Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 60
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Capítulo 60

El amanecer apenas lograba filtrarse por las cortinas mal cerradas cuando me incorporé en la cama, con la cabeza embotada y los músculos agarrotados por la falta de sueño.

Un terrible dolor palpitaba entre mis piernas.

Había pasado la noche dando vueltas, atrapado entre pensamientos confusos y recuerdos que se mezclaban entre sí, sin sentido alguno, hasta que el cuerpo se rindió a medias sin llegar a descansar de verdad.

Me senté al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, y me froté la cara con ambas manos.

Sentía un dolor sordo en la sien, la mandíbula cargada de tensión.

Cada movimiento me pesaba igual que si cargase con una maldita armadura completa.

Refunfuñé, más conmigo mismo que con nadie, y terminé por obligarme a ponerme en pie.

Caminé hacia la puerta arrastrando los pies, todavía con esa torpeza propia de quien no sabe si sigue soñando o ya ha despertado del todo. Giré el picaporte y abrí, sin pensar demasiado en lo que me esperaba afuera.

Mor pasó justo frente a mí, tan cerca que su perfume y el calor de su piel me envolvieron por un segundo.

Estaba completamente desnuda, con el cabello revuelto cayéndole desordenado por los hombros y la espalda.

La escena fue tan inesperada que parpadeé varias veces, incrédulo, con el cerebro perplejo a lo que estaban viendo mis ojos.

Mi primera reacción fue pensar que aún seguía atrapado en un sueño extraño.

Tragué saliva, y giré la vista hacia la derecha, por la dirección donde ella había venido.

Allí estaba Neik, apoyado con desparpajo en el marco de la puerta de su habitación con los brazos cruzados sobre el pecho, en calzoncillos y con una expresión indescifrable.

Nuestros ojos se encontraron. Se encogió de hombros y dejó escapar un suspiro resignado esbozando una sonrisa ladeada.

Sin decir palabra, se giró y se metió de nuevo en su cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

Permanecí inmóvil, con la mano aún en el marco de la puerta, la cabeza dándome vueltas. Mor, sin prisa alguna, desapareció hacia el otro extremo del pasillo sin mirar atrás.

Por un instante, me quedé allí clavado, preguntándome si la vigilia no estaba jugando conmigo. El silencio del pasillo, tras ese breve encuentro, era intenso.

Bajé las escaleras arrastrando todavía esa pesadez.

En la cocina apenas me molesté en improvisar nada elaborado: un trozo de pan duro, un corte de carne fría y listo.

Con ello en mano salí al porche y me dejé caer en el banco de siempre, intentando que la brisa de la mañana me despejara más que aquel desayuno.

Al poco rato escuché pasos detrás de mí y un suspiro largo, cansado, antes de que Neik se sentara a mi lado. Se quedó un instante en silencio, mirando hacia el horizonte.

—Mor es un personaje curioso —dijo pasados unos minutos.

—Lo sé —respondí mientras masticaba despacio sin girar el rostro hacia él.

Bajó un poco la voz, pesándole lo que iba a decir.

—Anoche… Nos usamos mutuamente.

Cerré los ojos un segundo, apoyando la espalda contra el banco. No quería oír explicaciones, y sin embargo las palabras se clavaban igual que las espinas de un rosal.

—No tienes que explicarme nada, Neik —dije al fin, con un tono cansado—. Siempre he sido claro con Mor, al menos en palabras… últimamente todo ha sido un puñetero desastre y no sé si he hecho algo bien o mal en todo esto.

Me llevé la mano a la frente, sujetándome la cabeza, cerrando los ojos intentando ordenar los pensamientos que llevaba dentro. Sentía un manojo de confusión, cada recuerdo de Mor se superponía con las cicatrices del pasado y las contradicciones del presente.

Neik, en cambio, no parecía dudar.

—Nadie es perfecto, Izz. —Su voz sonó serena, sin reproche alguno—. No te juzgo, y ella tampoco lo hace.

Abrí los ojos y lo miré de reojo, pensando si él sabría realmente la historia entera.

Cómo Mor me había buscado en aquella primera noche que compartimos juntos, sin que yo supiese nada sobre ella, pero ella lo supiese todo sobre mí.

Cómo había jugado conmigo sabiendo que yo era el hijo del rey. Cómo me había usado en una noche de lujuria para abrirse camino hacia la Legión Umbrae, para acercarse a Nyx. Y desaparecer sin saber nada de ella hasta que descubrí que se había convertido en su segunda.

Aquello había marcado una herida en mí que, aunque los años la habían cubierto, seguía ahí, latente.

Neik me sostuvo la mirada con calma. Me conocía desde hacía tantos años que casi parecía leerme por dentro.

—Lo sé —dijo finalmente, sin rodeos—. Me lo contó anoche.

Me quedé helado un instante.

—Es tonta, sí… pero tiene los pies en el suelo —añadió encogiéndose de hombros.

—Creo que lleva tiempo cargando con una mezcla extraña.

