Capítulo 62
Una vez de nuevo en la posada, me acerqué a la primera habitación que vi. Le dije a Neik y a Xane que lo mejor era que descansaran también, que lo aprovecharan. Cerré la puerta tras de mí y me quedé un segundo quieto, en silencio, intentando que la cabeza dejara de darme vueltas.
La habitación era sencilla, paredes de piedra, vigas de madera oscura y una ventana con una cortina oscura.
Había una cama de marco ancho con un colchón que parecía bastante cómodo, tenía una manta de lana áspera y por encima una piel de oveja.
En una esquina, una silla de respaldo bajo, y al lado una mesita de madera con una jarra de barro. Todo olía a lana y a humedad.
Me acerqué a la cama y me senté en la silla, cansado, la armadura me pesaba más de lo normal. Empecé a soltar las correas con desgana, dejándola caer pieza a pieza. Primero el tabardo, después la coraza, el cinto con la espada. Las botas me las quité tirándolas a un lado con un suspiro.
Me pasé una mano por la cara, agotado. El cuerpo me dolía y la cabeza me ardía de tantos pensamientos dando vueltas sin parar desde hacía ya días. La habitación estaba ligeramente en la penumbra. No la escuché entrar, pero sentí su presencia de inmediato.
Levanté la cara con pereza hacia la ventana, y la vi allí, su silueta recortada contra la luz de la luna que entraba. Me miró fijamente, sin decir nada.
Estaba cansado. Muy cansado. De todo lo que tenía en la cabeza, de todo lo que había ocurrido, y de esto. Resoplé con exasperación.
—¿Qué quieres ahora? —murmuré con la voz cortada por la resignación.
Su mirada era un desafío. Sentí que la rabia inundaba mi corazón, pero reprimí el impulso de levantar la voz.
—¿Qué es esta vez? —insistí buscando una reacción con la voz teñida de amargura y frustración. —¿Otro guantazo y un agarre para luego no dignarse ni a mirarme durante días?
Cada palabra que pronuncié era un eco de las heridas que sentía y de las batallas perdidas con ella. Su mirada perdió intensidad, por un segundo juraría que vi un destello de vulnerabilidad, que desarmó ligeramente la ira que quería mostrarle.
Bajó la mirada al suelo.
—Lo siento —susurró. —Esta vez no vengo con reproches, solo…solo quiero entenderte.
Traté de descifrar la verdad en sus ojos tras aquellas palabras.
—¿Entenderme? ¿Me estas vacilando? Soy yo el que necesita entenderte a ti.
¿De qué cojones va todo esto? —Comencé diciendo, estaba harto de la situación, con voz firme y decidida continué.
—He pasado por muchas situaciones en mi existencia, pero esto roza lo absurdo.
No soy una persona de una vez, Ilya. Ya tuve ese problema con Mor.
No me basta con las caricias que se apagan con el alba.
Ni el abrazo que muere en la sombra de una noche.
Levantó la mirada del suelo hacia mí.
—Mis deseos no son simples destellos que dan luz en la oscuridad por un instante. Nunca he buscado algo así. Lo que yo busco es una llama serena, que me acompañe, que crezca, que permanezca a mi lado.
Cerré los ojos y aparté la mirada de ella, recordando todo el dolor que había sentido los últimos días.
—No busco ser el consuelo o el recuerdo fugaz de una noche, quiero una melodía que se quede a mi lado, día tras día.
Su mirada de nuevo se volvió intensa.
—Vámonos entonces —dijo con voz segura y calmada. —Izz vámonos juntos, no les debes nada a esta gente.
Sus palabras resonaron en mi mente confundiéndome, una oferta de un futuro incierto.
Se acercó a mí, su mano cálida y firme contra mi pecho. El tintineo de una pulsera de plata que no había visto antes en su muñeca, con una piedra incolora de diamante en forma de trenza, colgaba llamando mi atención brevemente, pero me centré y volví a mirarla a los ojos.
—¿Qué me vaya contigo? ¿Después de cómo me has tratado estos días sin explicarme una mierda? —dije, intentando sacar de mi cabeza esa idea que me tentaba.
Su mano se movió, sujetando mi cara con firmeza. Sentí su piel contra la mía con un toque caliente. Me mantuvo prisionero de su mirada, desafiándome.
Su frente entonces se inclinó buscando la mía, la correspondí frustrado, acercándome despacio intentando no ceder ante ella, pero me costaba horrores, el olor a lilas y jazmín destruyo la poca resistencia que podía ofrecerle y terminé juntando mi frente a la suya.
Sentí su aliento cálido contra mi piel, mezclándose con el mío en un baile de respiraciones entrecortadas.
—Estoy cansado —le susurré.
—Lo se…lo siento —respondió pasando sus dedos por mi mejilla con lentitud.
Sus labios buscaron los míos, me rendí a su búsqueda acercándome también, saboreando lentamente cada milímetro de distancia que se reducía entre nosotros.
Nuestros labios se encontraron en un beso suave y tibio, sentí un encuentro entre dos almas que habían estado esperando durante mucho tiempo. Una promesa de ternura y cariño.
