Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 61 #2
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Capítulo 61 #2

Al poco rato, la puerta del salón se abrió y entraron dos mujeres que parecían haber sido escogidas a propósito para romper la monotonía del viaje.

Reían con naturalidad, con un deje pícaro en los labios, y sus ojos recorrían la estancia con esa chispa de quien sabe que es agradable a la vista.

Sus vestidos eran ajustados, de telas finas, pero con un aire local, mostrando más piel de la que tapaban.

Neik fue el primero en reaccionar, cómo no. Sus ojos las siguieron descaradamente, y hasta se incorporó en el sofá con brillo en la mirada. Yo, en cambio, me limité a aceptar en silencio una jarra de cerveza que una de ellas me tendió, asintiendo con un gesto breve de agradecimiento.

Xane, ni se inmutó: permanecía en su rincón, imperturbable, para él, aquellas dos presencias eran poco más que ruido en la sala.

Neik miró a una de ellas con sonrisa insolente. Ella soltó una carcajada, y luego, inclinándose con picardía, replicó:

—Lo siento, guapo, pero nosotras no estamos en el menú.

El gesto de Neik se torció con exagerada tristeza, llevándose una mano al pecho como si le hubieran roto el corazón en ese mismo instante.

No pude evitar mirarlo, algo entre resquemor y molestia se me acumulaba en el estómago.

Su desparpajo habitual y tranquilidad, habiendo gozado de placeres, mientras yo solo recogía cicatrices y dolores.

La comparación era inevitable, amarga, hiriente.

Como si me leyera, Neik me lanzó una mirada rápida, que siempre parecía desnudar mis pensamientos antes de que yo los dijera.

—Si las convenzo… podemos compartirlas. —Lo soltó igual que si ofreciera hidromiel, con total desparpajo.

Resoplé, llevándome la jarra a los labios con frustración.

—Eres un idiota.

Sonrió, satisfecho de haber arrancado una reacción de mí, y contraatacó con un tono burlón:

—No, lo que pasa es que tú eres un viejo amargado.

La risa de las dos mujeres llenó la sala, ligeras y descaradas. Apreté la mandíbula y me recliné hacia atrás, dejando que el sabor fuerte de la cerveza me quemara la lengua, intentando ignorar tanto sus palabras como el vacío incómodo que me había dejado por dentro.

Pasó lo que me pareció una eternidad. El tiempo se deshacía entre las risas de Neik y las dos mujeres, sus juegos de palabras y sus tonterías descaradas llenaban la estancia.

Xane, apoyado contra la pared, permanecía con los ojos cerrados, inmóvil, parecía que estuviera dormido, aunque yo sabía que difícilmente podía bajar la guardia.

De vez en cuando, alguna de las mujeres se me acercaba, intentando arrancarme una sonrisa, una palabra, algo…

pero no había nada que darles. Estaba demasiado cansado, resignado, con la cabeza hecha un amasijo de pensamientos oscuros.

Al final, me levanté. El sofá me resultaba asfixiante. Agarré otra jarra de cerveza de una de las bandejas que rondaban por la sala y, sin pensarlo demasiado, fui a apoyarme contra la pared, al lado de Xane.

Le tendí la jarra sin decir nada. Él la tomó sin abrir los ojos y durante un instante me pareció que estábamos unidos por un extraño hilo invisible.

Lo observé en silencio, esa calma impenetrable que llevaba siempre consigo, y sentí un calor raro, distinto, en el pecho.

Era la sensación de cercanía, parecida a cuando me reencontraba con Neik después de un tiempo sin vernos, sentía que el tiempo que había pasado vagando por su mente a través del anillo me había dejado con la sensación de que le conocía de toda la vida.

Xane, quizá notando mi mirada, abrió apenas un ojo y dejó asomar una leve sonrisa.

—¿Qué me cuentas?

No pude evitar sonreír de vuelta, y murmuré:

—¿Por qué tengo la sensación de que quiero darte un abrazo?

Xane se encogió de hombros con una tranquilidad envidiable.

—Porque tu corazón es bueno. —Su voz era suave, casi burlona, pero no carente de sinceridad—. Nyx no se siente así cuando usa los anillos. Él no deja ver nada, nunca.