Se arrepiente por aquello que te hizo desconociendo tus sentimientos por ella en aquel entonces y ahora, confusa, sin saber realmente a quién ama o qué hacer con su propia vida.

Las palabras quedaron flotando entre nosotros. Me quedé quieto, con el pan en la mano, sin darle un bocado más. Al final, suspiré hondo con imágenes de Ilya anoche en mi habitación y solté con ironía amarga:

—Parece que es un problema común…

Neik ladeó la cabeza, curioso, intuyendo hacia dónde iba esa frase.

—¿No pasó nada ayer con Ilya? —preguntó, directo, con esa franqueza suya que pocas veces se mordía la lengua.

Negué despacio, llevándome el trozo de pan a la boca con desgana.

—No. —respondí.

Se quedó mirándome fijamente unos segundos, y luego frunció el ceño con lo que parecía haber llegado a una conclusión repentina.

—Te gustan los hombres, ¿verdad?

Levanté una ceja y giré el rostro hacia él, dejando que se dibujara una mueca entre la sorna y el cansancio.

—¿Te ofreces?

Neik soltó una carcajada seca, golpeándome con el hombro.

—Qué bastardo que eres.

No pude evitar reírme también. La complicidad de tantos años se impuso a cualquier duda, y nos quedamos los dos allí, riéndonos como idiotas bajo la luz de la mañana.

—Bueno, es hora de ir tirando —dije levantándome, sacudiéndome las migas del pantalón.

Neik asintió, se levantó conmigo y entramos juntos. Al cruzar el umbral, lo primero que vimos fue a Ilya inclinada sobre el sofá, ajustando las correas de un petate.

Neik soltó un silbido burlón, entre divertido y malicioso, anticipando la tormenta que se me venía encima. Me dio una palmada en el hombro al pasarme por el lado.

—Suerte —susurró, y desapareció por el pasillo con una sonrisa de medio lado.

Me quedé allí, quieto, sin saber si respirar hondo o dejarme llevar por el peso de la fatiga.

Me acerqué con paso lento, intentando ordenar las palabras antes de que salieran de mi boca, pero no tuve ocasión.

—Voy a ir —soltó Ilya de golpe, sin mirarme siquiera—. No vas a dejarme aquí otra vez. Y, además, vas a ir a mi casa… así que vuelvo yo también.

La frase se quedó flotando en el aire pareciendo un desafío, o tal vez, un recordatorio de algo más profundo.

Me debatí en silencio, intentando descifrar qué demonios significaba aquello. ¿Iba a quedarse allí después? ¿Era una decisión definitiva o solo una manera de afirmarse para que nos acompañase y no dijese nada?

Sin ganas de hablar y nada que decir, di media vuelta, subiendo las escaleras hacia mi cuarto.

El cuerpo me pesaba hasta el punto de la extenuación.

Una vez en la habitación, me pertreché como Orion, ya que me sabia defender mejor y era mi autentica forma de combate, el escudo y Lux, la espada que me regaló Neik.

Dejando la espada y ropa más bien ceremoniales de Izz en el armario.

Preparé mi petate con desgana, doblando la ropa con torpeza, echando lo necesario casi sin pensar.

Cuando al fin salí de la casa, cerrando la puerta tras de mí, me encontré con Mor en el inicio del sendero. Tenía la mano sobre el cuello de uno de los cuatro caballos ensillados, acariciándolo con calma. Sus ojos, serenos pero atentos, se alzaron hacia mí apenas me oyó llegar.

El contraste entre la tensión que me oprimía y la naturalidad con la que ella estaba allí, me hizo detenerme un instante, mirando en silencio el resplandor de las monturas bajo la luz de la mañana.

Le dediqué a Mor una sonrisa sincera, de esas que no necesitan palabras para cargar con todo lo que uno siente. Ella me la devolvió, igual de verdadera, aunque en su gesto se dibujaba un matiz de tristeza. Su mirada permaneció fija en mí unos segundos más de lo normal.

Me acerqué a ella y la abracé, me devolvió el abrazo sin dudarlo.

—Suerte —me susurró.

La despedida fue breve.

No respondí con palabras, solo asentí con la determinación que podía reunir. Con un último vistazo, montó en su caballo y emprendió rumbo hacia la capital.

La vimos alejarse entre la polvareda del camino, hasta que su figura se confundió con el horizonte.

El silencio se alargó unos instantes, hasta que Neik carraspeó y tiró de las riendas de su caballo, rompiendo la quietud.

—Bueno… vayamos a hacer historia, ¿no? —dijo con una sonrisa que intentaba aligerar la carga.

Asentí, lanzando una última mirada al punto donde había desaparecido Mor, luego a la casa, que ahora reparada y habiendo sostenido a personas importantes en mi vida en su interior, parecía sacada directamente de mis recuerdos.

Y luego a Ilya, que ya estaba subida en su montura, con el rostro impenetrable.

Subí al caballo con calma, dejando que la respiración del animal me estabilizara.

Y así, los tres emprendimos la marcha hacia Darmund.