Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 61
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Capítulo 61

El viaje nos tomó tres días completos. Los corceles umbrae eran criaturas magníficas: de un pelaje largo y sedoso, oscuros, veloces, resistentes, con esa extraña mezcla entre lo etéreo y lo tangible que siempre imponía respeto.

Cabalgarlos era igual que deslizarse sobre la sombra misma, cada zancada un latido acompasado con el nuestro.

El trayecto, sin embargo, se sintió incomodo.

Neik, aunque fiel a su costumbre de lanzar comentarios y bromas para aligerar el ambiente, no parecía tener la chispa de siempre.

Forzaba las sonrisas, intentando no generar más incomodidad que la tensión que flotaba entre Ilya y yo.

Cada vez que hablaba, sus palabras quedaban atrapadas en la tensión invisible que nos rodeaba.

Ilya apenas hablaba. Montaba erguida, con la mirada fija en el horizonte.

Solo los corceles parecían realmente vivos, avanzando con una energía incansable que nos empujaba hacia delante.

En las noches, cuando acampábamos, el silencio se hacía casi insoportable.

La única excepción fue la última noche, ya en tierras de Trizandia: Ilya vertió sus polvos sobre la hoguera, y las llamas estallaron en un verde espectral que iluminaba los rostros con una viveza antinatural.

Por un instante, el ambiente cambió; Neik se quedó hipnotizado, yo también, aunque en el fondo no sabía si admiraba el espectáculo o la sombra que proyectaba sobre el rostro de ella.

Al caer la tarde del tercer día, alcanzamos la parte alta de un sendero rocoso. El aire era fresco y cargado de humedad, y al levantar la vista allí, extendida al fondo del valle, Darmund.

Las murallas oscuras emergían creando cicatrices en el paisaje, y más allá las torres se alzaban incrustándose en el cielo enrojecido por el ocaso. El corazón me dio un vuelco. Había imaginado ese momento varias veces durante el viaje.

Me quedé en silencio, observando la ciudad, sintiendo a mi lado a Neik suspirar con los brazos en jarra, y a Ilya inmóvil, contemplando en silencio lo que alguna vez fue su hogar.

Descendimos por el sendero pedregoso que conducía a la ciudad, y cuanto más nos acercábamos, más intensa era la atmósfera. Las murallas de Darmund eran oscuras, altas, de un basalto ennegrecido por siglos, parecía hechas para mantener a raya tanto al invasor como al habitante.

En la parte superior, estandartes deshilachados ondeaban con símbolos que había visto años atrás durante mis viajes, pero igual de inentendibles: nudos entrelazados y espirales que recordaban a los viejos magos salvajes que había oído hablar en cuentos, pero teñidos con tintes rojos y negros que daban la impresión de advertencia más que de orgullo.

A medio camino del sendero, una figura surgió de entre las sombras que proyectaban los peñascos: Xane. Su porte sereno contrastaba con el aura de urgencia que emanaba de sus ojos. Nos entregó unos papeles doblados, sellados con cera rota.

—Con esto podéis pasar sin problemas la puerta principal —explicó en voz baja—. Los ha conseguido Thana, la hija del regente caído.

Asentí, y seguimos la marcha.

La entrada a la ciudad fue igual que traspasar un umbral entre mundos. Los guardias, vestidos con armaduras toscas, de cuero endurecido y metal oscuro con símbolos rúnicos marcados en las hombreras, apenas miraron los papeles antes de dejarnos pasar.

Dentro, el aire estaba impregnado de un olor intenso a hierro y sudor.

Las calles eran estrechas, empedradas de forma desigual, flanqueadas por casas de piedra oscura y techos de paja.

Las ventanas eran estrechas, cubiertas con pieles en lugar de cristales, y de ellas salía un resplandor rojizo de hogueras internas.

Los habitantes, curtidos y fieros, caminaban envueltos en mantos con diseños tribales: espirales, animales entrelazados, marcas en la piel de colores vividos, azules y verdes. Portaban collares de hueso y cuchillos colgados del cinturón.

Pasamos frente a una forja, donde dos hombres martillaban el hierro mientras entonaban un cántico gutural.

Más adelante, un grupo de niños con el rostro tiznado corrían descalzos, haciendo rodar una rueda de madera por el empedrado, riendo con un sonido que parecía chocar contra la gravedad opresiva de la ciudad.

Xane caminaba con paso seguro, conociendo cada rincón, cada sombra, y nosotros tras él.

Finalmente nos condujo hasta una posada en una de las calles principales. El edificio era robusto, construido en piedra con un tejado inclinado cubierto de musgo, y en la entrada colgaba un estandarte con un símbolo tallado en madera: un ciervo de múltiples cuernos, envuelto en espirales oscuras.

Dentro, la luz era cálida pero tenue, iluminada por hogueras que ardían en braseros de bronce. El olor a cerveza, carne ahumada y hierbas impregnaba el aire.

Xane se volvió hacia mí y habló en un tono bajo, pero firme:

—Esta posada está con los rebeldes de Thana. Descansaremos aquí hasta el anochecer. Ella vendrá entonces.