Lo miré de reojo, parpadeando, sorprendido.

—¿A qué te refieres?

Xane volvió a cerrar los ojos, con esa sonrisa ligera que parecía guardarse siempre para sí mismo.

—Cuando Nyx usa el anillo, cubre bien sus pasos.

No queda rastro alguno, ni emoción, ni eco.

En cambio, tú… tú dejas huellas. Sentimientos, preocupaciones, dudas.

Es como caminar por la nieve: imposible no ver por dónde has pasado.

—Hizo una pausa breve, y luego añadió—. Y sí, también me siento más cercano a ti por eso.

—Lo siento —dije, avergonzado—. No lo sabía. No quería… invadir o dejar mis propias preocupaciones en ti.

Xane negó despacio, sin abrir los ojos y con tono cálido dijo:

—No pidas perdón. Es… agradable por una vez tener alguien así en la cabeza. Reconfortante, incluso. Saber que alguien hurga en mis recuerdos y, en vez de intentar torcerlos para su propio beneficio, solo se preocupa. Es distinto. Es humano.

Me quedé en silencio un momento, sintiendo un nudo en la garganta. Lo miré otra vez de reojo, y esta vez sí, la sensación de parecer llevar años sin ver a un amigo y querer abrazarlo al reencontrarte con el me golpeó aún más fuerte.

La puerta de la posada se abrió con un chirrido lento.

Una mujer entró, con porte regio pese a la sencillez de su atuendo.

Su cabello era rojo fuego, trenzado con cuentas de hueso y bronce, la piel clara marcada con símbolos tribales que parecían más cicatrices que pintura.

Los ojos, verdes como un bosque profundo, parecían atravesar el aire mismo.

La acompañaban una mujer y un hombre, armados hasta los dientes, guardias más de confianza que simples soldados.

Instintivamente miré hacia Xane, y él asintió despacio, confirmando sin necesidad de palabras. Thana. La hija del regente asesinado.

Se adelantó un paso, inclinándose en un gesto que parecía más un reconocimiento que una reverencia y con voz firme pero melódica dijo:

—Perdonad la tardanza. Por favor, si ya os habéis acomodado… pasemos a hablar de lo importante.

La mujer que la acompañaba a la derecha abrió una puerta lateral en silencio, esperando a que Thana cruzara primero. Ella lo hizo con la cabeza erguida, sin titubeos. El hombre que quedaba en retaguardia se volvió hacia nosotros, extendiendo la mano con una cortesía áspera.

—Por aquí si sois tan amables.

Le seguimos. Los pasadizos que se abrían tras aquella puerta eran opresivos, angostos y retorcidos.

Cada esquina se cerraba sobre nosotros, parecía tallado a golpes de martillo en la roca húmeda.

El suelo estaba marcado de huellas y gotas de agua caían con un eco intermitente que acompañaba cada paso.

Las antorchas clavadas en las paredes proyectaban sombras deformes que se estiraban hasta parecer criaturas acechantes.

Finalmente, los corredores dieron paso a un espacio más amplio: una mazmorra subterránea, la base de los rebeldes.

Era un lugar de crudeza absoluta. Catres simples de madera con mantas ásperas se alineaban contra las paredes; mesas que sostenían montones de papeles, cartas con sellos rotos y mapas dibujados a mano.

Había armas apoyadas en barriles y estantes: lanzas, hachas cortas, espadas de hoja ancha, todas desgastadas pero afiladas con esmero.

Un par de hombres revisaban las correas de sus escudos, mientras al fondo una mujer murmuraba plegarias junto a un brasero de carbón.

Era la viva imagen de una resistencia en pie de guerra.

Recorrimos la zona en silencio, hasta que Thana se detuvo frente a una habitación más apartada.

El espacio era pequeño, de techo bajo, y en el centro una mesa ocupaba casi toda la estancia.

Sobre ella se extendía un mapa detallado del Castillo de Darmund, con anotaciones en tinta roja y marcas de carbón que mostraban puntos de guardia, rutas de patrulla y accesos ocultos.

Rodeando la mesa había varias sillas, todas distintas, recogidas de cualquier lugar donde pudieran encontrarlas.

Thana apoyó ambas manos sobre la madera, con autoridad.

—Tomad asiento. Por favor.