Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 62 #3
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Capítulo 62 #3

Sus uñas, afiladas y desesperadas, arañaron mi espalda, dejando marcas que hablaron de su pasión.

En ese momento de cercanía a la pura liberación, noté las palpitaciones de ella, la intensidad escalando, embestí con toda la rapidez que ella me pedía, usando mi mano en el cabecero de la cama como anclaje.

Su cuerpo ardiendo de deseo, se dejó llevar por la ola de placer que la recorría.

Sus gemidos se convirtieron en gritos de éxtasis, una liberación que resonó en mí y en toda la habitación.

Cada uno de sus músculos se contrajo durante unos largos segundos que me parecieron una eternidad mientras miraba aquella perfección y luego se relajó en una explosión de sensaciones indescriptibles que me maravillaron.

Mientras ella, aún estaba temblando con las réplicas de su éxtasis, buscó mis besos con lentitud y ternura, sentí su respiración, aún entrecortada y cálida. Sus labios se movieron contra los míos en un beso profundo.

Se alejó ligeramente, sus ojos, aún llenos de placer, encontraron los míos. Y en ese instante, vio que mi rostro estaba esbozando una sonrisa de satisfacción y orgullo.

—¿Te ríes? —preguntó con voz suave y ligeramente indignada.

Asentí, incapaz de contener la sonrisa.

—Oh, sí. Como no sonreír ante semejante escena. —dije acercándome a ella dándole un mordisco en el labio inferior.

Con un movimiento rápido y ligeramente indignada, me empujó, rodando en la cama y poniéndose encima de mí. Sus ojos, llenos de promesas y desafío, me miraron con intensidad.

—Has aguantado porque no guiaba yo, no te creas tanto —dijo con voz, firme y segura.

Con una sonrisa pícara llena de promesas, comenzó a moverse encima de mí.

La sensación de su calor envolviéndome, de su humedad, era electrizante.

Acaricié sus senos con las manos, deseando adorarlos.

Pero ella, con un movimiento decidido, cogió mis manos y las puso por encima de mi cabeza, sujetándolas con fuerza.

—Ah no, ahora te toca a ti —dijo con voz llena de desafío. Le devolví la sonrisa, curioso y excitado, listo para seguirla a donde quisiera llevarme.

Comenzó a rotar sus caderas, acelerando despacio cada vez más sensual. La imagen de ella, con su cuerpo perfecto bañado por los reflejos de la luna, era una visión que me dejaba sin palabras. Sentí mi control desvanecerse, mi respiración volviéndose errática, un gemido escapando de mis labios.

Ella, notando mi reacción, sonrió. Comenzó a moverse de manera más intensa, sus senos moviéndose de forma rítmica hipnotizándome, una tentación que me volvía loco.

Intenté soltarme de su agarre, mi necesidad de acariciarla, de adorarla, era imperiosa.

Pero ella me sujetó con fuerza, manteniendo el control, llevándome más cerca del éxtasis con cada movimiento.

Cuando solté otro gemido entre jadeos, soltó finalmente mis manos. Instintivamente, me incorporé, mis labios y mi lengua encontrando su pezón, lamiéndolo, succionándolo. Ella comenzó a girar de nuevo encima de mí en un baile sensual.

Pasé a besar su cuello mientras mis dedos jugaban con sus pezones. Respondiendo a mis caricias, se abrazó a mí, agarrándome del pelo con la mano y con el otro brazo tras mi cuello, apretándose con fuerza contra mí, buscando más fricción, más placer, más de todo.

Escuché sus gemidos, sus jadeos cada vez más altos. Noté que ella también estaba cerca otra vez, su cuerpo temblando, sus movimientos volviéndose más urgentes, más desesperados. La sensación de su cercanía me llevó aún más cerca de mi propio deseo.

—No pares —susurró con voz llena de necesidad, otra orden que no podía ni quería desobedecer.

La fricción entre nosotros se volvió insoportablemente deliciosa. La abracé con fuerza por la cintura sintiendo cada estremecimiento, cada temblor, cada rastro de su lujuria.