Sus manos recorrieron mi cara y terminaron entrelazándose en mi cabello, tirando suavemente, mientras yo la envolvía en un abrazo apretado, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo contra el mío.
El mundo fue dispersándose a mi alrededor dejándome solo la sensación de su piel, el sabor de sus labios y el latido de su corazón.
La cercanía era electrizante, y cada respiración era un eco del deseo que la envolvía.
—Ilya…No es justo —dije, intentando enfocar toda la concentración que me podía permitir.
—Shh… —respondió ella acercando sus labios de nuevo a los míos.
Sentí el roce de sus labios otra vez. Nuestros besos se empezaron a volver más profundos, explorando cada rincón de la boca del otro con una pasión tranquila y calmada.
Sus manos, encontraron mi torso y mi cadera, trazando senderos de afecto que me llenaban de calidez. Cada caricia, cada beso, era una declaración de amor, una invitación a perderme en ella completamente.
Sus labios se movían contra los míos con una delicadeza que me hacía sentir vivo de una manera que hacía mucho había olvidado.
Sus manos, trazaban patrones perezosos aprendiendo cada curva y cada línea de mi cuerpo.
No había prisa, solo una sensación de paz y pertenencia. Nos apartamos ligeramente, nuestros ojos encontrándose en un intercambio silencioso. Vi en sus ojos un reflejo de mi propio deseo.
Sus labios descendieron a mi cuello, dando besos suaves, haciendo que mi piel se erizara. Mis manos se enredaron en su cabello, acariciándolo con suavidad, sintiendo la textura sedosa entre mis dedos.
Con un movimiento lento y seguro, sus manos bajaron hasta el dobladillo de mi camisa. Sentí la ligera presión de sus uñas contra mi piel. Levantó la tela, sus ojos nunca dejando los míos y continuó despojándome de la prenda con lentitud.
La camisa cayó al suelo mientras su mirada recorría mi torso desnudo. Me sentí ligeramente vulnerable, pero también seguro, protegido por la intensidad de su mirada y la ternura de sus caricias. Pasó los dedos rozándome la piel, explorando cada músculo.
Sentí la profundidad de su afecto, y empecé a responder con la misma pasión, apretándola contra mí, sintiendo cada curva de su cuerpo contra el mío.
Mis manos encontraron el dobladillo de su camisa. Con un movimiento decidido, pero suave, comencé a levantarla, sintiendo la suavidad de su piel. Se apartó ligeramente, permitiéndome despojarla de la prenda, sus ojos me miraban con confianza.
La camisa cayó al suelo, mientras mis ojos recorrían su torso desnudo. La belleza de su figura, la perfección de sus curvas, me dejó sin aliento. Exploré con la yema de los dedos cada curva, con una reverencia que hablaba de mi admiración por ella.
Una sonrisa se escapó de mis labios, cuando mis ojos recorrieron su cuerpo hacia su rostro, ella también sonreía.
La atraje hacia mí con fuerza, alineándola en una curva perfecta. Sentí su respiración mezclándose con la mía.
Cogió mi mano, entrelazando nuestros dedos. Con una sonrisa socarrona, comenzó a caminar de espaldas hacia la cama, tirando de mí suavemente, sin perder el contacto visual. Esos ojos azules, juguetones y llenos de picardía, me atraían como un imán.
Llegamos al borde de la cama, y con un movimiento lento y seguro, se recostó hacia atrás, la sostuve con un brazo por la cintura dejándola caer con delicadeza y la seguí, colocándome encima de ella, sin soltar del todo el peso de mi cuerpo.
Pero sus brazos se enroscaron alrededor de mi cuello, atrayéndome hacia ella. Buscando ese contacto primitivo. Sus labios tentadores, buscaron los míos de nuevo. Nuestras bocas danzaban en un baile de ternura, explorando cada sensación.
Sentí como su respiración se aceleraba y mi propia respiración hizo lo mismo en respuesta.
Comenzó a mover las caderas buscando el roce, de manera lenta y rítmica, haciéndome sentir un calor intenso que recorrió mi cuerpo por dentro. El roce de su cuerpo contra el mío, la presión de sus movimientos, me quitaban la cordura poco a poco.
Casi sin poder evitarlo, por puro instinto mi mano se agarró a su cadera, queriendo seguir el ritmo de sus movimientos, y presioné con lentitud hasta que su calor me atravesó los pantalones.
Nuestros besos se volvieron más intensos.
Cuando notó la dureza en mis pantalones, un gemido escapó de sus labios, un sonido que resonó en mi alma, avivando más el fuego que ya ardía dentro de mí.
Mis labios se movieron a su cuello, dando besos ahora con algo más de intensidad, sintiendo su piel erizarse bajo ese contacto. Mis manos, trazaron líneas hasta que se encontraron con sus senos, acariciándolos.
Continuó moviendo sus caderas, la presión de sus movimientos, me llevaban al límite de mi control. Quería disfrutar de todo lo que ella podía ofrecerme.
Mis labios comenzaron a trazar un camino de besos descendiendo lentamente, saboreando cada centímetro de su piel. Cada gemido que escapaba de sus labios era una maravillosa melodía en mis oídos que me acompañaba en el descenso.