con una sonrisa traviesa que escondía también un leve reproche.

La miré de reojo, con la respiración aún alterada, y le dije en voz baja, firme pero prometedora:

—Eres peligrosa…pero no te preocupes, en cuanto el tiempo nos lo permita, lo retomaremos desde aquí.

—Ojalá… —murmuró con cierta incomodidad.

Me acerqué despacio, preocupado por su tono, y la rodeé con los brazos. Se refugió en mi pecho, con un ligero temblor. Le besé la frente, buscando que ese gesto bastara para calmar lo que las palabras no parecían lograr.

—Todo saldrá bien —susurré. —Iremos a donde quieras después de esto, pero lo he prometido, y no quiero romper más promesas, Ilya. He de hacerlo.

No respondió. Se quedó quieta, y en su silencio sentí algo que no supe nombrar dejándome una sensación extraña en el cuerpo.

El murmullo del salón, en el piso más abajo, comenzó a crecer, cada vez más fuerte, un recordatorio más de que el tiempo se agotaba. Finalmente, asintió dándome otro beso intenso antes de separarse.

Nos vestimos en silencio, ajustando las correas de la armadura con movimientos rápidos. Fui el primero en abrir la puerta, lo justo para asomarme al pasillo. Todo estaba en calma. Le hice una seña a Ilya y, ligera, salió tras de mí.

Avanzamos hasta el final del pasillo y bajamos las escaleras hasta una sala donde un gentío esperaba con expectación.

Xane estaba entre ellos, el rostro serio; al frente se encontraba Thana, la única que encaraba a los presentes con calma. Me coloqué al lado de Neik, que olfateó el aire con gesto más propio de un animal que de un hombre, y enseguida esbozó una de sus sonrisas: una broma estaba a punto de nacer.

Ilya se quedó unos pasos más atrás. Noté cómo Neik volvió a olfatear el aire, esta vez más despacio y en su dirección. De pronto sus ojos se abrieron como platos. Me miró a mí, luego a ella, y otra vez a mí. Una sonrisa torcida nació en su cara y soltó una risita entrecortada, apenas contenida.

—¡No me lo puedo!… —lo interrumpí dándole un pisotón en el pie. —¡Serás cabrón!

En ese instante llevé la mano a la empuñadura de la espada. No dije nada; no hizo falta. El roce metálico del guardamano bajo mis dedos bastó para que Neik callara de golpe. Carraspeó y giró la mirada hacia Thana, pero la sonrisa aún titilaba en sus labios.

Vi a Thana plantarse en el centro del salón; la lámpara a su derecha recortaba su silueta contra la pared dejando que dominara la estancia. Respiró una sola vez y habló sin rodeos, cada frase una punta afilada: clara, directa, inapelable.

—Hemos nacido de la necesidad —dijo—. No por ambición, ni por sed de sangre; por justicia.

El actual regente asesinó a mi padre para encender un conflicto que nos ha arrastrado hasta hoy.

Ha alimentado el caos para sostener su poder.

No podemos permitir que su ambición se coma la vida de nuestra gente. Esta noche pondremos fin a su dominio.

El silencio se asentó en la sala, expectante. La miré recorrer las caras de los presentes; sus ojos reclamaban compromiso.

—El plan es sencillo —continuó—. Primero, una distracción para arrastrar la mayor cantidad posible de guardias fuera del interior del castillo.

La mayoría de los presentes marchará con esa tarea.

Nada de enfrentamientos frontales si puede evitarse.

Queremos guardias fuera del castillo, no más muertos de los nuestros sin necesidad.

Sentí Neik tensarse a mi lado, lo conocía. Preferiría mucho más el choque directo que urdir artimañas.

—Segundo —continuó Thana—: el golpe interior.

El castillo tiene cuatro torres, una en cada esquina.

Cada torre da a un ala del bloque de habitaciones.

Hay que ser rápidos y eficaces. Así que he formado cuatro grupos.

Cada grupo entrara por la torre asignada y avanzaréis en sentido de las agujas del reloj.

Si alguien encuentra al regente, la orden es capturarlo vivo.

Señaló a unos, a otros, y al final nos señaló a nosotros.

El murmullo se convirtió en algo parecido a un latido colectivo; sentí la sangre en la sien.

Asentí. Neik me apretó el hombro que bien podía haber sido advertencia, burla y abrazo a la vez.

