Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 61 #3
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Capítulo 61 #3

Nos acomodamos alrededor de la mesa, cada uno tomando asiento con más tensión que comodidad.

La luz de las lámparas de aceite colgando de las paredes daba un resplandor ámbar, proyectando sombras sobre el mapa desplegado.

Thana se quedó un instante de pie, sus dedos recorriendo la superficie rugosa de la mesa.

Y tras unas introducciones y presentaciones, levantó la mirada y con calma solemne.

—Conozco una entrada oculta al castillo de Darmund —dijo. —Un pasadizo antiguo, excavado en los tiempos de mi padre, conecta las catacumbas con los cimientos de las cuatro torres que habitan las esquinas del castillo. Es estrecho, húmedo, pero es la única forma de entrar sin ser detectados.

Hubo un murmullo apagado entre sus acompañantes, y yo, sin pensarlo, levanté la mano para frenar aquella idea antes de que prendiera en el aire.

—Si vuestro plan es asesinar al regente actual, no contéis conmigo. —Mi voz sonó firme, quizá demasiado cortante—. No me niego a enfrentarme a él, pero solo participaré si la intención es capturarlo.

Los ojos verdes de Thana se clavaron en mí, inquisitivos, midiendo mi convicción. Antes de que replicara, Neik rompió el silencio con su franqueza habitual.

—¿Por qué no lo habéis hecho antes? Si teníais esa entrada secreta, ¿qué os lo impedía?

Thana inspiró hondo, sin sorprenderse por la pregunta.

—Porque es un riesgo. Demasiado grande. —Apoyó las palmas sobre el mapa, inclinándose hacia nosotros—.

Si fallamos, el pasadizo quedará descubierto y sellado para siempre.

Solo tenemos una oportunidad. Además, para aprovecharlo habría que crear una distracción fuera, un ataque directo para desviar la guardia del castillo.

Eso costaría vidas de mis hombres… vidas que no recuperaríamos si no logramos acabar con el regente rápido y de manera eficaz.

Hizo una pausa, sus ojos endurecidos, la voz cargada de un dolor contenido.

—Y no somos muchos. Como bien podéis ver, los rebeldes están divididos en varias facciones. Si sacrifico a los míos sin una razón de peso, las otras facciones usarán ese fracaso como argumento para acabar con lo que quede de nosotros.

Su tono cambió entonces, bajando un poco, más cercano, más personal.

—Detener una guerra, merece la pena el sacrificio.

—Sus ojos me buscaron directamente, sosteniéndome la mirada con una intensidad que me incomodó—.

Y por eso necesitamos vuestra ayuda. Porque tú, hijo de Noczar, puedes detener el ataque de tu padre.

Lo que tu espía nos ha contado sobre el tratado de paz puede que sea la única cosa que salve las vidas inocentes de mi pueblo.

Pero necesitamos que alguien hable en nuestro nombre, tú serás escuchado como la verdad, no como un truco de enemigos desesperados a las puertas de la masacre.

Sentí el peso de la sala volcarse sobre mí. El silencio se hizo espeso, hasta que finalmente asentí con la cabeza.

—No puedo prometer que mi padre me escuche, pero según el anillo, el tratado de paz amparara de nuevo a Darmund si te instauramos como regente.

Ya que su recelo es frente al que se sienta actualmente en el trono.

Acepto ayudarte en esto, capturaremos al regente actual y te pondremos a ti en su lugar, luego te apoyare en la diplomacia con el anillo y con mi padre, en la medida de lo que me sea posible.

Thana dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Hizo una reverencia a modo de agradecimiento y luego se incorporó, y con un gesto señaló de nuevo el mapa.

—Entonces hay un único problema. —Sus dedos se movieron por los pasadizos trazados, hasta llegar a la marca que representaba el interior del castillo—. Una vez dentro… no sabemos qué habitación ocupa el regente. Cambia sus aposentos constantemente por miedo a los traidores.

El murmullo volvió a extenderse entre los suyos.

—Deberíais descansar —añadió —las habitaciones de arriba son mía y de mi círculo cercano, pero como gesto de buena fe dormiremos aquí abajo, son vuestras hasta que os marchéis de Darmund.

Me quedé mirando la madera de la mesa y el fuego cansado que chisporroteaba en las linternas de aceite; algo en su voz tenía el filo de quien sabe que necesita vender confianza.

—No podemos perder tiempo —dije, sin mirar a nadie—.

El ejército de Noczar parte mientras hablamos, les quedan pocos días para llegar.

No tendremos margen para calmar su fuego y ansia de guerra si no hemos terminado aquí lo que tenemos que hacer antes de que lleguen.

El ataque tiene que ser hoy, pasada la medianoche.

Xane asintió con calma. Neik soltó un gruñido que era su versión de aprobación; su mirada me buscó y encontré en ella la típica confianza absurda, la de siempre.

—Si tú saltas, yo salto detrás, aunque el puente esté roto.

Thana me observó. Noté que calculaba no solo los tiempos sino la geometría del plan.

Tenía la mandíbula apretada. Me dio la impresión de que su mente barría las posibilidades del tablero de guerra y, por debajo, una lista interminable de nombres con los que no quería cargar después de aquella noche.

—Puedo arreglarlo —dijo al fin, con firmeza, sin adornos—. Quedan unas horas. Preparaos. Revisad las armas. Dormid un rato si podéis; yo haré los preparativos y organizaré rutas de escape en caso de que la cosa vaya mal.

Me levanté, me masajeé la nuca y miré a los rostros que habían tomado la decisión conmigo y asentí.