Lo observé un instante y asentí, sin añadir nada más.

Neik me agarró del hombro con firmeza, obligándome a girar la cabeza hacia él. Lo miré interrogante, y entonces seguí el rumbo de su mirada. Un vacío me recorrió el estómago: Ilya no estaba. Algo se quebró dentro de mí, noté un hilo invisible que me mantenía entero arrancado de golpe.

Xane, mantuvo su serenidad.

—La noté separarse de nosotros al entrar en la posada —dijo. —¿Quieres que la busque?

Abrí la boca para responder, pero lo único que salió fue un suspiro amargo. Cerré los ojos un instante.

—No. —dije finalmente. —Mejor que no.

Xane no replicó, simplemente inclinó la cabeza y señaló hacia las escaleras que subían a las habitaciones. Neik me lanzó una mirada de costado, buscando quizá en mi rostro alguna respuesta, algún gesto que aclarara qué diablos estaba pasando conmigo. Yo no tenía ninguna.

Subimos en silencio. El pasillo de arriba estaba iluminado por antorchas clavadas en soportes de hierro, que chisporroteaban lanzando sombras caprichosas contra las paredes de piedra.

Cuando me acerqué a la primera puerta del lado derecho, mi cuerpo se tensó.

No tuve que abrirla: ya estaba entreabierta, y la visión del interior era devastadora.

—Por los fundadores… —murmuré.

Neik, con su descaro habitual, fue el primero en romper el silencio:

—Menuda locura. ¿Qué ha pasado por aquí? ¿Un oso en celo?

La habitación estaba hecha trizas. No había un rincón intacto: la cama reducida a astillas, las paredes arañadas con grandes surcos de algo parecido a garras, el suelo cubierto de fragmentos de madera, tela y piedra.

Todo emanaba una violencia visceral, caótica.

Pero no era un caos vacío; había algo en el aire, un residuo vibrante, parecido a la estela que deja la magia.

Xane se acercó curioso por nuestro repentino detenimiento, cruzó el umbral sin inmutarse. Observó en silencio, luego se encogió de hombros.

—Según he aprendido desde que estoy aquí, en Darmund…

la magia no funciona como la que conocemos.

No es refinada, ni controlada como la de los magos de la corte que tenemos en Noczar.

Ni tampoco basada en los elementos como los altos magos de Palamia.

Aquí es más monstruosa… más natural. Más pura.

Más salvaje. —Se giró hacia mí, sus ojos verdes reflejando las llamas de las antorchas—.

Hay quienes pierden el control por completo, sobre todo en momentos…

como el clímax. Hay que tener cuidado de acostarse con un mago por aquí.

Se rascó la nuca con una sonrisa incomoda y salió de la habitación retomando la guía. Neik miró hacia Xane, luego hacia la habitación y luego volvió la mirada hacia Xane.

—¡Sera bribón! —luego miró hacia mí. —Parece ser que el único pringado que no moja eres tú.

Suspiré.

Xane avanzó sin prisa, ignorando a Neik sobre aquella destrucción.

El pasillo se abrió en un pequeño salón acogedor, de esos que parecen pensados para invitar al descanso tras días de camino.

Había una chimenea central de piedra negra, rodeada por sofás tapizados en cuero curtido, desgastados por el uso, pero aún firmes.

Las paredes, de madera oscura, estaban decoradas con cuadros pintorescos: escenas de caza, símbolos entrelazados de nudos y algún retrato que transmitía más misterio que otra cosa.

Neik aceleró el paso y se dejó caer en uno de los sofás con un bufido exagerado, cruzando una pierna sobre la otra satisfecho.

—Me encanta el diseño de este sitio… —dijo con tono teatrero, palmeando el respaldo con aire dueño del lugar.

Yo me dejé caer en el sofá de enfrente, hundiéndome en el cuero blando con un suspiro cansado. Me llevé la mano a la frente, frotándome los ojos.

—Qué bien empezamos el viaje… —murmuré, con un amargor inevitable en la voz.

La imagen de Ilya regresó. ¿Por qué había desaparecido sin decir una palabra?

Intentaba encontrar una explicación lógica, pero todas se me escapaban igual que el agua entre los dedos.

Quizá… quizá tenía familia aquí. Nunca le había preguntado.

Nunca me había parado a pensar en su pasado más allá de lo que siempre había visto con mis propios ojos: una esclava marcada por el yugo, endurecida por los años de sometimiento.

Pero, ¿y si no lo había sido siempre? Tal vez tuvo un hogar, amigos…

personas que la recordaban de otro tiempo menos oscuro.

Suspiré, dejando escapar esa maraña de dudas que me ahogaban más cuanto más las apretaba.

Neik, viendo mi gesto, soltó una risa breve.

—No te vayas tan lejos. Aún no hemos ni calentado la silla.

Intenté sonreír, aunque salió más como un gesto cansado que como una mueca de humor real.

Xane, mientras tanto, permanecía de pie, apoyado de espaldas contra la pared, los brazos cruzados sobre el pecho. Su semblante era el de siempre: sereno, impenetrable.

El chisporroteo de la chimenea llenó el silencio entre nosotros.