Con un gemido profundo y gutural, se dejó llevar completamente, su cuerpo tensándose en una oleada de placer que la recorrió por completo. Sentí cada contracción, cada reacción, como si fueran mías en una conexión profunda. Mis propios gemidos se volvieron más intensos en un eco de su placer.

—¡Joder, si! —gritó.

Finalmente, con un último gemido, un último estremecimiento, nos dejamos llevar por la ola de éxtasis, nuestros cuerpos temblando, nuestras almas unidas, perdidos en el paraíso, en el otro, en nosotros, llegando a una liberación de todo el deseo y la necesidad que habíamos estado acumulando ambos.

El mundo exterior se desvaneció.

Nos dejamos caer sobre la cama, agotados, sudorosos, los dos respirando como si hubiésemos corrido medio continente. Me quedé mirando el techo un instante y, entre risas cortadas por el jadeo, solté:

—Joder…

Ella asintió, sin voz aún, con las piernas temblándole de forma casi imperceptible. Esa imagen me arrancó una carcajada suave, de satisfacción plena. Giró la cabeza hacia mí, me puso la mano en la cara y me empujó con suavidad, riendo de forma juguetona.

Me giré hacia ella, ya en silencio. La miré con seriedad, con ternura.

Sus ojos me sostuvieron sin esquivar, y en ese instante no hizo falta decir nada.

Mi mano empezó a trazar círculos distraídos en su brazo, suaves caricias, dibujando un camino invisible en su piel.

Se encogió un poco, acercándose más, acurrucándose contra mí.

Pasé un brazo por encima de su cuerpo, atrayéndola hacia mi pecho. Me abrazó el brazo, aferrándose con calma.

El tintineo suave de la pulsera de plata en su muñeca me sacó un instante de la calma. La piedra verde oscura, trabajada en forma de trenza, parecía absorber ligeramente la luz de la habitación. Me quedé mirándola unos segundos.

Después, cerré los ojos, dejando que el silencio y la calidez del abrazo se quedaran entre nosotros.

Incliné la cabeza y le besé la frente, una, dos veces, mientras mi otra mano se perdía en su pelo. Su respiración era tranquila, apoyada en mi pecho, y por un momento pensé que el mundo fuera de esa habitación podía esperar.

Entonces, su voz rompió el silencio, suave pero cargada de firmeza:

—Quiero ir contigo. No quiero que me dejes atrás.

Me quedé quieto, debatiéndome por dentro. No quería arrastrarla a lo que venía, pero tampoco quería romper esa paz que habíamos encontrado. Susurré contra su frente:

—Lo que necesites… lo que me pidas… es tuyo.

Sentí cómo suspiraba. Después, algo húmedo resbaló por mi pecho: una lágrima. Mi corazón dio un vuelco. Me aparté lo justo para poder verla, y con suavidad le tomé la barbilla entre mis dedos, levantándole el rostro hacia mí.

—¿Qué ocurre? —pregunté, con preocupación genuina en la voz.

Sus ojos brillaban con la luz de la lágrima que todavía no caía. Giró el rostro, con una sonrisa rota entre lágrimas, y murmuró:

—Nada… solo… soy feliz. Más feliz de lo que merezco.

Me quedé en silencio un instante, con un nudo en la garganta. Me incliné y besé primero su mejilla húmeda, luego más arriba, cerca del ojo, justo donde otra lágrima se escapaba.

—No digas eso —le susurré—. Claro que te mereces ser feliz… yo me encargaré de que lo seas, si me dejas.

No respondió. Solo se apretó contra mi pecho, con fuerza, abrazándome. Sentí sus dedos aferrarse a mí, y el ritmo de su respiración fue calmándose poco a poco, hasta que el sueño se la llevó.

Me acomodé con cuidado, sin soltarla. La miré bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana: su rostro sereno, hermoso, perfecto; las líneas de su cuerpo; las curvas desnudas perladas de sudor que la luna acariciaba.

Mi mirada se detuvo demasiado tiempo en sus senos, y tuve que cerrar los ojos y negar con la cabeza, murmurando para mí mismo, Tranquilo, Izz…

Sonreí con ironía, soltando un resoplido leve, y con ella abrazada entre mis brazos, me dejé llevar también por el sueño.

Solo unas horas.