Xane asintió con gesto seco que me tranquilizaba más de lo que admitía.

—Los encargados de la distracción se encaminarán al puente sur.

Será la trampa —añadió Thana—. Uno de nuestros cuernos marcará el inicio.

Al primer toque, prenderán fuego en los puntos asignados del muro exterior y soltarán a los perros adiestrados para generar caos.

Cuando salgan los refuerzos y suene de nuevo la trompeta, los grupos interiores, ya bajo sus respectivas torres, entrarán.

Me dio una hoja con garabatos y un croquis del castillo: torres, pasillos, la capilla central, los accesos, las salas de guardia. Tenía señalado rutas de escape. Apuntó también quién era responsable de cubrir la retirada con humo. Salían nuestros nombres y otros dos que desconocía.

—No lo olvidéis —remarcó bajando la voz. —Si veis que la balanza va a inclinarse hacia una carnicería, retiraos. La razón por la que estamos aquí es para detener una guerra contra Noczar, no para crear una en nuestras propias murallas. Necesitamos un golpe rápido y eficaz.

Levantó la mano y terminó con un mandamiento casi religioso:

—Recordad por qué estamos aquí. No por rencor, no por venganza; por la gente que perdemos si permitimos que siga gobernando quien provocó todo esto. Id, que la noche nos cubra y la sorpresa sea nuestra aliada.

Hubo una explosión contenida: algunos aplaudieron, otros gruñeron. Thana miró a cada uno y, con un gesto, cortó la reunión.

La gente empezó a dispersarse para terminar de preparar su equipo. Repasé por dentro los pasos que nos habían asignado: entrar por la torre este, girar en sentido horario, revisar cada habitación.

La noche dejó caer una manta húmeda mientras salíamos organizados. Ilya se mantenía a un paso detrás, seria, decidida; Xane caminaba junto a nosotros con calma.

Miré a Neik, estaba inquieto, se le notaba en la manera en que no paraba de mover los pies, como un animal enjaulado. Le agarré del hombro con fuerza, clavándole la mirada.

—Ve con ellos —le solté sin rodeos señalando al grupo de distracción.

Negó de manera exagerada, como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—No pienso dejarte ir solo a ese nido de ratas.

—Neik, por favor… —le corté, firme—. Te conozco. La infiltración nunca te ha gustado. Y en los interiores cerrados del castillo, te limitas. No puedes usar bien tus poderes allí dentro. Eres más útil aquí fuera… y quieres ir.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Finalmente me agarró él hombro.

—Recuerda las escaleras del castillo celestial… —su voz tembló un instante, aunque intentaba sonar firme—. Más te vale salir de una pieza de allí, ¿me oyes?

Suspiré, mirándolo con calma.

—No pasará nada, hermano. Ilya y Xane están conmigo.

Al decir sus nombres, sus ojos se posaron sobre ellos. Primero en Ilya, que se mantenía un paso detrás de mí, seria y concentrada. Luego en Xane, que inclinó la cabeza en un gesto sobrio. Neik les asintió a ambos en silencio, parecía con eso que les confiara lo más valioso que tenía.

Sin decir más, se volvió hacia el grupo encargado de la distracción.

Le miré un instante más mientras se alejaba; la tensión le comprimía el rostro como un guante apretado.

Cuando volvió la cabeza para asentir una última vez hacia nosotros, noté en sus ojos la mezcla de orgullo y miedo que siempre llevaba cuando se separaba.

Respiré hondo y volví a enfocar mi concentración mientras nos dirigíamos hacia nuestra posición.

Las casas de piedra, cúmulos de tejas y runas gastadas, albergaban ventanas bajas que miraban hacia la llanura.

En la distancia, el castillo se alzaba vagamente atendido, un corazón blindado con cuatro torreones oscuros recortados contra la luna.

Respiré despacio, notando el áspero contacto del pomo de la espada, el calor que la adrenalina iba despertando en mi cuerpo.

Uno de los rebeldes señaló en silencio la torre del este. Subimos por un estrecho pasadizo que sólo conocía Thana, que había vivido allí. Nuestras botas apenas sonaron amortiguadas por la humedad del suelo. Cuando llegamos a la base de la torre.

Nos agachamos todos pegados al muro, expectantes.

Y Esperamos.